Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Un matrimonio platónico (2002)

Título Original: Billionaire bachelors: Stone

Serie: 02 Solteros millonarios (Billionaire Bachelors #2)

Sello / Colección: Deseo 1157

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Stone Lachlam y Faith Harrell

Argumento:

Stone Lachlam nunca había tenido la menor intención de casarse, ¡y menos aún por conveniencia! Tampoco había pensado jamás que el matrimonio fuera algo tan complejo. Después de todo, Faith Harrell y él habían decidido casarse por razones puramente prácticas, por tanto no debía de haber ninguna duda sobre los términos de su relación. Pero resistirse a una mujer tan guapa como Faith era como intentar ganar una guerra desprovisto de armas. Parecía que cuanto más se esforzaban por no enamorarse, más cerca estaban de perder la batalla…

Prólogo

—La empresa Smythe será tuya… con una condición.

Eliza Smythe miraba a su único hijo con expresión seria.

Stone Lachlan tenía el brazo indolentemente apoyado sobre la repisa de la chimenea, en el salón de su lujosa casa en Manhattan.

Ni un solo parpadeo traicionaba sus emociones. No pensaba hacerle saber lo que esa oferta significaba para él hasta que la empresa fuera suya y nadie pudiera arrebatársela.

—¿Y cuál es esa condición? —preguntó, llevándose la copa de coñac a los labios con aparente indiferencia.

—Tienes que casarte…

—¡Casarme! —Stone casi se atragantó con el carísimo coñac francés.

—Y sentar la cabeza —añadió su madre—. Quiero tener nietos mientras sea joven para disfrutarlos.

Stone dejó la copa sobre la mesa. Nietos… cuando él todavía no había podido apartar de sí los recuerdos de un niño cuya madre estaba demasiado ocupada con los negocios como para interesarse por él.

—Si piensas dedicarle a tus nietos el tiempo que me dedicaste a mí, ¿para qué vas a retirarte? —preguntó, con un cinismo imposible de disimular—. No se tarda mucho en dar instrucciones a las niñeras.

Eliza apretó los labios.

—Si te sirve de consuelo, lamento mucho no haber sido una buena madre —dijo entonces. Stone percibió una nota de dolor en su voz, pero no quiso prestarle atención—. Si pudiera volver a empezar…

—Si pudieras volver a empezar harías exactamente lo mismo —la interrumpió Stone—. Te dedicarías por completo a la empresa familiar, olvidándote de todo lo demás.

Su madre inclinó la cabeza, aceptando la verdad de esas palabras.

—Quizá —murmuró, dolida—. Entonces, ¿cuál es tu decisión? ¿Aceptas la oferta?

—Estoy pensándolo —dijo Stone—. ¿Por qué quieres que me case?

—Porque es hora de que empieces a pensar en un heredero —contestó Eliza—. Vas a cumplir treinta años. Tienes responsabilidades en la empresa Smythe y en Lachlan Internacional y deberías tener hijos que siguieran tus pasos.

Stone deseaba que aquello fuera una broma, pero su madre no sabía lo que era bromear. ¿Casarse? Él no quería casarse. Nunca había sentido la tentación de hacerlo. Un psiquiatra lo pasaría en grande con él; seguramente achacaría esa actitud a su triste infancia.

Pero la verdad en opinión de Stone era que, sencillamente, no quería darle explicaciones a nadie sobre lo que hacía o dejaba de hacer.

Además, ¿de dónde iba a sacar una esposa?

Aunque, la verdad, encontrar una mujer que quisiera casarse con él sería fácil. Había miles de chicas buscando un novio rico… El problema era encontrar una a la que él pudiese aguantar durante más de cinco minutos, una que no quisiera dejarlo en la ruina cuando el matrimonio se anulase.

Cuando el matrimonio se anulase… se terminaría todo. Se casaría con alguien de forma temporal, le daría una buena suma de dinero para que aceptase interpretar el papel de su esposa durante unas semanas y listo.

—Redacta los papeles, madre —dijo entonces, con voz ronca—. Encontraré una esposa.

—Hay otra condición.

—¿A qué te refieres? ¿También quieres aprobar mi elección de esposa?

Eliza negó con la cabeza.

—No quiero que te cases a toda prisa. Prefiero esperar hasta que encuentres a la mujer adecuada. Pero al menos, ahora sabré que lo estás pensando. La condición es que el matrimonio debe durar al menos un año, con los dos viviendo bajo el mismo techo… antes de que la empresa sea tuya.

Un año.

Stone buscó rápidamente una salida. Encontraría una esposa y en cuanto hubiera pasado un año, pediría una discreta anulación. Se sintió culpable por el engaño, pero inmediatamente se encogió de hombros. No le debía nada a su madre. Y sería una forma de vengarse por manipular su vida.

—Muy bien, madre. Trato hecho. Si encuentro una esposa, me darás tu posesión más preciada.

Eliza Smythe se levantó del sillón, incómoda.

—Sé que no he sido una buena madre para ti, pero me importas mucho. Por eso quiero que encuentres una esposa. Puede que ahora te guste estar soltero, pero algún día te sentirás solo.

Stone se encogió de hombros. No pensaba dejar que su madre le tocase el corazón después de tanto tiempo. Fue ella quien decidió abandonarlo cuando era niño.

—Lo que tú digas.

—Al menos, piénsalo —suspiró Eliza—. Jamás creí que diría esto, pero estoy deseando retirarme.

—Yo tampoco pensé que lo dirías nunca.

