Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Yo estaba enterado de ello, pero no dije nada. Sus espejuelos rectangulares se dieron la vuelta hacia mí. “¡Qué bueno sería si ella se quitara esos espejuelos!” pensé.

Y se los quitó.

—Ahora empiezo a creer en la telepatía —le dije. Ella se levantó. Era alta como una basketbolista de primera clase.

—Anojin, ¿ha venido usted para examinar el aparato, la tensión de la pantalla y el regulador del sonido? Ya todo eso ha sido comprobado.

—Escuche, ¿qué es la topología? —le pregunté.

Sus ojos sin espejuelos no tuvieron tiempo de incinerarme, porque en esos momentos empezaron a llegar los invitados a la reunión. Nadie quería llegar tarde. El quorum fue reunido en un cuarto de hora. No hubo introitos. El presidente de la reunión le preguntó a Zernov que si habría algunas palabras de introducción. “¿Para qué?” preguntó a su vez aquél. A poco, la luz se apagó y en el cielo azul de la Antártida, proyectado sobre la pantalla, empezó a inflarse la campana morada.

Esta vez no tuve necesidad de comentar la película, porque la voz del locutor en la grabadora lo hacía en mi lugar. A diferencia de aquella reunión tensa que tuvo lugar en Mirni durante la proyección de la película por primera vez, ésta parecía una reunión de amigos ante la pantalla del televisor. De tiempo en tiempo las réplicas le “pisaban los talones” al locutor, eran alegres en su mayoría, algunas eran comprensibles sólo para los iniciados en las ciencias que dominaban aquí; otras eran punzantes como las estocadas de los esgrimistas y, en ocasiones, eran tan ingeniosas como las expresadas en un club de bromistas. Yo recuerdo algo de esto. Cuando la flor morada se tragó a mi doble junto con su cruzanieves, alguien, con una voz de bajo, gritó:

—¡Que levante la mano el que considere al hombre como la cúspide de la creación!

Se oyó una risotada. La misma voz prosiguió:

—Debemos tener en cuenta una cosa irrefutable: ningún sistema creador de copias es capaz de construir una copia estructural más compleja que él mismo.

Cuando el borde de la flor, doblándose, empezó a desprender espuma oí:

—Es la espuma líquida, ¿verdad? ¿Cuáles serán sus componentes? ¿Gas? ¿Líquido? ¿O una sustancia capaz de formar espuma?

—¿Está usted seguro de que eso es espuma?

—Yo no estoy seguro de nada.

—Quizás sea plasma a baja temperatura, ¿verdad?

—El plasma es un gas. Siendo así, ¿qué lo retiene?

—La trampa magnética. El campo magnético puede generar las paredes necesarias.

—Tonterías, colega. ¿Por qué ese gas disperso y efímero no se desintegra ni se esfuma bajo la presión de este campo? Pues éste no sería un campo privado de fuerza en el sentido de que no tiende a cambiar la forma.

—¿Cómo, a su juicio, las nubes de gases interestelares forman campos magnéticos?

Otra voz se mezcló en la conversación:

—La presión del campo es variable, por cuya causa varía también la forma.

—La forma sí, pero, ¿por qué varía el color?

Lamenté no haber traído conmigo el magnetófono. La sala calló por unos minutos: en la pantalla apareció la flor gigante tragándose el avión, y el tentáculo-serpiente violeta engulléndose el modelo insensible de Martin. Aún estaba pulsando sobre la nieve, cuando una voz dijo:

—Quisiera hacerles una pregunta a los autores de la hipótesis del plasma. ¿Creen ustedes que ambos, el avión y el hombre, se fundieron en el chorro de gas dentro de la “botella” magnética?

Una risotada proveniente de la primera fila llenó la sala. Yo lamenté de nuevo no haber traído conmigo el magnetófono: ya empezaban a intercambiarse “disparos”.

—En esto hay mística. Considero que es improbable.

—Para reconocer como posible la existencia de lo improbable no es necesaria la mística, sólo bastan las matemáticas.

—Eso es paradójico.

—Aquí, los matemáticos hacen más falta que los físicos. El matemático encontraría resoluciones más positivas que las que podrían lograr los físicos.

—Sería interesante saber qué es lo que encontraría.

—El matemático no necesitaría ningún tipo de muestras, sino más fotos. ¿Qué observaría en ellas? Observaría figuras geométricas distorsionándose a voluntad, sin desgarros y sin pliegues. Ese es un problema que se encuentra en el curso de topología.

—Perdone usted, pero, ¿quién resolvería entonces el “pequeñísimo” problema sobre la composición de esa biomasa rosada?

—¿La considera usted una masa?

—Yo no puedo, a base de esos cuadros de color, considerarla un organismo pensante.

—Pero es evidente que puede elaborar información.

—Eso no es sinónimo de raciocinio.

Las réplicas se continuaban. La sala se excitó grandemente cuando en la pantalla apareció la sinfonía de hielo: nubes trabajando a modo de serruchos y gigantescas barras de hielo colgando sobre el fondo del cielo azul.

