Pánico – Jeff Abbott

Pánico

Jeff Abbott

Para Peter Ginsberg.

VIERNES
11 de marzo

Capítulo 1

Cuando el teléfono despertó a Evan Casher, éste supo que algo iba mal. Nadie que le conociese llamaba nunca tan temprano. Abrió los ojos y estiró la mano para buscar a Carrie. Se había ido y su lado de la cama estaba frío. Había una nota doblada sobre la almohada. Intentó alcanzarla, pero el teléfono seguía sonando insistentemente, así que contestó.

—¿Diga?

—Evan, necesito que vengas a casa —dijo su madre, susurrando—. Ahora mismo.

Evan buscó a tientas la lámpara en la mesilla de noche.

—¿Qué ocurre?

—Por teléfono, no. Te lo explicaré cuando llegues.

—Mamá, hay dos horas y media de camino. Dime qué sucede.

—Evan, por favor, sólo ven a casa.

—¿Papá está bien? —Su padre, consultor informático, se había marchado de Austin tres días antes para un trabajo en Australia. Su misión era asegurarse de que las bases de datos de grandes empresas y gobiernos desempeñasen todas las funciones imaginables. Australia. Vuelos largos. Evan tuvo una visión repentina de un avión hecho añicos en el desierto australiano o en el puerto de Sidney. Metal despedazado, humo en el aire—. ¿Qué ha pasado?

—Sólo te pido que vengas, ¿vale? —dijo con voz tranquila, pero insistente.

—No hasta que me digas lo que está pasando.

—He dicho que por teléfono no. —Se quedó callada, y durante diez largos segundos la incómoda tensión del inesperado silencio los embargó, hasta que ella se encargó de romperlo—. ¿Has tenido mucho trabajo hoy, cariño?

—Sólo los montajes de Farol.

—Entonces tráete el ordenador, puedes trabajar aquí. Pero te necesito. Ahora.

—¿Y qué problema hay en decírmelo?

—Evan. —Oyó a su madre tomar aliento, intentando tranquilizarse—. Te lo ruego.

La necesidad manifiesta y casi aterradora de su voz, un tono que nunca había escuchado en su madre, le dio la impresión de que hablaba con una extraña.

—Vale mamá, puedo salir en una hora o así.

—Ven antes. Lo antes posible.

—Bueno, vale, saldré en unos quince minutos.

—Date prisa Evan. Limítate a hacer la maleta y ven lo más rápido que puedas.

—De acuerdo.

Evan tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para controlar el miedo que empezaba a sentir.

—Gracias por no hacerme más preguntas —dijo—. Cuando nos veamos te lo explicaré todo. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Puso de nuevo el teléfono en la base, un poco desorientado por el impactante comienzo del día. Aquél no era el momento de decirle a su madre que estaba enamorado. Enamorado de verdad, con locura, como Romeo y Julieta.

Abrió la nota. Decía simplemente: «Gracias por una gran noche. Te llamaré más tarde. Tengo algunos recados que hacer por la mañana temprano. C».

Se metió en la ducha y se preguntó si habría fastidiado a Carrie anoche. «Te amo», le había dicho mientras yacían juntos entre las sábanas. Las palabras le vinieron a la boca sin pensarlo, sin hacer esfuerzo alguno; si hubiese sopesado las consecuencias, seguramente habría mantenido la boca cerrada. Nunca era el primero en decir la palabra que empieza con «a». Sólo en una ocasión se lo había dicho a una mujer: a su última novia, hambrienta de consuelo, y se lo había dicho porque pensó que tal vez fuera cierto. Pero anoche había sido diferente. No había ningún «quizá», ni ningún «tal vez». Carrie estaba tan hermosa, tumbada a su lado, con su aliento haciéndole cosquillas en el cuello, recorriendo sus cejas con la uña… Y él pronunció aquellas dos palabras con una sinceridad que jamás había sentido en su corazón.

Vio el dolor brillando en los ojos de Carrie mientras le hablaba y pensó: «Debería haber esperado. No me cree porque estamos en la cama». Sin embargo, ella lo besó y dijo:

—No me quieras.

—¿Por qué no?

—Soy un problema. No soy más que un problema.

Lo abrazaba fuerte, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.

—Me encantan los problemas.

Él la besó a su vez.

—¿Por qué? ¿Por qué me ibas a querer?

—¿Y por qué no iba a hacerlo? —Puso sus labios sobre su frente—. Tienes un cerebro privilegiado. —La besó entre los ojos—. Encuentras belleza en todo. —La besó en la boca y sonrió abiertamente—. Y siempre sabes qué decir… no como yo.

Ella le devolvió el beso e hicieron el amor de nuevo. Cuando terminaron, ella le dijo:

—Llevamos sólo tres meses. No puedes conocerme bien.

—Nunca te conoceré. Nunca conocemos a las personas tanto como pretendemos.

Ella sonrió, se acurrucó junto a él, colocó la cara contra su pecho y puso los labios cerca de su corazón, que latía acompasadamente.

