Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Hice mutis y me esforcé por encontrar la réplica necesaria.

—No la encontrarás —afirmó.

—¿Cómo? ¿Acaso lees mis pensamientos?

—Sí. Nosotros en la Antártida podíamos solamente adivinar el pensamiento, o más exactamente, la idea del otro. ¿Recuerdas tú cómo querías matarme? Ahora, por el contrario, sé todo lo que piensas. Mis antenas neurónicas son simplemente más sensibles que las tuyas. He ahí la razón por la cual sé lo que te sucedió después del descenso. No olvides que yo soy tú, más algunas correcciones de la naturaleza, algo así como elementos de relé suplementarios.

No me sorprendí ni sentí miedo, sólo experimenté la sensación del jugador derrotado. Pero todavía me quedaba una carta de triunfo, o por lo menos, así lo creía.

—Lo acepto, mas, pese a todo, yo soy el verdadero y tú eres el artificial. Soy un ser vivo y tú eres un robot. Yo vivo y a tí te destruirán.

Él, sin ningún tono de bravata y como conociendo algo que nosotros ignorábamos, respondió:

—En relación con la destrucción, ya veremos —e imitando mi entonación agregó—: El problema de cuál de nosotros es el verdadero y cuál es el artificial, es un asunto que se debe debatir. Si te parece, preguntemos a nuestros amigos y hagamos una apuesta. ¿Aceptas?

—Acepto —respondí—. ¿Cuáles son las condiciones de la apuesta?

—Si yo pierdo, te comunicaré una cosa muy interesante, a tí solo. Si tú pierdes, se la comunicaré a Irina.

—¿Dónde lo probaremos?

—Aquí, si lo deseas, en mi cuartel general, en esta tierra pecaminosa.

No respondí.

—¿Tienes miedo?

—No, yo simplemente recordé ahora el automóvil de Martin que se desvaneció en Sand City. ¿Lo recuerdas?

—Sí, pero Martin no se desvaneció.

—Tú eres una copia más perfecta que los fantasmas de Sand City.

Entornó el ojo izquierdo, como lo hacía yo, y se sonrió:

—Bien —dijo—, veremos cómo se desarrollarán los acontecimientos.

Capítulo 31 – Supermemoria o subconocimiento

Dejamos nuestras cazadoras en el guardarropa y entramos en la cabina de nuestro vehículo todoterreno. Éramos tan parecidos como los gemelos de la película “La máscara de hierro”. Llegamos justamente en el momento en que Irina, vestida toda de blanco, servía la sopa del almuerzo.

—¿Dónde te perdiste? —preguntó ella sin mirar, pero, al levantar la cabeza, dejó caer el cucharón.

Imperó un silencio prolongado, casi siniestro. Mi “anti-ego” no se inmutó:

—Vanó, aquello que vimos no era una roca. ¿Sabes lo que era? —dijo él con mi propia voz, tan idéntica que temblé como si la hubiera oído por primera vez—. No lo sabes. Pues aquello era la “Jarkovchanka” de Mirni. Aquel mismo cruzanieves-doble que tú viste y yo filmé. Pueden admirarlo ahora: está estacionado allá. Y este pretendiente —me señaló—, estaba sentado en su interior, esperándonos.

La insolencia de mi doble me quitó el habla. Era una escena de Dostoievski: El señor Goliadkin entumecido y su espabilado doble. Antes de que pudiera replicarle, cuatro pares de ojos, que antes eran amistosos, me observaron con hostilidad. En ellos no existía el asombro de los ojos que ven un milagro, sino la enemistad de los que observan a un bandido.

Zernov fue el primero en volver en sí:

—Ya que ha venido a la hora del almuerzo, sea nuestro invitado —me dijo—. La situación no es nueva, pero es muy interesante.

—Boris Arkádievich —imploré yo—, ¿por qué me habla usted con ese tono tan oficial? El doble es él, no yo. Hicimos una apuesta para saber si ustedes podrían diferenciarnos.

Zernov, en silencio, nos miraba con atención, deteniendo su vista más prolongadamente en mí. Luego dijo:

—Este es un enigma. Son tan idénticos como dos fósforos de una misma caja. Bien, digan, por favor, ¿quién de ustedes es el verdadero?

—Me ofende usted —le dije.

—No te ofendas —rogó mi reflejo—; los dos somos verdaderos.

Creí ver una chispa de comprensión en los ojos de Zernov, cuando éste miró a mi doble y después se dio la vuelta hacia mí:

—A la mesa, compañeros —nos invitó, y dirigiéndose a Irina, agregó—: Traiga otros cubiertos, por favor.

—He perdido hasta el apetito —afirmé—. ¿Tendremos de nuevo bacalao?

¡Qué dije! Mi “anti-ego” atacó rápido:

—Ya ves, Irina, ahora puedes saber cuál de los dos es Yuri Anojin. ¿Quién te encargó por la mañana ensalada de guisantes en conserva?

Realmente yo le encargué a ella esa ensalada, pero lo olvidé, voló de mi cabeza. Yo me di cuenta de la mirada de agradecimiento que le mostró Irina a mi oponente. La lucha se desarrollaba en su favor.

—Bien —dijo Zernov, mirándonos atentamente a ambos, ora a uno ora a otro—, lo comprobaremos a base de un método muy conocido.

—No dará resultados —afirmé exasperado—: él sabe todo lo que hice y pensé en ese intervalo maldito entre la creación y la aparición. El mismo aclaró que sus antenas neurónicas son inconmensurablemente más sensibles que las mías.

