Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

—Más bien un camuflaje —especifiqué—. Un camuflaje tal como sus casas, cuyas paredes exteriores eran reales y cuyo interior estaba vacío, solo existía la nada negra. Sin embargo, hubiera deseado verlo —dije suspirando—. Nos dirigimos al Congreso como testigos oculares, pero, ¿qué hemos visto? Podemos afirmar que no hemos visto casi nada.

—No se preocupe —repuso Zernov misteriosamente—. Veremos aún muchas cosas. Tanto tú, como Martin y yo estamos marcados. Nos mostrarán todavía algo nuevo, quizás accidental o tal vez premeditadamente. Temo que sea así.

—¿Tiene miedo? —inquirí asombrado.

—Sí, tengo miedo —respondió Zernov e hizo mutis.

El avión cruzó una nube y empezó a descender al encuentro de la ciudad distante, oculta en una niebla color lila en donde se notaba la perforada Torre Eiffel, familiar desde la infancia. Desde lejos, parecía un obelisco tejido del más fino hilo de nylon.

Tercera parte: Julieta y los espectros

Capítulo 17 – Conferencia de prensa en el hotel «Au Monde»

Debido a la próxima apertura del Congreso, Paris estaba abarrotado de turistas. Nuestra delegación se alojó en el hotel «Au Monde», un pequeño establecimiento no de primera, pero orgulloso, posiblemente, por lo vetusto de su construcción. Sus escaleras de madera crujientes, sus cortinas aterciopeladas y polvorientas y sus candelabros arcaicos y suntuosos nos retrotraían a los días de Balzac. Las velas ardían por doquier: en las mesas, en las peanas, en las lápidas marmóreas de las chimeneas; pero ardían, no como un tributo a la moda, sino como unos competidores testarudos de la electricidad que aquí soportaban a desgana. A los norteamericanos les agradaba todo esto y a nosotros nos tenía sin cuidado, tal vez porque apenas permanecimos diez minutos dentro de la habitación. Irina y yo, aprovechando las dos horas libres que teníamos antes de la apertura de la conferencia de prensa, hicimos un pequeño recorrido por la ciudad eterna. Yo abría la boca de admiración, al observar las maravillas de la arquitectura, en tanto que ella me explicaba condescendientemente cuándo y en honor a quién fue construido uno u otro edificio.

—¿Por qué conoces Paris tan bien? —pregunté intrigado.

—Es la tercera vez que visito esta ciudad. Además, yo nací en Paris. Aquí, por estas calles, me pasearon en el coche para niños. Te hablaré de ello algún día —dijo enigmática y, de repente, se echó a reír—: Hasta el portero del hotel me recibió como a una vieja conocida.

—¿Cuándo?

—Cuando le pagabas al chofer del taxi. En ese mismo momento Zernov y yo entrábamos en el hall. El portero —con aspecto de un lord calvo— nos miró con su indiferencia profesional y luego, repentinamente, abrió los ojos desmesuradamente, dio un paso atrás y fijó la mirada en mí.

—¿Qué le sucede?» —le pregunté asombrada. Pero él siguió inmóvil y sin articular palabra. A poco, Zernov inquirió: «¿Ha reconocido usted, tal vez, a la señorita?».

—»No, no —respondió, volviendo en sí—. Es que la señorita se parece mucho a una de nuestras huéspedes». Pese a sus palabras, yo tenía la impresión de que él me conocía, aunque yo nunca había estado en este hotel. Es muy extraño, ¿verdad?

Cuando regresamos al hotel, el portero ni siquiera miró a Irina; en cambio, me sonrió y me dijo, que ya me estaban esperando: «Vaya directamente al tablado».

La conferencia iba a empezar justamente en el hall del restaurante del hotel. Ya nos aguardaban. Los norteamericanos habían llegado y ocupado una gran parte del tablado de variedades. Los operadores de la televisión hacían girar sus fantásticos aparatos negros. Los reporteros, armados de cámaras fotográficas, cámaras de filmar, libretas de notas y magnetófonos, se encontraban acomodados ya a las mesas. Los camareros, en constante trajín, llevaban botellas con etiquetas multicolores. En nuestra mesa, sita en el tablado, había también botellas: los norteamericanos se ocuparon de ello. Irina se quedó en la sala porque nadie necesitaba su ayuda: todos o casi todos los presentes hablaban francés e inglés. A decir verdad, mi francés no era muy bueno —yo lo comprendía mucho mejor que lo hablaba—; pero supuse que la presencia de Zernov me libraría de la necesidad de hablar. Fui mal profeta. Los periodistas se preparaban para sacarme todo lo que sabía de las «nubes», en calidad de «testigo del fenómeno»; tanto más que yo era el creador de la película que impresionaba a Paris ya la segunda semana.

La conferencia de prensa estaba presidida por MacAdo, astrónomo de MacMurdo, quien se había habituado a las bromas de los periodistas sobre MacAdo de MacMurdo, que, aludiendo a la comedia de Shakespeare «Mach ado about nothing», armaban mucho ruido en relación con MacAdo. Poseía un carácter firme, difícil de turbar. Como un timonel muy experimentado, conducía maestramente nuestra nave a través de las tempestades de la conferencia. Hasta tenía una voz de capitán, fuerte e imperativa, y era capaz de asediar, en los momentos necesarios, a los interrogadores latosos.

