Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

—Esa actitud manifiesta su amistad y no su hostilidad, ¿verdad? —inquirió alguien.

—Sí, eso es lo que creo —respondió con cautela el académico—. Ya veremos.

Hubo muchas preguntas, algunas no las comprendí, otras las olvidé. Pero recuerdo muy bien la pregunta de Irina dirigida a Zernov:

—Profesor, usted ha expuesto que ellos copian todas las cosas que ven. Pero, ¿dónde están sus ojos? ¿Cómo ven?

Respondió no Zernov, sino el físico que estaba a su lado:

—Los ojos no son necesarios —aclaró él—. Ellos podrán reproducir cualquier objeto con la ayuda de la fotografía. Podrán, por ejemplo, crear una superficie sensible a la luz del mismo modo que crean cualquier campo magnético y grabar en esta superficie la luz reflejada por el objeto. Y nada más. Esta es, naturalmente, una de las posibilidades entre un sinnúmero de suposiciones probables. Con el mismo grado de probabilidad se puede suponer una “sintonización” acústica o aromática.

—Tengo la firme convicción de que ellos ven, oyen y perciben todas las cosas mucho mejor que nosotros —afirmó Zernov con una extraña solemnidad.

Esta vez no se rió nadie. Las palabras de Zernov parecían haber hecho un balance de lo que todos habían visto y escuchado; parecían revelarles a todos los presentes el significado de lo que necesitaban meditar y entender.

Capítulo 12 – La carta de Martin

Después de la salida de Anatoli, permanecí largo rato junto a la ventana, observando detenidamente el camino de asfalto cubierto de nieve que unía mi entrada con los límites de la calle. Tenía la esperanza de que Irina llegara. Ella podía venir, no por ternura, naturalmente, sino porque de otro modo no me podría informar sobre las noticias ni transmitir los encargos: yo no tenía teléfono. A nosotros nos unía ahora un mismo trabajo, pues ella era la secretaria del Comité especial y yo un colaborador del mismo, con una variedad de obligaciones, desde agregado de prensa hasta mecánico de cine. Por lo demás, a nosotros nos esperaba un trabajo mancomunado en Paris, ciudad a la que iríamos a fin de tomar parte en el Congreso internacional de científicos dedicado a las “nubes” rosadas: ese fenómeno incomprensible que inquietaba a todo el mundo. El académico Osovets encabezaría la delegación; Zernov y yo iríamos en calidad de testigos oculares; Irina, en cambio, nos acompañaría con un cargo más modesto, pero probablemente más importante que el nuestro, el de secretaria-traductora, dominando seis idiomas. En la delegación se incluyó también a Rogovin, físico de fama mundial, dueño de aquella voz de bajo que me intrigaba tanto durante la proyección de la película en la sala de conferencias. La designación ya estaba preparada, todos los documentos necesarios habían sido recibidos y sólo quedaban días contados para nuestra partida y teníamos aún que discutir muchas cosas. Zernov se encontraba en Leningrado despidiéndose de la familia y debía llegar de un día a otro…

Pero, hablando honestamente, ésa no era la razón por la que deseaba ver a Irina. Yo simplemente añoraba su presencia durante esta semana de confinamiento involuntario. Quería escuchar sus palabras irónicas y ver sus espejuelos ahumados, rectangulares, que le privaban en parte de encanto y feminidad. Me empujaba hacia ella, no la amistad ni el amor, sino algo vago e imperceptible que nos obliga a veces a buscar la presencia de alguien y que se esfuma cuando ese alguien aparece ante nosotros.

“¿Qué? Te gusta ella?” me pregunté a sí mismo. “Sí, mucho”. “¿Estás enamorado?” “No lo sé”. A veces ella me resultaba difícil y otras veces me hacía enfadar. A veces la simpatía que le profeso se vuelve repulsión y me dan ganas de hablar palabras ofensivas. Quizás se deba a que somos completamente diferentes y esa diferencia se aguza a veces como una navaja de afeitar. Cuando tal cosa ocurre, ella dice que mi cultura no es más que una ensalada hecha de Kafka, Hemingway y Bradbury; y mi respuesta es que la de ella es una sopa hecha con la revista “Técnica para la juventud” del año antepasado. Pero a pesar de todo tenemos algo de común que hace que nuestros encuentros sean interesantes y agradables.

Esta amistad tan extraña y graciosa empezó justamente al concluir la proyección memorable de la película en la Academia de Ciencias. A la sazón permanecí sentado en mi sillón, esperando la salida de los doctores y candidatos a doctor en ciencias y la extinción de la luz. Recogí todo mi bagaje y equipo, los introduje en mi maletín deportivo y me senté de nuevo.

Irina, en silencio, me observaba a través de sus espejuelos ahumados.

—¿No es usted el doble? —inquirió de improviso.

—Sí, yo soy el doble —afirmé—. ¿Cómo lo ha adivinado?

—Comparando su actitud con la de una persona normal. Una persona normal, no agravada por conocimientos especiales, se hubiera marchado antes de concluir la reunión. Empero, usted sigue sentado, escuchando y dando vueltas en un mismo sitio, y no se va. ¡Qué extraño!

