Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Oyéronse aplausos: mi “anti-ego” aplaudía:

—¡Bravo, bravo, Boris Arkádievich! Su análisis fue propio de un científico. Es imposible refutarlo. Sí, yo soy en realidad la copia, aunque más perfecta que ustedes, creados por la naturaleza. Le había hablado a Yuri sobre el particular. Yo puedo percibir sin dificultad los impulsos de sus células cerebrales, o hablando con más sencillez, puedo leer todos sus pensamientos y, a su vez, puedo transmitirle mi propio pensamiento. Mi memoria no es parecida a la de ustedes, porque no es humana. Irina lo notó en seguida. Ese fue mi otro error. No supe ocultar este hecho. Recuerdo con exactitud todo lo que Anojin hizo, habló y pensó durante los años de su vida: en la infancia, en el ayer no lejano y hoy. Recuerdo todo lo que él leyó u oyó recientemente. En otras palabras, conozco de memoria toda la información que él ha recibido sobre las “nubes” rosadas y la actitud de la humanidad ante la aparición y conducta de esas “nubes”. Conozco de memoria todos los recortes de periódicos que Anojin ha leído y analizado con relación al Congreso de Paris. Puedo citar palabra por palabra cualquier informe, réplica o conversación en los pasillos que hayan llegado hasta los oídos de Anojin. Recuerdo perfectamente las conversaciones que él sostuvo con usted, Boris Arkádievich, tanto en el mundo real, como en el sintetizado. Y, lo que es más importante, sé para qué fue necesaria mi supermemoria y por qué ella está relacionada con la segunda sintetización de Anojin.

Yo le miraba ahora casi con gratitud. Mi torturador había desaparecido y se había transformado en mi amigo, en mi compañero de aventuras en el mundo de lo desconocido.

—Entonces, ¿supo usted desde el primer momento que fue sintetizado?

—Naturalmente.

—¿Y supo cuándo fue sintetizado y de qué modo?

—No del todo. Desde el primer momento en que aparecí en la cabina de la “Jarkovchanka”, yo era ya Anojin; sin embargo, sabía que existía otro Anojin, independientemente de mí, y sabía qué diferencia había entre nosotros dos. Yo fui programado de otro modo y con otras funciones.

—¿Con qué funciones?

—Fundamentalmente, con la función de aparecer ante ustedes y contárselo todo.

—¿Contarnos qué?

—Contarles que la segunda sintetización de Anojin está relacionada con la información que él ha obtenido y estudiado con respecto a la actitud de la humanidad ante el fenómeno de las “nubes” rosadas.

—¿Por qué fue elegido Anojin para ese fin?

—Quizás porque él fue el primero cuyo mundo psíquico fue estudiado por los visitantes.

—Usted dijo: “Quizás”. ¿Es esa una conjetura suya?

—No, es sólo un comentario. Yo lo sé.

—¿Quién se lo dijo?

—Nadie. Simplemente lo sé.

—¿Qué quiere usted insinuar con la palabra “simplemente”? ¿De qué fuentes lo supo?

—Las fuentes existen en mí mismo, a guisa de memoria heredada. Conozco muchas cosas, pero desconozco su origen, como si me llegaran de la nada. ¿Qué sé? Sé que soy una copia, que poseo una supermemoria, que existen dos Anojin y que debo retener y transmitir toda la información que el verdadero Anojin ha recibido.

—¿Transmitirla a quién?

—No lo sé.

—¿A los visitantes?

—No lo sé.

—No puedo entender su “lo sé” y su “no lo sé” —dijo Zernov, cuya voz adquirió un tono de irritación no común en él—. Déjese de misticismo y explíquese mejor.

—En mis palabras no hay mística —respondió riéndose condescendientemente mi “anti-ego”—. El conocimiento no es más que la calidad y la cantidad de la información retenida y analizada. Mi conocimiento fue programado y nada más. Yo lo llamaría subconocimiento.

—Querrá decir subconciencia —corrigió Zernov.

Pero el doble declinó la corrección.

—¿Quién conoce los procesos que tienen lugar en la subconciencia? Nadie. Mi conocimiento es incompleto porque ignoro sus fuentes, sin embargo, es un conocimiento verdadero. Así también es mi subconocimiento: es algo opuesto a la supermemoria.

—¿Y qué más sabe usted, además del hecho de que es una copia? —inquirió Irina de sopetón.

Me parecía ver mi imagen en el espejo riéndose de una manera desembarazada. Pero, naturalmente, éste era él. Su respuesta fue también desembarazada:

—Sé, además, que yo la amo tanto como la ama Yuri Anojin.

Todos rieron, excepto yo. Me sonrojé. Pero, ¿por qué me sonrojé yo y no Irina? Ella continuó:

—Supongamos que Yuri esté enamorado de mí, supongamos que esté dispuesto para contraer nupcias conmigo y llevarme consigo. Pero, ¿y usted?

—Yo también me la llevaría conmigo.

Yo no habría podido decir eso con mayor disposición.

—¿A dónde?

Reinó el silencio.

—¿Acaso vale usted algo en comparación con Yuri? —preguntó ella con un timbre de compasión en su voz—. Usted es simplemente una pompa de jabón. Si ellos soplaran, se desvanecería.

