Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

VOZ DESDE EL FONDO DE LA SALA (testaruda): Les ruego excusarme por cualquier inexactitud en la formulación de la hipótesis del profesor Schnellinger. Espero que los especialistas me hayan comprendido.

El profesor Janvier, que lleva un bonete de seda negro, se levanta lentamente (es el profesor más viejo de la famosa Escuela Politécnica francesa) y sin despojarse del aparato auditivo empieza a hablar por el micrófono.

JANVIER: Respetables damas y caballeros. Yo postergaría la información del Dr. Schnellinger hasta tanto no escuchemos las hipótesis respecto a dos cuestiones: ¿con quién nos las tenemos que ver, con seres vivos o con sistemas biocibernéticos superorganizados? En el primer caso podríamos admitir la comunicación telepática directa.

El observador Parisiense concluyó su reportaje con las siguientes palabras: “Yo no sugiero ninguna hipótesis, pero temo que todas éstas tengan una fuente única e inagotable. Y ustedes, queridos lectores, también pueden aprovechar esta fuente que es nada más que una rica fantasía. Precisamente por eso ustedes pueden leer en los periódicos que el número de hipótesis presentadas en las sesiones de esta comisión supera la cifra de cien…”

Tomé en la mano otro recorte de periódico. Este citaba fragmentos de otro estenograma, pero escogidos y comentados con el mismo estilo irónico. En el tercer reportaje el autor recordaba a Guliver y se compadecía condescendientemente de los hombres que no sabían asemejarse a los liliputienses, los cuales no inventaban hipótesis. Sin embargo, después del discurso de Zernov, no quedó nada de esa condescendencia irónica. Cuando abrí los periódicos de la tarde traídos por Irina, vi que esta vez su solidaridad era de otra índole:

“¡El enigma ha sido resuelto!” “¡Los rusos han penetrado en el misterio de las nubes rosadas!” “¡Anojin y Zernov establecen contacto con los visitantes!” “¡Los Soviets sorprenden de nuevo al mundo!” Bajo estos encabezamientos se relataba sobre la transformación del moderno Paris en la ciudad provincial de St. Dizier de los tiempos de la ocupación fascista, sobre la materialización maravillosa de la trama de un famoso director de cine y sobre mi duelo con el primer floretista de Francia. Esto último fue lo que más cautivó a Paris: que un cineasta común y corriente cuyo nombre nunca figuraba en los campeonatos de esgrima hubiera cruzado su espada con el propio Mongeusseau y quedado vivo. Esa misma tarde Mongeusseau fue entrevistado varias veces por los periodistas y pidió duplicar sus honorarios por la participación en la película. Los corresponsales, luego de sacarles todo a Mongeusseau y Carresi, se lanzaron al asalto de la clínica del profesor Peletier y sólo su severo régimen monasterial me libró de otra conferencia de prensa. Zernov tuvo suerte. Aprovechándose de los rituales que acompañan a la apertura y conclusión de las sesiones del Congreso, salió furtivamente de la sala y, en el primer taxi, se alejó de la ciudad con rumbo a la casa de un conocido suyo.

No encontré nada nuevo en el informe de Zernov, acompañado de comentarios detallados, pues todo su contenido había nacido en nuestras discusiones sobre lo acontecido; empero, los comentarios hechos por los periódicos más conservadores, no podían por menos que halagar el orgullo a todo hombre soviético.

En la primera página del “Paris Jour”, adjunto a las fotografías de Martin, Zernov y la mía, se decía: “Dos rusos y un norteamericano vivieron una aventura fantástica durante una noche en un hotel Parisiense. Esa noche les hizo recordar las pesadillas de una novela gótica. No todo individuo, transportado en un instante del mundo corriente y verdadero al mundo de sueños materializados y de visiones extraídas de una mente ajena, hubiera actuado con tanta valentía, comprensión de las circunstancias y lógica razonable de las acciones como los tres participantes de esa Odisea asombrosa. Ahora bien, Zernov debe ser destacado entre los tres, puesto que fue el único científico del mundo capaz de responder a la pregunta que inquieta a millones y millones de habitantes de nuestro planeta: ¿por qué los visitantes, pasando por alto nuestros intentos por establecer contacto con ellos, no tratan por sí mismos de comunicarse con los seres de nuestro planeta?” Zernov responde: “La diferencia que existe entre nuestra vida psíquica y física y la de ellos es, posiblemente, inconmensurablemente mayor que la que puede existir, digamos, entre la organización biológica y psíquica del hombre y la de las abejas. ¿Qué ocurriría si cada cual buscara comunicarse con sus propios medios: el hombre, con sus medios humanos y la abeja, con sus medios insectiles? Siendo así, nos preguntamos ahora, ¿es posible, en general, el contacto entre dos formas de vida aún más diferentes? Sí. Nosotros no pudimos lograrlo, pero ellos lo encontraron. Hubieran podido no mostrarnos las copias de nuestra propia vida, pero nos las mostraron. ¿Y para qué? Para estudiar nuestras reacciones psíquicas y físicas, el carácter y la profundidad de nuestro razonamiento y la capacidad de comprender y valorar las acciones que ellos mismos han realizado. Ellos eligieron a argonautas dignos, pero sólo Zernov resultó ser Ulises: él comprendió a los dioses y se mostró más listo que ellos”.

