Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

La lista del académico incluía una enumeración detallada de todas las fábricas y factorías copiadas por completo o en parte por íos visitantes del cosmos: a veces copiaban un taller o una cadena de montaje; otras, algunos aparatos y tornos característicos para un tipo dado de producción, los que fueron elegidos por las “nubes” con precisión infalible. Los periodistas Parisienses, al comentar esta elección, llegaban a curiosas conclusiones. Unos consideraban que las “nubes” estaban interesadas, fundamentalmente, en los tipos anticuados de máquinas que no han tenido ningún cambio sustancial durante más de cien años y que les son menos comprensibles, como son: los medios para la elaboración de piedras preciosas y la designación de los utensilios de cocina. Por esta misma causa era copiado un taller de tallado en Amsterdam y una fábrica primitiva de juguetes en Nuremberg.

Otros observadores, comentando la lista de Osovets, señalaron el interés manifiesto de los visitantes hacia los servicios para el consumidor. El corresponsal del “Paris-Midi” escribió: “¿Nota usted la cantidad de barberías, restaurantes, casas de moda y estudios de televisión copiados? Preste atención al cuidado y esmero con que se eligen para copiar los comercios, tiendas, mercados y hasta las vitrinas callejeras. Preste atención a la variación de los modos de copiar utilizados por “ellas”. A veces, las “nubes” bajan en picado sobre el “objeto” y en el acto huyen, sin que hayan podido provocar el pánico. Otras veces, la “niebla” envuelve lentamente al objeto, penetra imperceptiblemente en todos sus rincones y la gente no se da cuenta de nada hasta que la densidad del gas se hace visible. Sin embargo, incluso cuando eso ocurre, algo impide a la gente cambiar su conducta habitual, como si algo les reprimiera la voluntad y la razón. Entonces, sin experimentar terror alguno, continúan en su trabajo corriente: los peluqueros cortan el pelo y afeitan; los clientes, esperando su turno, ojean las revistas; los camarógrafos filman películas o transmiten programas de televisión; el portero de fútbol atrapa una pelota difícil; el camarero entrega cortésmente la cuenta por la cena del restaurante. Todo a nuestro alrededor adquiere un tono purpúreo, como si se estuviera bajo la luz de una lámpara roja, pero, pese a ello, seguimos en nuestros asuntos y sólo más tarde, después de que los “jinetes” se alejan llevándose nuestra imagen viva, nos damos cuenta de lo ocurrido. La mayoría de las veces nos es imposible verlas, pues los visitantes las mostraron a los seres humanos solamente durante los primeros experimentos de fijación de la vida terrestre; y posteriormente todo se ha limitado a la caída de la niebla roja de tonalidad y densidad diferentes”.

El académico Osovets resumió: “Nadie ha sufrido daño durante estos experimentos y nadie ha sufrido pérdidas materiales. A excepción del taburete que desapareció junto con el doble en la reunión de Mirni y el automóvil del piloto Martin, luego de ser abandonado imprudentemente en la ciudad copiada, nadie podría mencionarme una cosa que haya sido destruida o dañada por los visitantes del cosmos. Se escribió sobre la bicicleta perdida por un ciclista checo, que la dejó abandonada en una carretera cercana a Praga, pero se supo posteriormente que fue encontrada en la parada durante un período de descanso. Se escribió sobre el alpenstock, que le arrebató el doble al guía suizo Fred Schomer, cuando éste caminaba por un sendero montañoso. Sin embargo, el mismo Fred Schomer escribió a los periódicos negando la veracidad de esta noticia y declarando que él mismo abandonó al alpenstock, asustado por lo que había visto, pero que posteriormente las “nubes” lo devolvieron picando sobre la puerta de su cabaña. Todos los otros casos mencionados en los periódicos resultaron ser inventos de individuos que querían pasar por “víctimas”, o de los propios reporteros. Las “nubes” rosadas retornan al cosmos sin causar ningún daño a la humanidad y sin llevarse nada, excepto el hielo terrestre y esas supuestas grabaciones de la vida terrestre, codificadas inexplicablemente en una niebla roja. Esta última idea, a propósito, es una hipótesis, no demostrada de ninguna manera por persona alguna”.

El informe del académico Osovets fue aprobado por la mayoría de los delegados. Decidí no leer el discurso de Thompson. Este no encontró apoyo y los debates se transformaron en un cambio de réplicas y preguntas, lejos de ser polémicas, ni tampoco audaces o convincentes. Se expresaron, por ejemplo, temores de que el espíritu de paz de los visitantes era nada más que camuflaje y que ellos regresarían con otras intenciones muy diferentes.

—¿Con cuáles? —quiso saber el académico.

—Con intenciones agresivas.

—Poseyendo tales posibilidades técnicas, dudo mucho que ellos necesiten tal camuflaje.

—¿Y si esto es sólo un reconocimiento del terreno?

—¿Y qué? Los primeros encuentros les han demostrado ya la diferencia sustancial entre nuestros potenciales técnicos.