Al referirme a la tempestad, no lo hice accidentalmente. Tres horas antes los corresponsales habían tenido un encuentro, en un hotel de Paris, con otro «testigo del fenómeno» y delegado al Congreso, el almirante Thompson. Este se negó a tomar parte en la conferencia de prensa, aduciendo motivos que prefirió exponer posteriormente a los periodistas en conversaciones privadas. El quid de estos motivos y la esencia de sus declaraciones se pusieron en claro después de las primeras preguntas que nos hicieron los periodistas. Los delegados respondían a las preguntas dirigidas directamente a ellos; por otra parte, las preguntas indirectas eran contestadas por MacAdo. No acierto a recordarlas todas, pero aquellas que no olvidé se quedaron grabadas en mi memoria como en una cinta magnetofónica.

—¿Están ustedes al tanto de la conferencia de prensa dada por el almirante Thompson?

Esta fue la primera pelota de tenis que nos lanzaron desde la sala y que, en el acto, fue rechazada por la raqueta del presidente:

—Lamento decirles que no sé nada de ella, pero, hablando con honestidad, no me inquieta en absoluto.

—Pero las declaraciones del almirante son sensacionales.

—Es muy posible.

—El demanda medidas preventivas contra las «nubes» rosadas.

—Entonces, infórmelo en su periódico. Les ruego que empiecen a hacer las preguntas pertinentes.

—¿Qué diría usted si algunas delegaciones de la ONU demandaran acciones punitivas contra los «visitantes»?

—No soy ministro de la guerra para responder a tales demandas.

—Pero, ¿y si usted fuera ministro de la guerra, qué haría?

—Yo no aspiro a tal puesto.

Risas y aplausos fueron las respuestas de la sala. MacAdo arrugó el entrecejo: despreciaba los efectos teatrales. Y, sin reírse, se sentó, por cuanto el interrogador derrotado había hecho mutis.

Pero fue sustituido por el segundo, quien sin deseos de chocar con la elocuencia de MacAdo, buscó otra víctima:

—Yo quisiera hacerle una pregunta al profesor Zernov. ¿Está o no está usted de acuerdo con la afirmación de que las acciones de las «nubes» rosadas pueden amenazar la existencia de la humanidad?

—No, naturalmente, no estoy de acuerdo con esa afirmación —respondió rápido Zernov—. Hasta ahora las «nubes» rosadas no le han causado ningún daño a la humanidad. La desaparición de las masas de hielo terrestre sólo mejorará el clima. Repito: ni la naturaleza ni las obras del hombre han sufrido daño.

—¿Insiste usted en ese punto de vista?

—Absolutamente. Las únicas pérdidas que tuvimos fueron el taburete que desapareció en Mirni junto con mi doble y el automóvil que Martin abandonó en la ciudad Sand City duplicada.

—¿Qué automóvil?

—¿Cuándo?

—¿Dónde está Martin?

—Martin llegará hoy por la tarde —dijo MacAdo.

—¿Estaba él en Sand City?

—Pregúntelo a él mismo.

—¿De qué modo el profesor Zernov se enteró de la desaparición del automóvil de Martin?

MacAdo se volvió hacia Zernov y le miró interrogativamente como preguntándole: «¿Vas a responder?» Zernov respondió:

—Lo sé por las informaciones personales del propio Martin. Considero que no tengo poderes para dar detalles de todo lo ocurrido. Ahora bien, creo que aquel taburete viejo y aquel automóvil de segunda mano no representan una gran pérdida para la humanidad.

—¡Quisiera hacerle una pregunta al profesor Zernov! —gritó alguien desde la sala—. ¿Cuál es su opinión respecto a las declaraciones del almirante Thompson en el sentido de que los dobles son la quinta columna de los invasores y el preludio de la futura guerra entre galaxias?

—Mi opinión es que el almirante ha leído muchos libros de ciencia-ficción y los ha tomado por realidad.

—Quisiera que mi pregunta fuera respondida por Anojin, el autor de la película. Según considera el almirante, usted es el doble, la película fue filmada por el doble y en el episodio donde perece el doble en la película el que pereció fue el propio Anojin. ¿Cómo podría usted demostrar que eso no es cierto?

Yo me encogí de hombros. ¿De qué modo podría demostrarlo? MacAdo respondió por mí:

—Anojin no necesita demostrarlo. En la ciencia se utiliza el principio inviolable de «presunción del hecho establecido». Los científicos no necesitan comprobar y verificar la falsedad de cualquier afirmación infundamentada. Está en manos del autor demostrar que la afirmación es verdadera.

La sala de nuevo aplaudió, pero esta vez, el largirucho MacAdo interrumpió los aplausos:

—Señores, esto no es un espectáculo.

—¿Qué nos puede decir el presidente sobre Thompson? —inquirió alguien—. Sabemos que usted trabajó con el almirante durante un año en la expedición antártica. ¿Cuál es la impresión que tiene de él como científico y como hombre?