Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Era irónico que los dos hubieran sido privados de su madre durante la infancia. Stone, porque Eliza Smythe prefería los negocios, Faith porque su madre estaba enferma. La diferencia era que ella quería estar con su madre mientras Stone evitaba en lo posible a la suya.

—La verdad es que desde que me fui al internado hemos pasado poco tiempo juntas.

Y eso fue poco después del accidente en el que murieron sus padres, pensó Stone.

—Es una pena.

—A veces parece mentira que mi padre falte desde hace ocho años —murmuró Faith entonces.

—Te entiendo. A veces, yo sigo esperando que el mío aparezca por la puerta.

—¿Vivías aquí de pequeño?

—Nací aquí. Pero después del divorcio, mi madre se marchó.

—¿Cuántos años tenías?

—Seis.

—Pues debió ser duro para ti, ¿no?

—No particularmente —contestó él, sin mirarla.

No quería recordar las noches que había llorado la ausencia de su madre, preguntándose qué habría hecho para que se marchara. No quería recordar la envidia que sentía de sus compañeros, que recibían la visita de sus padres en el colegio, de las madres que se sentaban en las gradas para ver los partidos de baloncesto, de las fiestas de cumpleaños…

—Mi madre no pasaba mucho tiempo en casa y cuando venía se peleaba a gritos con mi padre.

—Qué horror.

La simpatía que vio en los ojos grises lo conmovió más de lo que le hubiera gustado admitir.

—Supongo que tu infancia fue muy diferente.

—Mi madre siempre estuvo enferma y mi padre y yo hacíamos todo lo posible para no disgustarla por nada. En ese aspecto, nos parecemos. Yo también le contaba mis problemas a mi padre porque no podía contárselos a ella.

Stone sonrió.

—¿Sabes que yo solía ir al fútbol con tu padre y el mío? Eran de equipos diferentes y siempre estaban discutiendo. Pero lo hacían de broma. Eran muy buenos amigos.

—Supongo que sabes cosas de mi padre que yo no sé.

—Sí, supongo que sí. Te las contaré cuando tengamos tiempo —suspiró él—. Me gustaría ir a comprar las alianzas esta tarde. ¿Te parece bien?

—¿Alianzas?

—Este será un matrimonio real, Faith. Lo haremos por razones diferentes a otras parejas, pero será una boda de verdad. Así que vamos a comprar las alianzas.

Una hora más tarde entraban en Tiffany’s, la famosa joyería.

—Bienvenido, señor Lachlan —lo saludó una sonriente empleada—. Es un placer tenerlo en Tiffany’s.

—Estamos buscando un anillo de compromiso y dos alianzas —dijo Stone.

La mujer lo miró, sorprendida. Como el resto de los empleados. Y él se preguntó cuánto tardaría la noticia en llegar a la prensa. Entonces pensó que lo mejor sería contárselo a su madre antes de que se enterase por los periódicos.

—Tenemos unas alianzas delicadísimas. Si quieren seguirme… —dijo la mujer, ya repuesta de su sorpresa.

Veinte minutos más tarde, Faith seguía sentada en un precioso sillón de terciopelo rojo, mirando una colección de anillos de oro blanco, platino, diamantes…

—No, yo no…

—Si no te decides, elegiré yo —la interrumpió Stone.

No quería que dijera algo como: «no puedo aceptar un regalo tan caro después de todo lo que has hecho por mí».

—Pero…

—Ten cuidado con lo que dices, Faith… porque saldrá en los periódicos —le dijo Stone al oído.

Eso la sobresaltó. Pero intentó disimular.

Como ella no parecía decidirse, Stone eligió un anillo de oro blanco con un diamante enorme, adornado a los lados con cuatro diamantes más pequeños. Le había gustado desde que lo vio y, por la expresión de Faith, también a ella le había gustado.

