Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Miré de nuevo al precipicio. Este se obscurecía según se profundizaba y tenía el aspecto de algo siniestro que carecía de fondo. Tomé en mis manos un trozo de hielo cortado en el borde del precipicio —tal vez por el pico de minero utilizado al cortar los peldaños— y lo tiré al fondo. Desapareció rápido de mi vista, pero no oí su caída. Por mi mente cruzó una idea: ¿por qué no empujar hacia el precipicio al brujo que se me ha pegado? Si yo me lanzara sobre él y lo agarrara por las piernas…

—No creas que lo lograrás —me dijo.

Al principio me turbé y sólo después caí en la cuenta.

—¿Has pensado en ello?

—Naturalmente.

—Peleemos, entonces. Tal vez uno de nosotros mate al otro.

—¿Y si ambos nos matamos?

Estábamos frente a frente, furiosos, coléricos, proyectando sombras completamente iguales sobre la nieve. De pronto, a ambos nos pareció cómico.

—Esto es una farsa —proferí—. Cuando regresemos a Moscú nos mostrarán en un circo: “Los dos Anojin”.

—¿Por qué en un circo? Más bien en la Academia de Ciencias: “Un nuevo fenómeno tan extraordinario como las nubes rosadas”.

—Como las nubes que no existen.

—¡Mira! —exclamó señalando hacia el cielo.

En el azul tenue del cielo se movía una nube rosada. Una sola, sin otras acompañantes, como una mancha de vino sobre el mantel. Se aproximaba muy lentamente y a baja altura, a mucha menor altura que las nubes de tormenta; además, no parecía una nube. Yo incluso no la compararía ni con un dirigible. Asemejábase, más bien, a una masa rosada obscura, extendida sobre la mesa o a una gran cometa morada lanzada al cielo. Temblando de un modo raro, como si pulsara, se acercaba oblicuamente a la tierra como algo vivo.

—Es una medusa —afirmó mi “doble”, repitiendo mi pensamiento—. Es una medusa rosada y viva, pero exenta de tentáculos.

—No repitas mis disparates. Esto es una sustancia y no un ser.

—¿Crees eso?

—Como lo crees tú. Mírala con más detenimiento.

—Siendo así, ¿por qué palpita?

—No palpita, sino que lanza bocanadas de gas. Eso es gas o vapor de agua o, quizás, no es vapor de agua. Posiblemente sea… polvo —agregué indeciso.

La cometa morada se detuvo sobre nosotros y empezó a descender. Estaba separada de nosotros no más de quinientos metros. Sus bordes vibrantes se doblaban hacia abajo y adquirían un color negruzco. La cometa se transformaba en una campana.

—¡Qué tonto soy! —exclamé al recordar la cámara de filmar— ¡Debo filmar esto!

Y eché a correr hacia mi “Jarkovchanka”

Comprobé rápido si la cámara trabajaba y si la película de color estaba en el chasis. Empecé a filmar desde la puerta abierta de la “Jarkovchanka”. Salté luego al hielo y, contorneando a los cruzanieves, me coloqué en otro lugar para la toma. En ese momento noté que mi alter ego, indeciso y sin cámara de filmar, observaba mis ajetreos.

—¿Por qué no filmas? —le grité sin apartarme del visor de la cámara.

El no me respondió en el acto, sino con cierto retraso incomprensible.

—No… sé. Algo me lo impide… no puedo.

—¿Qué quieres insinuar con eso de “no puedo”?

—No puedo… explicarlo.

Fijé mi mirada en él olvidando hasta la amenaza que llegaba desde el cielo. ¡He ahí la diferencia! No somos completamente iguales: él se inquieta por algo que a mí no me afecta; algo le molesta; yo, en cambio, soy libre. Sin pensarlo dos veces lo coloqué en mi objetivo y tomé la película teniendo en el fondo a su cruzanieves-doble. Por unos momentos olvidé hasta la existencia de la nube rosada, pero él me la hizo recordar:

—Viene en picado.

La campana morada no descendía ya lentamente, sino que caía. Salté instintivamente a un lado.

—¡Huye! —le grité.

El, por fin, comenzó a moverse de su sitio, pero no huía, sino que retrocedía de modo extraño hacia su “Jarkovchanka”.

—¿A dónde vas? ¡Estás loco!

La campana descendía directamente sobre su cabeza, pero él no me respondía. Pegué de nuevo mi ojo al visor de la cámara para no perder tales cuadros. Incluso mi terror desapareció, porque lo que se desarrollaba ante mis ojos era, sin lugar a dudas, un fenómeno extraterrestre que ningún operador de cine había filmado antes.

La nube disminuyó bruscamente de tamaño y adquirió un tono más oscuro. Asemejábase ahora al cáliz invertido de una gigantesca flor tropical, suspendido a seis o siete metros sobre la tierra.

—¡Cuidado! —le grité.

