Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Los libros de los estantes estaban en desorden, amontonados unos sobre otros en anaqueles movibles. “Por lo visto los utilizan mucho” pensé. Tomé uno en mis manos: era una obra de Sorojtin dedicada a la atonía de los centros nerviosos. A su lado se encontraban folletos y libros en diferentes lenguas. Según pude notar, todos informaban sobre la irradiación de la excitación e inhibición. En otro estante mis ojos chocaron con un libro del propio Nikodímov. Había sido editado en Inglaterra y llevaba como título: Los principios de la codificación de los impulsos distribuidos en la cabeza y en la región cortical del cerebro. Y, nunca como ahora, lamenté tanto la insuficiente preparación de los periodistas, incapaces de comprender, aún aproximadamente, los grandes procesos que se desarrollan en las ciencias.

En este instante, la pared se corrió y, a través de la rendija, llegó la voz de Zargarián:

—¡Serguéi Nikoláevich! ¡Por favor, pase!

La habitación en la cual entré era un laboratorio de fulgurante acero inoxidable y níquel. Cuando mi mirada empezaba a buscar objetos, Zargarián, activo e impaciente, me presentó a un individuo maduro de barbita castaño y plata a lo mosquetero. Los cabellos, del mismo color, excedían del largo normal en nuestros científicos, dándole cierto parecido a un profesor de violín o de piano. Tan sólo por su encorvada nariz podía confundírsele con un pájaro de mal agüero; sin embargo, este rasgo me hizo recordar más bien al Fausto de Goethe, tal como lo vi hace años en un espectáculo de provincia.

—Mucho gusto, soy Nikodímov —me dijo y sonrió al atrapar mi mirada escudriñadora hacia todos los lados—. No mire tanto, de todas maneras no comprenderá nada. Además, aquí no hay nada interesante, sólo condensadores y conmutadores. Esto que ve aquí, es una pantalla para fijar los campos; naturalmente, en sus diferentes fases. Podrá notar que esto es un embrollo de enchufes, palancas y manivelas. Tal como en Maiakovski, ¿no es así?

Miré de soslayo el sillón situado tras la pantalla, sobre el que pendía algo parecido al casco de un cosmonauta y hacia el cual convergían cables multicolores.

—Lo asustó —afirmó Nikodímov, guiñándole un ojo a Zargarián—. ¿Y qué tiene de raro? Es un sillón como otro cualquiera.

—Espera —prorrumpió Zargarián regocijado—. No le expliques nada, déjalo pensar. Se parece al sillón de una barbería; pero no hay espejos alrededor. ¿Y no es el de un dentista? No, porque no está el torno. Pero, ¿dónde puede encontrarse un sillón así? ¿En un teatro? No. ¿En un cine? Tampoco. Entonces, ¿en un avión, en la cabina del piloto? ¿Pero dónde está el timón?

—Se parece a una silla eléctrica —le dije.

—¡Por supuesto! Es una copia exacta.

—¿Y el casco? ¿También me lo pondrán?

—¿Por qué no? La muerte le llegará a los dos minutos —afirmó con malignidad en sus ojos—. La muerte clínica. Luego, lo resucitaremos.

—No lo asustes —le dijo Nikodímov, y se volvió hacia mí—: ¿Es usted periodista?

Afirmé con la cabeza.

—Entonces —agregó—, le ruego que no escriba ningún artículo relacionado con nuestros experimentos. Todo lo que usted aprenderá aquí, todavía no ha madurado para la publicación. Por lo demás, los experimentos pueden resultar un fracaso, en cuyo caso, ni usted vería nada, ni nosotros sabríamos nada. Pero cuando hayamos terminado, le haremos participar de nuestro trabajo. Se lo prometo.

“¡Pobre Kliónov! La información con la que soñaba esfumóse como humo”.

—¿Tiene este experimento una relación íntima con mis relatos? —pregunté con osadía.

—Sí, una relación geométrica directa —aseveró Zargarián lacónicamente—. Sin embargo, Pável Nikítich lo duda. Yo sigo insistiendo en que no puede haber ningún fracaso, pues los indicios existentes son muy claros.

—Sí-í-í-í —afirmó Nikodímov meditabundo—, los indicios son muy claros—. Y, dirigiéndose a mí, preguntó—: ¿Así que a usted le ocurrió la historia de Stevenson? ¿Y usted la explica refiriéndose a Jekyll y Hide, no es así?

—No, de ningún modo. Yo no creo en transmutaciones.

—¿Y entonces?

—No sé. Estoy buscando una explicación. Por eso los busqué.

—Muy sensato.

—Quiere decir que, ¿hay una explicación?

—Sí.

Al oír la respuesta, brinqué de mi asiento.

—Siéntese —pidió Zargarián—, aquí, en el sillón que le asustó. Le aseguro que es mucho más cómodo que el de Voltaire.

Modestamente hablando, me levanté inseguro de la silla: ese sillón demoníaco me asustaba.

—Las explicaciones vendrán después del experimento —apuntó Zargarián—. Siéntese. ¡Vamos! ¡Vamos! Más rápido, que no le sacaremos los dientes.

Al sentarme en el sillón, me hundí como en un colchón de plumas. En el acto, empecé a notar una sensación de ligereza, casi de imponderabilidad.

