Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Stone se quedó de piedra. Jamás había visto llorar a su madre, ni siquiera imaginaba que pudiera hacerlo. Lo cual, suponía, era una señal clarísima de lo alejados que habían estado siempre. Pero fue ella quien se alejó. No tenía por qué sentirse culpable.

Faith le pasó una servilleta para que pudiera secarse los ojos y él no supo qué hacer. Sencillamente se quedó mirándola como si estuviera viendo a una desconocida.

—Es difícil aceptar que uno no puede hacer nada. Cuando mi padre murió, mi madre empeoró mucho.

Después de cenar, Eliza se levantó de la silla.

—Bueno, es hora de marcharme.

Stone la ayudó a ponerse el abrigo y se quedaron un momento en la puerta, mirándose. Pero ninguno de los dos dijo nada.

—Lo hemos hecho. La hemos convencido —dijo él cuando su madre desapareció—. Gracias.

—De nada —sonrió Faith, sin mirarlo—. Bueno, estoy agotada. ¿Te importaría llevarme a casa?

—No, claro que no.

Aquello lo dejó deprimido. Y no tenía razón para estarlo, se decía a sí mismo. Había conseguido lo que quería, ¿no? Era cierto que se sentía atraído por Faith, pero seguramente también ella sentía algo.

O eso quería creer. Desde luego, por su forma de besarlo nadie diría que le daba asco. Pero ninguno de los dos estaba preparado para atravesar esa línea.

Y debería alegrarse. Porque si Faith lo animaba un poco, estaba seguro de que olvidaría esa línea por completo.

Faith pasó el lunes guardando sus cosas en cajas y contestando a las preguntas de Gretchen sobre su próxima y sorprendente boda. El periódico de la mañana había anunciado el matrimonio del millonario Stone Lachlan… y su amiga la estaba acribillando a preguntas.

Stone fue a buscarla a las dos para ir a Connecticut, donde vivía su madre. Faith la había ayudado a encontrar aquella preciosa casa durante una de sus infrecuentes vacaciones del internado. Pero solo entonces pensó que era Stone quien pagaba el alquiler y quien la ayudó a vender su casa. Y estaba segura de que había usado el dinero para pagar parte de las deudas que dejó su padre.

La idea de que hubiera cargado con los gastos de las dos durante tanto tiempo seguía siendo humillante, pero le estaba agradecida. Era suficientemente práctica como para reconocer que ella no habría podido pagar los gastos de su madre. Solo Dios sabía lo que habría sido de ellas si Stone Lachlan no las hubiera ayudado.

¿Cómo pudo su padre cometer tantos errores? ¿Por qué esa falta de previsión?

Seguramente nunca lo sabría. Y, al recordar al hombre que la arropaba todas las noches y le contaba un cuento, se le hizo un nudo en la garganta. No era perfecto, pero Faith siempre lo recordaría con cariño.

Afortunadamente, Stone las ayudó. Había pagado todas las facturas, se hizo cargo de las deudas y le había dado una educación a ella. Y Faith cada día estaba más decidida a devolverle lo que era suyo. Sería una esposa perfecta, pensó. Apenas llevaba unos días con Stone, pero parecía como si llevaran meses juntos. ¿Qué pasaría cuando tuviese que decirle adiós?

Clarice, la enfermera de su madre, abrió la puerta con una sonrisa en los labios.

—Hola, cariño —la saludó—. Tu madre está deseando verte.

Faith abrazó a la mujer. Clarice era otro regalo del cielo. Viuda a los sesenta años, no tenía ahorros y decidió buscar trabajo como señora de compañía.

Desde el primer día su madre y ella se llevaron bien y eso le daba una gran tranquilidad espiritual. Sabía que su madre estaba bien atendida.

Aún así, le preocupaba mucho que la enfermedad avanzase…

Entonces pensó que, al menos durante un año, no le faltaría de nada. Y en cuanto ella consiguiera el título universitario, encontraría un buen trabajo y se irían a vivir a un apartamento.

—Clarice, te presento a Stone Lachlan, mi prometido.

