Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

—No comprendo, ¿para qué construyen eso? —farfulló con desdén una dama sentada a mi frente, con un tejido en las manos.

Miré al joven sentado al borde de la fila esperando de él la réplica. Y no me equivoqué. ¡Qué similar a los jóvenes que conocía! Él tomaba de ellos la vehemencia, los arrebatos juveniles y la incompatibilidad con lo que no va al ritmo con la época.

—A pesar de que estas casas comunales las empezaron a construir hace tiempo, todavía no comprende para qué…

—¡No, no comprendo! —exclamó la dama con testarudez. ¡Nos libramos, gracias a Dios, de los apartamentos comunales; pero aquí están de nuevo…!

—¿De nuevo qué?

—Estas casas comunales. Estamos haciendo resucitar el modo de vida comunal.

—¡No hable disparates! ¡La gente pasa de los apartamentos aislados y separados a las casas comunales y no a los apartamentos comunales, ni sé lo que es eso! Usted misma, con sus propios ojos, acaba de ver estas casas comunales. ¡Esto ya es un nuevo modo de vida comunal!

La dama calló. Y nadie la defendió.

En la pantalla aparecieron torres petroleras, perforando el cielo plomizo y purpúreo que cubría abetos y alerces. «Estamos en el tercer Bakú” continuó el locutor “en una nueva zona de la región petrolera de Yacutia, en Siberia».

¡El tercer Bakú! En mi época sólo supe de dos. ¿Cuántos años habrán pasado?

Esta pregunta muda se la hice a los cirujanos vestidos de blanco que surgieron en la pantalla realizando una operación sin efusión de sangre, con un haz de rayos de neutrones; y a los inventores de la masa química que cosía la herida; y al propio locutor que apareció, por fin, frente a los televisores: «Para concluir, les quiero hacer recordar las profesiones que más necesita nuestra economía. Nos faltan: ajustadores de talleres automáticos; operadores de minas teledirigidas; mecánicos de centrales eléctricas atómicas, y montadores de computadoras electrónicas universales».

La pantalla se apagó y, de otro lugar, llegó una voz: «Nos acercamos a Moscú. Encendemos las luces de advertencia. Con la luz verde quedará colocado el escalador».

Sobre la puerta delantera centellearon luces rojas; después azules y, luego, verdes. En el pasillo, los pasajeros empezaron a avanzar sobre el piso movible; también yo. Salimos al escalador que, acelerando el movimiento, nos condujo al vestíbulo del subterráneo, y, antes de que tuviese tiempo de echarle una mirada, nos siguió llevando hacia adelante, rápido como un cohete, disminuyendo el movimiento sólo en las escaleras movibles que nos condujeron al andén. «¿Y dónde están las ranuras para depositar las monedas?” me pregunté. “¿Será posible que el subterráneo sea gratis?» La respuesta afirmativa a mi pregunta la dio el tropel de gente entrando en el tren estacionado.

Salí a la plaza de la Revolución, que conocí en el acto, no sólo bajo tierra, cuando vi las esculturas de bronce en la arcada, sino afuera, donde me miraban las columnas del Bolshói a través de la verde cortina del bulevar. La estatua de Marx estaba en su sitio. Empero, en vez del poco atrayente «Gran Hotel», erguíase un gigantesco edificio blanco de acero inoxidable resplandeciente y por el ala lateral del «Metropol» se extendía ahora una calle bulliciosa de varios pisos. El movimiento de la gente me parecía conocido, casi sin ningún cambio: como siempre, las gotas multicolores de los transeúntes, formando un torrente humano, deslizábanse parsimoniosamente por las anchas veredas. Por el asfalto de la plaza, contorneando las casas y jardines, deslizábase la abigarrada corriente de autobuses y automóviles.

Al observar con atención todo lo que me rodeaba, empecé a encontrar cosas que no existían en mi mundo: las ropas de los transeúntes tenían otro corte; y los autos, de otras líneas y formas, desplazábanse en silencio sobre una almohada de aire, en una niebla color lila, como peces. «¿Cuántos años habrán pasado?» me interrogué, incapaz de responder.

Un enrejado de hierro serpenteaba a lo largo de la acera, con aberturas tan sólo en las paradas de los autobuses; esto me impidió cruzar al otro lado. Empecé a caminar hacia el jardín Alexándrovski; al llegar a la esquina del Museo Histórico, le eché una mirada a la Plaza Roja; allí todo estaba como antes: la antigua muralla dentada; el reloj en la torre Spásskaia; el severo y masivo Mausoleo y la catedral de San Basilio, milagro arquitectónico. Mas, no se veía por ningún lado el hotel que habíamos construido en Zariadie. Del otro lado del río, se veían por detrás de la catedral, edificios altos y desconocidos.

Llegué al jardín Alexándrovski y me senté en un banco. Aquí había calma, una calma que miraba con indiferencia el bullicio agitado y pletórico de la ciudad: lo mismo ocurría en nuestro mundo. A decir verdad, estaba un tanto desconcertado: ¿A dónde ir? ¿Dónde se encontraba mi casa? ¿Cuánto tendría que sufrir en esta nueva vida?