Y, olvidando de repente que él era un fenómeno y no una persona, pegué un salto gigantesco e inconcebible en su dirección a fin de ayudarle. Como se aclaró después, mi salto no le podía salvar, pero acortaba a la mitad la distancia que nos separaba. Con otro salto igual lo hubiese alcanzado, pero, al intentarlo, algo semejante al golpe de una ola o viento huracanado no me dejó avanzar y me empujó hacia atrás. Estuve a punto de caer, pero me mantuve de pie y ni la cámara se desprendió de mis manos. La flor gigantesca alcanzaba ya la tierra, y sus pétalos, antes morados y ahora purpúreos, moviéndose con pulsaciones insólitas, cubrían a los dos dobles: al cruzanieves y a “mí”. Pasados unos segundos tocaron ya el hielo cubierto de nieve. Junto a mi “Jarkovchanka” se levantaba ahora una colina purpúrea, que parecía burbujear o hervir sumergida en un humo morado permutable que relumbraba con chispas áureas a guisa de cargas eléctricas. Yo continuaba filmando, tratando de acercarme cada vez más a la colina morada. Un paso… otro paso… otro… Mis piernas iban adquiriendo una pesadez inexplicable, como si algo las obligara a doblarse o las atrajera hacia el hielo. Un magnetismo ignoto parecía ordenar: ¡párate! ¡ni un paso más! Y yo me detuve.

La colina emblanqueció levemente, el color purpúreo pasó al de frambuesa, y se levantó de repente. El cáliz invertido aumentó de tamaño y dobló hacia arriba sus bordes arrebolados. La campana se transformó de nuevo en cometa, y la nube rosada, en una concentración de gases que adquiría formas variadas bajo los embates del viento. No se notó ningún tipo de concentración o espesamiento en su interior, como si no hubiese tomado nada de la tierra; sin embargo, en el hielo sólo quedó mi “Jarkovchanka”. Su misterioso doble se desvaneció tan rápido como apareció. Sólo quedó sobre el hielo la huella de las anchísimas orugas, aunque ya el viento la cubría con una frazada de nieve esponjosa. En el cielo, ocultándose tras los bordes de la pared de hielo, desaparecía la “nube”. Miré mi reloj: habían pasado treinta y tres minutos desde el momento en que, volviendo en sí, marqué la hora.

Yo sentía un extraño sentimiento de alivio al comprender que algo horrible se había apartado de mi vida, horrible porque era incomprensible, y más horrible aún, porque ya empezaba a acostumbrarme a lo incomprensible como el loco se acostumbra a su delirio. Mi delirio se desvaneció junto con el gas rosado, se desvaneció también el obstáculo invisible que me impidió acercarme a mi doble. Ahora, eché a andar sin dificultad hacia mi cruzanieves y me senté en el peldaño de hierro, sin pensar que podía quedarme adherido al metal a causa de la temperatura descendente del aire. No me inquietaba nada, excepto el pensamiento de cómo explicar esta pesadilla de media hora. Una y otra vez, apretando mi cabeza con las manos, no dejaba de preguntarme en voz alta:

—¿Qué fue en realidad lo que sucedió después del accidente?

Capítulo 4 – ¿Substancia o ser vivo?

Y recibí como respuesta:

—Lo más importante de todo es que usted está vivo, Anojin. Hablando honradamente temía lo peor.

Levanté la cabeza: ante mí se encontraban Zernov y Anatoli. En tanto que Zernov me hablaba, Anatoli pisoteaba la nieve con sus esquíes y movía uno y otro bastón de esquiar. Desgreñado y grueso, con bigotes y vello en las mejillas, en vez de nuestras barbas hirsutas, Anatoli parecía haber perdido su escepticismo burlón y miraba ahora excitado y alegremente como un chiquitín.

—¿De dónde vienen? —inquirí.

Yo estaba tan agotado que ni tenía fuerzas para sonreír.

Anatoli chilló:

—Acampamos cerca de aquí: a un kilómetro y medio o dos. Allí instalamos nuestra tienda de campaña…

—Espere, Diachuk —le detuvo Zernov—, ya tendrá tiempo para hablar de ello. ¿Cómo se siente, Anojin? ¿Cómo logró salir? ¿Qué tiempo hace de eso?

—Me hace simultáneamente muchas preguntas —le dije. Mi lengua articulaba las palabras con dificultad, como la de un borracho—. Empecemos por orden, desde el final. ¿Cuánto tiempo hace que salí? No lo sé. ¿Cómo? Tampoco lo sé. ¿Cómo me siento? Más o menos bien, sin contusiones ni fracturas.

—¿Y moralmente?

Me sonreí al fin, pero mi sonrisa al parecer resultó falsa e insincera, porque Zernov inquirió rápido:

—¿Acaso cree que nosotros le abandonamos a su suerte?

—Jamás lo he pensado —repuse—. Por otra parte, quiero decirles que mi destino está lleno de fantasías.

—Yo lo veo —contestó Zernov, observando nuestra desdichada “Jarkovchanka”—. Después de todo, este aparato resultó sólido: sólo se abolló levemente. Pero, en resumidas cuentas, ¿quién le sacó?

Me encogí de hombros.

El continuó:

—Por cuanto aquí no hay volcanes capaces de presionar el aparato desde abajo y expulsarlo, por tanto debemos presumir la intromisión de alguien. ¿Quién fue?

—No sé nada —respondí—. Volví en sí cuando me encontraba ya en la meseta.

—¡Boris Arkádievich! —gritó de repente Anatoli—. Aquí hay una sola máquina. Lo que significa que la otra simplemente se fue. Ya le dije que era un cruzanieves o un tractor. A nuestro aparato, lo amarraron con un cable y ¡para arriba!

—Lo sacaron y se fueron —repitió dudoso Zernov—. Y no se llevaron a Anojin. Ni le ayudaron. ¡Qué raro! ¡Sumamente raro!

—¿Y si no pudieron volverle en sí y creyeron que pereció? Tal vez estén estacionados cerca y decidan regresar junto con el médico…