Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Le golpeé con la rodilla y retrocedió, luego, enconado, arremetió contra mí, tratando de pegarme con la cabeza; pero no lo logró, porque al pegarle en la mandíbula con el puño izquierdo, se tambaleó, desplomándose al suelo entre la litera y el lavabo. De su labio roto brotaba un hilillo colorado. El se lo tocó con los dedos y, al ver la sangre, lanzó un aullido lastimero—: ¡Socorro!

Y se paró en seco.

—¡Grita! —le dije—. ¡Grita más fuerte, si crees que me aterrarás!

Sus ojos se estrecharon destilando odio.

—De todas maneras, ¡huiré! —balbuceó—. La próxima vez, ¡huiré!

—Ten por lo menos el coraje de decirlo oficialmente, en alta voz. Di ante todos que no te gusta nuestro sistema y mendiga la visa en cualquier embajada. ¿Acaso crees que te detendremos? No, no lo haremos. Te dejaremos ir con satisfacción: no necesitamos basuras.

—Si es así, ¿por qué no me dejas salir ahora?

—Porque lo haces subrepticiamente, con engaños. Porque le juegas una mala jugada a los que creyeron en ti.

Sichuk saltó de su sitio y, enseñando los dientes, se precipitó de nuevo sobre mí: se lanzó, no porque intentara salir del camarote de cualquier manera; sino porque un odio ciego, enfermizo, lo había privado de la razón. Y de nuevo lo golpeé con la rodilla. Después de todo, las lecciones de Sazhin me fueron útiles. Esta vez, él cayó en una de las literas, golpeándose fuertemente en la pared del camarote. Creí que había perdido el conocimiento; mas él, tras moverse un poco, empezó a gemir. Tomé una toalla, la mojé en el lavabo y se la puse en el rostro.

En la puerta se oyeron unos toques. Miré de soslayo a Sichuk: permanecía inmóvil. Le quité el seguro a la puerta y bajé el picaporte… Ante mí estaba un hombre desconocido con el capote empapado.

—¿Irá usted a tierra, Serguéi Nikoláevich? —preguntó.

—No, no iré —respondí—. Mi compañero se siente mal. Quizás esté mareado. Me quedaré aquí con él.

Sichuk seguía inmóvil; ni levantó la cabeza. El hombre se alejó. Esperé un rato y, cuando sus pasos cesaron en el corredor, advertí a Sichuk:

—Me voy al bar y cerraré la puerta. ¡Perdón!

Cerré la puerta y eché a caminar hacia el bar; pero no llegué, porque otra vez la inesperada niebla me hizo regresar al conocido sillón del casco y los captadores.

* * * * *

Lo primero que escuché, fue el final de una conversación: los interlocutores evidentemente ignoraban mi despertar.

—No, «viajero por el tiempo» es anticuado. Yo diría mejor por la quinta dimensión.

—¿Y si es por la séptima?

—¿Cómo está ahora?

—Está sin conocimiento.

—No, ya tiene conciencia nuestra «rana viajera».

—¿Y el encefalograma?

—Está grabado por completo.

—Ya te dije que era un talento genuino.

—Enchufa el aislador.

—Querrás decir: desenchufa. Pon cero-tres, después, cero-diez. Deja que sus ojos se acostumbren.

La oscuridad se aclaró un poco, como si en algún lugar hubiesen hecho una ranura dejando pasar a través de ella un diminuto rayito de luz. Y comenzaron a surgir los objetos invisibles que me rodeaban. Cada segundo, hacíanse más visibles. Y luego, ante mis ojos, apareció el semblante de Zargarián.

Ave homo, amici te salutant. ¿Hay que traducir?

—No, no es necesario —repuse.

El laboratorio estaba completamente claro. El casco de cosmonauta se desprendió con facilidad de mi cabeza y voló hacia arriba. El respaldo del sillón me empujó, como incitándome a levantarme. Me levanté. Nikodímov estaba sentado en su sitio de siempre invitándome a la mesa.

—¿Muchas emociones?

—Muchas. ¿Quiere que se las cuente?

—No, de ninguna manera. Está cansado. Cuéntelo mañana. Ahora necesita descansar y dormir como se debe: sin sueños.

—¿Lo que vi era un sueño?

—La información mutua la postergaremos hasta mañana —afirmó riendo—. Hoy, ni en su casa cuente nada. Lo importante es dormir y dormir.

—¿Dormiré? —inquirí dudoso.

—¡Vaya la pregunta! Después de la cena beba estas tabletas y mañana, de nuevo, nos encontraremos aquí, a las dos. Zargarián lo buscará.

—Yo lo acompañaré hoy también. Iremos a la velocidad del rayo —dijo Zargarián.

—Y no piense, ni recuerde nada. No se emocione —siguió diciendo Nikodímov—. Y a urbi et orbi, ni una palabra. ¿Hay que traducir?

—No, no es necesario.

AVANCE HACIA LA SOLUCIÓN DEL ENIGMA

Manteniendo mi palabra, solo en rasgos generales le relaté a Olga lo sucedido. Por lo demás, por mi parte no tenía ningún deseo de experimentar otra vez, aunque de reflejo, todo lo que había sufrido en los sueños artificiales. Así, ni le pregunté a Olga sobre lo que tenía cierta relación con lo ocurrido en mi nirvana. Sólo a la madrugada, sin poder contenerme, pregunté:

—¿No has recibido una invitación de la embajada de Hungría?

—No —repuso ella con asombro—: ¿Por qué?

No respondí. Y, tras pensar un rato, le pregunté de nuevo:

—¿Alguno de tus amigos se llama Fiódor Ivánovich? ¿Y quién es una tal Raisa?