En el bolsillo del saco encontré una cartera compacta de plástico suave y transparente. A través de él, sin sacar la tarjeta, leí mi nombre, profesión y dirección. Yo era de nuevo servidor de Hipócrates, director de una clínica, quirúrgica, y, quizás, muy notable, porque encontré en la cartera los saludos enviados al doctor Grómov por tres organizaciones extranjeras, con motivo de sus sesenta años.

¡He aquí, veinte años hacia el futuro! Para mí, la vejez, para la ciencia pasos gigantescos. Me invadieron reflexiones agobiadoras. ¿No sería triste ver a mis amigos envejecidos? ¿Cómo estarían? Me imaginé la visita a la dirección escrita en la tarjeta: Olga, veinte años mayor, abriría la puerta. ¿Y si no era Olga? Sin deseos de complicar la situación, tomé maquinalmente el dinero de la cartera. Seguramente era suficiente para un día en el futuro. Bueno, ¿qué podría hacer? ¿Callejear, cruzar la ciudad y verlo todo, respirar en sentido literal el aire del futuro? ¿Acaso esto es poco? ¿Poco para Zargarián y Nikodímov? ¿Y qué prueba material podría llevarles del futuro? ¿Sería acaso imprescindible ir a la biblioteca «Lenin» —seguramente, aquí también existe— para hurgar en los catálogos e interesarse por la temática de las revistas científicas? Pero, supongamos que logre encontrar algo muy cercano a los trabajos de mis amigos científicos, ¿podría yo comprender los artículos de los hombres de ciencia de los años ochenta si soy incapaz de entender las explicaciones de Zargarián? No, sería inútil. ¿Y si aprendiera de memoria una fórmula? No, la olvidaría en seguida. ¿Y si aparece un símbolo matemático desconocido? ¡No! ¡Es absurdo! ¡No lograré nada!

Ensimismado en mis pensamientos, llegué a la parada de taxis. Delante de mí sólo había una persona, la que por lo visto estaba apurada, mirando intermitentemente su reloj.

—He esperado diez minutos y no ha aparecido una sola máquina —dijo—. Los autobuses son gratis y puntuales, sin embargo, estos autodirigidos son más cómodos.

—¿Cómo dijo? ¿Autodirigido?

—Usted, seguramente, es forastero —apuntó riéndose—. Llamamos así a los taxis de manejo automático. ¡Son encantadores!

El primer autodirigido apareció por una esquina, acercándose. Temblé. En esta máquina sin ruedas ni chofer, había algo salvaje y antinatural. Venía hacia nosotros en silencio como boyando en un mar de petróleo, y lanzó cuatro patas de araña en la parada. El invisible guía abrió la puerta, la pasajera entró, pronunció unas palabras por un micrófono, el autodirigido recogió las patas y se alejó. Seguí todos estos movimientos, con mirada pueril. Y me inquietaron dos preguntas: ¿Qué dirás por el micrófono? ¿Y qué harás caso de no tener suficiente dinero? Pensé en correr, huir de la parada; pero me detuvo la presencia de otro pasajero que se acercaba. En su señalada delgadez y en sus cabellos canosos con raya, notábase cierta elegancia. Su barba, recortada con escrupulosidad, le daba un aspecto provocador y arrogante:

—Estoy apurado —dijo, mirando la plaza con impaciencia—. Parece que viene uno.

El autodirigido se detuvo.

—Con gusto le cedo mi turno —dije amable, y agregué—: No estoy apurado.

—¿Por qué? Iremos juntos; si no se opone, primero lo llevaré a su destino, después seguiré solo.

En sus ojos negros, brillaba algo conocido. La fisonomía de su rostro, me hacía recordar a una persona amiga: la frente deprimida y la mirada penetrante y burlesca. La barba, por lo contrario, desfiguraba su cara haciéndola irreconocible. ¿Será posible que sea él?

UN ZARGARIÁN ENVEJECIDO

Con curiosidad, lo miré de nuevo. Sí, era mi Zargarián; pero veinte años más viejo. Fingí no conocerlo.

—¿Adónde va usted? —me preguntó.

Me encogí de hombros y repuse:

—Me da igual un sitio u otro. Estuve veinte años fuera de Moscú.

—Entonces, vamos. Yo seré su guía. A propósito, ¿Desea almorzar conmigo en el «Sofía»? A decir verdad, no me gusta comer solo.

A pesar de los años, no perdía su ímpetu juvenil: en el acto transformóse en guía.

—No viajaremos por la calle Gorki. Todavía no la han reconstruido. Nos deslizaremos por la calle Pushkin, completamente nueva. Este es el programa.

Se sentó en el autodirigido y repitió por el micrófono lo que me había dicho, agregando dónde doblar y dónde pararse. El taxi cerró las puertas en silencio y, tras contornear el jardín, echó a andar por la calle.

—¿Y cómo paga? —inquirí curioso.

—Muy fácil. Sólo tengo que depositar el dinero en esta alcancía —repuso señalando una ranura cerca del parabrisas.

—¿Y si no tiene cambio en los bolsillos?

—Entonces molestaríamos a la máquina de cambio.