Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

En la antesala sonó el timbre de la puerta y, a través de la puerta semiabierta de la habitación, escuché el chasquido de la cerradura al abrirse y a Lena decir:

—¡Al fin! Acabo de llamarte por teléfono.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó una voz sumamente conocida.

—Aquí está Serguéi Grómov.

—Bien, bien. Beberemos té.

—Sabes, Galia… él está un poco raro… —musitó Lena, transformando su voz en un murmullo ininteligible.

—¿Qué le pasa? ¿Se enloqueció?

—No sé. Dice que abandonó a su esposa.

—¡Dios mío, qué absurdo! Te está tomando el pelo, Lena. Y tú eres todo oídos. Acabo de verla hace media hora.

La puerta se abrió ante mí de par en par. Brinqué de mi asiento y quedé helado: en la puerta estaba mi mujer; el mismo rostro, la misma edad y hasta el mismo peinado. Sólo me eran desconocidos sus pendientes y su vestido, no el que había visto puesto antes. Permanecí parado en silencio frente a ella, esforzándome en contener la emoción.

—¿Para qué has inventado toda esta historia? —inquirió. Yo seguía encerrado en mi silencio.

—Acabo de ver a Olga. Se fue a su casa. Me dijo que te esperaría hacia la hora de cenar. Según ella, piensan ir a ver el ballet leningradense.

Yo seguía en silencio.

—¿Qué pasa? Sé que estás bromeando con Lena, ¿pero para qué?

No podía encontrar las palabras adecuadas para responderle. Todas mis esperanzas se habían derrumbado. ¿Qué explicación hubiera podido satisfacerla? ¿La verdad? Pero, ¿quién en mi lugar hubiese osado contarle la verdad?

—Lena dice que estás enfermo —continuó ella, mirándome con ojos escrutadores—. ¿Acaso es verdad?

—Acaso es verdad —repetí.

Yo no conocía mi voz, parecía ajena y venida desde lejos.

—Bueno —agregué—, perdónenme. Quizás me marche ahora.

—¿Adonde? —quiso saber Galia, abandonando su calma.

—No permitiremos que te vayas solo. Te llevaré a tu casa.

—Allí está todavía mi taxi. Lena, corre, quizás tienes tiempo de retenerlo.

Lena salió, y quedamos a solas.

—¿Qué significa todo esto, Seriozha? No comprendo nada.

—Yo tampoco —afirmé.

—No obstante, ¿qué sucede?

—Si no me equivoco, eres física, Galia —declaré al azar.

Ella se puso en guardia.

—Bueno, ¿y qué?

—¿No tienes ideas sobre la multiplicidad de los mundos? ¿De mundos que coexisten? ¿Misteriosamente lejanos y al mismo tiempo asombrosamente cercanos?

—Admitámoslo. Existen tales hipótesis. ¿Y qué?

—Entonces, supongamos que uno de esos mundos contiguos es semejante al nuestro. Que en él existe también Moscú, sólo que un poquito diferente; estas mismas calles, aunque con otras ornamentaciones; estas mismas casas, con otros números indicadores. Que en él existimos tú, yo y Lena, pero en otras relaciones…

Ella aún no comprendía nada. Pero, ¿de qué otra forma podía hablar? Yo ya estaba harto de seguir manteniendo esta máscara mental, por lo que decidí hablar claro.

—Supongamos que en el otro Moscú a ti te llaman Galia Grómova y no Galia Novoséltseva; que desde esta misma habitación salimos hacía el registro civil hace seis años. Y que ahora sucedió un milagro: me cambié la camisa… eché una mirada a vuestro mundo. He aquí un buen enredo para nuestra limitada inteligencia.

Ella me miraba aterrorizada, pensando, quizás, como Lena: «está loco, tiene delirios».

—Bueno, terminemos este espectáculo —farfullé torciendo la boca—. ¡Llévame adonde quieras! Me da igual. Y no te asustes, que no te voy a besar ni ahorcar. ¡Vamos! Allí está Lena llamándonos con la mano.

¿QUIÉN ES JEKILL Y QUIÉN HIDE?

También en este mundo, tenía Galia un carácter firme. Tras unos minutos, se tranquilizó.

—Espero que no nos dediquemos a hablar de ciencia ficción en presencia del chofer, —musitó a mi oído, cuando nos acercábamos al taxi.

—¿Crees que es una ciencia? —inquirí sin poder contenerme.

—¡Quién sabe!

En su rostro no había nada que pudiese inquietarme. Se conducía como cualquier mujer inteligente: ojos atentos, interés respetuoso hacia el interlocutor —cuando no aburría—, coquetería inconsciente y jocosidad.

—¿Por qué tienen ustedes la estatua de Pushkin en el centro de la plaza? —le pregunté, al pasar por delante.

—¿Y dónde la tienen ustedes? —quiso saber Galia.

—En el bulevar.

—Mientes en todo. También mentiste al hablarme del registro civil. ¿Y por qué salimos precisamente hace seis años para el registro civil?

—El destino, Galia, el destino —respondí con una sonrisa en los labios.

—¿Dónde estaba yo hace seis años? —se interrogó pensativa—. ¡Ah! Estuve en Odessa, en primavera.

—Y yo también.

—Mientes. Tú no fuiste con nosotros.

—Aquí no fui con ustedes, pero allá sí.

—¡Qué ex-tra-ño! —profirió silabeando y, mirándome ceñuda, agregó—: Sin embargo, no parece que estés enfermo.

«Qué agradable es escuchar tales palabras» quise decirle, pero no pude pues una ráfaga negra golpeó mi rostro.

Todo se oscureció.