—Estire las piernas —me rogó Zargarián.

Por lo visto, él era quien dirigía el experimento.

Las suelas de mis zapatos tocaron unos tornillos de goma. El casco, descendiendo silenciosamente, cubrió mi cabeza con facilidad, como si fuese una gorra blanda.

—¿Está demasiado libre?

—Sí.

—Permanezca tranquilo, ahora vamos a regular los aparatos.

El casco se ajustó más en mi cabeza, pero yo no sentía nada: su cinta flexible confundíase con mi piel. A pesar de tener mi cabeza cubierta por el casco y la seguridad de que la ventana de la habitación estaba cerrada, un viento vespertino, como si hubiese irrumpido a través de una ventana abierta, enfrió mi frente y removió mis cabellos.

De repente, se apagó la luz, y una tiniebla insondable empezó a flotar en el ámbito, rodeándome.

—¿Qué sucede? —inquirí.

—Nada anormal, simplemente lo aislamos de la luz.

¿Con qué me aislaron? ¿Una pared? ¿Un gorro? ¿Un capuchón? Toqué mis párpados: el casco no cubría mis ojos. Extendí los brazos pero sólo encontraron el vacío.

—Baje los brazos y no se inquiete. Ahora empezará a dormir.

Me acomodé en el sillón y relajé mis músculos. Y, en realidad, comencé a sentir la llegada del sueño, el acercamiento del nirvana, apagando todos los pensamientos, recuerdos, palabras y estrofas surgidas en mi mente extemporáneamente. Sin saber porqué, recordé un poema: “El sueño es sólo tiniebla, inatención e inconstancia, una alusión a lo animado y, por lo general, no es una mentira malvada”. De improviso, surgió en mi mente un pensamiento que se esfumó tan de prisa como su llegada: “¿Cómo me mentirá este sueño que se avecina?” Mis oídos zumbaban, como si en un lugar cercano hubiera un mosquito. Y, en este momento, me llegaron voces claras cuya localización fui incapaz de precisar.

—¿Cómo está el aparato?

—Algo borroso ha surgido en la pantalla.

—¿Y así?

—Aún.

—Prueba la segunda graduación.

—Está bien.

—¿Y la luminosidad?

—Bien.

—Lo conectaré por completo.

Las voces desaparecieron. Me sumergí en la nada silenciosa y sosegada, inundada por la espera de lo extraordinario.

UN SUEÑO LLENO DE SORPRESAS

Entreabrí mis ojos y al momento los cerré: todo daba vueltas en una niebla color de rosa. Las luces de unas lucernas extendíanse por el techo en una parábola resplandeciente. Un corro de mujeres en trajes negros y con los rostros imperceptibles, me rodeaba, gritándome con la voz de Olga: ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal? Abrí lo posible mis párpados. La niebla se desvaneció. Las lucernas se hicieron una: ahora era un punto que pendía en el techo. El corro de mujeres, aplastándose, se fundía en una sola mujer con la sonrisa y la voz de Olga.

—¿Dónde estamos? —le pregunté.

—En la recepción.

—¿Dónde?

—¿Será posible que lo hayas olvidado? En la recepción de la embajada de Hungría. En el “Metropol”.

—¿Y para qué?

—¡Dios mío! ¡Pero si nos mandaron la invitación al banquete hoy por la mañana! Yo tuve tiempo hasta de ir a la modista. Y tú lo has olvidado todo.

Yo tenía la seguridad de que no nos habían mandado por la mañana ninguna invitación. O ¿quizás por la tarde, cuando regresé de donde Nikodímov? ¿Qué me pasa? ¿Me está fallando de nuevo la memoria?

—¿Y qué pasó?

—Bueno, como en la sala nos sofocábamos, propusiste salir al aire libre. Vinimos acá, al hall, y empezaste a sentirte mal.

—Qué raro.

—No, no tiene nada de raro. En aquella sala no se puede ni respirar y tú tienes un corazón muy débil. ¿Quieres beber algo?

—No sé.

Olga me parecía verdaderamente extraña con este traje nuevo que veía por primera vez. Pero, ¿a qué hora pudo haber salido de casa, si yo estuve allí todo el tiempo y no lo noté?

—Espera un minuto, te traeré narzán.

Se alejó, desapareciendo tras una puerta. Continué mirando confuso el conocido hall del restaurante. Lo conocía, mas esto no aligeraba mi situación. No podía recordar, cuándo los húngaros nos mandaron los billetes. Además, ¿por qué razón; si yo no era un individuo famoso, ni académico, ni un deportista conocido? Sin embargo, a pesar de esto, Olga lo tomó como algo corriente y lógico, que cae por su propio peso.

Cuando Olga apareció con el narzán, yo aún permanecía parado en el hall. Ella tenía la impresión de desear con vehemencia regresar a la reunión.

—¿Y qué? ¿Viste personas conocidas?

—Están todos los jefes —repuso ella animada—: Fiódor Ivánovitch, Raisa y hasta el viceministro.

Si yo no conocía a Fiódor Ivánovich y a Raisa, tanto menos al viceministro. Pero sin osar hablar de esto pregunté tan sólo:

—¿Por qué el viceministro está aquí?

—Fue él quien nos envió la invitación, pues nuestra policlínica es del ministerio. Seguramente sobraban invitaciones.