Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Me parecía que Zernov estaba loco. Si bien es cierto que la imposibilidad de explicar todo lo ocurrido, la realidad y la ilusión de estas traslaciones en el tiempo y en el espacio, el mundo místico de Kafka, que para nosotros era realidad, podían aterrar a cualquier ser humano, no es menos cierto que ninguno de nosotros había perdido el control de sí mismo ni la claridad habitual del pensamiento. Martin y yo nos mirábamos mutuamente en la semioscuridad, pero no cambiamos ninguna palabra.

Zernov se echó a reír:

—¿Creen que me he vuelto loco? ¿Conocen ustedes la hipótesis de Bohr que cataloga a la locura como una prueba de la veracidad de las hipótesis científicas? No pretendo tener razón, simplemente expongo una de las suposiciones factibles. Ahora bien, ¿es éste el contacto sobre el cual sueña ahora toda la humanidad pensante? ¿No tratan las “nubes” de explicarle al mundo a través de nosotros, precisamente, a través de nosotros, qué hacen y para qué lo hacen? Permitiéndonos adentrar en sus experimentos, ¿no se dirigen ellas a nuestro intelecto con la esperanza de que podamos comprender su esencia?

—Es un medio de comunicación bastante raro —repuse yo.

—¿Y si no hay otro? ¿Y si nuestros medios de comunicación les son extraños o inaccesibles? ¿Y si ellos no pueden recurrir ni a los métodos ópticos, ni acústicos ni otros empleados por nosotros para transmitir información? ¿Y si ellos desconocen la telepatía e ignoran nuestra lengua, así como el alfabeto Morse u otros medios de señales? Y como nosotros desconocemos los medios de información que ellos emplean, ¿qué hacer?

Fuimos lanzados nuevamente a un lado. Martin me apretó contra la pared, y yo a Zernov.

—No le comprendo —respondió iracundo Martin—. Ellos crean, copian, buscan contactos, y a nosotros nos envían al paredón o al cadalso. Esto no es más que un delirio endemoniado.

—Posiblemente ellos no lo sepan. Son sus primeras pruebas y sus primeros errores.

—¿Y eso consuela su propia inmolación?

—No pienso que eso sea posible —afirmó Zernov. Y antes de que le pudiese replicar, la máquina dio un salto y se rompió en dos. Una fulguración luminosa lo alumbró todo, seguida de una explosión infernal que duró una fracción de segundo; luego, imponderabilidad y sombras.

Capítulo 20 – La doble de Irina

Abrí mis ojos con dificultad, como si estuviesen pegados con cola, y sentí un dolor agudo en la nuca. Luces brillaban en la lejanía límite a guisa de luciérnagas insomnes. ¿Estrellas? ¿Cielo? Al divisar la Osa Mayor, comprendí que me encontraba en la calle. Empecé a mover lentamente mi cabeza de un lado a otro y cada movimiento se acompañaba de un dolor agudo en la nuca. Pese a ello, vislumbré la negrura desigual de las casas en el lado opuesto de la calle y sentí bajo mi cuerpo el pavimento mojado por la lluvia. Este brillaba levemente en la oscuridad y sobre su superficie yacían sombras de cosas indistinguibles. Al observar más detenidamente, reconocí los restos del furgón carcelario. Pedazos negros de algo —quizás del pavimento levantado o de sacos con harapos— rodaban por el suelo a corta distancia de mí.

Yo yacía cerca del tronco de un árbol apenas visible en la oscuridad y cuya corteza arrugada podía palpar con mis manos. Arrastrándome por el suelo, me acerqué a su tronco y apoyé mi espalda contra él. Sentí más libertad para respirar y el dolor aminoró. Por cuanto el dolor aparecía sólo cuando movía la cabeza, deduje que mi cráneo estaba intacto. Toqué mis cabellos cerca de la nuca y olí los dedos mojados de mis manos: el líquido no era sangre, sino petróleo.

Superando mi debilidad, me levanté abrazando el tronco del árbol como si fuese mi amada, luego permanecí de pie largo rato observando la sombra desierta que cubría la calle. A poco, moviendo a duras penas los pies y tropezando a cada paso, llegué al furgón destruido:

—¡Boris Arkádievich! ¡Martin! —llamé con voz velada.

Nadie respondió. Finalmente me aproximé a algo deforme que yacía extendido sobre el pavimento. Lo observé… era la mitad del cuerpo de un soldado alemán, sin piernas y sin rostro. Era todo lo que había quedado de uno de los soldados de nuestra escolta. A dos pasos de él, di con el segundo cadáver. Este apretaba contra su pecho con ambas manos el automático, en tanto que sus piernas dentro de las botas cortas se mantenían abiertas como las de un títere; pero no tenía cabeza. Todo lo que había quedado de nuestro furgón era un montón de hierro retorcido que parecía en la oscuridad un periódico gigantesco todo arrugado. Lo contorneé y cerca del borde de la acera opuesta encontré a Martin.

Le reconocí en el acto por su cazadora corta de gamuza y los pantalones estrechos: ningún soldado alemán usaba tales pantalones. Al acercar mi oído a su pecho, noté que éste se levantaba rítmicamente: Martin respiraba.

