Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

—Una escuadrilla completa. Volaban muy cerca de la tierra, unas dos millas por debajo de mí. Eran como medusas grandes y rosadas; quizás no eran rosadas, sino moradas. Yo conté siete de formas diferentes y tonos variados, desde el rosado pálido de un morado débil hasta el granada encendido. Al mismo tiempo, sus colores cambiaban constantemente, se ensombrecían y se aclaraban como si se lavaran con agua. Disminuí la velocidad de mi avión y empecé a descender con la intención de tomar una muestra en el container especial que llevaba debajo del fuselaje. Pero no pude lograrlo: las medusas huyeron. A poco las alcancé, empero ellas se escaparon nuevamente sin dificultad, como si jugaran conmigo. Cuando aumenté la velocidad, éstas se elevaron y pasaron por encima del avión. Eran ligeras, semejantes a los globos infantiles, sólo que planas y grandes. Podían cubrir no sólo mi pequeño canario, sino hasta un Boeing cuatrimotor. Se movían como seres animados. Sólo un ser vivo habría podido actuar de ese modo ante el peligro. En aquel momento pensé que si tenían vida, podían ser peligrosas. Por mi mente pasó la idea de huir. Pero ellas adivinaron mi maniobra y tres medusas moradas, a velocidad increíble, volaron en mi dirección y se lanzaron sobre el avión. No tuve tiempo de gritar, porque el avión de súbito fue envuelto por una niebla de origen desconocido. No era una niebla, sino más bien una mucosidad espesa y resbaladiza. En ese momento perdí la velocidad, el control y la visibilidad. Era incapaz de mover mis piernas y mis manos. Creí que había llegado mi hora final. Mas el avión no caía de golpe, sino que resbalaba hacia abajo como un planeador. Y aterricé, sin saber cómo ni cuando lo hice. Yo tenía la sensación de que me hundía, de que me ahogaba dentro de la mucosidad morada; pero que continuaba viviendo. Miré a mi alrededor: la nieve lo cubría todo, y cerca de mí se encontraba otro avión Lockheed similar al mío. Salí de la cabina y eché a correr en su dirección. Desde su cabina salió un piloto tan alto como yo. Ignoraba si lo había visto antes. Entonces, le pregunté: “¿Quién eres tú?”. “Yo soy Donald Martin”, me respondió. “¿Y tú?”. Me parecía estar ante un espejo. “No mientas. Donald Martin soy yo” le dije. El trató de pegarme. Incliné la cabeza haciendo que su derechazo se perdiera en el aire y le envié un izquierdazo a la mandíbula. Cayó y se golpeó la sien contra la puertecita del avión produciendo un sonido seco. Quedó inmóvil. Le di una patada, pero no se movió. Lo agité, mas sólo la cabeza se movió sin control. Lo arrastré hasta mi avión, con la intención de conducirlo a la base para ayudarle, pero al comprobar el combustible, me di cuenta de que no tenía ni una gota. Probé comunicarme con la base por la radio, empero, ésta no trabajaba. Entonces me turbé, di un salto y eché a correr sin dirección, lo más lejos posible de este circo satánico. Olvidé todas las oraciones y no tuve tiempo de persignarme, sólo susurré: ¡Jesucristo! Y de pronto vi vuestra tienda de campaña y aquí estoy.

Al escucharle, recordaba mi propia experiencia y tribulación y entonces empecé a comprender lo que le había ocurrido a Vanó. Era difícil adivinar el pensamiento de Anatoli con sus ojos desorbitados; él probablemente comenzaba a dudar y comprobar cada palabra de Martin. Empezaría ahora a hacer preguntas en su inglés escolar; pero Zernov se le anticipó:

—Usted se quedará con Vanó, Anatoli; Anojin y yo nos iremos con el norteamericano. Vámonos, Martin —le dijo en inglés.

El instinto o el presentimiento —ignoro cómo lo llamaría un psicólogo— me obligó a tomar conmigo la cámara de filmar, lo que agradecí luego. Hasta Anatoli, según me pareció, me miró sorprendido: ¿qué intentaba yo filmar? ¿La posición del cadáver o la conducta del asesino ante el cuerpo del asesinado?

Pero me vi en la necesidad de filmar algo distinto, cuando todavía caminábamos hacia el sitio del accidente de Martin. Allí no había dos aviones, sino uno, el canario plateado de Martin, su veterano polar de alas en forma de delta. Pero a su lado se encontraba la colina color frambuesa que yo ya conocía y que lanzaba espumas. Esta humeaba, cambiaba sus tonos y pulsaba, como si respirara. Llamaradas blancas corrían por su superficie como las chispas de los trabajos de soldadura.

—¡No se acerquen! —les advertí a Zernov y Martin cuando ellos trataron de aventajarme.

El cáliz invertido ya había extendido su barrera de protección invisible. Martin, quien se había lanzado hacia adelante, se encontró con ella y empezó a aminorar el paso; Zernov, simplemente, hizo una genuflexión de rodillas. Pese a ello, ambos esforzábanse por moverse hacia adelante y vencer la fuerza que los aplastaba contra el suelo.

—¡Demonios! ¡La sobrecarga es por lo menos de diez “g”! —exclamó Martin, dándose la vuelta hacia mí y sentándose en el suelo.

Zernov retrocedió, secándose el sudor de la frente.

