Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Su hoja, semejante a una antena fina, se acercaba de nuevo, oscilando, como si buscara algo. Sí, buscaba la ventanita abierta que pudiera aparecer en mi defensa. Nuestras hojas parecían llevar una conversación silenciosa. La mía parecía decir: «No lo lograrás; yo soy más larga. Si te inclinas, te alcanzaré». La de él parecía decir: «No te escaparás. ¿Observas cómo se acorta la distancia? Ahora atraparé tu brazo». La mía: «No tendrás tiempo para ello. Ya pendo sobre ti: soy más larga». Pero Bonnville superó el tamaño de mi espada y, rechazándola, dio una relampagueante estocada que atravesó mi chaqueta y rozó el cuerpo. Bonnville frunció el entrecejo.

—Despojémonos de los jubones —propuso y dio un paso atrás.

Sin moverme de mi sitio, tiré la chaqueta al suelo y quedé en camisa. Me sentí más libre, pero también más indefenso.

En nuestras competiciones deportivas, usábamos habitualmente una cazadora especial, forrada con un hilo fino de metal. El contacto de la punta del florete con el metal, se registraba por un aparato eléctrico especial.

Ahora, la punta era real. Podía penetrar en la carne viva, perforar las arterias, herir gravemente y hasta matar. En verdad, si hacemos caso omiso de la maestría del esgrimista, nuestra situación era análoga, porque las espadas podían herir igualmente y nuestras camisas se abrían por igual al encuentro de la hoja mortal. Pero, ¡qué diferente era mi simple camisa rayada de su camisa de seda blanca, copia de aquella con la cual se interpreta el papel de Hamlet!

Las espadas se cruzaron de nuevo. A la sazón recordé otro consejo de mi instructor: «No ataques antes de tiempo. Espera que el contrario pierda, por un instante, el sentido de la distancia. Espera que abra su defensa». Pero Bonnville no se abría. Su espada oscilaba ante mí como una avispa presta a picar. Pero yo retrocedía y la rechazaba. Por suerte para mí, él utilizaba la mano izquierda: yo podía anticiparme a sus movimientos.

Bonnville, como adivinando mi pensamiento, dijo:

—Con la mano izquierda sólo coso las botas. ¿Desea ver mi derecha?

Se despojó del cabestrillo y empuñó rápido la espada. Esta fulguró, rechazó la mía y se me clavó en el pecho.

—Así es como se hace —afirmó orgulloso, pero, antes de que tuviera tiempo de seguir hablando, alguien invisible le recordó:

—¡Use la izquierda, Bonnville! ¡Use la izquierda! ¡Y deje a un lado la derecha!

Bonnville cambió de mano la espada. La mancha roja de mi pecho se ensanchaba.

—Pónganle un vendaje —pidió.

Me quitaron la camisa y con ella vendaron mi pecho. La herida no era profunda, pero sangraba profusamente. Flexioné mi brazo derecho: no me dolía. Yo podía aún ganar tiempo.

—¿Dónde estudió usted? —inquirió Bonnville—. ¿En Italia?

—¿Por qué piensa eso?

—Por su manera italiana de defenderse. Sin embargo, eso no le ayudará.

Me sonreí y apenas tuve tiempo de retenerle: atacó por la derecha, flexioné levemente las rodillas y su espada sólo me rozó el hombro; la repelí hacia arriba y di a la vez una estocada certera.

—Bravo, bravo —dijo él.

—Usted está sangrando de la mano.

—No es nada de cuidado.

Y de nuevo ante mi pecho osciló su espada. La repelía y retrocedía, sintiendo cómo se helaban los dedos de mi mano que apretaban la empuñadura.

—Bonnville, no alargues el tiempo —dijo la voz invisible—. Ya no habrá repetición.

—No habrá nada —replicó Bonnville y dio un paso hacia atrás, dándome el descanso esperado—. Yo no lo puedo vencer con la mano izquierda.

—Entonces, él le vencerá. Cambiaré así el tema. Pero, Bonnville, usted es un superhombre, tal como yo lo ideé. ¡Atrévase!

Bonnville, de nuevo, avanzó hacia mí.

Ante mí había de nuevo un robot que lo olvidaba todo, exceptuando su supertarea. Sentí de pronto que mi espalda tocaba ya la pared. No podía retroceder. «¡Llegó mi final!» pensé desesperanzado.

Su espada chocó nuevamente contra la mía, retrocedió ligeramente y regresó recta a mi garganta para clavarse sin piedad. No experimenté dolor alguno, excepto el borboteo de algo en mi garganta. Las rodillas se me doblaron, traté de sostenerme con la espada, pero ésta cayó de mis manos. Lo último que oí fue una exclamación que parecía venir de otro mundo:

—¡Liquidado!

Cuarta parte: ¡El contacto se establece!

Capítulo 24 – El despertar

Lo que sucedió después cruzó por delante de mis ojos igualmente que una secuencia fragmentaria y discontinua de cuadros nebulosos y blancos. Todo era blanco: la mancha del techo que me cubría, las cortinas de las ventanas, que no oscurecían la habitación, las sábanas junto a mi rostro, personas que giraban a mi alrededor. En medio de esta blancura, percibía las fulguraciones que despedían superficies cilíndricas niqueladas, los tubos largos que se retorcían como serpientes y unas caras desconocidas que se inclinaban sobre mí.

