Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Ni un solo rostro asomó por ninguna de las cuatro escotillas, ni una sola voz respondió a mis gritos desaforados. Al examinar con curiosidad el cruzanieves-gemelo, quedé petrificado: su vidrio frontal estaba aplastado y abollado hacia adentro. Nuestro cruzanieves tenía un rasgo característico que lo distinguía de los otros: la costura de su oruga izquierda había sido soldada de nuevo. Ahora, al observar la oruga izquierda del cruzanieves-gemelo, veía la misma soldadura. Ante mí se encontraban, no dos máquinas afines producidas en serie en una misma fábrica, sino dos máquinas-dobles, que se identificaban hasta lo absoluto. Al abrir la puerta de la «Jarkovchanka» doble, un temor de algo terrible hizo estremecerse todo mi ser, presintiendo algo funesto.

Mis presentimientos se cumplieron. El cancel estaba vacío. No encontré en éste ni los esquíes, ni el trineo, hallé sólo mi cazadora de cuero forrada de piel colgando solitariamente en la percha. Justamente «mi cazadora»: la misma manga rota y cosida, la misma piel en la bocamanga y las dos mismas manchas de grasa en el pecho, que alguna vez hice al tomarla con las manos sucias de aceite. Entré rápido en la cabina y… tuve que apoyarme en la pared para no caer de la sorpresa… creía que mi corazón se había detenido: en el suelo, junto a la mesa, con el mismo suéter marrón y pantalón de guata… yacía «yo». «Su» cara se apoyaba contra la pata de la mesa tal como se apoyó la mía; en «su» frente se coagulaba también la sangre y «su» mano agarraba, tal como lo hice yo, la cámara de filmar. «Mi» cámara de filmar.

¿Era esto un sueño del cual no había despertado y que me obligaba a verme en el suelo como en una segunda visión? Me pellizqué la piel de la mano para comprobar si dormía: sentí dolor; por consiguiente, ya estaba despierto y no dormía, lo que significaba que me había vuelto loco. Pero es que los libros me han enseñado que los locos nunca se dan cuenta de sus anomalías. Entonces, ¿qué es esto? ¿una alucinación? ¿un espejismo? Toqué la pared para verificarlo, pero ella no era una ilusión. Siendo así, mi cuerpo que descansaba sin conocimiento en el suelo no era un fantasma. ¡Absurdo! Recordé mis propias palabras sobre el enigma de la Reina de las Nieves. ¿Será posible que ella exista, así como los milagros y los fantasmas-dobles, y la ciencia sea solamente un absurdo y un autoconsuelo?

¿Qué hacer pues? ¿Correr a todo pulmón o encerrarme en el cruzanieves-doble y esperar que suceda algo que me enloquezca por completo? Me llegó a la mente el proverbio: «si lo que ves contradice las leyes de la naturaleza, el equivocado eres tú y no las leyes de la naturaleza». Mi temor había pasado, sólo me quedó la incomprensión y la ira. Entonces, sin esforzarme siquiera por tener cuidado, le pegué un puntapié al que yacía en el suelo. Este gimió y abrió los ojos. A poco se levantó sobre los codos, como lo hice yo, se sentó y miró inexpresivamente a su alrededor.

—¿Dónde están los otros? —inquirió.

Yo no reconocía su voz: no era la mía, o tal vez era la mía, pero en grabación magnetofónica. Pero este fantasma era tan idéntico a mí, que ¡hasta pensaba en lo mismo en que yo había pensado cuando recobré el conocimiento!

—¿Dónde están ellos? —interrogó de nuevo y gritó—: ¡Anatoli! ¡Diachuk!

Nadie le respondió, talmente como a mí.

—¿Qué ha sucedido? —quiso saber.

—No lo sé —contesté.

—Creí que nuestro cruzanieves se había caído en una grieta y que algo nos había estremecido y lanzado contra la pared de hielo. Yo caí… después… Pero, ¿a dónde se fueron?

El no me reconocía.

—¡Vanó! —llamó de nuevo mientras se levantaba.

Luego imperó el silencio, y todo lo que había sucedido quince minutos atrás se repetía asombrosamente igual. El llegó tambaleándose hasta el puesto de mando, tocó el sillón vacío del conductor, echó a andar hacia la secadora, notó allí, como yo, la ausencia de los esquíes y del trineo; luego recordándose de mí, se dio la vuelta:

—¿De dónde ha venido usted? —inquirió mientras me miraba con atención y, de pronto, tapándose el rostro con la mano, dio un paso atrás y exclamó—: ¡No puede ser! ¿Estoy durmiendo?

—Yo también creía eso… al principio —le dije.

Yo ya no tenía miedo.

Se sentó en el diván.

—Usted… tú… perdón… ¡Oh, diablo…! tú eres tan parecido a mí, que creo estar ante un espejo. ¿No eres tú un fantasma?

—No. Puedes palparme y comprobarlo.

—Entonces, ¿quién eres?

—Yo soy Yuri Anojin, el operador de cine y radista de la expedición —apunté con firmeza.

El dio un brinco.

—¡No, eso no es cierto! ¡El Yuri Anojin soy yo; operador y radista de la expedición! —gritó él y se sentó de nuevo.

Ahora ambos hacíamos mutis, examinándonos mutuamente: uno miraba con más tranquilidad, porque había visto y conocido un poco más; otro miraba con los ojos enloquecidos y repitiendo seguramente todos los pensamientos que surgieron en mi mente en el momento en que le vi a «él». Así, en el silencio de la cabina respiraban pesada y rítmicamente dos personas idénticas.

