Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Por una razón desconocida, ni él ni yo expresábamos ideas sobre lo ocurrido a Vanó. Como confabulados, rechazábamos los comentarios; empero, a pesar de todo, yo estaba convencido de que pensábamos en lo mismo. ¿Quién fue el enemigo de Vanó? ¿Y de dónde llegó al desierto polar? ¿Por qué Vanó fue encontrado desabrigado fuera de la gruta? ¿Por qué no tuvo tiempo de ponerse la cazadora? ¿Significaba esto que la lucha empezó dentro de la tienda de campaña? ¿Qué sucedió antes de eso? ¿Por qué Vanó tenía un cuchillo ensangrentado en la mano? Era bastante extraño, debido a que Vanó, pese a su natural excitabilidad, no habría utilizado el arma a menos que se hubiera visto obligado a ello. ¿Qué le obligó a hacerlo? ¿El deseo de auxiliar a alguien o la necesidad de defender su vida frente a bandidos? Pero esto es absurdo. ¿Quién puede realizar asaltos en el desierto polar donde la amistad es una ley en cada encuentro? ¿Y si fue obra de un criminal fugitivo de la justicia? De nuevo es absurdo. Ningún gobierno deporta criminales a la Antártida y huir a este desierto polar por iniciativa propia a fin de evadir la justicia es prácticamente imposible. Quizás el enemigo de Vanó fue un náufrago que perdió la razón a causa de la soledad. Pero no hemos recibido ninguna información sobre naufragios en las cercanías de la costa antártica. ¿Y de qué modo un náufrago pudo llegar tan lejos de la costa, al interior del continente helado? Zernov posiblemente se hacía estas mismas preguntas, pero callaba; yo también guardaba silencio.

En la tienda no hacía frío (el horno estaba todavía caliente) ni había oscuridad. La luz que penetraba a través de las minúsculas ventanas de mica no iluminaba en realidad a los objetos, pero ayudaba a distinguirlos en el opaco crepúsculo. Sin embargo, gradualmente o al instante —yo no noté ni cómo ni cuándo— el crepúsculo, sin adquirir un tono más denso y oscuro, fue tornándose color violeta, como si alguien disolviera granos de manganeso en el aire. Quería levantarme, empujar a Zernov y gritarle, pero no podía: algo me apretaba la garganta, aplastaba y presionaba contra el suelo, lo mismo que en la “Jarkovchanka” cuando recobraba el conocimiento. En aquel momento me parecía que alguien me atravesaba con la mirada, me llenaba por completo, mezclándose con todas las células de mi cuerpo. Ahora, utilizando esos mismos símbolos descriptivos, alguien me miró el cerebro y se alejó. La niebla brumosa se alejó también, abandonándome dentro de un capullo color violeta: yo podía mirar, pero era incapaz de ver algo; podía pensar en lo que había sucedido, pero era impotente para comprender qué sucedió en realidad; podía moverme y respirar, pero sólo dentro de los límites de mi capullo. La más pequeña intromisión en las tinieblas de color violeta, provocaba una reacción semejante a un choque eléctrico.

Ignoro el tiempo que se prolongó este estado, porque no miré mi reloj. De improviso el capullo se abrió y me dejó ver la tienda de campaña y a mis compañeros, que dormían rodeados por la misma niebla brumosa, que ya no era violeta. Algo me empujó, obligándome a salir del saco en que dormía, tomar la cámara de filmar y echarme corriendo hacia afuera de la tienda. La nieve caía, el cielo estaba cubierto por turbulentos cúmulos. Sólo a lo lejos, en el cénit, divisábase la mancha rosada tan familiar para mí. Se mostró y desapareció. Quizás todo esto fuera un sueño.

Cuando retorné, Anatoli, bostezando a toda boca, se encontraba sentado sobre el trineo y Zernov salía lentamente de su saco. Este último echó una mirada rápida a mi cámara y a mí y, como siempre, no dijo nada. Anatoli, a través de su bostezo, dijo:

—¡Qué sueño más extraño vi, compañeros! Como si durmiera y no durmiera. Yo quería dormir, pero era incapaz de hacerlo. Me encontraba desvanecido y no veía nada, ni la tienda de campaña ni a ustedes, como si sobre mí hubiera caído algo viscoso, espeso y denso, parecido a la jalea. No era ni frío ni caliente: era intangible. Y esa cosa me llenó por completo, dándome la impresión de que me disolvía. Me sentía como en un estado de imponderabilidad en el que nadara o flotara. Y no me veía a mí mismo ni me sentía. Yo estaba aquí, y no existía. Es cómico, ¿verdad?

—Es bastante curioso —señaló Zernov y se dio la vuelta.

—¿No vio usted nada? —le pregunté.

—No. ¿Y usted?

