Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Me levanté y me acerqué a él.

—Te tengo una noticia, dijo agarrándome con confianza por el brazo. Te morirás de la sorpresa. Sichuk se quedó. En el último puesto fronterizo, el muy miserable se quedó. No sé si en Alemania o Turquía.

—¿Cuál Sichuk? —indagué asombrado.

—¿Y cuál puede ser? Sólo conocemos a un Sichuk. ¡Vaya!

Conocí a Sichuk en el frente de guerra. Ahora trabajaba como fotógrafo o como reportero, no sé exactamente. No manteníamos ninguna amistad y apenas nos veíamos.

No comprendía nada; pero teniendo en cuenta la situación en que me encontraba, fingí una gran sorpresa.

El desconocido liberó mi brazo y me golpeó amistosamente la espalda.

—Estás raro, Serguéi. ¿Acaso te importuno? ¿Por qué? ¿Estás ideando algo… o esperando a alguien? ¿Por qué no estás en la redacción?

Yo no tenía nada que ver con redacciones. La conversación había que terminarla, pues en ella se concentraba mucho carburante.

—Tengo que hacer —le respondí vagamente.

—Estás obrando con astucia, viejo —me dijo guiñando un ojo—. Bueno. ¡Hasta la vista!

Y así, tal como apareció, desapareció de mi vida.

Yo comenzaba a orientarme en lo desconocido, como un hombre que al ser lanzado al agua por primera vez aprende a nadar. La curiosidad reprimía mi terror e inquietud. ¿Qué había averiguado? Que aquí, tanto mi nombre como mi fisonomía, eran los mismos. Que Moscú, a pesar de tener algunos pequeños detalles diferentes, era Moscú. Que existen también Turquía y Alemania. Que tengo relación con una redacción. Y que en este mundo, Sichuk resultó ser también un miserable. Después de todo esto no me sorprendió, al descender por el bulevar hacia el cine «Rusia», encontrar a Lena. Yo debía encontrar a alguien que me conociese allá y aquí.

Lena estaba vestida con elegancia, como siempre, y caminaba abstraída y ensimismada; empero, me reconoció en el acto, turbándose, según pude notar.

—¿Tú? ¿De dónde sales?

—Del cielo. Bueno, Lena, ¿cómo están tus asuntos allá?

—¿Dónde? —inquirió.

—En el hospital, por supuesto. ¿Hace mucho que saliste?

Quedó sorprendida.

—No te comprendo, Serguéi. ¿De qué estás hablando? Llegué hace tres días a Moscú.

A ella la había visto hoy por la mañana donde el médico jefe, cuando llamaba al Instituto del Cerebro. Antes de esto, cuando yo solía ir a la sección terapéutica, nos veíamos todos los días o casi todos los días.

Me callé, tratando de buscarle salida a esta situación tan crítica. El camino a lo desconocido estaba repleto de baches.

—Perdóname, Lena. Estoy completamente distraído. Además… este encuentro tan inesperado me ha…

—¿Cómo te va? —preguntó con una voz casi metálica.

—Bien —respondí animoso—. Uno está vivo, habla…

Ella, mirándome fijamente, mantenía silencio. Y, al fin, dijo con sequedad:

—¡Qué conversación más absurda!

Comprendí que si ella se alejaba ahora, desaparecería mi única oportunidad de afianzamiento en este mundo, aún por un día. No creía que esta irrupción se prolongase más tiempo. Había que tomar una decisión. Y la tomé.

—Tengo que hablar contigo, Lena. Es imprescindible. Ha ocurrido algo…

—¿Qué? —preguntó, reduciendo los ojos como en estado de alerta.

—No puedo hablar de eso en la calle… —dije, buscando las palabras que más se acomodasen a la situación—. ¿Dónde vives?

Quedó en silencio, quizás sopesando el pro y el contra:

—Por ahora, estoy viviendo en casa de Galia.

—¿Dónde?

—¿Acaso no lo sabes?

Yo no sabía nada, pero no le pregunté ni con cuál Galia vivía. Necesitaba que ella aceptara mi proposición. ¡Esta era mi última oportunidad!

—Por favor, Lena…

—Seriozha, no me es cómodo invitarte a casa.

—¡Dios mío! ¡Qué tontería! —exclamé, pensando en la Lena que conocía.

Esta Lena que me miraba recelosa y desconfiadamente, era otra Lena.

—Bueno, qué se le va a hacer, vamos —dijo, al fin.

EL SEGUNDO PASO A LO DESCONOCIDO

Caminábamos en silencio, conversando de vez en cuando. Ella, por lo visto, estaba intranquila; pero conteniéndose trataba de ocultármelo. Quizás lamentaba su aprobación a mi propuesta. A ratos, sorprendía su mirada dirigida a mí, penetrante y recelosa. ¿Qué la asustaba? ¿Y de qué sospechaba?

Reconocí en el acto la casa hacia la cual nos dirigíamos, ubicada en el callejón Staro Pimenovski. Aquí vivió en cierta ocasión mi esposa, aún antes de conocernos. A propósito, ella se llama también Galia. Mis rodillas empezaron a temblar desagradablemente.

—¿Por qué miras así? —preguntó ella cuando entramos en la habitación.

Yo continuaba callado, mirando con atención la habitación. Como todo lo de este mundo, era parecida a la otra y, a la vez, diferente. No sé, quizás me olvidé de aquélla.

—¿De quién es esta habitación, Lena?

