El visitante del laberinto – Rafael Ábalos

El visitante del laberinto

Rafael Ábalos

A mis sobrinos Moisés, Irene, Nacho,

María, Patricia, Guille, Arturo,

Martita, Andrea, Andrés,

Jorge, Julia, Laura, María,

Eva y Rafa.

A José Ángel y Pablo Sanz Campoy,

A Adrián De la Torre Ventoso.

A mi ahijado Alfredito.

A José Manuel Garda-Verdugo Fiestas.

Y a Iñigo Escriña Arteaga,

que sueña con dragones.

La oscuridad es la liada de la imaginación.

Gonzalo Suárez

Argumento

Un joven príncipe, hijo del honorable rey Zinder Wilmut Winfred, se pierde en el bosque que rodea el lago de Fergonol tras haber salido a pasear por sus orillas.

El joven llega a una cabaña donde descubre con sorpresa que un extraño personaje le está esperando; se trata de Gorgonán, duende del lago de Fergonol, quien le comunica que ha atravesado las invisibles puertas del Laberinto, al igual que años atrás lo había hecho su padre, el rey. La perplejidad del príncipe aumenta con la visita de otros tres duendes, Borbarón, Candelán y Sandelón, los tres idénticos a Gorgonán. Éste le indica al héroe que debe prepararse para realizar, al día siguiente, un viaje que le conducirá al descubrimiento de sí mismo.

Un libro que contiene todos los elementos de las leyendas y relatos de aventuras: un joven que se pierde en el bosque y encuentra una cabaña donde residen los duendes, barcos piratas, seres fantásticos como el dragón, caballeros andantes, castillos asediados, barones codiciosos…

Capítulo I

El viento interpretaba melodías que parecían surgidas de unas flautas de caña, y el viejo y desgarbado Gorgonán se mecía en su cómoda hamaca de mimbre mientras jugueteaba con su cachimba de pompas de jabón y lanzaba al aire mágicos aros de espuma azul. Estaba sentado a las puertas de su confortable cabaña, frente a las frías aguas del lago, en cuya superficie espejeaban las nieves perpetuas de las montañas que se erguían a sus orillas como gigantes adormilados y perezosos. En el cielo, una luna menguante con brillos de agua se desplazaba apresurada entre una alocada multitud de estrellas titilantes.

Gorgonán sabía que estaba cercana la llegada del Visitante. Aparecería por el sendero del oeste con la precisión de un reloj de sol, en el momento justo en que la luna se desvaneciera en el horizonte. Por eso no mostraba ninguna impaciencia. «Lo que ha de llegar, llegará», se dijo a sí mismo, mirándose las puntas relucientes de sus botas como si hablara con ellas. Nunca las había limpiado con tanto esmero. Pero ésta era una, ocasión única, aunque el Visitante ignorara aún su irremediable destino: sólo era un joven príncipe algo atolondrado, larguirucho y de ojos apagados, que esa misma tarde decidió aventurarse a pasear por las orillas del lago, y que ahora vagaba perdido y asustado por el bosque que lo envolvía, cerrado y denso como un enigma indescifrable.

«Pronto estará aquí», pensó Gorgonán, soplando su cachimba con delectación y alzando la vista hasta la luna, que se recostaba ya sobre las cumbres de las montañas.

Tan pronto como la luna se desvaneció entre las sombras, los pasos del Visitante llegaron a los atentos oídos de Gorgonán. Eran unos pasos lentos que pisaban temerosos sobre el lecho de hojas secas del sendero del oeste y que el viento propagaba como leves quejidos.

Gorgonán se dispuso a recibir al Visitante con los honores que merecía, así que se levantó de su mecedora de mimbre y bajó los peldaños que elevaban la cabaña algunos pies sobre la ribera del lago.

—¡Bienvenido a mi humilde hogar! —dijo Gorgonán, soltando de su cachimba luminosas pompas de espuma azul y dibujando con sus labios una cordial sonrisa.

El recién llegado lo miró con ojos abismados, pues jamás había visto un hombrecillo tan diminuto y risueño.

—En verdad os agradezco vuestro recibimiento,  gentil… —titubeó el Visitante—. Pero decidme, ¿quién sois? —preguntó al fin, sorprendido al no encontrar gente corriente en aquella cabaña, cuya luz cálida y blanquecina vislumbró al final del sendero y le hizo concebir la esperanza de poder salir del atolladero en que se hallaba.

—Gorgonán Plaistelo de Luganderbo, alteza, duende del lago de Fergonol y fiel servidor de vuestro amado padre el gran rey Winder Wilmut Winfred, por todos conocido en la comarca como el gran rey de la Triple W.

Gorgonán se le acercó y reclinó la cabeza hacia adelante y luego hacia atrás para poder mirarlo a los ojos, pues su tamaño apenas si alcanzaba más allá de las rodillas del joven príncipe.

—¿Queréis decir que vos conocéis a mi padre? —preguntó estupefacto el joven, pues jamás pensó que los duendes existieran realmente y mucho menos que fueran amigos de su padre.

—Desde que era un joven apuesto y alegre como vos, alteza —murmuró Gorgonán complacido.

—Entonces, ¿esperabais mi llegada?

—Con suma paciencia. Lo que ha de llegar, llegará —dijo sonriendo Gorgonán.

—¿Y conocéis mi nombre? —inquirió el joven, mirando hacia abajo como si se mirara los pies.

—¡Oh, sí, sí, sin duda! —exclamó Gorgonán—. Pero mucho me temo que aquí no podré llamaros por vuestro nombre, alteza. Son las reglas, ¿sabéis? —matizó.

