Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Expuse rápido mi idea y callé. La niebla rosada se arremolinaba sobre nuestras cabezas, en tanto que hacia abajo, por la escalera, se tornaba paulatinamente cada vez más densa, adquiriendo matiz purpúreo. A metro y medio hacia abajo no se distinguía nada. Conté nada más que seis escalones: el séptimo se ahogaba ya en el humo rojo. Tuve la impresión de que este humo retrocedía, dejando al descubierto los escalones mellados de la escalera.

—La niebla continúa flotando —afirmó Zernov al atrapar mi mirada—. Permanezcamos aquí, mientras no nos toquen. Respecto a sus “¿por qué?” hay también su “por tal o cual razón”. Aunque usted mismo lo podría contestar, después de que haya razonado con calma. Bien. En primer lugar: ¿qué se copia? No sólo la memoria, sino también la psiquis, los pensamientos, los deseos, las evocaciones y los sueños. Los pensamientos, como sabrá muy bien, no son siempre lógicos; las asociaciones no son siempre comprensibles y los recuerdos nunca surgen en sucesión cronológica. Siendo así, no se sorprenda de la naturaleza fragmentaria de lo visto o de su desarrollo caótico; porque eso no es una película. La vida revivida con la ayuda del recuerdo no puede presentarse de otra forma. Trata de recordar algún día memorable de su pasado. Rememórelo en sucesión cronológica, desde la mañana hasta la noche. ¿Lo podrá hacer? No, no podrá hacerlo jamás. Usted no logrará desarrollar en la mente un cuadro sucesivo y coherente, pese a todos los esfuerzos y vehemencias por hacerlo factible. Siempre quedará olvidado algo; unas cosas las recordará claramente, otras, de modo borroso. Unos recuerdos se escaparán de su mente y usted tratará con ansiedad de atrapar esos recuerdos confusos y fugitivos; pero en vano. Y, sin embargo, esto es vida. Puede ser borrosa e ilógica, mas no es inventada: es real. Aunque exista la falsa.

Sin comprenderle, inquirí:

—¿La falsa? ¿Por qué la falsa?

—La imaginada —aclaró él—. Aquella que podemos crear con la ayuda de los antojos o sueños o simplemente de las suposiciones. Por ejemplo, uno puede recordar lo leído en un libro o lo visto en el cine, figurarse héroe de esta vida imaginaria creada por otro y tomarla por una realidad; o, puede crear fantasías, es decir, inventar o idear algo. Por suerte usted y yo, hasta el momento, no hemos caído en esa vida, si es que se puede llamar vida. Hasta el momento… —repitió pensativo—; porque esa posibilidad no está excluida. ¡No, no está excluida! Observe cómo flota…

La niebla roja retrocedía lentamente hacia los peldaños inferiores de la escalera. Suspiré:

—Hoy ha permanecido mucho tiempo en el aire. Y el silencio es bastante extraño. Preste atención: no se oye nada…

Zernov no respondió. Luego, tras breves segundos, expuso la idea que le inquietaba:

—Lo más curioso de todo esto es que nos dejan el campo libre para actuar y no se entrometen ni nos controlan; para que comprendamos.

—Martin y yo no comprendimos nada —le dije—. Hasta el momento no comprendo por qué nos permitieron alterar la copia.

—¿No acierta a ver en ello un experimento? Ellas estudian, prueban y combinan. Exponen la memoria de alguien y crean un cuadro del pasado. Ahora bien, esto no es una película, sino el curso de una vida. El pasado da la impresión de transformarse en presente y de darle forma al futuro. Siendo así, si se introdujeran nuevos factores en el presente, el futuro cambiaría indefectiblemente. ¡He ahí el quid de la cuestión! Nosotros somos ese nuevo factor, la base del experimento. Con nuestra ayuda reciben dos exposiciones de un mismo cuadro y de ese modo pueden compararlas. ¿Cree usted que comprenden todo de nuestra conducta? De seguro que no. Esa es la razón por la que realizan continuamente experimentos, uno tras otro.

—Sí, y mientras tanto nosotros somos los que sufrimos —le dije.

Parecía que la niebla se despejaba. Zernov también lo notaba.

—¿Cuántos escalones logra usted contar? —interrogó.

—Diez —repuse.

—Antes podíamos contar seis. El resto de los escalones se perdía en una mezcla rojiza. Me fastidia ya esta “isla de la salvación”. Me duele la espalda. ¿No cree que deberíamos arriesgarnos… a entrar en mi habitación? Allí descansaríamos, por lo menos, como personas.

—Mi habitación está situada un piso más alto.

—Vayamos a la mía, que está más cerca—. Zernov señaló una puerta próxima, ahogada aún en el humo rojo—; ¿Nos aventuramos?

—Sí.

Nos introdujimos en la neblina roja y nos aproximamos cuidadosamente a la puerta. Zernov la abrió y entramos.

Capítulo 23 – Desafío

Pero la habitación no existía: ni techo, ni paredes, ni piso. En su lugar se extendía un camino ancho, cubierto por un polvo gris. Todo a nuestro alrededor tenía el mismo matiz gris: los arbustos que colindaban con el camino, el bosque detrás de los arbustos, todo deforme y grotesco como en los dibujos de Gustavo Doré, y el cielo que se cernía sobre el bosque y por el que se deslizaban nubes sucias y desgreñadas.