Tomó su mano para ponerle el anillo, pero tuvo que apartarla inmediatamente al sentir el calor de su piel. De nuevo, había sentido una especie de calambre. Era la misma sensación que experimentó al tocarla en el ascensor.

—Te queda muy bien —murmuró, como si no hubiera pasado nada—. ¿Te gusta?

—Es… precioso —contestó Faith.

—Me alegro —sonrió Stone.

Le gustaba verla con aquel anillo. Su prometida. Su mujer. Le sorprendía que aquel pensamiento le diera tanta satisfacción. Quizá aquel año no sería tan difícil con Faith Harrell a su lado.

Ella podría protestar todo lo que quisiera, pero pensaba abrir una cuenta corriente a su nombre para que nunca más tuviera que preocuparse por el dinero.

—Nos llevaremos las alianzas de platino.

—¡Stone!

—Necesitamos alianzas, cariño —sonrió él.

—Voy a buscarlas.

La empleada salió un momento de la habitación y Stone la siguió.

—También me gustaría llevarme un collar de zafiros y diamantes con pendientes a juego que he visto en el escaparate. Pero no quiero que los vea mi prometida.

—Muy bien, señor Lachlan. Y felicidades.

—Gracias —contestó él, sabiendo que al día siguiente todos los periódicos darían la noticia.

El único consuelo era que tardarían un par de días en averiguar la identidad de la novia.

—¿Quiere alguna cosa más?

—Por el momento, no. Envíenlo todo a mi casa… pero nos llevaremos el anillo de compromiso.

Llamó a su madre desde el móvil, pero su secretaria le dijo que estaba en una reunión. Suspirando, Stone decidió contárselo a ella: se había prometido y esperaba a su madre en casa para celebrarlo aquella misma noche.

Treinta segundos después sonó el teléfono.

—Dime, madre —contestó él, sin poder evitar una sonrisa.

—¿Es una broma? —le espetó Eliza.

—En absoluto. Quiero que vengas esta noche a casa para presentarte a mi novia.

—¿No la conozco? —preguntó ella, exasperada.

—Sí la conoces. Es Faith Harrell, la hija de…

—Randall —terminó Eliza la frase por él—. Era un buen hombre y lamenté mucho… ¡Stone! No puedes casarte con ella.

—¿Por qué no?

—Pero si debe tener veinte años…

—Cumple veintiuno en diciembre.

—Muy bien. Iré a cenar. Estoy deseando ver a la señorita Harrell.

—Pronto será la señora Lachlan, madre —le recordó él—. ¿Te parece bien a las nueve?

—Muy bien.

Faith no podía dejar de mirar el anillo de compromiso. Debía haberle costado una millonada, aunque, por supuesto, nadie había mencionado cifra alguna. Stone hizo una llamada a su compañía de seguros, de modo que si lo perdía estaba asegurado.

Aunque no pensaba quitárselo.

Estaba tan perdida en sus pensamientos que cuando Stone abrió la puerta del coche, lo miró, confusa.

—¿Dónde vamos?

—De compras —contestó él—. Supongo que necesitarás algo de ropa para los estrenos y actos oficiales… La semana que viene tenemos una cena benéfica, para empezar. Así la gente tendrá oportunidad de conocerte. Después, estaremos un poco más tranquilos.

¿Una cena benéfica? Ella no tenía experiencia en ese tipo de eventos. Era demasiado pequeña cuando sus padres todavía vivían en la abundancia. Además, comparados con los Lachlan…

—Supongo que cuanto antes se sepa la noticia, antes nos dejarán en paz.

—Lamento que te moleste la idea de tener periodistas olfateando por ahí. Hablarán de nosotros durante un par de días, pero después se olvidarán de nosotros, no te preocupes.

—Me pareces que subestimas tu atractivo para la prensa —sonrió ella.

Stone también sonrió, tan guapo y tan seguro de sí mismo que el corazón de Faith dio un vuelco.

