Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Zernov le extendió una mano, pero ésta se detuvo ante un obstáculo invisible.

—Es inútil —dijo el doble sonriéndose con tristeza—. El campo —yo uso una terminología comprensible para ustedes y para mí, pues ninguno de nosotros conoce otra—, el campo, repito, ha sido ya creado. Me encuentro en él como dentro de una escafandra.

Un individuo sentado a su lado trató también de tocarle, pero no pudo: su mano chocó contra una barrera de aire comprimido tan sólida como una pared.

—Es horrible conocer su propio fin y no poder evitarlo —afirmó el doble—. Porque, a pesar de todo, yo soy una persona y no una biomasa. ¡Cómo quisiera vivir…!

Un silencio horrible aplastó la sala. Alguien respiraba con dificultad como un asmático; otro se cubría los ojos con la mano. El almirante Thompson se quitó las gafas.

Yo cerré los ojos.

La mano de Martin que descansaba sobre mi rodilla se contrajo convulsa.

—Look up! —gritó éste.

Miré hacia arriba y quedé pasmado por el terror: un tentáculo color violeta de pulsaciones lentas bajaba firme e impasible desde el techo en dirección al Zernov de suéter verde, quien permanecía inmóvil en su silla. El tentáculo se ensanchó burbujeando, adquirió la forma de una campana y cubrió al hombre que se encontraba debajo de su boca. Un minuto más tarde vimos una especie de estalactita de jalea violeta unirse a la estalagmita que ascendía a su encuentro. La base de la estalagmita descansaba sobre la tribuna junto a la mesa; la estalactita se infiltraba a través del techo pasando por los tres metros de nieve cristalina que cubrían a éste. En otro medio minuto, el borde espumoso de la campana doblóse hacia arriba, mostrándonos su vacía garganta rosada y en la cual no vimos ni la silla ni al hombre. Un minuto más y la espuma violeta se fue a través del techo, como algo inmaterial, sin dañar siquiera el plástico o su aislamiento térmico.

—Eso es todo —concluyó Zernov levantándose—. Finis, como solían decir los antiguos romanos.

Segunda parte: La creación del mundo

Capítulo 9 – El fin del “Titanic”

En Moscú no tuve suerte, porque yo que había soportado el gélido invierno antártico sin estornudar ni una sola vez, a pesar de los sesenta grados bajo cero, me enfermé ahora en un otoño templado que apenas hacía descender hasta cero el termómetro colocado fuera de mi ventana. El médico me había asegurado que el próximo martes estaría en perfecto estado de salud, sin embargo, el domingo por la mañana yo continuaba acostado en mi cama sin poder levantarme, con la espalda forrada de sinapismos e impotente incluso para bajar al buzón por los periódicos. Anatoli Diachuk, mi primer visitante en esta mañana dominical, me los trajo. Después de regresar de Mirni, Anatoli retornó al Instituto de Meteorología, a sus mapas y ciclones, y no tomaba parte ahora en el alboroto que se había producido con relación a las “nubes” rosadas. Sin embargo, pese a ese alejamiento temporal de Anatoli, me sentí sinceramente alegre al verle entrar en mi habitación. Las vicisitudes que juntos habíamos pasado un mes atrás seguían palpitando aún en nuestra memoria. Además, Anatoli poseía la cualidad de ser un visitante complaciente y cómodo. Uno podía permanecer en silencio total frente a él y pensar en sus propios problemas sin correr el riesgo de ofenderlo. Por otra parte, las bromas y exageraciones de Anatoli no ofendían nunca al dueño de casa. Se arrellanó cómodamente en el sillón colocado junto a la ventana y comenzó a tararear al son de la guitarra una música de su propia inspiración, en tanto que el dueño de casa yacía en la cama soportando las “delicias” de los sinapismos y pensando en el último día transcurrido en Mirni, cuando, junto con Konstantin Ozhogin, probábamos el helicóptero nuevo que acabábamos de recibir de Moscú.

Ozhogin había arribado a Mirni con un grupo nuevo de invernantes y tenía una idea muy superficial sobre las “nubes” rosadas. Nuestro primer encuentro tuvo lugar el día aquel en que él insistió en que le mostrase aunque fuera algunos cuadros de la película. Le proyecté la película hasta el final. Me respondió con una invitación para probar el helicóptero nuevo en un vuelo sobre la costa. A la mañana siguiente —mi última en Mirni— llegó por mí y me comunicó “en secreto” una cosa “muy rara”. Su helicóptero había permanecido toda la noche en el hielo a cincuenta metros de la orilla donde se encontraba atracado el barco “Obi”. “Ayer por la tarde” relató él “celebrábamos nuestro arribo a Mirni. En la fiesta bebí un poco y, antes de acostarme, decidí echar una mirada a mi aparato. Y cuál no fue mi sorpresa al ver dos helicópteros en vez de uno. Creyendo que el segundo había sido probablemente descargado del barco, me fui a dormir. Empero, por la mañana encontré sólo un helicóptero. Cuando le pregunté al mecánico sobre el segundo, éste se rió y me respondió: “El helicóptero se te duplicó a causa de la cantidad de alcohol que bebiste”. Sin embargo, yo apenas había tomado medio vaso de vodka”.

