Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Yo bajaba las escaleras del hotel en pos de un individuo vestido con un traje marrón que le sentaba como un uniforme militar. Sus hombros anchos, sus bigotes canosos y en forma de flecha y el pelo corto aumentaban aún más su aspecto militar. Recto, como una regla, cruzó por delante del portero francés calvo, y de repente, se detuvo, se volvió y preguntó:

—¿Etienne?

Tuve la impresión de ver dibujarse el miedo en los ojos fríos e indiferentes del portero.

—Sí, ¿qué desea, señor? —inquirió éste con su tono profesional.

Aminoré la marcha.

—¿Me recuerdas? —preguntó el bigotudo, sonriéndose levemente.

—Sí, le recuerdo, señor —contestó el portero casi susurrando.

—Eso es muy bueno —afirmó el bigotudo—. Es muy agradable saber que la gente se recuerda de uno.

Y siguió su camino al restaurante. Yo, retumbando intencionadamente los peldaños crujientes de la escalera, descendí y, con aspecto de inocente, le pregunté al portero:

—¿No conoce usted a ese señor que acaba de pasar por su lado en dirección al restaurante?

—No, señor —respondió el francés, deslizando por mi rostro su mirada indiferente—. Es un turista de la Alemania Occidental. Si desea saberlo con exactitud, lo podríamos buscar en el libro de registro.

—No, no vale la pena —le detuve, y seguí mi camino olvidando lo que había ocurrido.

—¡Yuri! —gritó una voz conocida cuando yo entraba en el restaurante.

Me di la vuelta. Era Donald Martin, quien se levantó levemente en forma de saludo. Llevaba de vestimenta su absurda cazadora de gamuza y una camisa de cowboy abigarrada de cuello abierto. Estaba sentado solo en la mesa larga del restaurante. Levantó una botella de brebaje marrón y bebió directamente de ella. Luego, al abrazarme, me lanzó a la cara un olor a vino que apestaba. Empero, no estaba ebrio; era el mismo Martin, grande, ruidoso y resuelto, cuya presencia ahora me acercaba a aquellos acontecimientos vividos juntos en el desierto glacial, al misterio sin desentrañar aún de las “nubes” rosadas y a la esperanza secreta, caldeada después de las palabras de Zernov: “Usted, Martin y yo estamos marcados. Nos mostrarán aún algo nuevo. Temo que sea así”. A decir verdad, yo no temía, sino que esperaba con impaciencia ese algo.

Antes de que tuviésemos tiempo para rememorar nuestras aventuras, los camareros comenzaron a preparar la mesa para la cena. Zernov e Irina entraron en el restaurante y se acercaron a nosotros. Nuestra parte de la mesa adquirió de repente gran animación. Y acaso por eso, una joven dama y una niña con lentes se sentaron en el lado opuesto, alejado de nosotros. La niña colocó junto al cubierto un libro grueso con tapa irisada y un dibujo abigarrado. Frente a ellos se sentó un cura provincial —los de Paris no viven en hoteles—, de rasgos bondadosos, quien al mirar a la muchacha manifestó:

—¡Qué niña más pequeña y ya lleva espejuelos! ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!

—Es que lee demasiado —se quejó la madre.

—¿Y qué lees, niña? —quiso saber el cura.

—Cuentos —respondió la niña.

—¿Cuál de ellos es tu preferido?

—El flautista de Hamelin.

El cura, indignado, replicó:

—No acierto a comprender por qué dejan que los niños lean esas historias. ¿Y si la niña tiene una gran imaginación y ve toda esa diablura en sueños?

—¡Oh! Eso no tiene importancia —expresó la dama con indiferencia—. La leerá y la olvidará.

Irina distrajo mi atención:

—Cambiemos de asiento —me sugirió—. Deja que ese tipo me mire por la espalda.

Me di la vuelta y vi a mi espalda al hombre de bigotes en forma de flecha y a quien el portero no quiso reconocer como a su conocido: quizás no era una amistad muy agradable. El bigotudo observaba a Irina con persistencia.

—Tienes mucha suerte —le dije a Irina—. ¿Es otro viejo amigo?

—Lo conozco tanto como a ese portero con aspecto de lord. Nunca le he visto antes.

En ese momento se sentó junto a nosotros un periodista de Bruselas. Yo le había visto en la conferencia de prensa. Había llegado una semana antes y prácticamente conocía a todos los presentes.

—¿Quién es ese tipo? —le pregunté señalando al bigotudo.

—Lange —respondió el belga arrugando el entrecejo—. Hermann Lange. De la Alemania Occidental. Si no me equivoco tiene un bufete de abogado en Dusseldorf. Es un individuo poco agradable. A su lado, no en la mesa grande, sino en la adjunta, usted puede ver a un hombre con el rostro y las manos contraídas. Ese es un personaje célebre en Europa. Es Carresi, el productor de cine italiano, muy de moda en la actualidad, y esposo de Violetta Cecci, que no se encuentra aquí porque está terminando de filmar una película en Palermo. Comentan que él está preparando para ella una película sensacional de guión propio, y cuyo contenido es una variación de temas históricos: capas y espadas. A propósito, el individuo que está sentado al frente de él con una venda negra sobre el ojo es también tan célebre como Carresi. El es Gastón Mongeusseau, el primer floretista de Francia…

Continuó nombrándonos las celebridades presentes en la sala y dándonos detalles de sus vidas, detalles que olvidamos en el acto. Lo único que le obligó a callar fue la cena. Ignoro por qué todos hicimos mutis. Un silencio extraño se apoderó de la sala, dejando oír solamente el resonar de los cuchillos y de los platos. Miré a Irina: ésta comía también en silencio, perezosamente, de mala gana y con los ojos entornados.