Y así era. Su madre vivía para la empresa que le dejó su padre al morir, cuando ella solo tenía veinticinco años; una empresa que amó mucho más que a su hijo y a su marido.

Stone se había resignado a esperar durante años para heredar la compañía de su abuelo, pero nunca dejó de soñar que podría fusionar Smythe y Lachlan, la empresa que había sido de su padre hasta su muerte, ocho años antes.

Cuando Eliza se marchó, Stone entró en el despacho, sin dejar de pensar en la proposición. Debía buscar una esposa que aceptara casarse con él solo por conveniencia.

¿Por qué no? No había pensado nunca en casarse, pero si era necesario, se casaría.

Mientras le daba vueltas a la cabeza, empezó a revisar el correo. Entre los sobres había uno marrón, el que recibía de su abogado cada trimestre para informarle sobre los progresos de la joven que estaba bajo su tutela, Faith Harrell.

Faith.

Era una cría de doce años cuando la conoció. Él acababa de salir de la universidad y ambos lloraban la muerte de sus padres en un accidente de barco. Y se había quedado de piedra cuando la madre de Faith le pidió que fuera su tutor.

¿Tutor… él? Sonaba como algo del siglo pasado, pero no pudo negarse. La señora Harrell sufría esclerosis múltiple. Además, estuvo treinta años casada con un millonario y no sabía nada de los negocios de su marido. Y a su padre le habría gustado saber que se hacía cargo de la hija de Randall Harrell, su mejor amigo.

De modo que se hizo cargo de la tutela de Faith. Había cuidado de ella y de su madre… sobre todo al descubrir el estado de las finanzas de los Harrell.

La empresa de Randall estaba a punto de declarar bancarrota y Faith y su madre no tenían un céntimo. Aunque no lo sabían.

Stone había pagado todas sus facturas desde entonces sin decirles nada. No veía razón para disgustar a la frágil viuda con la noticia y menos a su hija, apenas una niña.

Era lo que su padre habría hecho y los gastos no hacían mella en su fortuna.

Faith.

Su nombre conjuraba la imagen de una niña delgada con uniforme de cuadros, aunque sabía que no había vuelto a ponerse el uniforme desde que salió del internado. Hacía más de un año que no se veían. Faith se había convertido en una jovencita muy guapa y seguramente lo sería más en aquel momento.

Unos meses más tarde terminaría el segundo año de carrera y, aunque no la había visto en persona recientemente, estaba deseando leer el informe de su abogado.

Mientras abría el sobre pensaba distraídamente en el asunto de encontrar esposa, pero al leer la nota marcó a toda prisa un número de teléfono.

—¿Cómo que Faith ha dejado la universidad?

Capítulo 1

Una mano enorme sujetó su muñeca mientras estaba colocando un vestido en el escaparate de la boutique.

—¿Qué demonios haces? —oyó una profunda voz masculina.

Perpleja, Faith levantó la mirada y vio el rostro furioso de Stone Lachlan.

Su corazón dio un vuelco. No había visto a Stone desde que la invitó a comer el año anterior y era la última persona que habría esperado encontrar en la boutique de Carolina Herrera.

—Hola, Stone —lo saludó, intentando disimular su nerviosismo—. Yo también me alegro de verte.

Él se quedó mirándola, interrogante.

—Estoy esperando una explicación.

Stone Lachlan tenía diez años más que ella. Sus padres habían sido muy amigos y lo recordaba desde pequeña, cuando le tiraba de las coletas y la dejaba bailar sobre sus pies.

Había sido solo el hijo de un amigo de su padre hasta que este murió, junto con el padre de Stone, en un accidente de barco ocho años antes.

Desde entonces era su tutor y el encargado de que su madre siguiera el carísimo tratamiento para la esclerosis múltiple que la afectaba desde hacía años. Técnicamente debía seguir siendo su tutor, a pesar de que cumpliría veintiún años en diciembre, ocho meses más tarde.

Stone Lachlan.

Verlo la hacía sentir mariposas en el estómago, pero debía disimular. Había estado completamente colgada por él cuando era una cría.

Stone le tomaba el pelo, le contaba chistes y jugaba con ella al escondite. Y Faith estaba loca por él.

Aunque creía que aquella locura adolescente había pasado, su reacción al verlo le demostró lo contrario. Ridículo, pensó. «Hace meses que no lo ves. Y apenas lo conoces».

Pero Stone estaba perfectamente informado sobre su vida desde que sus padres murieron, aunque la apretada agenda del millonario apenas le había permitido visitarla.

Se acordaba de ella en Navidad y en su cumpleaños. Y, de vez en cuando, le enviaba una postal desde algún país exótico. No era mucho, desde luego, pero para una cría que vivía en un internado había sido más que suficiente.

Pero entonces supo la verdad.

La verdad. El placer de volver a verlo desapareció inmediatamente.

—Trabajo aquí —dijo por fin.

Debería estar furiosa por su repentina aparición, pero no podía evitar sentirse apabullada por la imponente presencia masculina.

—Has dejado la universidad —dijo Stone con expresión furiosa.

—He dejado las clases temporalmente —lo corrigió ella—. Pero terminaré la carrera, aunque sea a distancia.

Se había sentido humillada al saber que Stone estaba pagando no solo su educación, sino los gastos de su madre y todas las deudas que había dejado su padre al morir.

—¿Por qué has dejado las clases?

—No podía quedarme en la universidad. Necesitaba buscar un trabajo.