El joven creyó estar soñando.

—¿Las reglas? ¿Qué reglas son ésas que os impiden pronunciar mi nombre? —preguntó algo ofuscado.

—Las reglas del Laberinto.

—Ciertamente lográis confundirme —replicó el joven.

—No os inquietéis inútilmente, mañana tampoco vos recordaréis cómo os llamabais antes de llegar al bosque. Aquí sólo seréis el Visitante y éste será vuestro Laberinto. Ahora os ruego que me acompañéis adentro, mi humilde cabaña será
por esta noche vuestra morada —dijo Gorgonán con amabilidad, deslizando su brazo ante el Visitante para cederle el paso graciosamente.

Un murmullo orquestal de grillos y ranas parecía poner un fondo musical a la escena. El Visitante y Gorgonán subieron las escaleras de la plataforma de madera que elevaba la cabaña sobre la ribera del lago, cruzaron el porche dejando a un lado la cómoda hamaca de mimbre y entraron en el habitáculo, no sin alguna dificultad, pues el Visitante apenas si podía estar de pie sin que su cabeza golpeara en el techo.

El Visitante tomó asiento en el suelo, sobre un montón de cálidas alfombras y pequeños cojines que recubrían una sala amplia de cuyas paredes colgaban vistosos tapices de colores prodigiosos y alegres. En un rincón, junto a la ventana, una mesa pequeña y cuatro taburetes de madera tallada conformaban un pequeño comedor, desde el que también se accedía a la cocina, en la que se localizaban una chimenea, una pira de leña y un sinfín de cachivaches de hojalata destellante.

Gorgonán iba y venía de la cocina a la sala trajinando con algunos platos, ollas y cubiertos, sin cesar de hablar al Visitante de lo mucho que apreciaba a su padre, el gran rey Zinder Wilmut Winfred, a quien había tenido la oportunidad de conocer del mismo modo que ahora lo conocía a él, y que se había mostrado extraordinariamente hábil en encontrarse a sí mismo en el Laberinto.

Al oír esto último, el Visitante no pudo evitar preguntarse qué misterioso sendero lo había llevado hasta allí y con qué propósito. Él había salido a pasear esa tarde por las orillas del lago de Fergonol como hacía siempre desde que era un niño y conocía cada rincón del bosque que lo circundaba como la palma de su propia mano, de modo que no conseguía explicarse cómo pudo haberse perdido sin tan siquiera darse cuenta de que extraviaba sus pasos por senderos inexplorados. Además, nada del paisaje que había visto durante la tarde y al anochecer le era conocido, a pesar de tratarse del mismo lago de Fergonol a cuyas orillas se alzaba el noble y majestuoso castillo de su padre.

—Atravesasteis las Puertas del Laberinto —dijo Gorgonán con solemnidad.

—¿Las Puertas del Laberinto, decís? Yo jamás he visto puerta alguna en las orillas del lago de Fergonol, y lo conozco como la palma de mi propia mano desde que era un niño —replicó.

Gorgonán sonrió.

—Las Puertas del Laberinto son invisibles.

—Entonces, ¿cómo podré salir de aquí? —preguntó el joven algo aturdido.

—Oh, eso sólo dependerá de vos —respondió Gorgonán con su endulzada voz—. Deberéis elegir los senderos y los caminos más adecuados. Pero tampoco os apresuréis, mañana tendremos tiempo suficiente para preparar vuestro viaje.

El Visitante mudó el gesto.

—¿Viaje? Yo no deseo hacer ningún viaje —protestó—. Hace apenas un rato paseaba tranquilamente por las orillas del lago y ahora vos me habláis de emprender un viaje misterioso, cuando lo único que quiero es regresar al castillo junto a mi padre.

—Vuestro padre, el gran rey Winder Wilmut Winfred, sabe que estáis aquí ahora. No debéis preocuparos por él porque tampoco él está preocupado por vos —dijo Gorgonán removiéndose por la estancia como un ratón inquieto.

—¿Estáis seguro?

—Oh, sí, sin ninguna duda. Como ya os he dicho, también él fue en su juventud visitante de este Laberinto. Es algo irremediable para los hombres, como el amanecer de cada día. Empeñaos en impedir que nazca el sol y comprobaréis lo inútil de vuestro esfuerzo.

Apenas hubo terminado de hablar, la puerta de la cabaña se abrió de súbito y tras ella apareció un hombrecillo tan igual a Gorgonán que el Visitante hubiera jurado por la oxidada espada de Dalmor el Desventurado que se trataba de un efecto fantástico.

—¡Tengan dichosas noches los presentes! —dijo el recién llegado—. Ya veo que el Visitante ha sido puntual.

—Oh, sí, apenas hace un rato que llegó —afirmó Gorgonán.

El joven príncipe desplazó los ojos de un hombrecillo a otro alucinado. Por un momento pensó que hubiera perdido el juicio, o que aún estuviera dormido y todo lo que ocurría a su alrededor no fuera más que el efecto seductor de un sueño extraño. Pero antes de que pudiera preguntar nada, Gorgonán los presentó.

—Majestad, me complace presentaros a mi buen amigo y pariente lejano Borbarón Candelte Pinsexpo. También él vive en esta cabaña desde que el tiempo es tiempo.

—Encantado —murmuró el Visitante algo desdeñoso, a la vez que la puerta de la cabaña volvía a abrirse y entraban dos hombrecillos más que parecían clones de los anteriores.

—Disculpad nuestro retraso, alteza —dijeron ambos al unísono como un dúo de tenores.

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