Capítulo 3 – «Nubes» rosadas

Ignoro el lapso que se prolongó esta escena. Sólo sé que finalmente él fue el primero en hablar:

—No comprendo nada.

—Yo tampoco.

—Ningún hombre puede, pues, duplicarse.

—Eso mismo creía yo.

Quedó pensativo.

—¿Será posible que exista, a pesar de todo, la Reina de las Nieves?

—Repites —le dije— lo mismo que yo he pensado. Pensé también que la ciencia es un absurdo y un autoconsuelo.

Se rió confuso, como si hubiese sido llamado al orden por un compañero superior. Actualmente yo era respecto a él un superior. Y en el acto, le hice una proposición:

—Hemos bromeado y basta. Esto es un engaño físico y psíquico. ¿Qué tipo de engaño? Yo todavía no puedo responder a esa pregunta, pero sí sé que es un engaño, algo no real. Óyeme, vayamos a la caseta de Zernov.

El tomó mis palabras al vuelo: pues él era mi reflejo. Nuestros pensamientos se concentraron en una misma cosa: ¿quedó intacto el microscopio? Resultó que no sufrió daño, pues se encontraba en su lugar dentro del armario. Los cristales para preparados tampoco sufrieron daño. Mi doble los sacó de la caja. Al comparar nuestras manos, hasta los callos y grietas eran idénticos.

—Ahora lo sabremos —le dije.

Nos pinchamos un dedo, regamos la sangre por los cristales y por turno observamos los preparados a través del microscopio. Nuestra sangre era también idéntica.

—Estamos hechos de un mismo material —afirmó sonriendo maliciosamente—. Eres una copia.

—La copia eres tú.

—No, eres tú.

—Espera —le detuve—, ¿quién te invitó a la expedición?

—Zernov. ¿Quién más podría ser?

—¿Con qué objeto?

—¿Me estás preguntando para después repetir lo que digo?

—No, estás equivocado. Yo mismo podría decírtelo. Para buscar las nubes rosadas, ¿no es así?

Arrugó el entrecejo tratando de recordar algo y preguntó con malicia:

—¿Qué escuela terminaste?

—Querrás decir, instituto.

—Te pregunto sobre la escuela. ¿Qué número? ¿Lo olvidaste?

—Tú eres el que lo olvidaste. Yo terminé la N° 709.

—Correcto. ¿Y quién se sentaba a tu izquierda en el pupitre?

—¿Por qué razón tú me interrogas a mí?

—Es sólo una prueba y nada más. Quiero saber si olvidaste a Lena. A propósito, ella después contrajo nupcias.

—Con Fibig —le señalé. Él suspiró.

—Nuestras vidas coinciden.

—Y, a pesar de todo, yo tengo la plena seguridad de que eres una copia, un fantasma, un alucinamiento —apunté furioso—. ¿Quién fue el primero en despertar? Yo. ¿Quién fue el primero en ver las dos «Jarkovchankas»? También yo.

—¿Por qué dos? —inquirió de sopetón.

Me sonreí con aire de triunfo. Mi primacía estaba confirmada.

—Por la simple razón de que hay otra junto a ésta. La verdadera. Puedes admirarla.

Se pegó a la escotilla lateral, luego me miró confuso, se puso en silencio la copia de mi cazadora y salió al hielo. La soldadura idéntica en la oruga y el abollado similar en el vidrio de la escotilla le hicieron fruncir el entrecejo. Echó con cuidado una mirada al cancel, cruzó hacia el puesto de mando, regresó a la mesita donde estaba mi cámara de filmar y colocó su mano sobre ella:

—Hermana querida —dijo sombrío.

—Como puedes ver, ella y yo nacimos antes.

—Tú solamente despertaste antes —afirmó ceñudo— pero ignoramos aún quién es el verdadero. Yo, a decir verdad, lo sé muy bien.

—¿Y si él tiene razón? —me interrogué a mí mismo—. ¿Y si el doble-fantasma no es él, sino yo? ¿Y quién puede determinarlo ¡demonios!, si hasta nuestras uñas tienen idénticas rajaduras y los amigos escolares son los mismos? Coincidían hasta nuestras ideas y sentimientos cuando eran análogos los estímulos exteriores.

Nos mirábamos mutuamente, uno frente a otro, como ante un espejo. ¡Quién se hubiera podido imaginar una cosa como ésta!

—¿Sabes en lo que pienso? —me preguntó de repente.

—Lo sé —respondí—. Vamos.

Yo conocía su pensamiento, porque éste era el mío: si hay dos «Jarkovchankas» en el hielo y se desconoce cuál de ellas cayó a la grieta, entonces, ¿por qué ambas tienen la escotilla rota? Y si ambas cayeron a la grieta, ¿cómo lograron salir?

Sin mediar palabras corrimos hacia el agujero abierto en la capa de nieve. Nos tendimos boca abajo, avanzamos hacia el borde de la grieta y, en el acto, comprendimos todo. Sólo se había desplomado una «Jarkovchanka», porque había una sola huella de la caída. Durante la caída, la «Jarkovchanka» se había atascado a tres metros del borde de la grieta, entre las paredes que se estrechaban hacia la profundidad. Vimos también peldaños en el hielo, hechos a lo mejor por Vanó o Zernov: por el primero que logró subir. En resumidas cuentas, la segunda «Jarkovchanka» apareció después de la caída de la primera. Pero, ¿quién sacó a la primera, si ella no podía salir sola?