—¡Mirad cómo se alargan! ¡Una nube de tres metros de longitud crece hasta el tamaño de un kilómetro y aseméjase a un buñuelo!

—Eso no es un buñuelo, sino un cuchillo.

—No entiendo nada.

—¿Por qué no? Un solo gramo de cualquier sustancia en un estado de dispersión coloidal poseería una superficie enorme.

—Entonces, ¿es una sustancia?

—Es difícil hacer ahora una conclusión definitiva. ¿Cuáles son los datos que poseemos? ¿Qué nos dicen estos datos sobre este biosistema? ¿Cómo reacciona éste bajo la influencia del medio ambiente? ¿Creando un campo de fuerza? ¿Y quién o qué controla a este biosistema?

—Agregue, además, ¿de dónde este biosistema toma la energía? ¿En qué acumuladores la conserva? ¿Qué transformadores aseguran su conversión?

—Añada, entonces…

Pero nadie añadió nada: la película terminó, las luces se encendieron y todos callaron, como si la claridad hubiese traído la habitual cautela en la exposición de los juicios. El presidente de la reunión, académico Osovets, lo percibió:

—Camaradas, no estamos en un simposio, ni tampoco en una asamblea académica —dijo pausadamente—. Nosotros, todos los aquí presentes, representamos un comité especial creado por el Gobierno con los objetivos siguientes: determinar la naturaleza de las “nubes” rosadas, el objeto de su llegada a la Tierra, la agresividad o amistad de sus intenciones y el contacto posible con ellas, caso de que sean seres racionales. Desgraciadamente, lo que hemos visto no nos permite aún llegar a conclusiones o decisiones determinadas.

—¿Por qué no? —le interrumpió la conocida voz de bajo—. ¿Y la película? Podemos hacer ya la primera conclusión, y es que esta película es una excelente joya científica y un material inapreciable para empezar a trabajar. Propongo la primera decisión: que sea exhibida en todo el mundo.

Me era bastante agradable escuchar todo lo expresado; lo reconozco. Agradable era también escuchar las palabras del presidente:

—La película fue valorada por el Gobierno como se lo merecía. Y ha sido tomada una resolución muy similar a la expresada por usted. El colega Anojin ha sido incluido en el grupo de trabajo de nuestro comité. Pero, a pesar de todo —continuó el académico—, la película no puede responder a un sinnúmero de preguntas e interrogantes que nos interesan. Por ejemplo, ¿de dónde, de qué región del universo han venido esos seres? ¿Qué forma de vida representan? (Dudo mucho que se base en proteínas.) ¿Cuál es su estructura físico-química? ¿Son seres animados y racionales o simplemente biorrobots con un programa específico de acción? Podemos formular un sinnúmero más de preguntas que somos incapaces de responder. Por lo menos, por ahora. Sin embargo, nosotros podríamos hacer algunas conjeturas y exponer hipótesis de trabajo que se publicarían no solamente en las revistas científicas, sino también en todos los periódicos del mundo. La humanidad quiere saber la verdad sobre las “nubes” rosadas, quiere escuchar, no disparates y cacareos de vaticinadores imbéciles, sino una información científica competente y seria, por lo menos, dentro de los límites de lo que hemos conocido y de lo que podemos conjeturar. Nosotros podemos informar, por ejemplo, sobre la posibilidad y los proyectos para el contacto, sobre los cambios del clima terrestre debidos a la pérdida del hielo y, fundamentalmente, podemos oponer un argumento sólido a la idea en boga de la hostilidad de esa civilización hasta ahora desconocida; demostrar con hechos y pruebas fehacientes la lealtad de ésta para con la humanidad.

—Quisiera añadir algo más, para completar lo que ya han escrito los periódicos —señaló un científico sentado junto a Zernov—. La proporción de deuterio o hidrógeno pesado en el agua corriente es muy insignificante y más insignificante aún en el hielo y en el agua derretida. Esto demuestra que estos últimos elementos son más activos biológicamente. Es también un hecho conocido, que el agua cambia sus principales propiedades físico-químicas bajo la acción del campo magnético. Y los glaciares terrestres, son, hablando con propiedad, agua ya expuesta a la acción del campo magnético de la Tierra. Tal vez esto derrame alguna luz sobre los objetivos de los visitantes.

—Me interesa más otro objetivo de los visitantes, a pesar de que soy glaciólogo —intervino Zernov—. Se sabe que ellos copian todas las cosas que ven para estudiar mejor la Tierra. Ahora bien, lo que no se comprende es por qué destruyen esas copias.

—Yo correré el riesgo de contestarle —dijo Osovets mirando a la sala. Se disponía a contestar a toda la sala y no sólo a Zernov—: Considero que ellos se llevan no la copia, sino solamente la grabación de la estructura de la copia. Para hacer tal grabación se necesita destruir esas copias, o mejor dicho, descomponerlas hasta el nivel molecular, o tal vez, hasta el atómico. Ellos no quieren destruir a los humanos, hacerles daño, como tampoco desean destruir las obras de los humanos. De todo esto resulta la sintetización y, posteriormente a la prueba, la eliminación subsiguiente de la copia.