—Ha vuelto en sí —dijo una voz.

—Sí, ya lo veo. Anestesia.

—Profesor, todo está preparado.

La conversación se desarrollaba en francés, en un francés rápido que penetraba en mi conciencia o resbalaba por ella en un caos de términos codificados y esotéricos para mí. A poco, todo se apagó —la luz y los pensamientos—, para luego cobrar vida. Y nuevamente los rostros desconocidos se inclinaban sobre mí y algo pulido —tijeras o cucharas, relojes o jeringuillas— refulgía ante mis ojos. A ratos, el níquel era reemplazado por el amarillo transparente de los guantes y por unas manos rosadas y esterilizadas con uñas cortadas esmeradamente. Pero todo esto duró muy poco tiempo, hundiéndose todo en la oscuridad carente de espacio y de tiempo, donde sólo existía el vacío negro del sueño.

Después, los cuadros empezaron gradualmente a revelarse con mayor nitidez, como si alguien invisible regulara la luz de un foco. El rostro enjuto y severo del profesor de gorro blanco fue reemplazado por la cara más severa aún de la enfermera cuya cabeza estaba protegida por una pañoleta de monja de color blanco. La enfermera me alimentaba con caldos y jugos, vendaba mi cuello y prohibía que hablara.

Haciendo grandes esfuerzos para hablar, pregunté:

—¿Dónde estoy?

Los dedos rígidos de la enfermera se posaron sobre mis labios.

—No hable. Está en la clínica del profesor Peletier. Cuide su garganta y no pronuncie palabra alguna.

Pasó el tiempo. Una vez se inclinó sobre mí un rostro muy familiar con gafas ahumadas.

—¿Tú? —exclamé sin reconocer mi propia voz: era ronca o chillona como la de un pájaro.

—Tss… —susurró, en tanto que sus dedos se posaban sobre mis labios. Pero, ¡qué delicado, qué ligero era este contacto!—. Todo va bien, mi amor. Te recobrarás; pero, por favor, no hables. Calla y espera. Vendré otra vez a tu lado. Duerme ahora.

Dormía y despertaba y comenzaba a sentir la liberación lenta de mi cuello, el sabor del caldo, el dolor de las inyecciones; y de nuevo caía en la oscuridad. Hasta que, al fin, me desperté completamente. Ya podía hablar, gritar, cantar; y yo lo sabía: hasta me habían quitado el vendaje.

—¿Cómo se llama usted? —le pregunté a mi enfermera de rostro hosco.

—Soy la hermana Teresa.

—¿Es usted monja?

—Todas las enfermeras de esta clínica son monjas.

Notando que ella no me prohibía conversar, con astucia la interrogué:

—Siendo así, el profesor es católico, ¿verdad?

—El profesor arderá en el infierno —respondió seria—. Estamos aquí, porque él está convencido de que las enfermeras más virtuosas somos nosotras. Es una promesa que hemos hecho ante el Todopoderoso.

«Yo también arderé en el infierno» pensé y cambié de tema:

—¿Qué tiempo he pasado en esta clínica?

—Ya han pasado dos semanas después de la operación.

—¿La realizó el ateo? —inquirí sonriendo. Ella suspiró:

—Todo es realizado por la clarividencia de Dios.

—¿Y las «nubes» rosadas?

—En las sagradas encíclicas se señala que fueron creadas por seres humanos. La creación de nuestros hermanos del Universo ha sido realizada a imagen y semejanza de Dios.

Pensé que las sagradas escrituras habían cedido ante un mal peor, al darle preferencia a la hipótesis antropocéntrica. Para el mundo cristiano, ésta era la única salida. Pero, ¿y para la ciencia? ¿Qué hipótesis fue apoyada por el Congreso? ¿Y por qué hasta ahora no me he enterado de nada?

—¿Es ésta una clínica o una cárcel? —inquirí furioso—. ¿Por qué me torturan por medio del sueño?

—No le torturamos, le curamos. Empleamos la terapéutica del sueño.

—¿Dónde tienen los periódicos? ¿Por qué no me dejan leerlos?

—La completa separación del mundo exterior es también parte del tratamiento. Cuando éste termine, usted recibirá todo lo que desee.

—Pero, ¿cuándo terminará el tratamiento?

—Tan pronto como se encuentre bien.

—Sí, pero, ¿cuándo…?

—Pregúntele al profesor.

Me sonreí interiormente: no me resistió. Decidí entonces realizar un ataque por los flancos:

—Estoy mucho mejor, ¿verdad?

—Sí.

—¿Por qué no recibo visitas, pues? ¿O es que todos me olvidaron?

Había que ser monja para poder sostener el ataque de un paciente como éste. La hermana Teresa, a excepción de aquel día en que se subió de tono, se mantuvo todo el tiempo firme. Hasta algo semejante a una sonrisa se dibujó en sus labios imperturbables y dijo:

—Hoy es día de visita. Empezará dentro de… —miró el reloj de pulsera, cuya fulguración yo había visto muchas veces durante mis despertares— …diez minutos.