Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Por el teléfono me llegó una carcajada.

—Ayer creí que estabas un poco chiflado.

—¿Ayer? ¿A qué hora?

—A las seis. Cuando te pillé frente a la estatua de Pushkin y te relaté lo de Sichuk.

Me relamí los labios.

Así que Kliónov vio a Hide y conversó con él y no notó nada. Muy interesante.

—No recuerdo —farfullé.

—No bromees. ¿Y no recuerdas lo que te informé sobre Sichuk?

—¿Qué?

—Que se quedó.

—¿Dónde se quedó?

—En Estambul. Te lo conté. Pidió asilo político en la embajada de los Estados Unidos.

—¿Qué? ¿Se enloqueció?

—No, el muy reptil estaba en su pleno juicio. Y nosotros estábamos durmiendo. Algunos dicen que cada persona es un barril de doble fondo; pero lo que había que hacer era ilustrarlo a tiempo. Ahora vamos a escribir una carta colectiva para que no lo dejen entrar cuando se arrastre por el suelo con intenciones de volver. Bueno, ¿qué te pasa? ¿En verdad no recuerdas nada?

—En absoluto. Ayer, desde las cinco de la tarde hasta las diez de la noche, tuve un completo vacío en mi cabeza. Me desmayé, y no recuerdo ni lo que hablé ni lo que hice. Volví en mí, después de que me condujeron a casa. Quizás todo fue consecuencia de aquella contusión que tuve en aquella ciudad del Danubio. ¿Recuerdas?

Sólo faltaba que Kliónov se hubiese olvidado de ello, tras haber cruzado el Danubio conmigo y con Oleg. A propósito, Sichuk también estaba allí, sólo que se largó prematuramente a la retaguardia, después de haber obtenido el permiso para trabajar en la redacción del periódico del frente; y allí se quedó.

Nuestro silencio, se prolongó por unos segundos; después Kliónov propuso:

—Será mejor que te hagas ver por un profesor. La consulta te la puedo arreglar sin problemas.

—No vale la pena —dije suspirando—. Dime, mejor, en qué trabajan los profesores Zargarián y Nikodímov.

—Ah. ¿Estás esperanzado en hacer un artículo sobre ellos? ¡Puf! No conseguirás nada. Nikodímov responde a tales intentos con el método Challenger. Al reportero de la revista «Ciencia y Vida» lo tiró al tacho de basura.

—No te inquietes por mi futuro y divide tu omnisciencia. ¿Quién es Nikodímov? Por favor, dímelo sin bromear, pues, en verdad, necesito saberlo.

—Es un físico con gran amplitud de intereses. Tiene un trabajo sobre la física de los campos. Se interesaba por los procesos electromagnéticos en medios complejos. Una vez, junto con Jenlichka, expuso la teoría del generador de neutrinos.

—¿Junto con quién?

—Con Jenlichka, un biofísico checo.

—¿Y en cuanto a la idea? ¿Qué me puedes decir?

—Soy un profano, como sabes, y la escuché de otras personas profanas; pero, en general, es algo así como un láser de neutrinos que abre una ventana en el antimundo.

—¿Hablas en serio?

—¡Claro! ¿Qué? ¿Te parece un disparate? Así la calificaron.

—¿Y Zargarián?

—¿Qué le sucede?

—¿No trabaja con Nikodímov?

—¡Ah! ¿Lo sabes? Te felicito.

—¿Es también físico?

—No. Neurofisiólogo o algo parecido. Es telépata.

—¿Qué? ¿Qué? —inquirí gritando.

—Te-lé-pa-ta —repitió Kliónov silabeando la palabra. Existe una ciencia que se llama telepatía.

—¿Qué estás diciendo? ¿Acaso crees que soy del medioevo? Esa ciencia no existe.

—¿Que no existe? Estás atrasado, Seriozha. Ya existe tal ciencia, así como los aparatos que sirven para desarrollarla: condensadores de la corriente biológica y otras yerbas. ¿Estás satisfecho?

—Casi —repuse suspirando.

—Si vas al ataque, te apoyaré con mi espíritu y mi cuerpo. Además publicaremos todo lo que les puedas sacar. Te aconsejo que comiences con Zargarián. Es más sencillo y accesible que Nikodímov, y un individuo como pocos…

Le di las gracias por la información y colgué el auricular.

Fue una conversación que no sobrepasaba el nivel de la de Zoia: antimundo, telepatía… Había que llamar a Galia para precisar.

Descolgué el auricular:

—¿Galia? Soy yo, el sonámbulo. ¿Estás levantada?

—Me levanto a las seis de la mañana —contestó bruscamente—. Seriozha, me interesa un detalle de tu odisea. ¿Por qué le dijiste a Lena que habías abandonado a tu esposa?

—Yo no respondo por los actos de Hide. Mi gran anhelo es aclararlos —afirmé—. Galia, escúchame con atención. ¿En qué consiste la idea del generador de neutrinos y cómo se podría eslabonar esa idea con la condensación de la corriente biológica?

—Ah. ¿Eso es Nikodímov y Zargarián? —preguntó riéndose.

—Sí. Como ves, he sabido algo.