—¡Don! —grité. Tembló levemente y susurró:

—¿Quién eres?

—¿Estás vivo, amigo?

—¿Yuri?

—Sí, soy yo. ¿Puedes levantarte?

El asintió. Le ayudé a sentarse en el borde de la acera y me acomodé a su lado. Respiraba con dificultad y, por lo visto, no se había adaptado a la oscuridad: sus ojos pestañeaban. Permanecimos sentados y en silencio cerca de dos o tres minutos, hasta que, por fin, inquirió:

—¿Dónde estamos? No puedo distinguir nada. ¿Acaso estoy ciego?

—Mira hacia el cielo. ¿Puedes ver las estrellas?

—Sí, las veo…

—¿No tienes luxaciones?

—Creo que no. ¿Qué ha sucedido?

—Posiblemente lanzaron una bomba contra el furgón carcelero. ¿Dónde está Zernov?

—No lo sé.

Me levanté y contorneé de nuevo los restos del furgón, observando con atención los cadáveres de los soldados; pero Zernov no estaba por ningún lado.

—La situación es penosa —dije al regresar a su lado—: no hay señales de Zernov.

—¿A quién observabas?

—A los cadáveres de los soldados. Uno está sin cabeza y el otro sin piernas.

—Él debió salir ileso, porque nosotros estábamos con él y estamos ahora vivos. Probablemente se marchó.

—¿Sin nosotros? Eso es absurdo.

—O tal vez haya regresado.

—¿A dónde?

—A la vida real. De estas bodas de brujas. Quizás tuvo suerte. ¡Ojalá nosotros también la tengamos!

Lancé un silbido.

—Saldremos de aquí —afirmó Martin—. Debes estar seguro de que saldremos.

—¡Silencio! ¿Estás oyendo?

Una puerta masiva se abría crujiendo prolongadamente detrás de nosotros. Un rayo de luz fugitivo se escapó a través de la brecha de la puerta, pero fue cortado rápido por la cortina interior. Y, otra vez, nos rodeó la oscuridad. Sin embargo, en el pequeño rayo de luz yo había vislumbrado la figura de una mujer vestida con un traje de noche. Insinuábase ahora su sombra imprecisa. Por entre las cortinas de la puerta llegaban a nuestros oídos las melodías de un vals popular alemán.

La mujer, aún indiscernible en la oscuridad, bajaba por las escaleras de la puerta. Sólo la acera estrecha nos separaba ahora de ella. Continuábamos sentados.

—¿Qué les sucede? —interrogó ella—. Les ha sucedido algo?

—No, nada de particular —respondí—. Simplemente que nuestro furgón voló en pedazos.

—¿Su furgón? —preguntó asombrada.

—El furgón en el cual íbamos o, para ser más exacto, en el cual nos llevaban.

—¿Quiénes les acompañaban?

—¿Quiénes podían ser? Los soldados de la escolta, por supuesto —repliqué rabioso.

—¿Sólo soldados?

—¿Desea recogerlos por pedazos?

—No se enfurezca. Le pregunto porque debió ir con ustedes el jefe de la Gestapo.

—¿Quién? ¿Lange? —inquirí sorprendido—. El se quedó en el hotel.

—Eso fue lo que debía ocurrir —afirmó ella pensativa—. Justamente eso. Aunque aquella vez hicieron volar un furgón vacío. ¿De dónde han venido ustedes? ¿Es posible que Etienne haya ideado también a ustedes?

—A nosotros no nos ha ideado nadie —repliqué—. Estamos aquí por pura casualidad, sin que nuestra voluntad haya tomado parte en ello. Excúseme, pero es que yo no hablo muy bien el francés; me es difícil darme a entender. ¿Habla usted inglés?

—¿Inglés? —dijo asombrada—. Pero, de qué modo…

—Eso no se lo podría explicar ni en inglés. Tanto más que no soy inglés.

—Hello, madam —me interrumpió Martin—. Yo soy de los Estados Unidos. ¿Conoce usted la canción “El yanqui Doodle en el infierno… exclamó: ¡Qué frío!”?. Le aseguro, madam, que este infierno es más caliente.

Ella se rió:

—¿Qué podría hacer yo por ustedes?

—Quisiera mojar mi garganta seca —afirmó Martin.

—Vengan detrás de mí. En el guardarropa no hay nadie y yo dejé libre al portero. Ustedes son afortunados, señores.

Seguimos en pos de ella hasta dar con un guardarropa iluminado pobremente. Lo primero que noté fueron las capas y los quepis militares alemanes. Próximo al guardarropa había un cuarto pequeño sin ventanas con las paredes cubiertas por las páginas de revistas de cine. En su interior había dos sillas y una mesa con un libro de registro.

—¿Qué es esto? ¿Un hotel o un restaurante? —quise saber.

—Es un casino para oficiales.

Le miré el rostro por primera vez… y quedé helado, más bien, paralizado, petrificado como la mujer de Lot. Ella se puso tensa y en guardia:

—¿De qué se asombra? ¿Me conoce acaso?

—Esto es interesante —dijo Martin.

Yo seguía encerrado en mi mutis.

—Señores, ¿qué significa todo esto? —preguntó asombrada.

—Irina, no comprendo nada —dije en ruso.