Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Lo aprecié cuando mostraban la película en la sala de la base. A ésta llegaron todos los que pudieron y se sentaron o permanecieron de pie en cada rincón donde era posible colocarse. Durante el tiempo en que se proyectaba la película, un silencio imperaba en el ambiente, como en una iglesia abandonada, y sólo a veces, cuando ni siquiera los veteranos del polo, templados y acostumbrados a todo, podían dominar sus nervios, oíanse explosiones de asombro y casi de terror. Aquel escepticismo y aquella duda de los que escucharon nuestro relato, desaparecieron en el instante en que aparecieron las dos “Jarkovchankas” con abolladuras idénticas en el vidrio anterior y la “nube” rosada flotando sobre éstas en un cielo azul pálido. Los cuadros eran excelentes y transmitían con exactitud los colores del fenómeno: en la pantalla, la “nube” enrojecía, adquiría tonos violetas, cambiaba de forma, se transformaba en una flor, burbujeaba y se tragaba la máquina gigantesca. En cambio, el cuadro de mi doble, al principio, no causó sorpresa y no fue convincente; todos pensaron simplemente que éste era yo, pese a que les aclaré que ni el más grande maestro del documentalismo podría filmar películas de sí mismo en movimiento y desde diferentes ángulos. Lo que realmente les obligó a creer en las duplicaciones humanas, fueron los cuadros del doble de Martin en la nieve —logré captarlo en grandes planos— y la aproximación de Martin y Zernov al sitio del accidente. En la sala se levantó un rumor cuando la flor morada extendió su tentáculo y el Martin muerto desapareció dentro de su boca. Alguien hasta gritó en la oscuridad. Pero el efecto más asombroso lo produjo la parte final de la película, su sinfonía de hielo. Zernov tenía razón: yo había subestimado la película.

Pero el público le dio su valor merecido y en cuanto terminó la proyección, en la sala se oyeron voces exigiendo su repetición. Esta vez el silencio fue total: ni una exclamación resonó en la sala, nadie tosió, ni cambió palabras con su vecino, ni se oyeron susurros. El silencio continuó aun después de terminar la proyección, como si la gente no se hubiera liberado de la tensión experimentada; hasta que, al fin, el más viejo de los veteranos, a quien llamaban el decano del cuerpo de invernantes, el profesor Kedrin, preguntó lo que inquietaba a todos:

—Bien, Boris, dinos ahora, ¿qué piensas de todo esto? Será mejor que lo digas, pues nosotros tendremos también en qué pensar.

—Ya les dije que nosotros carecemos de pruebas materiales —respondió Zernov—. Martin no logró coger la muestra: la “nube” no le dejó aproximarse. En la tierra, a nosotros tampoco nos dejó acercarnos. Nos aplastó con fuerza, como si llenara de plomo nuestros cuerpos. Esto evidencia que la “nube” puede crear su campo de gravedad, lo que puede ser confirmado por el bloque de hielo que flotaba en el aire y que ustedes han tenido la oportunidad de ver en la película. Posiblemente, utilizando ese mismo método, obligaron a aterrizar al avión de Martin y lograron sacar de la grieta a nuestro cruzanieves. De todo lo visto podemos hacer conclusiones irrefutables: la “nube” cambia fácilmente su forma y color —todos lo pudieron ver—, crea cualquier régimen de temperatura, ya que para cortar una capa de hielo de cien metros de grosor es necesaria una temperatura muy alta; flota en el aire como un pez en el agua y al instante puede cambiar de dirección y de velocidad. Martin asevera que la “nube” que él perseguía escapó a una velocidad hipersónica, en tanto que sus “colegas” se quedaron para crear evidentemente una barrera gravitacional alrededor del avión. La conclusión definitiva es que las “nubes” rosadas no tienen ningún tipo de relación con los fenómenos atmosféricos. La “nube” es o bien un organismo vivo pensante o bien un biosistema con un programa específico, cuyo objetivo principal es cortar y transportar al espacio cósmico enormes masas del hielo continental, y, de paso, sintetizar (yo diría, simular), por una razón y gracias a un método desconocido por nosotros, cualesquiera estructuras atómicas (gente, máquinas, cosas) y luego destruirlas.

El almirante norteamericano Thompson hizo la primera pregunta a Zernov:

—Hay un punto que no está claro para mí en su informe. ¿Son estas “nubes” criaturas hostiles a los hombres?

—No lo creo. Destruyen solamente las copias que ellas mismas crean.

—¿Está usted seguro de ello?

—Pero si usted mismo lo acaba de ver —replicó asombrado Zernov.

—Yo quisiera saber si usted está convencido de que las criaturas destruidas son de verdad copias y no gente. Porque si las copias son idénticas a los humanos, entonces, ¿quién me convencería de que mi piloto Martin es realmente mi piloto y no una copia atómica?

Conversaban en inglés, pero la sala estaba al corriente del diálogo porque muchos de los asistentes comprendían el idioma y traducían a sus vecinos. Nadie se sonreía: la pregunta era terrible. Hasta Zernov se turbó buscando la respuesta.