—Disparates escuchas y disparates riegas, porque Nikodímov hace tiempo que desistió de la idea del generador de neutrinos tal como la formuló Jenlichka. Ahora, trabaja en la fijación del campo energético provocado por la actividad del cerebro… Fijación de algo así como el complejo único de campos electromagnéticos surgidos en las células del cerebro. Ya ves, también he sabido algo.

—¿Y qué une a Nikodímov con el fisiólogo Zargarián?

—No sé. Trabajan juntos; pero su trabajo es un secreto. Desconozco su esencia y su perspectiva; sin embargo, según pude averiguar este trabajo está relacionado con cierta codificación del estado neurofisiológico.

—¿Con qué? —pregunté extrañado.

—Más bien, con el cerebro —aclaró Galia—. Con el cerebro, mi querido. La relación que hizo Hide entre estos nombres y el Instituto del Cerebro no fue casual. Aunque… depende del aspecto en que se mire… Quizás éste es un problema perteneciente sólo a la física.

Quedó pensativa. A través del auricular se oía su agitada respiración.

—Ahí está la llave del problema, Seriozha —aseveró—. Mientras más pienso en ello, más me convence. Encuéntralos y encontrarás la explicación.

Colgué el auricular.

La búsqueda científica había concluido, tan sólo quedaba en adelante la búsqueda cotidiana y simple. La empecé con Zoia.

Ella respondió en el acto a la llamada telefónica de Olga. Sí, conocía a Zargarián y a Nikodímov. A Nikodímov lo conocía tan sólo de vista: parece un pájaro de mal agüero, y no frecuenta las recepciones; empero, con Zargarián hasta había tenido amistad tras bailar con él unas cuantas veces. Según ella, a Zargarián le interesan los sueños.

Al escuchar estas últimas palabras, Olga, a mi lado y tapando el auricular con la mano, repitió:

—Le interesan los sueños. ¿Qué tal?

—¿Qué? —grité arrancándole el auricular de la mano—. ¡Zoia! Soy yo. Sí, sí, el mismo. Zoia, acabas de hablar sobre los sueños. ¿A quién le interesan? Dímelo. Esto es muy importante para mí.

—A Zargarián. Después de contarle un sueño terrible que tuve, él, con gran interés, me obligó a repetir partes de lo relatado, haciéndome preguntas sobre los detalles más ínfimos e insignificantes. Pero, ¡en qué detalles podía yo pensar tras un sueño tan espantoso! Luego, él me pidió que lo visitara todas las semanas para relatarle mis sueños. Según él, son muy necesarios para su trabajo. Pero yo, ¿comprendes? No soy ninguna tonta, sé qué trabajo es ése.

—Zoia, ruégale que me reciba —le dije suplicante.

—¡¿Qué dices?! —exclamó—. No soporta a los reporteros.

—No le digas que soy periodista. Dile, simplemente, que quiere verlo un individuo cuyos sueños son rarísimos, que se repiten todos los años como si estuviesen grabados en una cinta. Inténtalo, Zoia. Si no resulta, lo intentaré yo.

Colgué el auricular y esperé. Antes de diez minutos Zoia me llamó, agitada:

—¡Resultó! Te recibirá hoy, después de las nueve. No te atrases —dijo hablando de prisa como si estuviera en la clase de su instituto—. Le gustó tanto lo que informé sobre tus sueños, que sin esperar ni un segundo, empezó a preguntarme sobre el grado de precisión, retención, etc. Yo le contesté que tú mismo le relatarías todo. Además, le dije que trabajas con nosotros, así que no me hagas quedar mal.

LA LLAVE

Zargarián vivía en Yugo-Zapad, en un edificio moderno. Entré. El propio Zargarián abrió la puerta invitándome a entrar, y, en silencio, pasamos a su gabinete. Era alto, ágil, moreno y llevaba el pelo corto. Su aspecto tenía cierta similitud con los héroes del neorrealismo italiano. No parecía mayor de treinta años.

—Permítame que le pregunte —empezó diciendo, atravesándome con sus severos ojos—, ¿qué lo trae por acá? Sí, sí, comprendo: sueños extraños, etc., etc… Pero, ¿por qué le era necesaria justamente mi consulta?

—Después que le relate todo, comprenderá que no hace falta responder a su pregunta.

—¿Sabe usted algo acerca de mí?

—Antes de la tarde de ayer, no tenía idea de su existencia.

—¿Y qué fue realmente lo que sucedió ayer por la tarde?

—Estoy sinceramente satisfecho de que comencemos por ahí —le dije resueltamente—. No vine porque me inquieten los sueños, ni porque usted sea especialista en sueños, como lo considera Zoia, la que trabaja en el Instituto de Informaciones, sino por otros motivos. A propósito, no trabajo en el instituto, soy periodista —aquí noté una mueca de disgusto en su rostro—. Quiero señalarle que no vine por una interviú, pues no me interesa su trabajo; más bien, no me interesaba. Le repito que, antes de la tarde de ayer, no había oído su nombre; no obstante, lo escribí en mi libreta de apuntes en estado de inconsciencia…

—¿Qué quiere usted decir con «estado de inconsciencia»? —interrumpió.

—Quizás no lo defino bien. Yo estaba consciente; pero no recuerdo nada de lo que hablé, ni de lo que hice. Yo, sencillamente, no existía, en mi lugar actuaba algún otro; y justamente ese otro fue quien escribió esto en mi libreta.