—De Galia, pues. ¡Qué preguntas más extrañas haces! ¿Acaso no has estado nunca aquí?

Tragué saliva. «Ahora le haré una pregunta mucho más extraña»:

—Pero, ¿ella no se mudó?

Me miró asustada como si yo hubiera pronunciado un monstruoso disparate, y apartóse de mí preguntando:

—¿Ustedes no se ven?

—¿Por qué no? —respondí con vaguedad—. Continuamos viéndonos.

—¿Cuándo la viste por última vez?

Me reí y le respondí sin saber:

—Hoy por la mañana. En el desayuno.

Y lamenté lo dicho.

—No mientas. Si ella desde ayer no ha regresado del instituto.

—¡Caramba! ¡Ya uno no puede ni bromear! —exclamé estúpidamente, comprendiendo que la tierra cedía cada vez más bajo mis pies.

—¡Qué bromas más raras haces!

—¿No crees que estemos hablando de diferentes personas? —le pregunté, tratando de remediar la situación.

Sin enfadarse, frunció el entrecejo como el médico que mira al enfermo sin comprender aún los síntomas de la enfermedad.

—Estoy hablando de Galina Novóseltseva.

—¿Por qué Novóseltseva? —pregunté sorprendido.

Unos ojos fríos, los ojos expertos del médico, me miraban con atención.

—Seriozha, has perdido la memoria. Te has sorprendido por el apellido que lleva. Ellos se casaron al principio de la guerra. ¿Qué te pasa?

—No, nada —farfullé, limpiándome el sudor de la frente—. Estaba pensando que…

—¿…Que por qué yo estoy aquí, donde la que nos separó? ¿eh? —dijo, perdiendo por un instante la expresiva curiosidad del médico—. Ni en aquel entonces me enfadé, Seriozha. ¡Qué importa que me hayan quitado el novio! Ahora hasta resulta cómico, después de tanto tiempo. Yo tuve otro después de él. Tú lo sabes bien… —suspiró profundamente y continuó—: No tengo suerte en el amor.

Es muy difícil presagiar cada paso en lo desconocido. Yo, sin pensar nada y olvidando dónde estaba y quién era, inquirí.

—¿Y quién te impide ahora ver a Oleg?

—¡Seriozha!

Era tanto el espanto que había en esta exclamación, que involuntariamente cerré los ojos.

—A ti te pasa algo con la memoria, Seriozha. Esas cosas no se olvidan. De su muerte se enteró Galia en el año 1944. No podías ignorarlo.

Pero, ¿qué era lo que sabía y lo que no sabía? ¿Acaso le podía relatar lo que me sucedió?

—Si no estás fingiendo, estás enfermo. Creo que estás enfermo.

—Si crees eso, entonces pregúntame, qué día es hoy, y en qué año estamos, etc., etc.

—Aún no sé qué hay que preguntar.

—Bueno, ¡diagnostica! —le dije desafiante—. ¡Me enloquecí! ¡Y basta!

—Ese no es un término médico. Existen varias clases de anomalías psíquicas… ¿De qué querías hablarme?

Ya no tenía deseos de abrir la boca. Si yo le decía la verdad, me mandaría al hospital psiquiátrico. Tenía que salir del apuro.

—Sabes, sucede que… —empecé diciendo, tratando de improvisar— …ha ocurrido un hecho muy doloroso…

—Ya me lo dijiste. ¿Cuál?

—Me he ido de casa, abandonando a mi esposa. No te aclararé las causas que me impulsaron a realizar este acto. Teniendo en cuenta este hecho, te pido asilo; aunque sea por un día. «Albergus nocturnus.»

Callé; también ella, mirándose las puntas de los dedos.

—¿Es que no tienes amigos?

—Sí, pero es imposible ir adonde unos e incómodo donde otros. Tú sabes bien lo que ocurre a veces… —al hablar trataba de no mirarle el rostro.

—¿Y si no me hubieses visto?

—Pero te vi.

Ella todavía vacilaba.

—No es cómodo, Seriozha.

—¿Por qué no?

—Pero, ¿será posible que no comprendas?

—Bueno —propuse con aspereza—, llama al psiquiatra. Por lo menos tendré albergue seguro por una noche.

La miré a los ojos: el médico profesional había desaparecido, sólo quedaba una mujer asustada. Lo incomprensible es siempre horroroso.

—La habitación no es mía —empezó diciendo en voz baja—. Esperemos a Galia.

—¿Y si de nuevo pasa la noche en el instituto?

—Espera, la llamaré. El teléfono está en la antesala. Siéntate, vuelvo enseguida.

Salió, dejándome solo en la habitación donde todo me era conocido. De esta habitación salí hacia el registro civil. ¿De ésta o de otra? No, no de ésta. En algunas cosas coincidían, en otras no.

Tomé de la mesa un lápiz y escribí en la libreta de apuntes:

«Si me sucede algo, por favor, informe a mi esposa Galina Grómova. Calle Griboédov Nº 43. Informe, además, a los profesores Zargarián y Nikodímov en el Instituto del Cerebro. Muy importante.»

Las palabras «muy importante» las subrayé tres veces y tan fuerte, que el lápiz se rompió, imposibilitándome continuar la nota.

Metiendo la libreta de apuntes en el bolsillo, comprendí que había cometido un gran disparate, mis Zargarián y Nikodímov no recibirían jamás esta nota; así como mi esposa Calina Grómova, pues ella tenía aquí otro apellido.