Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Faith lo miró, sorprendida.

—Pero… yo no te he comprado nada.

—Aceptar esta charada es más que suficiente. Toma, ábrela.

—Stone, yo…

—Venga, ábrela —insistió él, impaciente—. Recuerda que ahora eres la señora de Stone Lachlan. La gente murmuraría si no te viera luciendo joyas.

Faith asintió. Y cuando abrió la caja se quedó atónita.

Sobre el terciopelo negro había un collar de zafiros y diamantes que lanzaban destellos de mil colores. Los diamantes rodeaban un enorme zafiro del tamaño de una almendra.

Ella se quedó sin palabras. Literalmente. Tenía la boca seca. Nunca, había visto joyas así. A menos que fuera una exposición de diamantes en el museo Smithsonian…

Stone sacó el collar de la caja.

—Date la vuelta.

Faith obedeció. Aquello era como un sueño. Unas semanas antes estaba vendiendo ropa de Carolina Herrera a mujeres que elegían los vestidos a pares y, de repente, estaba casada con uno de los hombres más ricos del país, que le regalaba joyas y vestidos de diseño.

Unos meses antes era una estudiante universitaria sin un céntimo en el banco y, de repente…

—No puedo hacer esto —dijo, volviéndose para mirarlo.

—¿Hacer qué? —preguntó Stone.

Estaban tan cerca que podía ver los puntitos dorados en sus ojos azules.

—Tú sabes a qué me refiero —murmuró Faith, dando un paso atrás—. No puedo aparentar que soy tu esposa…

—Eres mi esposa.

—No lo soy de verdad —dijo ella, temblando.

—Ese era el acuerdo —asintió Stone con voz ronca.

—Podríamos… cambiar los términos del acuerdo. Si quisiéramos.

No sabía de dónde sacaba coraje para decir aquello, pero tenía que hacerlo.

Él negó con la cabeza.

—Es normal que nos sintamos… atraídos el uno por el otro en una situación como esta, pero hacer algo sería un terrible error —murmuró, sacando los pendientes de la caja—. Póntelos. Tenemos que irnos.

Faith hubiera querido decir algo más, pero no tenía valor. Stone la había rechazado, sencillamente. Y debía aceptarlo. Sin decir nada, se puso los pendientes y volvió a tomar el bolso.

—¿No vas a mirarte al espejo? —preguntó él.

La imagen que veía era la de una mujer elegante y sofisticada con un collar de zafiros y diamantes. Tras ella, un hombre alto vestido de esmoquin, guapísimo y muy seguro de sí mismo.

Una pareja perfecta. Faith se volvió, intentando controlar las lágrimas.

Parecían hechos el uno para el otro…

¿Por qué pensaba Stone que hacer el amor con ella sería un error?

—¿Para qué es la cena benéfica? —preguntó Faith cuando entraban en el hotel.

—No es para el proverbial partido político, sino para una organización no gubernamental que intenta rescatar animales salvajes. Ya sabes, elefantes, tigres de Bengala, leones… todos los que están a punto de desaparecer si no hacemos algo.

Ella asintió.

—Me parece estupendo. He leído un artículo sobre los esfuerzos de Tippi Hedren, la madre de Melanie Griffith, para salvar a los tigres de Asia. Las condiciones en las que viven algunos de esos animales son espantosas.

—Y también es horrible que algunas personas quieran tenerlos como mascotas.

Stone tomó su mano y se dirigieron hacia una especie de mostrador donde los invitados recibían folletos informativos sobre el proyecto.

—¿Mascotas?

—Un niño murió hace poco en Wyoming, atacado por un tigre que su vecino tenía como mascota… uy, cuidado —dijo él entonces, apretando su mano—. Se acerca la Inquisición.

Una mujer se acercó a ellos, toda sonrisas.

—¡Stone Lachlan! ¿Dónde te habías escondido?

—Señora Delatoure, encantado de volver a verla. No he estado escondido, he estado trabajando.

—¿Y no tienes ni un momento libre para nosotros?

—No, pero me alegro de haber venido esta noche. Si no, me habría perdido el placer de saludarla.

La mujer sonrió.

—Halagos, lo sé. Pero sigue, sigue…

Eunicia Delatoure era la viuda de uno de los hombres más ricos del país, propietario de grandes viñedos en California. Sus hijos se encargaban del negocio, pero la señora Delatoure era una fuerza de la naturaleza. Los rumores decían que nadie tomaba una sola decisión sin contar con ella y Stone estaba seguro de que era cierto.

Tomó a Faith por la cintura mientras hacía las presentaciones y el calor de su cuerpo lo puso nervioso. Aquella noche iba a ser un tormento… especialmente después de saber lo que ella estaba pensando.

¿Sabría lo que le había pedido? Lo dudaba. Estaba completamente seguro de que era virgen… Pero no quería ni pensar en ello.

—¡Tu esposa! Pero si acabo de enterarme del compromiso… —protestó la señora Delatoure—. Felicidades, querida. Supongo que os habéis casado hace poco.

—La semana pasada —contestó Stone—. Y estamos encantados de haberlo mantenido en secreto para la prensa.

—Encantada de conocerte, Faith. ¿Tu familia ha venido contigo?

Era un claro intento de saber cuál era su pedigrí.

—No —contestó él—. Hemos venido solos. Encantado de volver a verla, señora Delatoure. Dele recuerdos a Luc y a Henry.

Después de eso, se alejaron hacia las mesas.

—Sé hablar, Stone. Esa mujer va a pensar que te has casado con una muda.