—Me gustaría que nos casáramos lo antes posible.

—No creo que tardemos mucho en organizar una boda.

Lo había dicho aparentemente tranquila, pero no era verdad. La idea de casarse con Stone la ponía histérica. Y si la mera idea de casarse con él la ponía tan nerviosa, ¿cómo iba a portarse el día de la boda?

—Solo invitaremos a la familia, ¿te parece?

—Sí, claro. Supongo que no querrás una boda multitudinaria, así que podríamos casarnos dentro de un par de meses…

—Faith.

—¿Qué?

—He arreglado los papeles para casarnos la semana que viene.

Ella parpadeó, confusa.

—¿La semana que viene?

—Sí.

—Pero eso no puede ser… ¿o sí? En fin, supongo que tú te has encargado de todo.

—¿Prefieres casarte por la iglesia o por lo civil?

—Por lo civil —contestó ella.

Casarse por la iglesia le parecía un sacrilegio, considerando que no pensaban cumplir los votos. Eso la hizo sentir un peso en el corazón, pero rápidamente olvidó el asunto.

—Muy bien. Entonces, vamos a buscar el vestido de novia.

—No hace falta…

—Claro que hace falta.

Ir de compras con Stone era, desde luego, muy interesante. Faith intentaba convencerlo de que no necesitaba tanta ropa, pero él iba eligiendo vestidos sin escuchar sus objeciones. Al menos, no había insistido en entrar en el probador con ella, pensó.

La llevó de una tienda a otra. Armani, Versace, Celine, Prada, Roberto Cavalli… eso solo en vestidos de tarde.

Y en cada tienda que entraban, las vendedoras lo reconocían inmediatamente. Su fotografía había salido muchas veces en periódicos y revistas, de modo que era lógico.

Pero, por primera vez, Faith supo que casarse con Stone iba a cambiar su vida. Era una persona pública y, sin duda, también lo sería ella durante el año que durase su matrimonio. ¿Podría recuperar su vida normal después de la separación?

—Nos llevaremos estos tres vestidos —estaba diciendo Stone.

Tres vestidos de noche. Uno de ellos, un diseño de Ungaro de muselina verde mar, con la espalda al aire, un Escada con escote palabra de honor bordado en madreperla azul y un vestido de organza negra de Givenchy.

Y los zapatos. Walter Steiger para los vestidos de tarde, mules bordadas de Sergio Rossi, sandalias negras de Manolo Blahnick y unas sandalias con cristales de Swarovski. Todo con bolsos a juego.

Era impresionante, pensaba Faith mientras entraban en el coche. Cuando Stone tomaba una decisión, era imposible convencerlo de lo contrario.

Fue casi un alivio ver la fachada de piedra de su nueva residencia.

La casa de Stone frente a Central Park era como la había imaginado. Y más. Mucho más. Diseño moderno mezclado con antigüedades. Flores frescas, plantas enormes, muebles de maderas nobles, cuadros de famosos pintores contemporáneos…

Todas las compras habían sido enviadas a su casa y cuando llegaron, el ama de llaves las había colocado en la habitación de Faith.

Su habitación.

No podía creer que iba a vivir allí. Que iba a dormir tan cerca de Stone.

Stone, que una hora antes le había dicho que cenarían en casa con su madre. Afortunadamente, podría ponerse uno de los vestidos que él le había regalado.

—Nos vemos abajo en… ¿media hora te parece bien? —preguntó él, mirando el reloj—. Así podremos relajarnos un poco antes de que llegue mi madre.

A Faith se le encogió el estómago. No recordaba a Eliza Smythe y solo sabía de ella lo que contaban los periódicos: que era una dura mujer de negocios y que había heredado la empresa de su padre a los veinticinco años.

Tuvo que respirar profundamente para controlar los nervios ante la idea de enfrentarse con aquella formidable mujer.

¿Y si no le gustaba a la madre de Stone?