—Ahora no, pero en la cabina, justamente antes de despertarme, sentí lo mismo que ha sentido Anatoli hace unos minutos. Imponderabilidad, intangibilidad, ni sueño, ni realidad.

—Es muy misterioso —afirmó entre dientes Zernov—. Anojin, ¿a quién ha traído?

Me di la vuelta. Apartando la lona impermeabilizada de la entrada, detrás de mí, entraba un hombre robusto, llevando sobre la cabeza un gorro de piel artificial y abrigado con una cazadora de nylon forrada con la misma piel y cerrada por una cremallera. Era alto, ancho de hombros; en su rostro notábase la barba de varios días y parecía estar terriblemente asustado. Era difícil tener una idea de lo que podía atemorizar a este atleta.

—¿Habla alguien de ustedes inglés? —inquirió, masticando y alargando las palabras al hablar.

Ninguno de mis antiguos maestros de inglés tenía una pronunciación como ésta. “Sureño —pensé—. Probablemente de Alabama o de Tennessee”.

Zernov, que hablaba inglés mejor que nosotros, respondió:

—¿Quién es usted y qué desea?

—¡Soy Donald Martin! —anunció en voz alta—. Piloto de la base de MacMurdo. ¿Tienen ustedes algo para beber? Cuanto más fuerte sea, mejor. —Se pasó la palma de la mano por la garganta—. Lo necesito…

—Anojin, dale de beber alcohol —pidió Zernov.

Llené el vaso con alcohol y se lo entregué al joven. Pese a su rostro barbudo, él no era probablemente mayor en edad que yo. Bebió de un trago el contenido del vaso y perdió el aliento, su garganta se contrajo y sus ojos se llenaron de sangre.

—Gracias, sir —dijo finalmente, y dejó de temblar—. He hecho un aterrizaje forzoso, sir.

—Deje el “sir” a un lado —le rogó Zernov—. Yo no soy su jefe. Mi nombre es Zernov. Zernov —repitió silabeando—. ¿Dónde ha aterrizado?

—No lejos de aquí. Muy cerca.

—¿Sin averías?

—Sí, sin averías, pero no tengo bencina y la radio falla.

—Entonces, quédese aquí. Usted nos ayudará en el traslado hasta el cruzanieves. —Zernov se detuvo tratando de encontrar la palabra apropiada en el idioma inglés, y, notando que el norteamericano seguía sin entenderle, aclaró—: Vaya, esto se parece a un autobús con orugas. En él hay lugar para usted y tenemos radio.

El norteamericano se retrasaba en responder como si no se decidiera a decir lo que tenía en la mente, luego se puso rígido y militarmente dijo:

—Le ruego que me arreste, sir. He cometido un crimen.

Zernov y yo cambiamos las miradas: en nuestro cerebro apareció lo que le sucedió a Vanó.

—¿Qué clase de crimen? —inquirió Zernov poniéndose en guardia.

—Creo que he matado a un hombre.

Capítulo 6 – La segunda flor

Zernov dio unos pasos en dirección a Vanó, que se encontraba forrado de los pies a la cabeza, apartó la piel que protegía su rostro y dirigiéndose al norteamericano preguntó severo:

—¿Es éste el hombre?

Martin, cauteloso y por lo visto bastante asustado, se aproximó a Vanó y repuso indeciso:

—Nnnoo…

—Obsérvele mejor —dijo Zernov con mayor severidad.

El piloto movió la cabeza con irresolución.

—No se parece a él, sir. El mío está junto al avión. Además… —agregó inseguro—, ignoro si él es un ser humano.

En este momento Vanó abrió sus ojos, observó al norteamericano que estaba a su lado, levantó la cabeza sobre la almohada y la dejó caer de nuevo.

—Este… no soy yo —susurró y cerró sus ojos.

—Sigue delirando —afirmó Anatoli.

—Nuestro compañero está herido. Ha sido atacado por alguien, pero ignoramos quién lo hizo —explicó Zernov al norteamericano—. Por esa causa, cuando usted dijo que… —Se calló por delicadeza.

Martin se sentó en el trineo de Anatoli cubriéndose el rostro con las manos y tambaleándose como si sufriera de un terrible dolor.

—No sé si ustedes me creerán, pero lo que les relataré es algo único e increíble —empezó diciendo Martin—. Yo volaba en un avión monoplaza Lockheed, que era antes un avión de caza. ¿Lo conocen? Está armado con un par de ametralladoras para fuego circular. Aquí no son necesarias, naturalmente, pero por las reglas se deben tener siempre listas para el combate: por si acaso. Y ocurrió ese caso… pero no me sirvieron de nada. ¿Han oído hablar de las “nubes” rosadas? —inquirió de pronto, y sin esperar la respuesta, continuó con un rictus amargo—: Tuve un encuentro con ellas hora y media después de mi despegue…

—¿Con ellas? —pregunté absorto—. ¿Eran muchas?