Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Capítulo 2

Stone no podría haberla sorprendido más si le hubiera pedido que se quitara la ropa. Faith lo miraba, convencida de que había perdido la cabeza.

—No una esposa de verdad —se apresuró a explicar él, apartando la mirada. Y le sorprendió ver que se ponía colorado—. Mi madre está empezando a pensar en retirarse y me ha ofrecido la empresa. Pero ha puesto como condición que debo casarme.

—¿Por qué? —preguntó Faith, sorprendida.

—Cree que debo sentar la cabeza y darle un montón de nietos —suspiró Stone—. Aunque no sé por qué. No es exactamente la persona más maternal del mundo.

Faith creyó percibir una nota de resentimiento en su voz. O quizá de anhelo por algo que no había tenido.

—Obligarte a que te cases parece un poco… exagerado, ¿no?

—A mi madre le gusta controlarlo todo y esto solo es un truco más para que mi vida sea lo que ella quiere —dijo él entonces—. Pero esta vez pienso engañarla.

—¿Y si te niegas a casarte?

Stone se encogió de hombros.

—Supongo que venderá la empresa. No le he preguntado —murmuró, inclinándose para mirarla, sus ojos azules brillantes a la luz de las velas—. Es muy importante para mí, Faith. Quiero fusionar mi empresa con la de mi madre.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —repitió él, sorprendido—. Porque es una buena decisión comercial.

—Pero supongo que habrá otras empresas, ¿no? ¿Por qué precisamente la de tu madre?

—Porque es mi herencia. Mi bisabuelo fundó la empresa Smythe y sería una pena que pasara a manos de otro.

Había algo más y Faith se dio cuenta. Pero también se daba cuenta de que no debía preguntar porque era un tema espinoso.

—Ya, claro.

—¿Qué me dices?

—No lo sé —murmuró ella, mordiéndose los labios—. Me parece tan deshonesto…

—¿Más deshonesto que obligarme a contraer matrimonio a toda prisa? —la interrumpió Stone. Por primera vez, Faith reconoció cierta desesperación escondida tras la estoica fachada—. Solo sería durante un año. Estrictamente temporal y estrictamente platónico. Aunque tendríamos que convencer a mi madre de que es un matrimonio real.

—No me gusta la idea…

—Piensa en esa empresa, Faith. Lleva generaciones en mi familia y si mi madre se la vende a otro, ¿quién sabe los cambios que querría hacer? Cientos de personas podrían perder su trabajo.

Ella arrugó el ceño.

—Eso es un chantaje emocional.

—¿Ha funcionado? —sonrió Stone.

Faith se quedó un rato pensativa.

—¿Tendríamos que vivir juntos?

—Tendrías que vivir en mi casa durante un año, pero anularemos el matrimonio cuando llegue el momento. Y pienso pagarte por ayudarme.

«Pienso pagarte».

Faith se avergonzó por los mercenarios pensamientos que aparecieron en su mente. Era práctica, se dijo a sí misma, no mercenaria. No demasiado. No podía aceptar más dinero después de lo que había hecho por ella y sería una buena forma de devolverle el favor.

Además, si vivía en su casa no tendría que pagar alquiler. Y si no tenía gastos podría volver a la universidad. Solo le quedaban dos años para terminar la carrera y cuando tuviera el título encontraría un buen trabajo. Así podría pagar el dinero que le debía. Porque, dijera lo que dijera, pensaba devolverle todo lo que había pagado durante aquellos años. Y, de repente, ese objetivo no le parecía tan lejano.

Se sentía tan aliviada que cerró los ojos un momento.

—¿Te encuentras bien? —preguntó él, levantando su barbilla con un dedo.

Faith tragó saliva al sentir el calor de la mano del hombre. El roce la había hecho sentir una especie de calambre.

—Sí —murmuró. Después, se aclaró la garganta—. Pero no vas a pagarme nada.

—Claro que…

—No. Ya te debo más que suficiente.

—Muy bien —suspiró él—. Te propongo una cosa: si te casas conmigo, consideraremos saldada esa deuda imaginaria.

Faith no podía aceptar eso. No sería justo para él. Estaba a punto de negar con la cabeza cuando Stone levantó una mano.

—Escúchame. El matrimonio será un sacrificio para ti. Perderás un año de libertad, tendrás que asistir conmigo a cenas, estrenos… además, tendremos que convencer a mi madre de que es un matrimonio auténtico.

Ella no preguntó qué significaba eso, pero se puso colorada.

—No sé…

—Es un trato justo. Un intercambio de favores —insistió Stone.

Faith no estaba tan segura. Cuidar de ella y de su madre durante ocho años era mucho más que doce meses de matrimonio. Pero cuando lo miró a los ojos vio en ellos una firme determinación. Si no aceptaba, Stone insistiría en pagarle por sus «servicios».

Y había otro factor importante. Unos segundos antes había visto pánico en sus ojos ante la idea de perder la empresa. No era solo por el dinero, estaba segura. Smythe era una compañía muy importante para él.

—Muy bien —dijo por fin—. Pero con condiciones.

Él levantó una ceja.

—Dime.

—Me gustaría terminar la carrera…

—No tienes que terminar la carrera si no quieres —la interrumpió Stone—. Me harás un tremendo favor con este matrimonio. Lo mínimo que puedo hacer es poner una cantidad a tu nombre a final del año. Así no tendrás que trabajar…

—Pero es que yo quiero trabajar. Y quiero terminar la carrera —lo interrumpió Faith, irritada.

