Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Atrapó el hilo de la conversación, contó quiénes posiblemente obtendrían el premio Nobel, habló de su reciente viaje a Londres; cruzó palabras con Galia sobre el futuro de la técnica del láser y con Olga sobre el papel del hipnotismo en pediatría y encomió un artículo de Kliónov en la revista «Ciencia y Vida». En diez minutos, su elocuencia y erudición subyugaron a Galia y Olga, transformando el tono sentencioso de Kliónov en la atención respetuosa del estudiante. Sin embargo, según me pareció, él tenía el propósito deliberado de llevar la conversación por un camino lejano a nuestro experimento, porque no hablaba de él, ni de mi participación. Y cuando el reloj marcó las once de la noche, comprendiendo mi mirada perpleja, me dijo con su sonrisa habitual:

—Sé muy bien, en qué está pensando: «¿por qué Zargarián calla lo del experimento?» ¿Adiviné? Bueno, callé porque no quería irme rápido a casa. Si hubiesen escuchado lo que les diré, no hubiera habido más conversación. ¿Está intrigado? —inquirió riendo—. Todo es muy claro. Mañana deseamos realizar otro experimento y deseamos su participación. »

—Estoy a su disposición —le dije.

—No se apresure —rogó con una voz seria, quizás inquieta—. La nueva prueba es mucho más larga que las anteriores. Quizás se prolongue por unas horas, quizás un día… En segundo lugar, la prueba está calculada para fases más lejanas. Digo «lejanas», para que sea comprensible. No se trata de distancia, pues ésta no podemos determinarla, ni su concepto tiene significación para la actividad de las corrientes biológicas, sino de otra cosa desconocida aún. Como sabemos, la difusión de la radiación, en nuestro caso, es casi instantánea, no dependiendo ni de la situación espacial de las fases, ni del signo del campo. Y le debo advertir, Serguéi Nikolaévich, que ignoramos hasta qué punto arriesga su vida.

Olga quedó en silencio, aterrada.

Galia, inquieta, preguntó:

—¿Entonces, es peligroso?

—Me es difícil responder con certeza a su pregunta —repuso Zargarián, por lo visto, sin tratar de ocultar nada—: Si la puntería fallara, nuestro convertidor podría perder el control sobre el biocampo superpuesto. Ignoramos cuáles serían las consecuencias para el sujeto de experimentación. Ahora, imagínense otra cosa; en este mundo él está inconsciente, en el otro su conciencia la posee otro, digamos, que vuela en un avión. ¿Qué sucedería con su conciencia en caso de una catástrofe? Esto lo desconocemos. Desconocemos si el convertidor tendría tiempo para reconectar el biocampo, si se apagaría, o si, simplemente, morirían dos personas: en este mundo y en el otro.

A Zargarián le respondió el silencio, un silencio sepulcral.

Se levantó y dijo:

—Ya le había dicho que, después de mi declaración la conversación mundana hubiera desaparecido. Decida libremente, Serguéi Nikoláevich. Vendré por usted mañana y con respeto lo escucharé, aunque se niegue a tomar parte en nuestros trabajos.

Los acompañamos en silencio; y en silencio regresamos a la habitación. Galia, tras el largo silencio que flotaba en el ámbito, me preguntó a la cara:

—¿Estás esperando mi consejo?

Silenciosamente, me encogí de hombros: «¿qué significación podría tener su «sí» o su «no»?»

Y agregó:

—Ya creo en este delirio. ¡Imagínate! Si yo hubiera servido para esto y me lo hubiesen propuesto, como a ti… no pensaría mucho en la respuesta. En cuanto al consejo… ¡Bah! Que Olga te aconseje.

—Yo no te voy a disuadir, Serguéi —dijo Olga—. Decídelo tú mismo.

Yo seguía en silencio, sin apartar la vista de la copa vacía y esperando las palabras de Kliónov.

—Es interesante —dijo, sin dirigirse a nadie—. ¿Meditó durante mucho tiempo Gagarin cuando le propusieron viajar al cosmos?

SEGUNDA PARTE
VIAJE POR TRES MUNDOS

«Nos es muy poco todo el globo terrestre.
Nos es muy poco un tiempo determinado.
Tendré miles de globos terrestres
y todo todo el tiempo»
Walt Whitman
«Canciones de alegría».

Pero mirando hacia la lejanía,
el espejismo gris azulado.
Siento la sublime alegría
de observar por un rabillo del ojo
el comunismo.
Ilia Silvinski, «Soneto».

EL EXPERIMENTO

Olga y yo nos levantamos muy temprano, como cuando salíamos de vacaciones o en comisión de servicio. La singularidad de ese amanecer, nos creaba un sentimiento que oscurecía el cielo y el alma. No hablábamos sobre el inminente experimento, yo trataba inútilmente de encontrar mi cepillo de dientes, mientras Olga, nerviosa e inquieta, esforzábase en obtener la temperatura adecuada en el agua del baño. Y resolví ayudarle.

—Sale o fría o caliente. Dale más vueltas a la llave; —pidió ella.

Le di más vueltas a la llave; pero no conseguía la temperatura templada.

—¿Estás nervioso?

—No.

—Yo sí.

—Te asustas sin motivo. Te aseguro que, no sucedió nada en el sillón; tan sólo permanecí sentado durante dos horas y fue todo. Me dormí y desperté. Ni me dolió la cabeza.