—¿Acaso les hemos mostrado nuestro potencial? —interpeló Thompson.

—Ellos lo copiaron ya.

—Pero nosotros ni siquiera tratamos de utilizarlo contra sus ataques.

—¿Hubo acaso ataques?

—No, pero, ¿puede usted asegurar que no los habrá?

—En defensa de mis aseveraciones cité numerosos hechos comprobados; en defensa de las suyas, sólo hemos escuchado hipótesis.

Después de esta discusión —sin gloria para los oponentes del académico soviético—, los “incrédulos”, como fueron llamados luego en los pasillos del Congreso, empezaron a desquitarse en las comisiones que se crearon, especialmente en la Comisión para los Contactos y Conjeturas, la cual comenzaba a ser famosa por sus tempestuosas sesiones. En ella se exponía todo tipo de hipótesis y a la postre se destruían sin compasión. De una deliberación se pasaba a otra, luego a otra, alejándose así de la discusión primaria, hasta que finalmente era cortada por el timbre del presidente. Los corresponsales ni siquiera trataban de dar forma de reportaje a estas discusiones, sino que simplemente las citaban.

Tomé al azar uno de los recortes del periódico y leí:

PROFESOR O’MELLY (Irlanda del Norte). Yo sugiero una adición a la formulación del profesor MacAdo: de amoníaco y flúor.

PROFESOR MacADO (USA). La apoyo. Esto fue mencionado ya en la conferencia de prensa.

PROFESOR TAINE (Inglaterra). Si mal no recuerdo, en la conferencia de prensa se habló ya de que las nubes rosadas provenían de un planeta frío. Para los seres fluóricos, una temperatura de 100 grados bajo cero es sólo un frío placentero. No deseo ser severo, pero tengo el temor de que cualquier escolar podría corregir al colega que hizo tal declaración. El problema de las proteínas fluóricas…

VOZ DESDE EL FONDO DE LA SALA: Tal problema no existe.

TAINE: No existe, pero podría existir. Esta comisión es de conjeturas y no de hechos científicos.

VOZ DESDE EL CENTRO PARA LA PRENSA: ¡Eso aburre!

TAINE: Si no le interesa, váyase a ver un espectáculo de variedades. Los compuestos orgánicos de flúor se pueden activar sólo a temperaturas muy altas. ¿O es que mi colega olvidó la diferencia que existe entre el más y el menos? La vida fluórica es una vida basada en azufre y no en agua. En los planetas “calientes”, y no en los fríos.

MacADO (saltando de su asiento): ¿Quién habló de agua o de azufre? El profesor Dilinger, que se encuentra ahora ausente, se refirió al fluoruro de hidrógeno. No me sorprende que a él no le comprendan los reporteros, pero me asombra la incomprensión de un científico de renombre. El fluoruro de hidrógeno o el óxido fluórico son justamente los que pueden ser “solventes de vida” a las temperaturas de 100 grados bajo cero y aún más bajas. Las “nubes” rosadas podrían ser huéspedes venidos desde un planeta frío, señores.

VOZ DESDE EL FONDO DE LA SALA (el que hablaba se escondía tras la espalda del que estaba sentado delante): ¿A qué temperatura, profesor, las nubes cortan la capa de hielo de un kilómetro de espesor?

TAINE: Ese es un tanto más en favor de la hipótesis relativa al planeta “caliente”.

PROFESOR GUINELLI (Italia): Yo diría mejor en pro de la hipótesis relativa a la vida gasoplásmica.

TAINE: Es difícil creer que, aun en las condiciones extraterrestres, el gas podría servir de medio para las reacciones bioquímicas.

GUINELLI (con arrebato): ¿Y los experimentos famosos de Miller, que sintetizó componentes orgánicos simples en una mezcla de gases? ¿Y las investigaciones del académico soviético Oparin? En cualquier rincón del Universo pueden ser encontrados carbono, nitrógeno, oxígeno e hidrógeno. Y esos elementos, por su parte, forman combinaciones que nos elevan por la escalera de la vida, hasta el salto desde lo inanimado hasta lo animado. Entonces, ¿por qué no suponer que justamente en el medio gaseoso surgió la vida que se elevó hasta la supercivilización?

PRESIDENTE: ¿Puede usted formular su idea en forma de hipótesis?

GUINELLI: Sí, naturalmente.

PRESIDENTE: Escucharemos al profesor Guinelli en nuestra próxima sesión…

VOZ DESDE EL FONDO DE LA SALA (interrumpiéndole): …Escucharemos también al Dr. Schnellinger, de Viena, que ahora está ausente. El tiene una hipótesis bastante elaborada sobre las intercomunicaciones de los visitantes: algo sobre la modulación de frecuencia directa, sobre una irradiación de impulsos de ondas ultracortas y hasta sobre la posible transmisión telepática a base de ondas gravitacionales…

RISITA CERCANA: ¡Disparates!