Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

El se sonrió, porque en aquel momento, como respondiendo a mi pregunta, un grupo de personas detuvo el tránsito. Mas no era una muchedumbre matutina, ni éste era el amanecer de una ciudad. A pesar de que el Astro alumbraba ya todo el firmamento, la iluminación eléctrica de las calles continuaba encendida como si la noche pasada no hubiese concluido. Las vitrinas y los anuncios brillaban con luces de neón. Al pasar por enfrente de un cine, disparos atronadores llegaron a nuestros oídos a través de las puertas de vidrio que cerraban la entrada: James Bond, el temerario, hacía uso de su derecho para matar. Chasqueaban las bolas de billar al rodar sobre las mesas verdes. En el restaurante «Selena» la orquesta de jazz hacía estremecer las ventanas, dándome la impresión de que cerca cruzaba un tren, y las puertas de los boliches estaban abiertas de par en par. Por las aceras, los transeúntes vagaban, sí vagaban, paseaban lentamente sin ninguna premura y ni se apresuraban al trabajo, porque el trabajo ya había terminado y la ciudad vivía no la vida matutina, sino la vespertina; como si la gente de la calle, en contubernio con las luces eléctricas, tratara de engañar al tiempo y a la naturaleza.

—¿Por qué no apagan la luz? ¿Acaso el sol no basta para iluminar? —inquirió Mitchell intrigado.

Sin responderle, me detuve frente a un quiosco de tabacos. Tiré sobre el mostrador unas monedas y le pregunté con cautela a la bella vendedora:

—¿Están de fiesta hoy?

—¿De qué fiesta está hablando? —replicó ella entregándome los cigarrillos—. Es una tarde corriente de un día habitual.

Sus ojos azules y sin vida miraban a través de mí como los ojos muertos de Fritch.

—¿Tarde? —repetí—. Observe usted el cielo. ¿Cree que el sol de la tarde tiene esa posición? Ahora es mañana.

—No lo sé —repuso con un tono tranquilo e indiferente—. Ahora es tarde, y yo no sé nada.

Me aparté lentamente de la tienda. Mitchell me esperaba en el automóvil. Había oído la conversación que yo acababa de tener con la muchacha y posiblemente pensaba lo mismo que yo:

¿Quiénes son los locos, nosotros o los habitantes de la ciudad? ¿Y si en verdad es tarde y nosotros estamos alucionados? Observé de nuevo la calle. Esta era un tramo de la Ruta 66 que cruzaba toda la ciudad en dirección a Nuevo Méjico. Los automóviles corrían en dos columnas en ambas direcciones. Eran automóviles norteamericanos corrientes que rodaban por una carretera norteamericana corriente. Pero todos llevaban los faros encendidos.

Impulsivamente y sin pensar en nada, detuve al primer transeúnte que encontré en la calzada.

—¡No me toques, muñeco maldito! —gritó él tratando de deshacerse de mi mano.

El era un hombre gordo, pequeño y ágil con una ridícula gorrita de ciclista. Sus ojos, llenos de vida y de furia, me miraban con repulsión. Miré a Mitchell, quien me hacía señas, dándome a entender que el desconocido estaba loco. El desconocido, al notarlo, dirigió su furia contra Mitchell:

—¿Quién está loco? ¿Yo? —chilló él acercándose a Mitchell—. ¡Locos están todos ustedes, todos los habitantes de esta ciudad! Encienden las luces eléctricas por la mañana y responden a todas las preguntas con un: «No lo sé». Bien, contéstame. ¿Es de mañana o de tarde?

—Es de mañana, naturalmente —respondió Mitchell—; pero en esta mañana hay algo extraño en la ciudad. No puedo decir lo que es ese algo.

La metamorfosis que tuvo lugar en el gordo fue asombrosa. Dejando sus gritos, rió en silencio y acarició la diestra sudorosa de Mitchell, mostrando unas lágrimas en su rostro.

—Gloria al Todopoderoso: he encontrado un hombre normal en esta ciudad de locos —dijo finalmente sin soltar la diestra de Mitchell.

—Ha encontrado dos —le aclaré, extendiendo mi mano—. Usted es el tercero. Cambiemos ahora nuestras impresiones, quizás logremos comprender este enredo.

Nos detuvimos en el borde de la acera, separados de la carretera por una fila cerrada de automóviles estacionados y vacíos.

—Señores, explíquenme lo más absurdo —comenzó diciendo el gordo—. Explíquenme estos trucos con los automóviles. Estos corren y luego, de improviso, desaparecen, se desvanecen en la nada.

Sinceramente yo no le entendía. ¿Qué era eso: «en la nada»? Nos lo explicó, mas antes de hacerlo, pidió un cigarrillo para tranquilizarse: «No fumo, saben, pero los cigarrillos calman los nervios».