—No sé —repuso ella mucho más asombrada—. Yo no tengo tales amigos. Aunque… espera… Ahora recuerdo. ¿Sabes quién es Fiódor Ivánovich? El director de la policlínica. No, no de la nuestra, sino de la del ministerio donde me invitaron a trabajar. Y Raisa es su mujer. Ella fue quien me propuso el trabajo en la policlínica. ¿Los has conocido en algún lugar?

—Mañana te contaré, porque ahora tengo sueño. Perdóname —le dije y me dormí.

* * * * *

Me desperté tarde, cuando ya Olga había salido al trabajo dejándome el desayuno sobre la mesa con el termo lleno de café. Yo, sin deseos de levantarme, permanecía recostado en la cama rememorando tranquilamente los sucesos del día anterior. Los sueños aparecidos en el laboratorio de Fausto se recordaban con facilidad y con una exactitud asombrosa. No eran sueños, sino una realidad concreta, viva, de la que se recordaban todos los detalles: el papel de la libreta en el gabinete del hospital; el color de los botones en el capote de Sichuk; el ruido de la sonda al caer al suelo y el sabor de la palinka de damasco. Recordé este enredo de Hoffmann y, después de pesar estos y otros factores, llegué a la extraña, pero convincente conclusión de que…

El timbre del teléfono interrumpió mis pensamientos y me hizo levantar de la cama. Era Kliónov quien llamaba, después de enterarse por medio de Zoia de mi encuentro con Zargarián. Tuve que cambiar de táctica:

—¿Sabes lo que es «tabú»?

—Por supuesto. ¿Por qué?

—Pues Zargarián es «tabú», así como Nikodímov y la telepatía. Todo es «tabú».

—¿Sí? Entonces, haré jirones mi ropa.

—Hazla jirones. A propósito, ¿tienes una casa de campo en Zhávoronki?

—Pero no en Zhávoronki, sino en Kupavna. Antes me habían propuesto uno de estos dos sitios, y yo elegí a Kupavna.

—Pero, ¿hubieras podido elegir a Zhávoronki?

—Naturalmente que hubiera podido. ¿Y por qué te interesa saber sobre esto?

—Me interesan muchas cosas. Por ejemplo: ¿quién es ahora el agregado de prensa de la embajada de Hungría en Moscú? ¿Kemenesh?

—¿No tienes encefalitis, por casualidad?

—Estoy preguntando en serio.

—Kemenesh es agregado de prensa de la embajada de Hungría en Belgrado. A Moscú no lo han enviado nunca.

—Pero, ¿lo hubieran podido enviar?

—¡Ah!, comprendo. Estás escribiendo una tesis sobre el modo subjuntivo.

Quedé pensativo. Kliónov casi había adivinado. Yo tropezaba muchas veces con el modo subjuntivo en mis intentos por desentrañar el enigma que me rodeaba: ¿qué hubiera pasado si… si… Oleg no hubiese muerto cerca del Danubio? ¿si yo me hubiese casado con Galia, en su lugar? ¿si, después de la guerra, hubiera ingresado en la facultad de medicina y no en la periodística? ¿Si Olga hubiese aceptado el trabajo en la policlínica del ministerio? ¿Si Tibor Kemenesh hubiera llegado a Moscú como agregado, en vez de a Belgrado? ¿Si, si… si…? Yo hubiese podido estar en la recepción de la embajada de Hungría, hubiera podido viajar alrededor de Europa en el. barco «Ucrania», hubiese podido ser Doctor en Medicina y operado a Oleg vivo y hubiera hecho otras cosas, sí… De este modo subjuntivo provenían todas las diabluras a lo Hoffmann.

Y aún otro «si». Si lo que vi donde Zargarián no fue un sueño, sino el desarrollo hipotético de la vida. Si el periodista Grómov hubiera podido ser en un tiempo determinado el cirujano Grómov, ¿por qué el cirujano Grómov no hubiese podido ser el periodista Grómov? Lo era cuando estaba en el bulevar de Tverskói: en un instante lleno de nieblas color lila.

En aquel momento Hide irrumpió en el cuerpo de Jekyll desde el sillón muelle de algún laboratorio, ya que posiblemente él tenía también sus Nikodímov y Zargarián.

En este caso, Zargarián, Nikodímov y yo, por igual, participábamos en vidas paralelas, sin puntos de intersección, que se desarrollaban simultáneamente. ¿Y cuántas eran? ¿Dos? ¿Cinco? ¿Seis? ¿Cien? ¿Miles? ¿Y dónde transcurrían estas vidas? ¿En cuál espacio y qué tiempo? Aquí recordé la conversación sostenida entre Galia y Hide sobre la multiplicidad de los mundos. ¿Y si ésta no es una hipótesis fantástica, sino un descubrimiento científico, la solución de uno de los secretos de la materia?

Pero, si el intelecto de los genios se niega a aceptar tales explicaciones, tanto más el mío, carente de entrenamiento en las ciencias exactas. Tan sólo debía quejarme de nuestra limitada cultura humanista: me faltaba cabeza hasta para pensar y meditar sobre el problema que se abría ante mis ojos.

Así, pensativo, me encontró Galia al entrar en mi habitación de paso hacia el trabajo. Ella, informada por Olga de mi visita a Zargarián, no pudo soportar la curiosidad de saber si había encontrado la llave del enigma.

—La encontré —le dije—; pero aún no puedo darle vueltas en la cerradura.

Después, le hablé del sillón en el laboratorio de Fausto y de mis tres «sueños». Ella mantuvo un largo silencio y luego preguntó:

—¿Y envejeció?

—¿Quién?

—Oleg.

—¿Y qué quieres? Ya han pasado veinte años.