—¿Qué te pasa? —oí el grito de Galia asustada. Y, con palabras precipitadas e inquietas, prorrumpió:

—Deténgase en cualquier, lugar, ahí en la acera. Él se siente mal…

…Abrí los ojos. En el automóvil flotaba aún la niebla. A través de ella vi el rostro de una mujer.

—¿Quién eres? —pregunté con voz ronca.

—¿Te sientes mal, Seriozha?

—¡Galia! —exclamé asombrado—. ¿Por qué estás aquí?

Ella no contestó.

—¿Te ha ocurrido algo en el bulevar? —pregunté mirándola.

—Sí —respondió Galia—. Hablaremos luego de eso. ¿Qué quieres ahora? ¿Un médico? ¿O tienes fuerzas para seguir a tu casa?

Me desperecé, y, agitando la cabeza para despejarla, me enderecé en el asiento.

Mientras recorríamos la ciudad, le contaba a Galia de mi caminata por el bulevar Tverskói, de cómo me dio vueltas la cabeza y de cómo luché mentalmente conmigo mismo en aquella niebla color lila.

—¿Y después? ¿Qué pasó después? —preguntó Galia interesada.

Yo, indeciso, me encogí de hombros.

—¿No recuerdas?

—No, no recuerdo.

A decir verdad, no recordaba nada. Sólo después, al llegar a casa, supe, por boca de Galia, lo que había ocurrido en su habitación.

—Fue un delirio —le dije.

Galia, amante de los términos precisos, enmendó:

—Fue un delirio muy consecuente y lógico, como en un papel bien ensayado. Así no se delira. Por lo demás, el delirio es síntoma de alguna enfermedad y tú no parecías estar enfermo.

—¿Y qué crees que fue el desmayo en el bulevar? —objetó Olga, entrometiéndose en la conversación—. ¿Y en el taxi?

Ella, como era doctora, buscaba una explicación medica; pero Galia seguía dudando:

—Bueno, ¿qué tenía él entre estos dos desmayos?

—Una especie de sonambulismo —respondió Olga.

—¿Qué? ¿Acaso crees que soy un sonámbulo? —dije ofendido.

—Si esto es un sueño, es demasiado real —preciso Galia burlonamente.

—Además el sueño lo vimos nosotras y no él. A propósito de sueños, ¿todavía los ves?

—Pero, ¿qué tienen que ver los sueños con esto? —rezongué—. Yo me desmayé, y no vi ningún sueño.

Sabía muy bien que Galia no trataba de mistificar. En vista de esto, su relato sobre mis aventuras en estado de sonambulismo —así explicaban mi conducta—, me intranquilizó profundamente. Yo no podía encontrar una respuesta lógica a todo lo ocurrido, porque nunca me había desmayado ni paseado por las cornisas de los edificios en noches de luna, y jamás había perdido la memoria.

—¿Quizás estaba hipnotizado? —dije.

—¿Y quién te hipnotizó?, —preguntó Olga, ceñuda—. ¿Y dónde? ¿En la redacción? ¿En el bulevar? ¡Es absurdo!

—Sí, es absurdo —acepté confundido.

—¿Y no escribes tú, por casualidad, aventuras de ciencia ficción? —preguntó Galia inopinadamente—. Lo que dijiste sobre la multiplicidad de los mundos me ha interesado mucho… Sabes, Olga —dijo ella riéndose—. Existen dos mundos contiguos y semejantes, en el espacio. Aquí y allá existe Moscú. Aquí y allá existe Serguéi Grómov. Pero allá, no existes tú; allá él está casado conmigo.

—¡Ah! Lo esotérico se ha vuelto claro —afirmó Olga riendo. Y, naturalmente, el sonámbulo es el huésped del otro mundo con la fisonomía de Seriozha.

—Él me lo aclaró así: Moscú es como éste, sólo que un poquito diferente. Aquí, la estatua de Pushkin está en la plaza, allá, en el bulevar. Cuando escuché esto, casi me desternillé de risa.

Olga quedó pensativa.

—¡Ah! ¿Sabes lo que podemos suponer? —dijo animada. Ella trataba de encontrar una explicación lógica, como yo—. Escuchen esto. ¿Sabía Seriozha que la estatua fue trasladada del bulevar a la plaza? Sí, lo sabía. Bueno, entonces, ¿por qué no pensar que este conocimiento grabado en su cerebro determinó el surgimiento del delirio? Vemos aquí la excitación, la señal y, como resultado, el mito sobre los mundos contiguos y semejantes.

Estos razonamientos me provocaban sólo indignación.

—Estoy harto de oírlas. Lo presentan todo como si fuera una variante de la novela de Stevenson: doctor Jekyll y mister Hide. Pero, ¿quién es Jekyll, y quién Hide?

—¿Quién?

—Está claro, quién es quién —prorrumpió Galia—. Tú mismo, por supuesto, no te vas a acusar.

—¿De quiénes están hablando? —preguntó Olga, sin comprender aún.

—Olga —le respondí—, agentes desconocidos del imperialismo internacional me lanzaron en avión.

—¡Bah! Estoy hablando en serio.

—Yo también. Hubo un escritor inglés llamado Stevenson y sus libros han sido leídos por todos los jóvenes… hasta por los médicos. Para los galenos, a propósito, este cuento del cual hablo es casi un manual de psiquiatría, pues Jekyll y Hide son en realidad una misma persona. En ella convergen la bondad elevada a la quintaesencia y la maldad rayana en lo absurdo. Gracias a su elixir, el magnánimo Jekyll se transforma en el canalla Hide. ¿Está claro? —pregunté dirigiéndome a Galia.

—Sin lugar a dudas, Seriozha. Regístrate los bolsillos, posiblemente Hide dejó algo al transformarse.