Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

—El hielo es agua —afirmó él con la entonación de un cansado maestro hacia el final de la lección—. El agua es un compuesto muy raro incluso en nuestro sistema estelar. Nosotros desconocemos si hay agua en Venus. La hay en Marte, aunque en cantidad muy limitada, y no hay en absoluto en Júpiter y Urano. Como pueden ver, en el Universo no hay mucho hielo. Si acaso no tengo razón, que los astrónomos me corrijan, pero creo que el hielo cósmico es sobre todo una formación de gases congelados: amoníaco, metano, dióxido de carbono y nitrógeno.

—¿Por qué nadie pregunta sobre los dobles? —le susurré a Anatoli.

Y en el acto, como adivinando mi pensamiento, el profesor Kedrin inquirió:

—Quisiera que Anojin me contestara una pregunta. Anojin, ¿conversó usted con su doble? Es interesante, ¿cómo y sobre qué?

—Sí, conversé con él. Hablamos mucho y de diferentes cosas —repuse.

—¿Notó usted alguna diferencia exterior pequeña, algún detalle insignificante? Me refiero a una diferencia entre ustedes dos.

—Entre nosotros no había ninguna diferencia. Hasta la sangre de él y la mía eran idénticas—. Les relaté lo que sucedió junto al microscopio.

—¿Y la memoria? ¿El recuerdo de la infancia, de la juventud? ¿Lo comprobó usted?

Le conté mi conversación con el doble sobre el pasado. Aunque yo seguía sin comprender a dónde quería llevarme el profesor. Hasta que, por fin, él mismo aclaró:

—La pregunta que hizo el almirante Thompson es inquietante y terrible, y nos debe poner alerta. Porque si los dobles de las personas aparecen en lo sucesivo y al mismo tiempo son indestructibles, entonces, ¿cómo podríamos diferenciar al hombre de su copia? Además, ¿cómo ellos mismos se diferenciarían? En todo esto, a mi juicio, el asunto no radica en la semejanza absoluta, sino en la convicción de cada uno de que él es el verdadero y no la copia creada artificialmente.

A la sazón recordé la discusión que tuve con mi desafortunado doble y me turbé. Zernov me sacó del apuro:

—Hay un detalle muy curioso —afirmó él—, y es que el doble aparece siempre después de un mismo sueño. El individuo cree estar sumergido en una sustancia roja o morada (a veces violeta), espesa y fría, semejante a la jalea. Esta extraña sustancia llena por completo todo su interior y todas sus arterias. Yo no puedo aseverar que lo llena realmente, pero ésa es la sensación del hombre que la experimenta. El individuo yace privado totalmente de movimiento, como si estuviera paralizado, y empieza luego a experimentar sensaciones iguales a las de un hipnotizado: le parece que alguien invisible observa su cerebro, palpando cada una de sus células. A poco, la oscuridad escarlata se disipa, su pensamiento se aclara y vuelve la libertad en los movimientos y cree que ha visto simplemente un sueño absurdo y terrible. Luego, pasado un rato, aparece el doble. Empero, el hombre, después de desadormecerse, piensa, conversa con alguien o hace algo. El doble no lo sabe. Guando Anojin despertó, encontró no una sola “Jarkovchanka”, sino dos, con las mismas abolladuras en el vidrio delantero y con idénticas soldaduras en las orugas. Todo esto fue un descubrimiento para su doble, porque este último recordaba solamente lo que recordaba Anojin antes de su inmersión en la oscuridad escarlata. Discrepancias semejantes se observaron en otros casos. Diachuk, después de despertarse, se afeitó, produciéndose una pequeña herida en la mejilla. Su doble apareció sin la herida. Chojeli se acostó ebrio porque se bebió un vaso de alcohol, pero se levantó cuerdo, con la mente despejada. Su doble, por el contrario, apareció frente a él completamente borracho y excitado, sosteniéndose a duras penas sobre las piernas y mostrando una mirada turbia. Creo que en lo sucesivo, este momento o, más bien, la acción del hombre después del “sueño escarlata” ayudará en los casos dudosos a diferenciar el original de la copia; siempre y cuando no hayamos encontrado otro modo para saberlo.

—¿Tuvo usted también un sueño de esa naturaleza? —inquirió alguien de la sala.

—Sí, lo tuve.

—Pero, ¿no tuvo su doble?

—No. Eso es justamente lo que me desconcierta. ¿Por qué fui yo una excepción?

—Usted no fue una excepción —le respondió a Zernov su propia voz.

El que habló estaba de pie detrás de todos los presentes, casi en la puerta y vestido algo diferente que Zernov. Zernov llevaba puesto un traje gris hermoso, en tanto que aquél llevaba el viejo suéter verde que utilizaba Zernov en la expedición. Completaban la vestimenta del extraño los pantalones de guata de Zernov y sus botas canadienses de piel, cuya belleza yo había mirado con envidia en el transcurso de la expedición. Sin embargo, no se podía decir que éste fuese un extraño, porque hasta yo, que había convivido con Zernov mucho tiempo, no podía ahora diferenciar uno del otro. Zernov estaba en la tribuna, mas en la puerta se encontraba su copia perfecta y exacta.

