Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Aunque mi mente no podía comprender todas las ideas de Nikodímov, las escuchaba embelesado. Algunas veces me perdía en su laberinto diabólico de campos «gemelos», frecuencias y ritmos; pero, haciendo un gran esfuerzo, atrapaba el hilo de la conversación, obteniendo como resultado un discurso roto por puntos suspensivos.

—…por los experimentos, hemos llegado a la conclusión de que cuando existe una transmisión recíproca de campos, se activan las ondas de frecuencias mucho más amplias que el habitual ritmo alfa. Esta nueva clase de frecuencia la llamamos ritmo kappa. Y mientras más grande es la frecuencia de las ondas kappa más claro es el sueño captado por el receptor durmiente. En consecuencia, no era difícil ya deducir cierto desarrollo conforme a una ley: la superposición completa de los campos está relacionada con el aumento brusco de las frecuencias. Así surgió el transformador de corriente biológica. Creando una corriente dirigida de irradiación, nosotros mezclamos su conciencia con la conciencia idéntica a ella encontrada tras los limites de nuestro mundo tridimensional. Como es natural, estamos en la primera etapa del camino. El movimiento del campo por la sucesión de fases, hasta ahora es caótico, y carecemos del poder de dirigirlo, por lo tanto no podemos señalar con exactitud dónde usted volvería en sí: en el presente, el pasado o en el futuro. Son necesarias decenas de pruebas más…

—Estoy a su disposición —lo interrumpí.

Nikodímov no respondió.

La voz ronca e infantil de un cantante, rodaba por el sonoro salón, sobre las cabezas hirsutas o calvas de los clientes, sobre los cristales ennegrecidos de vino; sorprendía por su fuerza y limpieza de sentimiento, en este restaurante lleno de humo.

—Como el tema de la canción —dijo Zargarián, obligándome a prestarle atención a la letra de la melodía.

«Tú eres mi destino —cantaba el joven—, tú eres mi felicidad…»

—Usted es nuestro destino —repitió Zargarián, serio y con solemnidad—, y quizás nuestra felicidad.

Turbado, desvié la vista hacia otro lado. Ser la felicidad o el destino de alguien, es sin lugar a dudas agradable.

Nikodímov, en el acto, atrapó mi movimiento nervioso y el pensamiento vanidoso que se ocultaba detrás de él:

—Pero, posiblemente también nosotros seamos su destino. No debe olvidar que sabrá mucho más aún y, ante todo, de sí mismo, pues usted es sólo una parte de la materia viva que es «usted» en el eterno y complicado espacio-tiempo. En una palabra, repito la sentencia de los antiguos romanos: nosce te ipsum (conócete a ti mismo).

Estaba preparado para conocerme a mí mismo en todo el conjunto de dimensiones, fases y coordenadas; pero no le comuniqué a Olga esta resolución, sino que en pocas palabras la informé sobre la conversación con los científicos, prometiendo relatarle todo con más detalles al día siguiente. Era el día de su cumpleaños. Ese día, por lo general, lo festejábamos a solas; mas esta vez invité a Galia y Kliónov. Quise convidar a Nikodímov y Zargarián, a los culpables de que apareciera en mi vida lo inesperado —si no lo maravilloso—, hasta hice alusión al cumpleaños cuando todavía estábamos sentados en el restaurante; mas Nikodímov se mostró frío al escuchar mis palabras, porque no comprendió o por estar distraído. Zargarián, al notar mis intenciones, musitó: «Déjalo, de todas maneras no irá; es huraño; él mismo lo reconoce. Yo, en cuanto pueda escaparme, iré, pues no hemos terminado nuestra conversación sobre el autoconocimiento, ¿eh? Debo advertirle que posiblemente me retrase, así que no se desespere».

El día del cumpleaños de Olga, y en presencia de Galia y Kliónov, relaté lo vivido durante la prueba en el sillón, así como la conversación posterior sostenida con los científicos. Este relato provocó en ellos un delirio maniático. Kliónov, indeciso, carraspeó.

Galia, ruborizada, y excitada, exclamó:

—¡Yo no creo eso!

—¿Qué no crees?

—No creo nada. Eso es un disparate. Te están engañando simplemente.

—Bueno, ¿y para qué lo harían? —prorrumpió Kliónov—. ¿Con qué objeto? Sabemos que Zargarián y Nikodímov son individuos muy serios. No andan detrás de la propaganda. Por lo demás, tampoco son hombres capaces de lanzar ideas cuasicientíficas.

—Todo lo nuevo en las ciencias, todos los descubrimientos, nacen de la experiencia del pasado —afirmó Galia con calor—: ¿Y dónde ves tú aquí la experiencia?

—Lo nuevo frecuentemente refuta lo viejo.

—Existen diferentes clases de refutaciones.