—No podrás trabajar durante ese año. ¿Te imaginas lo que diría la prensa?

Desgraciadamente, lo imaginaba. Stone Lachlan era uno de los hombres más ricos del país y despertaba enorme atención en todas partes.

—Pero tengo que volver a la universidad.

—Muy bien. Ser mi mujer será tu trabajo durante ese año, pero te pagaré la universidad si insistes en terminar la carrera.

—Insisto. Es muy importante para mí. Pero me la pagaré sólita… o pediré una beca.

—Muy bien. ¿Cuál es la otra condición?

Faith no quería pedirle ayuda, pero no le quedaba más remedio.

—Mi madre. Necesita una persona con ella veinticuatro horas al día y los gastos…

—Seguiré pagando sus gastos, por supuesto. De hecho, si quieres podría vivir con nosotros. Hay un apartamento en el primer piso que nunca ha ocupado nadie. Tiene salón, dormitorio… en fin, allí estaría muy bien.

Faith debía admitir que era una oferta muy generosa. Casarse con Stone haría que su vida fuera mucho más fácil y podría ver a su madre todos los días.

—Me gustaría mucho que aceptaras —insistió él entonces.

El brillo decidido de sus ojos la hizo sentir un escalofrío.

—Muy bien —dijo por fin, aclarándose la garganta—. Me casaré contigo.

Al día siguiente era sábado y Stone fue a buscarla al apartamento.

Le había pedido que dejara el trabajo y, aunque a ella no le hizo ni pizca de gracia, cuando fue a buscarla le informó de que ya no trabajaba en la tienda de Carolina Herrera.

—Ah, qué bien. ¿Has hablado con mi encargada?

—Sí.

—¿Y no te parece que debería haberlo hecho yo?

—Le he dicho que tenías que irte de viaje…

—Stone, a partir de ahora no quiero que hagas nada sin consultarme.

—De acuerdo, de acuerdo —suspiró él—. Pero no estás en el paro. Piensa que, simplemente, has cambiado de trabajo.

Faith permaneció callada mientras el Mercedes se abría paso por el abarrotado tráfico de las calles de Manhattan.

Stone se preguntó qué estaría pensando. Seguramente se preguntaba si había cometido un error aceptando su proposición.

—Sé que esto no es fácil para ti —dijo entonces, apretando su mano. Aquella vez estaba preparado para el roce de su piel. O eso creía. Sin embargo, seguía sorprendido por el escalofrío que sintió el día anterior al tocarla. Apenas había rozado su piel, pero…

No estaba preparado para la atracción física que sentía por ella. ¿Por qué le había pedido que viviera en su casa? Tener la tentación tan cerca no era nada inteligente.

Aún así, cuando entraban en la casa sintió un alivio inmenso. Faith había estado muy protegida durante toda su vida. ¿Quién sabe qué podría pasarle a una chica tan joven como ella, sola en una ciudad como Nueva York? Le había prometido a la memoria de su padre que cuidaría de ella y pensaba hacerlo.

Faith se detuvo en el vestíbulo y miró alrededor con expresión embelesada. Aunque los Harrell habían tenido una buena casa, Stone suponía que, después de vivir unas semanas en un apartamento diminuto, aquel sitio le parecía demasiado lujoso.

—Es divino —murmuró ella entonces—. Sencillamente precioso.

Él sonrió, aliviado. Una escalera de roble con barandilla de hierro forjado llevaba al piso superior. A la izquierda había un gran salón y a la derecha estaba el despacho, con su masculino escritorio y las estanterías llenas de libros. La cocina, la bodega y la despensa estaban al final del pasillo.

—Me alegro de que te guste. ¿Quieres subir a ver tu habitación?

Faith subió delante de él y Stone se detuvo ante un dormitorio decorado en granate, negro y oro.

—Este es mi cuarto. El tuyo es el de al lado. Creo que te gustará. Es el dormitorio que solía usar mi madre. Eliza Smythe es una mujer con muchos defectos, pero en cuanto a decoración es impecable.

—Es precioso —murmuró ella cuando abrió la puerta.

Era una suite muy femenina, decorada en tonos lavanda, azul y blanco. Aunque un poco más pequeña que el cuarto de Stone, además de la cama con dosel tenía un sofá, un vestidor y un enorme cuarto de baño.

—Nuestras habitaciones están conectadas —dijo él, abriendo una puerta—. Nadie tiene que saber que no compartimos… el lecho conyugal.

Faith no podía mirarlo a los ojos.

—Muy bien —dijo en voz baja.

—Este será un acuerdo beneficioso para los dos. Te prometo que respetaré tu privacidad.

Ella asintió y Stone supo que lo había entendido: no habría relaciones íntimas entre ellos. Por atractiva que le pareciese, no pensaba cambiar el status platónico de su relación.

Cuando terminaron de visitar la casa, era la hora de comer. Fueron a la cocina y, mientras Faith esperaba sentada en un taburete, él preparó una ensalada de lechuga, atún y tomates.

—No sabía que se te diera bien cocinar.

—¿Pensabas que tendría un chef francés?

—Algo así. A mí también me gusta cocinar, por cierto.

—Tengo un ama de llaves que se encarga de todo. Aunque no duerme aquí.

—Yo voy a tener muchas horas libres. Podría hacer algo.

—Tú tienes que estudiar. Además, podrás hacerle compañía a tu madre.