—Sí, pero tengo otro presentimiento… sé algo completamente distinto.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi vida tras los límites de la psiquis de Yuri Anojin.

—¿Existe acaso esa vida?

Mi doble, meditabundo por primera vez y puede ser que hasta triste, reflexionaba sobre algo. Luego afirmó:

—A veces creo que existe, o que alguien o algo me dice internamente que existirá.

—¿Qué quiere insinuar usted con “alguien” o “algo”? —preguntó Zernov.

—Me refiero a lo que fue programado. Por ejemplo: tengo la convicción de que la persona que se aproximó más a la verdad, no fue un científico, sino el escritor de ciencia-ficción que habló en el Congreso de Paris. O, por ejemplo, tengo el convencimiento de que la hipótesis de Zernov relacionada con el contacto con los visitantes es verdadera. Además, tengo la sensación de que a nosotros no nos comprenden del todo —digo “nosotros”, como un ser humano; no se ofendan, porque yo no soy una “nube” rosada—; la sensación de que muchas cosas de nuestra vida y de nuestra psiquis son aún incomprensibles para “ellos” y necesitan un estudio más prolongado y que las investigaciones se continuarán. No me pregunten dónde y cómo se investigarán, porque lo ignoro. No me interroguen con respecto a lo sucedido debajo de la cúpula, porque no lo vi. Más exactamente, lo vi con los ojos de Anojin. Ahora bien, sé una cosa con absoluta seguridad: tan pronto como yo les informe a ustedes de todo esto, las funciones programadas se desconectarán. Excúsenme por la terminología: yo no soy un especialista en cibernética. Entonces, cuando eso ocurra, me llamarán—. Se sonrió. —Ya me están llamando. Adiós.

—Te acompañaré —le propuse.

—Yo también —dijo Vanó—. Quiero ver de nuevo la “Jarkovchanka”.

—Ya no se encuentra aquí —aclaró Yuri-segundo, mientras abría la puerta que conducía al cancel—. No me acompañen, por favor. ¿Para qué? Lo que me ocurrirá lo vieron ustedes ya en la película de Yuri —y se sonrió con tristeza—. Soy aún un ser humano y no quisiera ver la curiosidad que mostrarían ante mi desaparición.

Salió; desde la puerta me dijo adiós con el brazo y afirmó:

—Yuri, no te irrites por mi mistificación, o por mis bromas.

—Como te guste más. Te prometo que haré lo que te propuse en la apuesta. Nuestro acuerdo sigue en pie.

Capítulo 32 – ¡Por los siglos de los siglos!

Después de su salida, nadie tuvo la osadía de hablar. El aliento de la muerte que rondaba sobre el camino helado parecía haber llegado hasta nosotros. Pese a la copia y a la sintetización, ¡él era un ser humano!

—¡Qué lástima! —suspiró finalmente Anatoli—. Seguramente que ellas vuelan ya…

—No hables, por favor —le pidió Irina, no es necesario.

Pero ya no queríamos seguir guardando silencio.

—Si esto ocurriese de nuevo, uno se enloquecería otra vez —afirmó Vanó, arrugando el rostro, quizás al recordar las aventuras de la Antártida, y agregó turbado—: Yuri, no te reconocí en el primer momento. El otro me pareció más inteligente.

—A todos nos pareció así —afirmó Anatoli con un tono irónico o de admiración en su voz—. ¡Posee la memoria de una biblioteca! ¡Esa es la memoria con que yo desearía vivir!

“Él de seguro que tenía muchas ganas de vivir”.

Este fue mi pensamiento, y él respondió:

—¿Qué crees que soy un leño? ¡Claro que quería vivir, desde el primer momento! ¡Y ahora también!

Su voz sonaba en un lugar de mi conciencia. Yo no componía, no inventaba, ni imaginaba nada, sólo lo oía.

—¿Dónde estás ahora? —le pregunté mentalmente.

—En el camino de hielo. Todo a mi alrededor está blanco; pero no hay nieve. ¿Cuál es la diferencia? ¿Verdad que es igual?

—¿Tienes miedo?

—Un poco. Después de todo no soy de plástico. Yuri, te pido sólo que no me tengas pena ni pienses en esa forma tan ampulosa: ¡el aliento helado de la muerte! ¿Por qué te lo pido? Porque ésa es una frase muy común y porque no es cierta.

—Pero, desaparecerás de todas las formas.

—Eso no es la muerte, sino la transición a otro estado.

—A un estado en que ya no existes.

—¿Por qué no? Uno simplemente no siente ningún tipo de sensación, como en el sueño.

—El sueño pasa, pero, ¿y tu caso?

—También pasará.

—¿Crees que regresarás?

—Sí, algún día.

—¿Y si no te vas ahora?

—No puedo quedarme.

—Rebélate.

—Lo que experimento es más fuerte que yo, viejo amigo.

—¿Qué clase de hombre eres tú, pues? Tú no tienes libre albedrío. No tienes, ¿verdad?

—Por el momento, no.

—¿Qué quieres decir con las palabras “por el momento”?

—Yuri, ¿qué estás susurrando? ¿Un poema? —preguntó Irina.