—Cruzamos el Rubicón —dijo Zernov, mirando hacia los lados—. ¿Dónde hemos caído?

El camino se bifurcaba: hacia la derecha, contorneaba una pequeña colina y se hundía en un río no visible; hacia la izquierda, cruzaba por detrás de un roble enorme, también gris, como si hubiera sido embadurnado con polvo de grafito. Desde esa dirección, nos llegaba la melodía interpretada por una flauta de pastores o, más bien, por un caramillo infantil. Deduje esto último por los sonidos primitivos y monótonos del latoso y triste estribillo.

Echamos a andar en esa dirección y logramos ver una procesión inimaginable. Eran unas decenas de niños de edad escolar vestidos unos con camisas hasta las rodillas, otros, con pantalones. Llevaban unos trajes absurdos y gorros cónicos adornados con pinceles. Delante de la procesión iba un hombre desgreñado, vestido de igual modo. Sobre sus medias largas de lana llevaba puestos unos zapatos ordinarios con hebillas de hojalata. Tocaba con su flauta una canción que hipnotizaba a los niños. Hipnotizar es la palabra precisa, porque los niños se movían soñolientos, taciturnos y sin mirar hacia los lados, mientras que el guía continuaba tocando su instrumento a paso de soldado y levantando el polvo gris del camino.

—¡Eh! —grité, cuando la procesión llegó hasta nosotros.

—Deténgase —me rogó Zernov—. Esto es un cuento.

—¿Qué cuento?

—El cuento del flautista de Hamelin. ¿No lo recuerda?

A la distancia, en el recodo del camino que contorneaba el bosque deforme, divisábanse los techados góticos de una ciudad medieval. Y los niños, hipnotizados por la flauta encantada, pasaban sin detenerse y se alejaban cada vez más hacia adelante.

Intenté atrapar al último niño de la procesión, descalzo y con pantalones andrajosos, pero choqué contra una cosa desconocida y caí sobre el camino.

Ninguno se dio la vuelta.

—Este es un polvo muy raro —afirmé, mientras me sacudía—, pues no deja huellas.

—Quizás no haya ningún polvo, ni camino alguno —dijo Zernov sonriéndose, y agregó—: Esta es una vida falsa. ¿Recuerda lo que hablamos?

El pensamiento que me había torturado durante largo rato, me dio, al fin, la solución.

—¿Sabe usted por qué todo esto tiene el color gris? Porque éste es el sombreado, con lápiz o pluma, de la ilustración de un cuento infantil. Sombreado y esfumación, sin ningún color. Es la ilustración de un libro para niños.

—Hasta sabemos de que libro. ¿Recuerda usted al cura y a la niña del hotel?

No respondí: algo cambió repentinamente. La flauta calló. Su sonido fue reemplazado por el ruido lejano de cascos de caballos que trotaban por el camino. La niebla roja y familiar ocultó los arbustos. A poco, se disipó y los arbustos aparecieron verdes. El bosque desapareció y el camino descendía ahora por una pendiente adornada de viñedos a ambos lados. Más allá, hacia la lejanía, justamente como en Crimea, azuleaba el mar. Todo había adquirido su color: el cielo azul, que surgía tímido entre las nubes, la arcilla roja entre las rocas y la yerba amarilla y seca por los rayos implacables del sol. Hasta el polvo del camino había adoptado su tono natural.

—Alguien se acerca galopando —dijo Zernov—. El espectáculo no ha concluido aún.

Por el recodo del camino se hicieron visibles tres jinetes. Galopaban en fila y tras el último corrían dos caballos ensillados. La cabalgata se detuvo junto a nosotros. Los tres tenían puestas diferentes corazas e iguales jubones con botones de cobre. Sus botas de montar, enrojecidas por el uso, estaban cubiertas con un barro gris.

—¿Quiénes son ustedes? —interrogó en mal francés el jinete de mayor edad. Sus barbas de una semana se extendían por el rostro. Con su coraza y su espada sin vaina uncida a la cintura, asemejábase a un individuo salido de una novela histórica.

¿”Qué siglo será éste? —me pregunté mentalmente—. ¿Será acaso el de los tiempos de la Guerra de los Treinta Años? ¿Quiénes serán estos individuos? ¿Soldados de Wallenstein o de Carlos XII? ¿No serán acaso jinetes suizos que andan por Francia? ¿En qué Francia? ¿En la Francia anterior o posterior a Richelieu?”.

—¿Son ustedes papistas? —inquirió el jinete.

Zernov se echó a reír: el aspecto de este jinete era verdaderamente cómico para nuestros días.

—Nosotros no tenemos ninguna creencia —replicó él en buen francés—. No somos ni cristianos. Somos ateístas.

—Mi capitán, ¿qué dice ese señor? —quiso saber el jinete más joven. Hablaba en alemán.

—Ni yo le entiendo —le explicó el de mayor edad en alemán—. Sus trajes son extraños, como los que llevan los bufones en la feria.

—Capitán, ¿y si nos hemos equivocado? Puede ser que no sean ellos, ¿no cree?

—¿Y dónde piensas que podríamos encontrar a los otros? Deja que Bonnville se las arregle como pueda—. Y dirigiéndose a nosotros agregó en francés—: Vengan con nosotros.

—Yo no sé —repuso Zernov.

—¿Qué no sabe?

—No sé montar a caballo.