Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Nos dimos la mano y callamos de nuevo, hasta el laboratorio. Aquí no había cambiado nada desde el primer día de mi aparición: el mismo tono claro del material plástico; el centelleo áureo del cobre; la blancura del níquel; la ahumada opacidad de la vidriosa pantalla que hacía recordar a la de los televisores, aunque más grande. Mi sillón estaba en el sitio de siempre, en el enredo de alambres multicolores gruesos y delgados como hilos de araña: la sigilosa araña en espera de su víctima. Sin embargo, el sillón en sí, suave y cómodo e iluminado por la luz rosada de la habitación, no me provocaba inquietud o alarma, más bien me hacía recordar un corazón rodeado de arterias, preocupado por mi ausencia.

Nikodímov me recibió con su sonrisa estereotipada; su blanca bata cubría todo su cuerpo, dura y almidonada, asemejándolo a un fósil.

—Me alegra sobremanera que haya aceptado tomar parte en este riesgoso experimento, —dijo, tras cambiar las palabras de saludo—. Este puede ser el último paso decisivo hacia el objetivo. Le ruego, a pesar de todo, pensar de nuevo en su resolución y pesar el pro y el contra antes de empezar el experimento.

—Todo ha sido pesado —afirmé.

—Espere. Lo pesaremos de nuevo. ¿Qué fue lo que le instigó a dar su aprobación en el experimento? ¿La curiosidad? A decir verdad, ese estímulo no es muy valedero.

—¿Y el interés científico?

—Usted no lo tiene.

—¿Entonces, qué es lo que incita a los periodistas a volar, por ejemplo, a la Antártida o a la jungla? —objeté.

—Ah, usted tiene ansias de saber, de conocer. De acuerdo. Y también el deseo de causar sensación, el cual, en una medida u otra, es común a todos los periodistas. Una vez, el periodista Stanley, por causar sensación, viajó al África en busca del desaparecido Livingstone, y en la hazaña de encontrarlo, adquirió una fama similar al buscado. Quizás la fama le haga dar vueltas la cabeza. No sé. Me imagino cómo conversó con usted Rubén, —dijo riéndose, y empezó a hablar con Zargarián—: ¡Sí, ésta es una gran hazaña, aún no vista en la historia de las ciencias! La fama del viajero por los mundos simultáneos es equivalente a la gloria de los primeros conquistadores del cosmos! Tengo la firme convicción de que él le llamó así.

De soslayo, miré a Zargarián. Este escuchaba con atención, sin ofenderse y con una sonrisa en los labios. Nikodímov, al atrapar mi mirada, agregó:

—Lo dijo, naturalmente. Me lo imaginé. Él presentó todo como un barril de miel. Pero yo le agregaré a este barril mi cuchara de hiel. Querido amigo, no le prometo ni la gloria del viajero por los mundos simultáneos, ni un homenaje en la Plaza Roja. Ni apenas un gran reportaje en los periódicos. En el mejor de los casos, regresará a su casa con un bagaje de sensaciones fuertes y con la conciencia de que su participación en el experimento no resultó inútil para la ciencia.

—¿Acaso esto es poco? —inquirí.

—Depende del individuo. Sólo dos personas saben del gran aporte que usted hace a la ciencia, estas dos personas somos nosotros: Zargarián y yo. Su testimonio oral sobre lo visto, no es en sí una prueba para la ciencia; siempre surgen escépticos negando la veracidad de los experimentos, y más aún en nuestro caso. Y, por desgracia, carecemos de instrumentos capaces de registrar y reproducir en imágenes visibles todo lo que surge en su conciencia.

—Podría haber una prueba convincente de todo lo experimentado —afirmó Zargarián.

Nikodímov quedó pensativo. Yo, impaciente, esperaba la explicación. ¿Qué prueba podría ser ésa, si todas las pruebas materiales de mi presencia en los mundos contiguos allí quedaron; tanto la sonda caída durante la operación, como la nota en la libreta médica y el labio roto de Sichuk? Yo no traje nada, a excepción del recuerdo.

—Le explicaré ahora todo lo que acaba de insinuar Rubén —pronunció Nikodímov lentamente, como si pesara cada una de sus palabras—. Él tiene en cuenta la posibilidad de penetrar en un mundo que nos supere en el tiempo y desarrollo. Si surgiera tal posibilidad y usted pudiera aprovecharla, su conciencia podría grabar no sólo imágenes visuales, sino abstractas, digamos, matemáticas. Por ejemplo, la fórmula de una ley desconocida de la física, o una igualdad representada en signos matemáticos universalmente admitidos capaz de ayudarnos en el conocimiento del mundo circundante. Mas todo esto es una suposición, una hipótesis, no más real que las conjeturas surgidas al «leer» una taza de café. Nos esforzaremos en trasladar su conciencia mucho más lejos de los mundos que colindan con nuestro mundo tridimensional. En cuanto a la expresión «más lejos» le quiero señalar que es convencional, ya que la distancia en esta dimensión no se calcula ni en micrones, ni en kilómetros ni en parsecs. Aquí actúa otro sistema de cálculo hasta ahora desconocido. Lo principal de todo es que no sabemos cuánto arriesga en este experimento. Nosotros, hasta ahora, no hemos perdido su campo energético; pero, ¿acaso podemos asegurarle que no lo perderemos hoy? Le doy mi palabra que no me ofendo si usted nos dice que posterguemos el experimento.