—Yo también te quiero.

—Mírame y dímelo.

—Lo diré aquí, a tu corazón.

Una lágrima se escurrió por su mejilla hasta caer sobre el pecho de Evan.

—¿Qué pasa?

—Nada. Soy feliz. —Carrie lo besó—. Duérmete cielo.

Y así lo hizo. Ahora, a la dura luz del día, Carrie no estaba, y los susurros y las promesas se habían marchado con ella. Y esta nota distante. Pero tal vez esto fuera lo mejor. Estaba nerviosa, y lo último que él necesitaba era complicarse explicándole un misterioso desastre familiar.

Intentó llamarla al móvil. Le dejó un mensaje de voz:

—Cariño, tengo una emergencia familiar. Debo irme a Austin. Llámame cuando oigas este mensaje. —Se detuvo un instante: «No debería decirlo otra vez». Pero se lo dijo—. Te quiero… Hablamos pronto.

Evan intentó llamar a su padre al móvil. No respondía. Ni siquiera saltó el contestador. Puede que el teléfono de su padre no funcionase en Australia. Se sacó de la cabeza la escena del avión estrellado. Siguió su mecánica rutina matutina: encendió el ordenador, comprovó las tareas pendientes, repasó las noticias. Nada sobre ninguna catástrofe en Australia. Quizá se tratara de una catástrofe a pequeña escala. Divorcio. Cáncer. Sintió la garganta seca.

Abrió su correo electrónico y envió a su padre un mensaje con la frase «Llámame lo antes posible». Luego leyó el correo. En su buzón de entrada había una invitación para participar en una conferencia de cine en Atlanta; correos electrónicos de otros dos directores de documentales amigos suyos; un montón de archivos de música y un par de las últimas fotos digitales de su madre, todo ello enviado ayer por la noche. Pasó la música a su lector digital, escucharía las canciones en el coche. A su madre le gustaba descubrir nuevos grupos y melodías, y de hecho había encontrado tres grandes canciones para sus anteriores películas. Se aseguró de que tenía todo el material necesario para editar el documental que casi había terminado sobre el circuito de póquer profesional y de que tenía las notas en sucio para la charla que se suponía debía dar la semana siguiente en la Universidad de Houston. Metió en la mochila el portátil, el reproductor digital y la cámara de vídeo, y luego hizo una sencilla maleta con ropa que su madre odiaba que se pusiera: camisas viejas de bolos, pantalones caquis gastados, y unas deportivas cuyos mejores días habían quedado un año atrás.

Su reloj marcaba las siete y cuarto.

Evan cerró la puerta con llave y se dirigió a su coche. Aquél no era el día que había planeado. Se abrió camino entre el atasco matutino de Houston escuchando la música que su madre le había enviado la noche anterior. Quería funk electrónico con sabor latino para las escenas iniciales de su documental, y ninguna de las canciones que había escuchado hasta ahora lo convencían, pero esta música era perfecta, llena de drama y de energía.

Iba marcando el ritmo con los dedos mientras conducía, y seguía esperando que su móvil sonara, que llamaran su padre o Carrie, o su madre, diciéndole que todo iba bien. Pero su móvil permaneció en silencio durante todo el camino hasta Austin.

Capítulo 2

La puerta delantera de la casa estaba cerrada con llave. En el garaje, su madre había montado su estudio de fotografía, y Evan pensó que debía de encontrarse allí, buscando refugio entre las películas, el imprimador y la soledad.

Abrió la puerta con su llave y entró.

—¿Mamá? —gritó.

No hubo respuesta.

Caminó hacia la parte de atrás de la casa, hacia la cocina. Le traía su manjar favorito: pastas de melocotón que había comprado en una pastelería a medio camino de Houston que a ella le encantaba, y quería guardar la comida antes de dirigirse al estudio.

Evan giró la esquina y vio a su madre en el suelo de la cocina. Estaba muerta.

Se quedó helado. Abrió la boca, pero no pudo gritar. El mundo a su alrededor se volvió denso, mientras percibía el sonido de su propia sangre palpitándole por el cuello, por la sien. La bolsa de pastas de melocotón cayó al suelo, seguida de su equipaje.

Dio dos pasos hacia ella, a trompicones. Le faltaba el aliento y sentía áspera la garganta y la lengua dilatada; en el aire de la cocina flotaba un inconfundible hedor a muerte. Distinguió el brillo plateado de un cable metálico alrededor del cuello de su madre.

Junto a ella había una silla de cocina vacía, como si hubiera estado sentada en ella antes de morir. Evan emitió un gemido, se arrodilló junto a su madre y le apartó el pelo grisáceo de la cara. Sus ojos, ahora ciegos, estaban hinchados y abiertos de par en par.

—¡Dios mío! ¡Mamá! —Le puso los dedos en los labios: estaban rígidos. Aún tenía la piel caliente—. ¡Mamá, mamá!

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