Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Entramos en el bar. Este se encontraba separado de la sala por una cortina de bambú colgada del techo. Los oficiales alemanes, de pie ante la barra, bebían sombríamente. No había sillas. Unas parejas se besaban en el largo diván junto a la pared. Pensé que Lange debió de recordar muy bien esta escena. Ninguno de sus personajes nos miró. Irina le susurró unas palabras al camarero y desapareció tras el alféizar en donde se notaba una escalera que ascendía al otro piso. El camarero, en silencio, colocó ante nosotros dos copas de coñac y se alejó. Martin probó el coñac.

—Es real —dijo y se lamió los labios.

—Shh… —le susurré—, no eres norteamericano, sino, francés.

—»Me duele la garganta y no puedo hablar» —repitió él y me guiñó un ojo.

Pero nadie nos escuchaba. Miré mi reloj: Lange debía aparecer dentro de quince minutos.

De pronto, en mi mente surgió una idea: si Lange no llegara a la habitación superior y el zapador no lograra desarmar la bomba, entonces el general Baer y su camarilla volarían en pedazos a la hora destinada. ¡Qué interesante! Lange vendrá con un soldado y un zapador. Es probable que el zapador llegue desarmado y que el soldado se coloque en el alféizar de la puerta que conduce a la escalera. ¡Hay posibilidades!

Le susurré a Martin mi plan. Este asintió. No existía ningún peligro de que los oficiales del bar intervinieran en la lucha, porque éstos apenas se podían mantener en pie. Algunos roncaban ya en el diván. Las parejas de enamorados habían desaparecido. En una palabra, la situación era óptima.

Transcurrieron diez minutos más. Un minuto, dos minutos, tres… Quedaban sólo segundos. En ese momento apareció Lange, pero éste no era aquel Lange que conocíamos, sino el Lange de un tiempo anterior, sin ser ascendido aún a sturmbahnführer. Deduje que si él recordaba este episodio, significaba que nosotros no habíamos participado en él, por lo que estábamos fuera de peligro. Sus actos estaban programados por la memoria: desarmar la bomba y prevenir la catástrofe. Él llegó acompañado de un soldado de edad avanzada que usaba lentes y por un joven miembro de la Gestapo armado con un automático. Entró rápido, sin detenerse, miró mordazmente a los oficiales soñolientos que miraban meditabundos el coñac y empezó a subir apresurado por la escalera junto con el zapador. El soldado, tal como nos lo habíamos imaginado, se situó en la puerta que conducía a la escalera. En ese segundo Martin dio unos pasos hacia él y, sin agitar el brazo, le pegó un golpe en el entrecejo y lo derribó, quitándole el automático antes de que éste tuviese tiempo de caer al suelo. Yo, sosteniendo la pistola browning en el puño, corrí por la escalera hacia arriba en pos de Lange, que se dio la vuelta.

—¡Al suelo, Yuri! —gritó Martin a mi espalda.

Me tiré al suelo y sentí las balas cruzar sobre mí y cortar los cuerpos de Lange y del zapador. Todo ocurrió en fracciones de segundo. Desde el bar no apareció nadie.

«Irina», en cambio, se presentó en lo alto de la escalera, miró hacia abajo y, después de unos segundos, empezó a descender la escalera cruzando por entre los cadáveres de los alemanes.

—¿No oyó nadie los disparos? —la interrogué, señalando hacia arriba.

—Nadie, excepto yo. Ellos están tan ensimismados en el juego, que no oyen ni las explosiones. —Ella tembló de repente y se llevó las manos a la cara—: ¡Dios mío! ¡No desarmaron la bomba!

—Tanto mejor —afirmé—. Deja que vuelen todos al infierno. Huyamos.

Ella seguía sin comprender:

—Pero, es que no fue eso lo que ocurrió en realidad.

—Así será ahora. —La agarré por el brazo e inquirí—: ¿Hay otra salida?

—Sí.

—Entonces, señálanos el camino.

Moviéndose como una sonámbula, nos condujo a una calle oscura. Martin, empleando el mismo método, puso fuera de combate al soldado de la puerta.

—Este es el cuarto —dijo—, y ni siquiera utilizamos la granada.

—Este es el quinto —le corregí—. La cuenta tuya empezó en la Antártida.

—Ahora las «nubes» tendrán que comenzar a crear un paraíso para las copias.

Cambiábamos palabras corriendo. Huíamos en la oscuridad por el medio de la calle con rumbo desconocido. Se oyó una explosión a nuestras espaldas y un haz de chispas se dispersó por el cielo. Por un instante los enormes ojos de «Irina» brillaron frente a mí. Sólo ahora me di cuenta de que esta «Irina» no usaba espejuelos.

Una sirena aulló a distancia. Cerca de nosotros se oyó el motor de un camión. Luego otro. Las llamas del incendio iluminaban levemente la calle.

—¿Cómo es posible? —interrogó ella—. Entonces, ¿yo estoy viva? ¿Es ésta otra vida y no aquélla?

—Sí, ahora esta vida se desarrolla independientemente y de acuerdo con las leyes del tiempo, porque nosotros la hemos cambiado —le respondí y, con goce maligno, le propuse—: Ya puedes saldar cuentas con Etienne.

La sirena aullaba con más fuerza. Los camiones oíanse ya cerca de nosotros. Miré a mi alrededor: Martin no estaba.

—¡Don! —llamé—. ¡Martin!