—Bien sabes que ahora no será por unas horas; sino quizás hasta un día. Este experimento será mucho más largo que el anterior. No comprendo cómo pudieron permitírselo.

—Si se lo permitieron, quiere decir que todo saldrá bien. No debes dudar.

—Pues yo dudo —pronunció en alta voz—. Como médico, dudo. ¿Sabes lo que es estar inconsciente durante un día y sin observación médica…?

—Pero, ¿cómo sin observación médica? —la interrumpí—. Zargarián es médico; y allí todo está bajo control: presión, corazón, respiración, etc., etc. ¿Qué más hace falta?

Sus ojos brillaron como preguntándose algo.

—¿Y si no regresas…?

—¿De dónde?

—¿Acaso sabes de dónde? Tú no sabes nada. Un biocampo que se superpone. Mundos. Conciencia errante. ¡Si pensar eso da miedo!

—Entonces, no pienses. Olga, volar en aviones es también peligroso, sin embargo, la gente vuela y seguirá volando y nadie se intranquiliza por ello.

Su toalla cayó al suelo, mientras sus labios temblaban de emoción. Y empezó a sonar el teléfono. Me alegré, porque evitaba un tema muy desagradable. Era Galia la que llamaba, deseosa de venir a nuestra casa pero con miedo de no llegar a tiempo.

—¿No ha llegado Zargarián?

—Aún no. Estamos esperándolo.

—¿Y cómo te sientes?

—No muy bien. Olga está llorando.

—¡Vaya, qué tontería! Yo me hubiese alegrado en su lugar: ¡un hombre va a hacer una hazaña!

—Vamos, sin énfasis, Galia.

—¿Y qué? Así lo valorarán después, y no de otro modo. Es un salto al futuro. La cabeza me da vueltas al pensar en esa posibilidad.

—¿Y por qué precisamente al futuro? —dije riendo. Yo quería hacerla rabiar—. ¿No crees que podría ser un viaje a los períodos antediluvianos, a los tiempos de los pterodáctilos?

—No hables disparates —dijo bruscamente. (Tomás el incrédulo se convirtió en un fanático)—. Nadie supone tal posibilidad.

—El hombre propone y Dios dispone. Bueno, no diremos Dios, sino la casualidad.

—¿Eso es lo que estudiaste en la facultad de periodismo? ¡Vaya un marxista!

—Querida —le pedí suplicante—, no me obligues a confesar ahora mis errores políticos.

Ella se rió, y, como si mi viaje fuese un paseo al mercado, me dijo:

—¡Mucha suerte! ¡Tráeme un regalo!

Y colgó el auricular.

—Sería interesante saber qué regalo le podría traer. ¿Las uñas de un pterodáctilo o los dientes de un dinosaurio? —le dije a Kliónov, quien ya había llegado, sentándose en la mesa frente al café matinal.

Al verlo, me conmoví: había venido temprano a despedirme.

—No estaría mal echarle una ojeada a los dinosaurios, —señaló Kliónov filosóficamente—. Organiza allá un safari, dará que hablar.

Suspiré:

—Kliónov, no habrá ni ruido ni safari. De nuevo nos veremos tú y yo en una vida contigua. Iremos al cine a ver «El hijo de Montparnasse». Y beberemos de nuevo palinka.

—No tienes imaginación —replicó furioso—. No creas que te mandan a una vida contigua. ¿Recuerdas lo que te dijo Zargarián? Posiblemente, a mundos de otro tiempo. Quizás uno anterior al nuestro, pero no millones de años, sino unos cincuenta. Te despertarías en octubre del 1917.

—¿Y si fuesen cien años?

—Tampoco estaría mal. Irías a trabajar al «Contemporáneo». ¿Editarían allá el «Contemporáneo» con la misma tendencia política? Seguramente. Y allí, encontrarías a Chernishvski sentado tras su mesa. ¿No piensas que es interesante? ¿No se te hace agua la boca?

—Sí.

Ambos nos reímos tan fuerte que Olga exclamó:

—¡Yo quiero llorar, y ellos ríen!

—Nuestras glándulas lagrimales se secaron por la carencia de cloruro sódico en el organismo, —dijo Kliónov—. Olga, no es bello ver aparecer lágrimas en los ojos de la esposa del héroe. Bebamos coñac. Quién sabe si Serguéi despertará en un mundo donde impera la ley seca.

Tuvimos que omitir el coñac, pues Zargarián llamaba ya a la puerta. En sus movimientos, insinuábase cierta solemnidad.

Salimos hacia el instituto. En todo el camino no dejó escapar una sola palabra. Yo también callé.

Estacionó su «Volga» junto a la fila de automóviles y nos lanzamos hacia arriba por la escalera de granito. Y, al fin, Zargarián, llamándome por primera vez familiarmente y sin su peculiar sonrisa y sin el acento con el cual solía bromear, me dijo:

—Seriozha, no creas que tenga miedo o me sienta intranquilo. Sólo Nikodímov considera que existe algún riesgo debido a que el problema no ha sido estudiado profundamente y la experiencia es escasa. Sin embargo, yo considero que el cien por ciento de posibilidades está de nuestro lado. Estoy convencido de que será un éxito. ¡Convencido! —rugió desaforadamente, estremeciendo el bosque cercano—. Y callo, porque ante el combate no se deben hablar cosas superfluas. ¿Todo está claro, Seriozha?

—Sí, Rubén, todo está claro.