Senté de un tirón a Martin y me levanté para decir:

—Almirante, le puedo asegurar que yo soy en realidad yo, el camarógrafo de la expedición, Yuri Anojin, y no una copia creada por la “nube”. Cuando yo filmaba la película mi doble se apartó de mí y se dirigió hacia el cruzanieves como si estuviera hipnotizado. Usted mismo lo acaba de ver en la pantalla. El me dijo que alguien o algo le forzaba a retornar a la cabina. Por lo visto, a él le estaban preparando para la eliminación.

Cuando terminé de hablar, observé las gafas plateadas del almirante y me llené de rabia.

—Eso es posible —dijo—, aunque no muy convincente. Yo tengo una pregunta para Martin, levántese, por favor.

El piloto se levantó mostrando sus dos metros de altura de todo un experto jugador de baloncesto.

—A sus órdenes, sir. Yo destruí mi copia con mis propias manos.

En los labios del almirante se dibujó una sonrisa:

—¿Y si fue la copia quien le destruyó a usted? —Movió sus labios y agregó—: ¿Disparó usted al notar las intenciones agresivas de la “nube”?

—Sí, disparé, sir. Lancé dos ráfagas con balas trazadoras.

—¿Con éxito?

—No, sir, no tuve éxito. Es como disparar con una escopeta contra una avalancha de nieve.

—¿Y de haber tenido otra arma? Por ejemplo, un lanzallamas o una bomba de napalm. ¿Eh?

—No lo sé, sir.

—¿Habría evitado la “nube” el encuentro?

—No creo eso, sir.

—Siéntese, Martin, y no se ofenda; yo sólo quería aclarar unos detalles de la información del señor Zernov que me habían desconcertado. Señores, gracias por sus exposiciones.

La insistencia del almirante desató la lengua de los otros presentes. Las preguntas surgieron unas tras otras, como en una conferencia de prensa.

—Usted afirmó que las masas de hielo son transportadas al espacio. Pero, ¿a qué espacio, al aéreo o al cósmico?

—Y si son transportadas al espacio aéreo, ¿qué se hará con esa masa de hielo en la atmósfera?

—¿Permitirá la humanidad ese robo masivo del hielo?

—¿Quién, en general, necesita el hielo aquí en la Tierra?

—¿Qué ocurrirá con los continentes al ser liberados del hielo? ¿Se elevará el nivel del agua en los océanos?

—¿Cambiará el clima?

—Compañeros, por favor, no hablen todos al mismo tiempo —imploró Zernov levantando los brazos—. Empecemos por orden. ¿A qué espacio se transporta? Supongo que al espacio cósmico. Los glaciares son necesarios en la atmósfera terrestre solamente para los glaciólogos. Hablando en términos generales, consideraba a los científicos personas de conocimientos profundos; empero, a juzgar por las preguntas que me han hecho, comienzo a dudar de ese axioma. ¿Cómo puede elevarse el nivel del agua de los océanos, si no se aumenta la cantidad de agua? Esta es una pregunta de geografía para los escolares. Así como la pregunta de que si cambiará o no el clima.

—¿Cuál es, a su juicio, la estructura posible de la “nube”? A mí me pareció ser un gas.

—Un gas pensante —dijo uno riéndose—. ¿De qué libro de texto ha sacado esa idea?

—¿Es usted físico? —inquirió Zernov.

—Sí, ¿y qué?

—Entonces, usted escribirá este libro de texto.

—Yo, desgraciadamente, no poseo actitudes de comediante. Le estoy preguntando en serio.

—Y yo le respondo en serio. Desconozco la estructura de la “nube”. Quizás sea una estructura físico-química desconocida para nuestra ciencia. Pienso que es más bien coloide que gas.

—¿De dónde, a su parecer, surgió?

—¿Y al suyo?

El corresponsal del periódico “Izvestia” y conocido mío, se levantó:

—En una novela de ciencia-ficción leí sobre los visitantes llegados desde el planeta Plutón. Incidentalmente, llegaron también a la Antártida. ¿Será posible que usted crea en esa eventualidad?

—No sé. Además yo no he mencionado el planeta Plutón.

—Aceptemos que no hayan llegado desde el planeta Plutón, sino desde el cosmos, desde cualquier sistema estelar. Siendo así, ¿por qué volaron ellos por el hielo a la Tierra, a los límites de nuestra galaxia? Sabemos que en el Universo hay hielo suficiente y éste se puede obtener mucho más cerca.

—¿Más cerca de qué? —inquirió sonriente Zernov.

Yo lo admiraba: pese a la lluvia de preguntas, conservaba la tranquilidad y el humor. El no era el autor de un invento científico que necesitara aclaración, sino el testigo ocasional de un fenómeno único e inexplicable y sobre el cual sabía tanto como los espectadores de la película; pero éstos lo olvidaban y él seguía respondiendo a sus preguntas con paciencia y calma.