—Lo siento. Es que no quería que nos diera la lata. Y ya no tenemos que preocuparnos por dar la noticia. En cinco minutos, lo sabrá todo el mundo.

—Eso es lo que querías, ¿no?

—Sí, eso es lo que quería —suspiró él.

La orquesta empezó a tocar entonces una balada y la pista de baile se llenó de parejas.

—¿Quieres bailar?

—Yo no sé bailar…

—¿En serio? ¿Qué te han enseñado en el internado?

—Latín, física, matemáticas… cositas así. Era un colegio de verdad, Stone, no una guardería para niñas ricas.

—Perdona, perdona —sonrió él—. Muy bien. Yo te enseñaré a bailar. Tú sigue mis pasos.

—¿Y si me subo sobre tus pies como solía hacer de pequeña?

Stone soltó una carcajada.

—Vamos a ver si aprendes los pasos antes de tener que llegar a eso.

Una vez en la pista, la envolvió en sus brazos. Su piel era cálida, suave. Y le habría gustado tocarla de tantas maneras…

Aquello era un tormento. Pero necesario. Tenían que parecer una pareja de recién casados. Las primeras semanas eran muy peligrosas, sobre todo por los buitres de la prensa, siempre dispuestos a buscar un escándalo.

—¿Lo estoy haciendo bien? —preguntó Faith. Pero seguía sus pasos de maravilla, como si llevaran años bailando juntos.

—Muy bien —murmuró Stone—. Pero tengo que apretarte más. Hay mucha gente mirando.

—De acuerdo —dijo ella, nerviosa.

El deseo que ambos sentían era tan claro, tan transparente que se estaba quemando.

Aquello era imposible. Saber que Faith lo deseaba era el peor afrodisíaco del mundo. Si ella tuviera más experiencia tomaría lo que le ofrecía, pero…

Algún día le daría las gracias. O, al menos, eso esperaba. Porque si no apreciaba el trabajo que le estaba costando controlarse, era capaz de estrangularla.

Afortunadamente, Faith llevaba una falda llena de capas de tela que hacía difícil el roce. Seguramente se llevaría un susto si se diera cuenta de cuál era su estado en aquel momento.

Stone sabía que su experiencia con los hombres era muy limitada. Pero aprendía rápido y… pensar en el apasionado beso que habían compartido una semana antes era muy mala idea.

Intentó concentrarse en la música y en las parejas que los rodeaban, pero le resultaba imposible.

Faith lo sorprendió entonces apoyando la cabeza en su hombro. Y, sin pensar, Stone empezó a acariciar su cuello.

Ella sintió un escalofrío.

—Lo siento. ¿Te he hecho cosquillas?

—No.

—Relájate.

—Estoy relajada.

¿Estaba besándolo en el cuello? No, no podía ser. Solo era su imaginación.

—La gente está mirándonos. Supongo que sabrás que mañana saldremos en todas las revistas.

—Espero que no —murmuró Faith.

—Pues así es. Nos hemos convertido en la comidilla de todo el mundo. Pero enseguida se les pasará. Siempre hay algo nuevo de qué hablar.

—Mejor.

Siguieron bailando en silencio durante largo rato. Stone podría haberla tenido en sus brazos durante toda la noche. A pesar de la tortura de su cuerpo, era un placer increíble tenerla entre sus brazos. La idea de hacer aquello semana tras semana era tremendamente atractiva.

Pero tenía que poner cierta distancia entre ellos o acabaría haciendo que lamentaría más tarde.

—¿Faith?

—¿Sí?

—Cuando termine esta canción, nos vamos.

Ella levantó la cara.

—Pero si solo son las once… ¿No es muy temprano para marcharnos?

—No para unos recién casados. La gente pensará que… bueno, ya sabes.

—Ah, sí, claro.

Faith se apartó entonces. Se había alejado de él. Y Stone se dio cuenta de que eso no le gustaba un pelo.

—¿Faith?

—¿Sí?

No podía alejarse, no podía separarse de ella un centímetro más.

—Tengo que besarte.

—¿Qué? Pero si has dicho… has dicho que no…

—Apariencias —la interrumpió él—. Voy a besarte para que nadie dude de por qué nos marchamos.

Mentiroso. Iba a quemarse en el infierno.

—Ah.

Solo dijo eso: «Ah». Era tan frágil, tan vulnerable. Le había dolido que dijera eso. ¿Cómo era posible que una mujer como Faith no supiera lo atractiva que era? La respuesta era sencilla: nunca había estado rodeada de hombres babeando por ella.

—Eres la mujer más deseable que conozco —suspiró Stone—. Y si quieres saber la verdad, me está costando un mundo no hacer algo… que pudiera lamentar más tarde.

Faith se quedó en silencio durante unos segundos.

—¿De verdad? —preguntó por fin, dudosa.

—De verdad.

—Sí, bueno… no tendríamos por qué lamentarlo —dijo ella entonces, mirándolo a los ojos.

Su cuerpo le pedía que la llevara a algún sitio oscuro, pero se resistió. No pensaba cometer ese error. Tenía que besarla, pero solo sería un besito. Solo un beso para saciar aquel absurdo deseo adolescente.

—Sería un acto egoísta. Tú tienes toda la vida por delante y necesitas tiempo para experimentar, para conocer gente…

Ella no dijo nada, solo bajó los ojos. Y eso tampoco le gustó.

Stone tomó su barbilla con un dedo y buscó su boca. Y entonces el mundo se detuvo.