Yo sospeché quiénes habían sido los verdaderos culpables de esa duplicación, pero no dije nada; tan sólo me llevé conmigo la cámara de filmar, pues el corazón me presagiaba grandes acontecimientos. Y no me equivoqué. Volábamos a unos trescientos metros sobre el nivel del océano, siguiendo su orilla helada. Divisábamos con claridad los cajones y las máquinas descargadas del barco, el baturrillo de agua y hielo junto a la orilla y los icebergs azules sobre el fondo del agua pura del océano. El más grande de éstos se encontraba a varios kilómetros de la línea de la costa, pero no flotaba ni boyaba sobre las olas, sino que se mantenía firme en el agua pegado al fondo del océano por la parte gigantesca que se sumergía en él. Lo llamamos “El fin del Titanic”, en memoria de aquel famoso trasatlántico que se hundió al chocar contra un iceberg colosal a principios de siglo. Aunque el nuestro, probablemente, era mucho más grande (nuestros glaciólogos calcularon que tenía unos tres mil kilómetros cuadrados). En dirección a él y formando en el cielo una larga fila, se dirigían los cerditos de Disney que nos eran tan familiares.

En el acto, sin esperar su aproximación, empecé a filmar. Volaban a nuestra altura y lucían un color rosado sin ninguna mancha; los de la cola asemejábanse a dirigibles. Los que encabezaban la fila tenían el aspecto de bumerangs o de alas en forma de delta de los aviones.

—¿Regresamos? —inquirió Ozhogin susurrando—. Podríamos aumentar la velocidad.

—¿Para qué? —le pregunté sonriendo—. No podrás huir de ellos de ningún modo.

Aunque sin tocarle apreciaba la tensión de sus músculos, mas ignoraba si esto se debía al miedo o a la excitación. Luego me preguntó:

—¿Empezarán ahora a duplicarnos?

—No, no lo harán —repuse.

—Pero, ¿cómo lo sabes? —quiso saber intrigado—. Porque ellos han duplicado ya tu helicóptero.

—Tú mismo lo viste anoche —le respondí. Hizo mutis.

La fila ya se acercaba al iceberg. Tres “dirigibles” rosados se detuvieron en el aire, tornándose rojos, se abrieron a modo de cáliz de una amapola exenta de tallo y formaron un triángulo suspendidos en vilo sobre la isla de hielo. Los bumerangs, mientras tanto, se lanzaron en picado hacia abajo, se sumergieron en el agua a modo de peces, y sin salpicar ni chapotear, rodearon el iceberg, despidiendo solamente un vapor blanco. Por lo visto, la temperatura de esta sustancia extraña era muy diferente a la del agua. Luego todo quedó tranquilo: las “amapolas” quedaron floreciendo sobre la isla y los bumerangs no se dejaron ver más. Esperé con paciencia que el helicóptero volara alrededor de la isla a una altura un poco inferior a la de las “amapolas” que seguían suspendidas en el aire.

—¿Qué sucederá ahora? —preguntó Ozhogin con inquietud—. ¿Es éste nuestro final?

—No lo creo así —le respondí inseguro.

De pronto, antes de que hubiesen transcurrido diez minutos, la montaña de hielo se sacudió y empezó a elevarse lentamente.

—¡Apartémonos! —le grité a Konstantín.

Este, dándose cuenta del peligro, lanzó el helicóptero a un lado de la peligrosa ruta. El témpano azulado de hielo resplandecía al ser tocado por los rayos del astro y pendía por encima del agua. Imagínese usted a una montaña enorme cortada por la base y levantada al aire como un globo de juguete. Y esa montaña fulguraba con miríadas de zafiros y esmeraldas como derretidos sobre su superficie. Esta era una escena tan majestuosa, que todos los camarógrafos del mundo hubiesen dado la vida por verla.

Yo era ahora el rey de todos ellos. Solamente Ozhogin, yo y los astrónomos de Mirni tuvimos la suerte de presenciar este espectáculo incomparable: una montaña de hielo levantándose del agua, flotando sobre las tres amapolas encarnadas y alejándose junto con ellas hacia la profundidad insondable del espacio cósmico. Y los “bumerangs”, saliendo del agua y lanzando chorros de vapor, adentráronse en el continente en orden de caballería. Los cúmulos arremolinados servían de camino por el que ellos corrían a guisa de jinetes. ¡Jinetes!

Esta comparación fue inventada ulteriormente, y no por mí. Ahora la oía de boca de Anatoli que tocaba su guitarra.

—¿Te gusta? —preguntó él.

—¿Qué? —inquirí a su vez sin comprenderle.

—La canción, naturalmente —explicó.

—¿Qué canción? —quise saber sin entenderle aún.

—Entonces no la has escuchado —afirmó y suspiró—. Me lo suponía. Tendré que repetirla: no soy orgulloso.