—Estoy estudiando la vida terrestre —le respondí fatuo—. Nosotros, los dobles, somos sistemas autoprogramados, capaces de cambiar el programa de acuerdo con el objeto que se estudia.

—¿Y ese objeto soy yo?

—Usted posee una intuición asombrosa.

—La función ha terminado. Ahora puede considerar que ha terminado su estudio.

—Tiene usted razón. Ahora encargaré una copia suya con algunas correcciones.

—¿Sin espejuelos?

—No sólo sin espejuelos, sino también sin aires de sabelotodo y sin megalomanía. Mi copia será una muchacha corriente que poseerá su inteligencia y su físico y que adorará ir al cine y pasear por las calles.

Tomé mi maletín y eché a andar en dirección a la salida.

—A mí también me encanta ir al cine y pasear por las calles —dijo a mi espalda.

Me di la vuelta. Al otro día llegué a la sala de conferencias todo limpio y afeitado, como un agregado diplomático. Ella estaba escribiendo algo en una máquina. La saludé y me senté a su mesa.

—¿Qué desea? —me preguntó.

—Vengo a trabajar —repuse.

—A usted todavía no lo han designado para trabajar con nuestro grupo.

—Me designarán.

—Debe pasar por la sección de personal…

—La sección de personal no representa nada para mí —le respondí con ademán de desprecio—. Sólo me interesan los estenogramas de anteayer.

—¿Para qué? Usted no comprenderá nada.

—Me interesa, en particular, la resolución de la reunión —continué con majestuosidad y sin prestar atención a sus ataques—. Si no me equivoco, ya se han designado cuatro expediciones: al Ártico, al Cáucaso, a Groenlandia y al Himalaya.

—Cinco expediciones —corrigió ella—. La quinta irá al Glaciar Fedchenko.

—Yo eligiría Groenlandia —insinué.

Ella se rió, como si hablara con un miembro del equipo de ajedrez escolar que se presentara para jugar con el campeón del mundo. Me turbé:

—Entonces, ¿a dónde debería ir?

—A ninguna parte.

No entendí:

—Pero, es que en cada expedición es necesario un operador de cine.

—Lamento desilusionarle, Yuri, pero nosotros no necesitamos su ayuda. En la expedición tomarán parte científicos y técnicos de institutos especializados. Y, por favor, no me mire con esos ojos de carnero. Observe que no le digo: “ojos tontos”. Quisiera preguntarle sólo una cosa: ¿Sabe usted trabajar con un introscopio? No, no sabe. ¿Sabe fotografiar a través de una “pared opaca”, digamos, utilizando rayos infrarrojos? No, no sabe. ¿Sabe transformar lo invisible en visible con la ayuda del transformador acústico-electrónico? Tampoco lo sabe. Lo puedo leer en su rostro idealmente afeitado. Así que, hizo muy mal en afeitarse.

—Bien, pero, ¿y qué me dice de los trabajos ordinarios de operador? —inquirí sin comprender nada—. ¿De la filmación vulgaris?

—Para realizar una filmación vulgaris se necesita tan sólo una cámara de aficionado. Eso lo pueden hacer todos. Lo fundamental consiste en captar la imagen situada dentro de un medio opaco, o sea, oculta en el interior de las nubes. Así podríamos saber, por ejemplo, lo que le sucede a la copia dentro del tubo morado que vimos en la película.

Yo guardaba silencio: para un operador corriente esto era igual al cálculo diferencial.

—Esa es la realidad, Yuri —afirmó, y se echó a reír de nuevo—. Usted no puede hacer nada. ¿Y sabe usted emplear el método de Kirlian? ¿Eh?

Yo ni había oído hablar de ese método.

—Ese método, entre otras cosas, permite distinguir lo vivo de lo no vivo.

—Eso lo puedo hacer yo con mis propios ojos —repuse.

Ella tomó una pose de conferenciante:

—En la foto tomada con la ayuda de ese método, el tejido vivo aparece rodeado por un halo transparente, formado por las descargas de corriente de alta frecuencia. Cuanto más intensa es la actividad vital, tanto más claro es el halo.

—Incluso para un erizo desnudo está claro que ése es un tejido vivo —afirmé furioso y me levanté—. Olvide la sección de personal; no necesito hacer nada en ese departamento, ni aquí tampoco.

Ella se rió esta vez de un modo diferente, alegre y amablemente:

—Siéntese, Yuri, y no se altere. Usted irá junto con nosotros.

—¿A dónde? —Yo seguía ofendido—: ¿A los alrededores de Moscú?

—No, a Paris.

No le creí a esta pequeña diabla hasta tanto no vi en sus manos el papel de nuestra designación al congreso de Paris. Ahora, junto a la ventana de mi habitación, yo esperaba a esta misma diabla como se podría esperar tan sólo a un ángel, apoyando mi cuerpo sobre una pierna y otra y mordiendo fósforos con impaciencia. Y, por ir a buscar cigarrillos en la mesa, no la noté al cruzar en dirección a mi edificio. Ella llamó a mi puerta en los momentos en que por mi mente cruzaban ya ideas sobre el rompimiento de relaciones diplomáticas.

—¡Dios mío! ¡Por fin! —exclamé.