Leí este artículo con el rostro tan alegre, que Irina, sin contenerse, me dijo:

—Quisiera castigarte por lo que me ocultas; pero, bueno, te lo mostraré.

Y me enseñó un telegrama desde Umanak, Groenlandia.

“Paris. Congreso. Para Zernov.

Escuché su informe por la radio. Conmovido. Quizás aquí, en Groenlandia, usted pueda hacer un nuevo descubrimiento. Les espero a usted y a Anojin en el próximo vuelo. Thompson”.

Ese fue mi día más feliz en Paris.

Capítulo 27 – Imaginación o previsión

Pero no fue sólo mi día feliz, sino también el de ella. Particularmente cuando le relaté lo acontecido con su madre. Al principio no lo creyó y se sonrió como una muchacha en la plazoleta de baile:

—¿Me tomas el pelo?

No respondí. Luego le pregunté:

—¿Tomó tu madre parte en la Resistencia? ¿Dónde?

—Sí, tomó parte, pero ignoro dónde. Nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores quiso averiguarlo por medio de los camaradas franceses, mas fue inútil, porque desconocen el sitio exacto. Su grupo fue diezmado por completo y hasta ahora se desconoce el lugar donde ocurrió su muerte.

—Ocurrió en St. Dizier —le dije—. No está lejos de Paris. Ella era intérprete en un casino de oficiales alemanes y en ese mismo lugar fue capturada.

—¿Cómo lo sabes?

—Ella misma lo relató.

—¿A quién?

—A mí.

Irina, lentamente, se quitó los espejuelos y los dobló:

—No debes bromear con esas cosas.

—No bromeo. Martin y yo la vimos aquella noche en St. Dizier. Nos tomaron por pilotos ingleses cuyo avión fue derribado aquella misma noche en las afueras de la ciudad.

Los labios de Irina temblaban de un modo tal, que eran incapaces de pronunciar palabra alguna.

Entonces le conté toda la historia de nuestras vicisitudes, desde el principio hasta el final; sobre Etienne y Lange, sobre la ráfaga del automático que Martin tiró en la escalera del casino y sobre la explosión que oímos en la ciudad en tinieblas.

Ella seguía encerrada en su silencio. Me enfurecí al reconocer la impotencia de las palabras para reproducir no ya la vida, sino la copia de la vida.

—¿Cómo era ella? —me preguntó de repente.

—¿Quien?

—Creo que sabes a quién me refiero.

—Ella cambiaba levemente, en dependencia de quién recordaba sobre ella: Etienne o Lange. Era joven, de tu edad. Ambos, Etienne y Lange, la admiraban, pero a pesar de ello, uno la traicionó y el otro la asesinó.

—Ahora comprendo a Martin —dijo ella casi susurrando.

—La acción de Martin fue demasiado simple para que pueda ser considerada como un castigo para Lange.

—Comprendo —afirmó ella y se quedó pensativa. Luego, preguntó—: ¿Me parezco mucho a ella?

—Eres su copia. ¿Recuerdas la sorpresa que se llevó Etienne cuando entraste en el hotel? ¿Y la atención concentrada de Lange? Si lo dudas, pregúntale a Zernov; él te lo relatará.

—¿Y qué sucedió después?

—Después subí por las escaleras del hotel “Au Monde”.

—¿Y todo se desvaneció?

—Sí, para mí.

—¿Y para ella?

Me encogí de hombros. ¡Qué podía responder!

—No entiendo nada —dijo ella—. Existe el presente y el pasado, existe la vida; pero, ¿Y esto qué es?

—Una copia.

—¿Viva?

—Lo ignoro. Tal vez es una copia grabada en sus películas —dije sonriéndome.

—No te rías. Esto es terrible. Vida. ¿Dónde? ¿En qué espacio? ¿En qué tiempo? ¿Se llevan acaso esa vida con ellos? ¿Y para qué?

—Escucha, Irina —le aclaré—, mi imaginación no es tan frondosa como para responder a todas esas interrogantes.

Pero había un individuo que poseía la imaginación necesaria. Nosotros nos encontramos con él al día siguiente.

Por la mañana, fui dado de alta de la clínica y me despedí del profesor Peletier, seco, como siempre, de una manera masculina y discreta: (“Usted me salvó la vida, profesor; estoy en deuda con usted”) y abracé a mi enfermera, a mi ángel blanco de jeringuillas diabólicas (“Mademoiselle, ¡si usted supiera lo triste que es decirle adiós!”). Ella me respondió no con las palabras de una monja, sino de Maupassant (“¡Oh! ¡Qué canalla!”) y salí al malecón Voltaire donde me esperaba Irina. Me comunicó en seguida que Vanó Chojeli y Anatoli Diachuk habían partido de Copenhague y volado directamente a Groenlandia y que nuestros visados estaban preparándose en la embajada danesa. Yo aún podía estar presente en la sesión plenaria del Congreso.