Me sonreí. Nikodímov esperaba mi respuesta: estaba tranquilo como una momia. Qué diferentes eran ellos. He aquí, pues, en verdad: «los versos y la prosa, el hielo y la llama». Y esta llama, Zargarián, echó chispas a mi espalda y, haciendo un gran ruido con la silla, se levantó.

—Bueno, pues, posterguemos… —empecé diciendo lentamente, mirando de reojo a Nikodímov— …posterguemos las conversaciones sobre los riesgos hasta después del experimento.

Todo lo que ocurrió luego transcurrió en algunos minutos, quizás segundos. No recuerdo: sillón, casco, captadores, palabras sueltas de una conversación… y, por fin, el silencio, las sombras y la niebla colorida en un remolino.

UN DÍA EN EL PASADO

El remolino se detuvo. La niebla se hizo transparente, adquiriendo el tono gris opaco de una mañana de primavera. Y surgió ante mis ojos un patio lleno de basura, con charcos cubiertos de una escarcha gris, junto a la empalizada se insinuaba la nieve sucia del desierto y casi a mi lado, un furgón verde oscuro con las puertas posteriores abiertas de par en par.

Un fuerte golpe en la espalda me lanzó al suelo. Caí en un charco, haciendo crujir la escarcha.

Alguien gritó a mi espalda, me levanté a duras penas y otro golpe en la espalda me arrojó contra el furgón, de allí se extendieron unas manos que me atraparon y me subieron. Se cerró la puerta tras de mí y escuché el motor y el chirrido de los neumáticos al arrancar.

Al caer me estrellé la cabeza contra un banco y le dolor fue insoportable. Nuevamente unas manos amigas se extendieron hacia mí, me agarraron y me colocaron en el banco..

En la semioscuridad que me rodeaba no podía ver al dueño de las manos, que estaba sentado enfrente.

—Agárrese al banco —me advirtió—. Estos caminos son horribles.

—¿Dónde estamos? —le pregunté, con voz sorda y áspera.

—En Kolpinsk, un antiguo centro de distrito. Mire por la ventanilla y lo verá.

Me acerqué a la ventanilla cuadrada y sin vidrios y cerrada por tres barras de hierro. Se veían depósitos de agua, caminos vecinales que se acercaban a la brecha de una pared; casitas bajas de un solo piso; el letrero de estera colgado en una casa de empeño escrito con pintura negra; álamos desnudos en el borde de una sucia calle desierta que se extendía hacia lo lejos carente de atractivo. Caminaban por ella transeúntes meditabundos.

—Usted perdone —le dije a mi acompañante— pero a mi memoria le ha sucedido algo.

—Aquí no sólo inutilizan la memoria, sino hasta el alma —repuso con viveza.

—No recuerdo nada, ni el año en que estamos, ni el mes, ni el día… No se asuste: no estoy loco.

—Ya no me asusto de nada. En realidad mejor es tratar a un loco que a un Judas. Sí, éste es un año difícil: mil novecientos cuarenta y tres; al final de enero o a principio de febrero. No es necesario ni imprescindible recordar el día, ya que de todas maneras no viviremos hasta mañana. ¿En cuál cámara está usted encerrado?

—No sé —respondí.

—Posiblemente en la sexta. Allá llevaron ayer a un piloto derribado, directamente del hospital urbano. Lo curaron y lo metieron en la cámara. ¿No es usted?

No contesté y empecé a recordar cómo había sucedido todo, o más bien, cómo pudo haber sucedido. En enero del cuarenta y tres, cuando volábamos desde el territorio guerrillero en el bosque Skripkin, a nuestra base, nos sorprendieron las baterías alemanas; pero nuestro avión pudo salir ileso y llegamos sin novedad. En esta fase espacio-tiempo, por el contrario, quizás no salimos ilesos. Y al hospital urbano llevaron al pasajero herido y no al piloto. Del hospital lo condujeron a la cámara sexta y de allí… a «confesar», como dijo mi acompañante. Lo que él sobreentendía por esta palabra no necesitaba explicación.

Los dos quedamos en silencio, y, tan sólo cuando el camión se paró y el picaporte de la puerta empezó a rechinar, él me susurró al oído algo que no pude entender y que no tuve tiempo de saber, pues saltó a la calzada y, separándose de la escolta, me ayudó a bajar. Un golpe de culata en su espalda lo lanzó hacia la entrada. Tras él seguí yo.

Los soldados alemanes caminaban deprisa a nuestro lado, gritando con estridencia:

¡Schnell! ¡Schnell!