—¿Qué te sucede? —le pregunté.

—Quiero dormir —respondió, ahogando un bostezo—. Me duele la cabeza. No, no esperaré a los dulces.

Se levantó y abandonó la sala. En pos de ella siguieron otros. Zernov, después de guardar unos minutos de silencio, dijo que también se marchaba, pues tenía que leer algunos materiales sobre su discurso. El belga se fue también. Tras unos minutos, el restaurante quedó prácticamente vacío, exceptuando a los camareros que caminaban dando vueltas por las mesas como moscas amodorradas.

—¿Por qué esa huida general? —le pregunté a uno de ellos.

—El ambiente está impregnado de una soñolencia extraña, señor. Pero, ¿es que usted no siente nada? Dicen que la presión atmosférica ha sufrido un cambio brusco. Habrá tormenta, seguramente.

Y cruzó por mi lado caminando como un sonámbulo.

—¿No le temes a las tormentas? —interpelé a Martin.

—No, en la tierra no —respondió riéndose.

—¡Veremos cómo son las noches Parisienses!

—¿Qué le sucede a la luz? —preguntó él.

La luz se extinguía o, más bien, adquiría un matiz de color rojo turbio.

—No entiendo nada.

—Es la niebla roja de Sand City. ¿Leíste mi carta?

—¿Crees que sean ellos de nuevo? Absurdo.

—¿Y si descendieron sobre Paris?

—¿Y por qué precisamente sobre Paris y justamente sobre nuestro hotel?

—¡Quién sabe! —exclamó Martin suspirando.

—Vamos a la calle —propuse.

Cuando pasábamos enfrente de la oficina de los porteros, noté que ésta era diferente que antes. Además, todo alrededor parecía haber cambiado: las cortinas eran otras, una pantalla ocupaba el lugar de la araña y apareció un espejo que no había antes. Le comuniqué a Martin mis observaciones, pero él, con ademán de indiferencia, me repuso:

—No lo recuerdo. ¡Cosas que estás inventando!

Al observar detenidamente al portero, quedé más sorprendido aún: éste era otro. Era muy parecido al primero, casi idéntico, pero otro. Este era mucho más joven, sin calvicie y con un delantal de rayas que no le había visto antes. ¿Era éste el hijo del portero?

—Vamos, vamos —me apresuró Martin.

—¿A dónde se dirigen, señores? —quiso saber el portero deteniéndonos. En su voz, según noté, había inquietud.

—¿Acaso a usted no le es igual? —le pregunté en inglés para que nos respetara más.

Empero él, sin prestar atención a mis palabras, nos dijo trémulo:

—Hay toque de queda, señores. Ustedes no deben salir. Están arriesgando sus vidas.

—¿Qué le sucede a este hombre? ¿Se ha vuelto loco? —consulté a Martin.

—No le prestes atención —me respondió—. Vamos. Y salimos a la calle.

Mas, al salir, nos detuvimos de golpe, como si hubiésemos chocado contra algo y nos agarramos de la mano para no caer. La oscuridad nos rodeaba completamente; no se veían ni sombras ni rayos de luz, sólo una tenebrosidad densa y negra como tinta china.

—¿Qué es esto? —inquirió ronco Martin—. ¿Paris sin luz?

—Ignoro lo que haya sucedido.

—Las casas parecen arrecifes en la noche sin estrellas. No brilla ni la más pequeña luciérnaga.

—Parece que se ha paralizado toda la red eléctrica.

—No se ven ni velas, ni refulge nada.

—¿No crees, Martin, que deberíamos regresar al hotel?

—No —respondió tercamente—, yo no me entrego tan fácilmente. Echemos una ojeada a este ambiente.

—¿A qué? —inquirí.

Martin, sin responderme, comenzó a caminar, penetrando más aún en la oscuridad. Yo iba en pos de él agarrándolo por un bolsillo. Nos detuvimos nuevamente. Una estrella brilló en la inmensa negrura del firmamento. Y algo centelleó a nuestro lado. Mis manos buscaron el origen del centelleo y chocaron con un vidrio. Nos encontrábamos ante una vitrina. Sin alejarme de Martin y atrayéndolo hacia mí, palpé la superficie del cristal.

—Esto no estaba aquí —le dije, deteniéndome…

—¿Qué? —quiso saber Martin.

—Esta vitrina. Y no sólo la vitrina; la tienda tampoco estaba aquí. Cuando Irina y yo cruzamos por aquí, en este mismo lugar se hallaba una verja de hierro; mas ya no está aquí.

—Espera —dijo Martin poniéndose en guardia. Por su mente no cruzaban ni la vitrina ni la verja: aguzó el oído.