Nadie respondió. Entramos en el patio de una iglesia por una portezuela que estaba abierta. Tras la portezuela, la oscuridad se escondía temerosa, no herida aún por las luces del incendio.

—¡Ven! —susurró «Irina», mientras me agarraba por la mano. La seguí y, de pronto, la oscuridad comenzó a disiparse, descendiendo lentamente por una escalera que apareció frente a nosotros. Alguien estaba sentado en su escalón superior.

Capítulo 22 – La isla de la salvación

Al observar con más atención a ese alguien reconocí a Zernov.

—Boris Arkádievich, ¿es usted? El se dio la vuelta:

—¿Anojin? ¿De dónde viene usted?

Me llegó a la memoria la canción de Martin:

—»El Yanqui Doodle, en el infierno… exclamó: ¡Qué frío!». Pero, ¿dónde está Martin?

—Lo ignoro —respondió Zernov—. Estoy solo.

—¿Y dónde estamos ahora?

Él se sonrió:

—¿No reconoces el interior? Nos encontramos en el hotel «Au Monde», en el segundo piso. Vine a parar a este lugar cuando el furgón carcelero nos lanzó al aire. A propósito ¿qué sucedió allí?

—Parece que alguien tiró una bomba por debajo de las ruedas.

—Tenemos mucha suerte —afirmó Zernov—. No en vano dudaba de que la horca de la Gestapo fuese resistente. Aunque, hablando con sinceridad, no debemos jugar de nuevo con el destino. Por eso estoy sentado aquí desde aquel momento y temo moverme del sitio; es como la isla de la salvación. A nuestro alrededor impera un ambiente familiar, y no hay fantasmas. Así que siéntese y cuénteme sus aventuras—. Se echó a un lado cediéndome sitio.

Mi relato, pese a los acontecimientos inesperados, no produjo en Zernov gran impresión. Me escuchó en silencio, sin preguntar nada. Entonces, inquirí:

—¿Vio usted la película de Fellini «Julieta y los espectros»?

A pesar de que mi pregunta encerraba ciertos argumentos e ideas debatibles, Zernov no se sorprendió de ella, ni expresó nada. Permaneció en silencio esperando que yo continuara. Y tuve que continuar:

—A mi juicio, las «nubes» y Fellini tienen una visión análoga del mundo: una pesadilla surrealista. Todo está dirigido al interior. Toda la realidad es sólo la proyección de los pensamientos de alguien, de la memoria de alguien. ¡Qué lástima que no haya visto aquel casino de St. Dizier! Las cosas estaban disgregadas, rotas en fragmentos, deformadas. Los detalles se veían nítidamente, mas las proporciones estaban distorsionadas. ¿Recuerda usted, cómo en el mundo real de Fellini se entrometía el mundo incoherente de lo subconsciente? Estoy buscando la lógica de todo esto, pero no la encuentro.

—Tonterías —replicó Zernov—. Usted, simple y llanamente, no está habituado a los análisis y no ha sabido unir las partes de lo observado. El ejemplo de Fellini está fuera de lugar. ¿Qué relación puede existir entre el cine o el arte en general y todo esto? Ellas copian las memorias por motivos que no son estéticos. Y, posiblemente, ni el mismo Dios podría crear unas copias tan exactas.

—¿Copias de qué? —le interrumpí.

—Copias de la vida psíquica de algunos huéspedes del hotel «Au Monde».

—¿De qué huéspedes? Estos son cien personas; sin embargo, nosotros fuimos lanzados a ese estiércol líquido del pasado de un oficial de la Gestapo y del portero. ¿Por qué precisamente estos dos? ¿Qué representan esos dos individuos? ¿Dos ejemplos de vileza o simplemente dos gotas fortuitas de la memoria humana? ¿Y qué es precisamente lo que se copia? ¿El éxtasis del pasado o el remordimiento de la conciencia? Mas, ¿cuál puede ser el remordimiento de un oficial de la Gestapo o de un traidor? ¿Por qué, pues, nos permitieron meter las narices en los recuerdos ajenos? ¿Para qué ligaron a Irina con su madre y por qué este contacto resultó ser unilateral? Si es copiada la vida dictada por el recuerdo de alguien y nos permiten cambiar esa vida, entonces, ¿qué clase de copia es ésa, que no repite las pautas de su original? La madre de Irina salva su vida, Lange es muerto por la ráfaga de un automático y Etienne, seguramente, será ajusticiado por sus compañeros. Y todo eso, ¿para qué? ¿En nombre de la justicia suprema realizada con nuestra ayuda? Lo dudo: eso no es ya una copia, sino la creación de un nuevo mundo. ¿Qué es lo real en esa copia y qué es lo falso? ¿Por qué nos encontramos con ráfagas de los automáticos y con balas reales, mientras que se puede penetrar por las paredes de las casas? ¿Por qué al lado de la gente real aparecen estos espectros surrealistas del casino? ¿O la única realidad en esa copia soy yo, que existo en algún lugar, en tanto que el resto es un espejismo, una proyección de sueños y recuerdos? ¿Recuerdos de quién? ¿Qué relación existe entre todo eso y la memoria de Lange? ¿Para qué ligar lo invinculable? ¿Por qué para establecer contacto con nosotros es necesario unir el pasado con el presente— y, además, pasado ajeno— y luego transformarlo? Hay millones de «¿por qué?» y «¿para qué?», pero ni un solo gramo de lógica.