—Eso lo dijiste tú —replicó mi “anti-ego”. Quise arrojarle a la cara mi sopa fría que no podía comer. Lamenté no haberlo hecho, porque él continuó:

—A propósito, los dobles no pueden comer, porque carecen de aparato digestivo.

—Anojin, usted está mintiendo —le dijo Zernov. Ahora nos hablaba a los dos de “usted”.

—Boris Arkádievich, nosotros todavía no lo hemos verificado —apuntó sin inmutarse mi “anti-ego”—. No hemos verificado aún muchas cosas. Por ejemplo: la memoria. Tú afirmas —dijo mi torturador volviéndose hacia mí— que tus antenas son más sensibles que las mías. Bien, lo comprobaremos ahora. ¿Recuerdas tú la olimpíada de literatura que tuvo lugar en el noveno grado de nuestra escuela?

—¿Que ocurrió en tiempo del rey que rabió? —pregunté sarcástico.

—Justamente en el rey, mejor dicho, en el zar fue donde fallé. ¿Recuerdas en qué pregunta? En la tercera.

Yo no recordaba ni la primera, ni la segunda, ni la tercera pregunta ¿De qué zar se trataba? ¿Del zar Pedro en el “Jinete de bronce”?

—Tus antenas están funcionando mal —me dijo—. Era una pregunta sobre “Poltava”, señor Goliadkin.

¡El canalla está leyendo mis pensamientos! Estoy perdiendo. ¿Será posible que yo lo haya olvidado todo?

—Ignoro si lo olvidaste todo o parte del todo. Bien, ¿recuerdas el epígrafe de “Fiesta”? ¿Lo olvidaste?

—Sí, lo olvidé.

—¿Y no era éste tu libro favorito?

—Escrito por Gertrude Stein —recordé—. ¿Y qué dice textualmente?

Guardé silencio.

—¿Estás esperando que yo lo repita en mi mente? —me preguntó—. Tú no recuerdas nada, sólo me quitas lo que está grabado en mis células de la memoria. —Se dio la vuelta hacia Anatoli y agregó: Anatoli, pregúntale algo más fácil. Haz que su memoria trabaje.

Anatoli pensó un momento y preguntó:

—¿Recuerdas nuestra conversación sobre los monzones?

—¿Dónde?

—En Umanak. ¿Hablamos acaso sobre los monzones? Apenas tengo una idea vaga sobre ellos. Sólo sé que son unos vientos específicos.

—¿Qué dijiste a la sazón? —continuó Anatoli.

—¿Qué dije? ¡Que me aspen! No lo recuerdo aunque me torturen.

—Pregúntame a mí —rogó el otro señor Goliadkin triunfalmente—. Dije, a la sazón, que desde la infancia había confundido a los monzones con los vientos alisios.

A mi mente llegó el recuerdo del final de las novelas de Agatha Christie, cuando Hércules Poirot desenmascara al criminal sentado en medio de los presentes y que sufre el fuego cruzado de las preguntas. Así, como ese criminal, me sentía yo ahora.

De pronto, en los momentos en que mi torturador miraba a todos con aires de triunfo, Irina, observándome pensativa, dijo:

—Yuri, eres terriblemente parecido a él. Eres tan parecido, que da hasta miedo.

A veces, en las competiciones de fútbol, ocurre que el jugador más insignificante y despreciado por todos los fanáticos mete un gol decisivo. El público, perplejo, ni siquiera aplaude, sólo mira con los ojos desorbitados el “milagro” realizado. Así me miraban ahora los cuatro pares de ojos, en los cuales volvió a asomar la simpatía.

Ésta vez mi “anti-ego” no replicó, tan sólo esperó. Estaba tranquilo y, según me pareció, algo indiferente hacia todo lo que ocurría. “¿Será posible que mis ojos estén también tan vacíos y muertos?” pensé.

—Yo hace ya tiempo que he comprendido quién era nuestro Yuri —afirmó Zernov en tanto que se daba la vuelta hacia Irina—. Pero me intriga cómo pudo saberlo usted.

—Lo supe por la memoria —dijo ella—, justamente por la memoria —repitió con convicción—. Un ser humano no puede recordarlo todo. Las cosas no esenciales desaparecen siempre de su memoria, se borran; tanto más que Yuri es un olvidadizo. Este, por el contrario, lo recuerda todo: las competiciones en las escuelas, las conversaciones, las citas… Su memoria no es humana.

Mi “anti-ego” seguía guardando silencio. Miró a Zernov como si presintiera que era él quien le daría el golpe final.

Y Boris Arkádievich afirmó:

—A mí me convenció una frase expresada por él —señaló con el codo a mi oponente—. El dijo: “los dos somos verdaderos”. ¿La recuerdan? Ahora bien, nuestro Yuri o cualquiera de nosotros no habría dicho una cosa igual jamás. Cada uno de nosotros hubiera estado convencido de que el verdadero era él mismo y que el doble era la copia, la sintetización. Nuestros dobles antárticos, reproducidos con gran exactitud, hubiesen razonado como nosotros, porque ellos no sabían que eran meras copias del hombre. No sucede lo mismo con estos dos que llegaron ahora, pues uno de ellos sabía que era una copia y que la copia, en esencia, no se puede distinguir del ser humano. Sólo él podía decir: “Los dos somos verdaderos”. Solamente él.