—Mi nombre es Lesley Baker, y mi especialidad es agente comercial: ropa de mujer y cosméticos. Estoy todo el tiempo de viaje, un día aquí, otro día allá, como un nómada. Arribé a este lugar en ruta hacia Nuevo Méjico, por la carretera N° 66. Yo viajaba horriblemente mal, como un caracol. Recuerdo ahora un gran camión verde que iba delante de mí y no me dejaba pasar. ¿Saben ustedes lo que es ir despacio? El dolor de muelas es una delicia en comparación con eso. A mi memoria llega también el recuerdo de aquel letrero: «Está usted entrando en la ciudad más tranquila de los Estados Unidos». Y la ciudad más tranquila crea cosas que no se ven ni en las manos de los prestidigitadores. En los límites de la ciudad, allí donde la carretera sin aceras ya se ensancha, traté de nuevo de pasar al camión que me torturaba. Aceleré, viré levemente a la izquierda y… aquél desapareció, se desvaneció. ¿No lo comprenden? Yo tampoco lo comprendí. Viré levemente a la izquierda y reduje mi marcha, mas al mirar a ambos lados de la carretera no vi el camión: desapareció, se diluyó como azúcar en una taza de café. Y en ese momento choqué contra una barrera de alambres espinosos. Por suerte yo corría despacio.

—¿De dónde apareció esa barrera de alambres en la carretera? —inquirí asombrado.

—¿En qué carretera? Allí ya no había ninguna carretera; ésta desapareció junto con el camión. Había tan sólo un valle rojo pelado con una islita verdosa a distancia, y todo ello rodeado por una barrera de alambres. Era propiedad privada. ¿No lo creen? Al principio yo tampoco lo creía. Bien, desapareció el camión, al diablo con él; pero, ¿qué sucedió con la carretera? ¿Deliré acaso? Cuando me di la vuelta, estuve a punto de morir de terror: un «Lincoln» negro se lanzaba sobre mí y la barrera. Esta era la muerte negra que se acercaba a una velocidad de no menos de 100 millas por hora. Yo ni salté de mi coche, sólo cerré los ojos: era mi final. Transcurrió un minuto y el final no llegaba. Abrí los ojos: ni final ni «Lincoln»

—¿Y no cruzó por su lado…?

—¿Hacia dónde? ¿Por qué carretera?

—Entonces, ¿desapareció también?

Él asintió.

—¿Siendo así, los automóviles desaparecieron antes de llegar a la barrera de alambres?

—Exacto. Uno tras otro. Durante los diez minutos que permanecí allí, desaparecieron todos en el borde de la carretera. Yo estaba de pie, pestañeando como Rip Van Winkle. Los habitantes de esta ciudad tienen para todas las preguntas una sola respuesta: «No lo sé». ¿Por qué los automóviles llevan los faros encendidos? No lo sé. ¿Hacia dónde desaparecen? No lo sé. ¿Se dirigen acaso al infierno? Tampoco lo sé. ¿Dónde está la carretera? No lo sé. Y sus ojos son glaciales como los de los muertos.

Para mí estaba claro la clase de ciudad que era ésta. Todo lo que necesitaba para comprobarlo era una prueba más: verlo con mis propios ojos. Miré hacia los lados, levanté mi brazo y detuve uno de los automóviles que pasaba por la carretera; éste se detuvo. Su chofer tenía también los ojos glaciales. Empero, me arriesgué a pedirle:

—Yo quisiera llegar a los límites de la ciudad, a dos barrios de aquí, ¿me lleva?

—Siéntese —propuso indiferente.

Me senté a su lado, en tanto que el gordo y Mitchell, sin comprender nada, se acomodaban en el asiento de atrás. El chofer, con apatía, dio la vuelta y aceleró el automóvil. Dejamos atrás estos dos barrios en medio minuto.

—Miren —susurró inquieto Baker. Delante de nosotros, allí donde la carretera era cortada por la arcilla roja, estaba la barrera de alambres espinosos. Sólo divisábamos una parte de ella, pues el resto se ocultaba detrás de las casas de la carretera, dando la impresión de que la ciudad estaba rodeada de alambres y aislada del mundo de los vivos. Todo lo que veía ahora me lo había imaginado después de escuchar el relato de Baker, pero la realidad resultó ser más absurda que las palabras de éste.

—¡Cuidado con los alambres! —gritó Baker agarrando el brazo del chofer.

—¿Dónde están? —preguntó éste liberando su brazo—. ¡Está loco!

Evidentemente, él no veía los alambres.

—Párate —le dije—, nos bajaremos aquí.

El chofer dejó de acelerar, pero yo ya comenzaba a ver cómo el radiador se evaporaba en el aire, como si algo invisible se tragara el carro pulgada por pulgada; desaparecía el vidrio delantero, el panel de instrumentos, el volante y las manos del chofer. Esto era tan horrible que instintivamente cerré mis ojos de terror; de súbito, un golpe fuerte me lanzó contra la tierra; mi nariz dio de sopetón contra el polvo del suelo y mis pies rozaron el asfalto. «Caí en el mismo borde de la carretera» pensé. ¿Pero cómo fui lanzado a tierra, si la puerta del automóvil estaba cerrada y éste no se volcó? Al levantar la cabeza noté la carrocería de un automóvil gris, desconocido. A su lado, en el polvo, al borde de la carretera, yacía sin sentido el pobre agente comercial.