Sin detener el rodaje de la película, contorneé la colina y tropecé con el cuerpo muerto, o quizás herido, del doble de Martin. El llevada puesta, igual que Martin, la misma cazadora de nylon de piel sintética y estaba cubierto por una fina capa de nieve, a unos tres o cuatro metros del avión adonde lo había llevado Martin asustado.

—¡Vengan acá! ¡está aquí! —les grité. Martin y Zernov se acercaban corriendo en mi dirección, o más bien resbalaban por el patinadero, balanceando los brazos como el que por primera vez camina sobre el hielo sin patines. Aquí también, la nieve granulosa y blanda cubría someramente la capa lisa de hielo.

En ese instante ocurrió algo completamente nuevo para mi visor y para mí. Un pétalo morado se separó de la flor vibrante, se elevó, se ensombreció, transformándose en un cartucho purpúreo, se extendió, y una serpiente viva de cuatro metros de longitud con la boca abierta tapó el cuerpo rígido que yacía ante nosotros. Por un minuto o dos el tentáculo, a guisa de serpiente, chisporroteó y burbujeó, luego se separó de la tierra sin que se pudiera ver nada dentro de su bocaza de casi dos metros de longitud: solamente un vacío color violeta. Parecía una campana sumamente alargada que cambiaba de forma ante nuestros ojos: ahora era un cartucho, a poco un pétalo que vibraba por los embates del viento, y que se pegó finalmente al cáliz. Lo único que quedó sobre la nieve fue la huella, la silueta deforme del hombre que yacía allí.

Yo continuaba filmándolo todo, esforzándome por captar la transformación final. Ya ésta empezaba. La flor se separó de la tierra y comenzó a elevarse, invirtiéndose hacia arriba. Esta campana, inflándose en el aire, estaba vacía.

Pudimos notar claramente que dentro de ella no había nada. Vimos sus entrañas color rosa y sus delgados bordes que se expandían con delicadeza. Ahora se transformará en una nube rosada y desaparecerá tras las nubes verdaderas, y en la tierra quedará tan sólo un avión y un piloto. Eso fue exactamente lo que sucedió.

Zernov y Martin estaban de pie rígidos, taciturnos y conmovidos, justamente como yo cuando aquella mañana lo viví por primera vez. A mi parecer, Zernov se estaba acercando ya a la resolución del enigma. Yo, por el contrario, tenía ante mis ojos sólo una pequeña lucecita de posibilidad para comprender. Esta lucecita no alumbraba, sino que me insinuaba los contornos fantásticos, pero lógicos, de un cuadro admisible. Martin estaba simplemente oprimido por el terror, terror infundido, no tanto por lo que había visto, como por el pensamiento de que lo visto había sido fruto de su imaginación desordenada. Posiblemente anhelaba preguntar algo: su mirada espantada se detenía en mí y en Zernov; finalmente Zernov sonrió como invitándole a preguntar. Y Martin preguntó:

—¿A quién maté?

—Admitiremos que no mató a nadie —respondió Zernov sonriendo.

—Pero, éste era un hombre, un hombre vivo —repitió Martin.

—¿Está usted seguro? —inquirió Zernov. Martin estaba confuso:

—No lo sé.

—Vaya, vaya. Yo diría que él es un ser de vida temporal. La misma fuerza que lo creó, lo destruyó.

—Pero, ¿por qué? —pregunté cauteloso.

El respondió con una exasperación que no le era habitual:

—¿Cree que yo sé más de lo que sabe usted? Revele usted la película y veremos lo que ésta nos dice.

—¿Y cree usted que de ese modo podremos comprenderlo? —quise saber, sin ocultar la ironía.

—Es posible —respondió pensativo. Y echó a andar sin invitarnos a seguirle.

Nos miramos mutuamente y echamos a andar tras él.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Martin con familiaridad, tomándome por el brazo. Debió de haber notado que éramos de la misma edad.

—Yuri.

—Yuri, Yuri —repitió el—. Se recuerda fácilmente. Mi nombre es Don. Yuri, ¿piensas que aquello era un ser vivo?

—Sí.

—¿Es un ser de esta región?

—No lo creo. Ninguna expedición ha visto cosa igual.

—Entonces, un forastero. ¿De dónde vino?

—Pregúntale a alguien más inteligente que yo.

Ya me cansaba su palabrería. Sin embargo, él no se ofendió.

—¿Qué crees que era aquello, un gas o una jalea?

—Deberías saberlo mejor que yo, porque ¿quién fue el primero en tratar de coger la muestra?

Se rió.

—No le aconsejaría a nadie hacer tal cosa. A veces pienso por qué aquella nube no me tragó. Ella sólo me retuvo en su boca y luego me escupió.

—Creo que la nube no te encontró muy sabroso.

—Sin embargo se tragó al otro.

—No lo sé —repuse.

—Tú lo viste, pues.

—Yo sólo vi que lo cubrió, pero no vi que se lo tragara. Diría más bien que lo disolvió… o lo volatilizó.

—¿Qué grado de temperatura se necesita para eso?

—¿La mediste tú?

Como fulminado por una idea que cruzó por su mente, Martin se detuvo.

—¿Para derretir un avión como ése? ¿En tres minutos? A propósito, éste fue construido de duraluminio superresistente.

—¿Estás completamente seguro de que aquel aparato fue construido de duraluminio y no del vacío?