—Exacto, estoy de acuerdo. Pero, ni a Einstein le creían: «¡No faltaba más! ¡Refutar a Newton!»

Olga, obstinada en permanecer callada, no intervenía en la discusión, hasta que Galia le llamó la atención:

—¿Y tú, por qué callas?

—Por miedo.

—¿Miedo a qué?

—Ustedes discuten sobre concepciones abstractas; sin embargo, Serguéi tomó parte directa en el experimento. Y, por lo que sé, no se detendrá ahí. Y si es verdad todo lo que cuenta, es poco probable que el cerebro de una persona corriente lo soporte.

—¿Y tú estás convencida de que soy una persona corriente? —inquirí bromeando.

No contestó. Galia y Kliónov retomaron la conversación. Me vi obligado a responder decenas de preguntas, repitiendo una y otra vez mi relato sobre lo sucedido en el laboratorio de Fausto.

—Si Nikodímov prueba su hipótesis —dijo Galia vencida—, hará una revolución en la física. Si la prueba, naturalmente —agregó con testarudez—, pues el experimento de Serguéi no es aún una prueba convincente.

—A mí me interesa otra cosa —dijo Kliónov, pensativo—. Si a priori tomáramos como verdadera la hipótesis, entonces surgiría la pregunta no menos importante: ¿cómo se desarrolla la vida en cada fase espacial? ¿Por qué estas fases son semejantes? Yo no hablo de su aspecto físico, sino social. ¿Por qué en cada transformación de Serguéi, Moscú es el Moscú actual, o de la postguerra, y no de Rusia zarista? Porque si la hipótesis de Nikodímov resulta verdadera, ustedes comprenderán, que lo primero que preguntarían en el occidente, históricos, políticos, sacerdotes y periodistas, sería: ¿Es o no es obligatoria la semejanza social en todos los mundos? ¿Es o no obligatorio un desarrollo histórico idéntico?

—Nikodímov habló sobre mundos con otros tiempos, y, quizás con tiempos contrarios. Teóricamente, se podría caer en el período de neanderthal o en el del primer cohete terrestre interestelar. No hablo de eso —objetó Kliónov—. Por más genial que sea el descubrimiento hecho por Zargarián y Nikodímov, no puede dejar pasar por alto la importancia del aspecto social de cada mundo. Para la ciencia marxista todo es claro: la semejanza física presupone semejanza social. En todas partes, el desarrollo de las fuerzas productivas determina el carácter de las relaciones de producción. ¿Te imaginas qué dirían los apologistas de las personalidades y casualidades? Siendo así, los bárbaros no hubiesen llegado a Roma, ni los tártaros a Kalka. Washington pudo haber perdido la Guerra de Independencia en EE.UU., y Napoleón ganar la batalla de Waterloo. Lutero pudo no haber sido quien encabezó la Reforma, y Einstein no hubiese descubierto la teoría de la relatividad. Este desarrollo histórico dependiente de la casualidad, ha sido llevado por Bradbury hasta el absurdo. Un viajero en el tiempo, por casualidad, aplasta una mariposa en el período antediluviano y esto es suficiente como para que cambie el cuadro de las elecciones presidenciales en EE.UU.; en vez del progresista y radical, es elegido un fascista y oscurantista. Nosotros sabemos que a Goldwater no lo hubiesen elegido de todas maneras, aun si hubieran aplastado a todos los dinosaurios de la era proterozoica. Y si Napoleón hubiera triunfado en Waterloo, lo hubiesen derrotado en cualquier otro sitio. Y en lugar de Lutero, otro hubiese encabezado la Reforma. Y si no hubiese existido Einstein, otro de todas maneras hubiera descubierto la teoría de la Relatividad. Hace más de cien años, Belinski, aún sin llegar hasta el materialismo histórico, escribió: «En la naturaleza y en la historia, domina una necesidad interna, severa e irrevocable, y no la ciega casualidad».

Kliónov hablaba con el tono sentencioso de un conferenciante, lo cual me enfureció, y, por contradecirle, pregunté:

—Bueno, imagínate que en uno de los mundos vecinos no existió Hitler. No nació. ¿Hubiera habido guerra o no?

—¿Tú mismo no te puedes contestar? ¿Y Göering, Goebbels, Keitel? A cualquiera de ellos los grandes financistas le hubiesen dado la batuta de director. Ya veo tu gran misión histórica, Serguéi. No te rías; es justamente una gran misión. No sólo demostrar la hipótesis de Nikodímov, sino fortalecer la posición de la concepción marxista de la historia de que la lucha de clases ha determinado y determina siempre el desarrollo de la sociedad, en todos los lugares, ya sea aquí como en todas las fases.

Y cuando la conversación se hubo transformado en una discusión rabiosa y testaruda, llegó Zargarián con un ramo de flores.