En la sala se oían exclamaciones de asombro, unos se pusieron de pie observando confusos a ambos Zernov y otros permanecieron en sus asientos con la boca abierta. Kedrin, entornando sus ojos, examinaba detenidamente al doble de Zernov. En los finos labios del almirante se dibujó una sonrisa burlona: él parecía satisfecho por la confirmación inesperada de su idea. Zernov, a mi juicio, estaba también satisfecho al ver consumados su duda y su temor.

—Ven acá —dijo casi alegre—. Hacía tiempo que esperaba este encuentro. Ven y conversemos. Será interesante para todos.

El doble de Zernov echó a andar con calma hacia la tribuna acompañado por las miradas de los presentes, miradas que mostraban un interés cautivador, con las cuales se honra únicamente a las grandes celebridades mundiales. Miró a su alrededor, acercó una silla y se sentó a la misma mesa que Zernov. El espectáculo en sí no era extraño: en la mesa se hallaban dos gemelos que se encontraron después de una larga separación. La única diferencia consistía en que cada uno de nosotros sabía que entre ellos no hubo ninguna separación y que no eran hermanos. Simplemente, uno de los dos era un fenómeno incomprensible para la razón humana. Sí, pero, ¿cuál de ellos? Comprendía ahora la idea del almirante Thompson.

—¿Por qué no apareciste durante el viaje? Te estaba esperando —dijo el Zernov número uno.

El Zernov número dos, perplejo, se encogió de hombros:

—Yo recuerdo todo lo que sucedió antes del sueño rosado; después del mismo me falló la memoria y, de pronto, entré en esta sala. Aquí, he visto y escuchado y, si no me equivoco, ya he empezado a comprender… —El miró a Zernov y se sonrió con ironía—: ¡Qué parecidos somos!

—Me lo imaginaba —observó Zernov.

—Pues yo no. Si nosotros nos hubiésemos encontrado allá como Anojin encontró a su doble, yo no habría cedido en mi prioridad. Porque, ¿quién me habría demostrado que tú eres el real y yo soy solamente la reproducción? Tanto más que yo soy tú. Yo recuerdo toda mi… o tu —no sé de quién— vida en sus detalles más ínfimos; mejor que tú quizás: la memoria sintetizada es más fresca. Antón Kuzmich —dijo él dirigiéndose al profesor Kedrin que estaba en la sala—, ¿recuerda usted la conversación que sostuvimos antes del viaje? No concretamente sobre los experimentos, sino las últimas palabras que cambiamos. ¿Las recuerda usted?

El profesor Kedrin se sonrió turbado:

—No, no las recuerdo; las olvidé.

—Yo también las olvidé —manifestó el Zernov número uno.

—Usted golpeó su paquete de cigarrillos con la boquilla —recordó el Zernov número dos con un tono de superioridad— y dijo: “Quiero dejar de fumar, Boris. Desde mañana será definitivo”.

Sonó una risa general: el profesor Kedrin masticaba la boquilla con el cigarrillo apagado.

—Quisiera hacer una pregunta —dijo el almirante Thompson levantándose—. Desearía que fuese el Zernov de suéter verde el que me la contestara. ¿Recuerda usted nuestro encuentro en MacMurdo?

—Sí, por supuesto, —respondió en inglés el Zernov-doble.

—¿Y recuerda también el souvenir que tanto le gustaba?

—Sí, por supuesto —repitió el Zernov-doble—. Usted me regaló una pluma con sus propias iniciales grabadas en oro. La tengo ahora en mi habitación en el bolsillo de mi cazadora de verano.

—De “mi” cazadora de verano —corrigió Zernov con burla.

—Tú no me habrías podido convencer de ello, si yo no hubiera visto la película. Sé ahora que no regresé con ustedes en el cruzanieves y no encontré al piloto norteamericano. La muerte de su doble la vi en la película. Yo espero ese mismo fin para mí, ya lo adivino.

—¿Quizás nosotros seamos una excepción? —inquirió Zernov—. ¿Quizás nos regalen la coexistencia? ¿No lo crees?

Notaba ahora la diferencia que existía entre ambos. Uno hablaba tranquilamente, sin perder la calma; el otro, por el contrario, tenía un volcán interior, una tensión inefable. Hasta sus labios temblaban como si le fuera difícil decir todo lo que su mente estaba pensando.

—Ni tú mismo lo crees —respondió él—. Nosotros fuimos creados para un experimento y seremos eliminados como productos del experimento. ¿Por qué? Nadie lo sabe, ni ustedes ni nosotros. Recuerdo el relato de Anojin a través de tu memoria o de nuestra memoria común. —Él me miró y sentí un escalofrío al encontrar esa mirada tan familiar—. Guando la nube empezó a descender, Anojin le propuso a su doble huir. El doble se opuso: “No puedo”, dijo, “algo me ordena quedarme”. A poco regresó a la cabina, para morir. Lo vimos con nuestros propios ojos. La diferencia que existe entre nosotros consiste en que tú puedes levantarte y huir, y yo no puedo hacerlo. Algo me ha ordenado ya no moverme.