Afortunadamente, le salió bien. Llevaba todo el camino practicando para no tartamudear cuando dijera esa palabra.

—Hola —lo saludó Clarice—. Faith nunca había traído… ¡Prometido! Entre, entre. Felicidades a los dos —dijo la mujer entonces, apretando su mano—. ¿Tu madre lo sabe?

Ella negó con la cabeza.

—Aún no. ¿Está en el salón?

—Al lado de la ventana, mirando los pájaros que se posan en el alféizar. Yo pongo miguitas de pan para que se acerquen sin miedo.

A Faith, de nuevo, se le hizo un nudo en la garganta. Clarice era una joya. Se preguntó entonces si querría vivir con ellas en Nueva York… Pero sería mejor no adelantar acontecimientos.

Como Clarice había dicho, su madre estaba frente a la ventana, en una silla de ruedas.

—Mamá —murmuró, poniéndose de rodillas para abrazarla, con los ojos llenos de lágrimas.

—Hola, cariño mío —sonrió su madre—. ¡Stone!

—Hola, señora Harrell —la saludó él, poniéndose en cuclillas—. Me alegro mucho de volver a verla.

—Yo también —sonrió Naomi Harrell—. ¿Has traído a Faith?

—Sí, claro.

—Mamá, tengo que darte una noticia. Stone y yo… estamos prometidos.

—¿Prometidos? ¿Vais a casaros? —exclamó su madre, incrédula.

Stone miró a Faith, sonriendo. Y, por un momento, ella se mareó al ver la promesa que había en sus ojos. Pero entonces recordó que estaban haciendo un papel. Nada de aquello era verdad.

—Nos casamos el viernes y tienes que venir a la boda.

Naomi Harrell miró de uno a otro.

—Ni siquiera sabía que fuerais novios.

El comentario no debería haberla pillado desprevenida, pero así fue.

—Sí, bueno… no llevamos mucho tiempo saliendo.

Stone le pasó un brazo por los hombros para darle valor.

—¿Quiere saber la verdad, señora Harrell? Estoy loco por su hija. Tengo la sensación de que si espero mucho alguien me la robará y no quiero perderla. Por eso vamos a casarnos tan aprisa.

Su madre asintió y Faith no se sorprendió al ver lágrimas en sus ojos. Naomi Harrell había conocido el verdadero amor y pensaba que su hija había encontrado en Stone lo que ella encontró en su marido.

—Me alegro mucho. Mi niña necesita a alguien en su vida.

No quería que se quedara sola en caso de que a ella le ocurriera algo. Pero Faith no quería pensar en eso.

—Eso no es todo, mamá. Stone y yo queremos que vivas con nosotros en Nueva York. En su casa hay mucho sitio para ti y para Clarice, si quiere venir.

Naomi negó con la cabeza.

—No, cariño. Los recién casados deben estar solos.

Stone sonrió.

—Señora Harrell, mi casa es muy grande. Su apartamento incluso tiene entrada propia. Ni siquiera tendrá que vernos si no le apetece.

—No quiero molestar…

—Mamá, no vas a molestar a nadie —dijo Faith, apretando su mano—. Y yo quiero que vengas a vivir con nosotros.

—Además, así podrá jugar con sus nietos —intervino Clarice.

Faith se puso colorada hasta la raíz del pelo y Stone se movió, incómodo.

—Aún no estamos preparados para pensar en eso. Quiero a Faith para mí solo durante algún tiempo.

—Además, yo tengo que terminar la carrera…

—Sí, no puedo convencerla para que deje esa obsesión con el trabajo —sonrió él—. Pero insisto en que venga a vivir con nosotros.

Era tan amable con su madre… Sin embargo, con la suya propia era completamente diferente.

Faith recordaba cómo le había hablado la noche de la cena y recordaba también la expresión dolorida de Eliza. Pero no podía culpar a Stone. Según él, lo había abandonado cuando era pequeño porque la empresa era lo único importante para ella.

Pero recordaba también su expresión de envidia cuando Stone le dijo que su madre iría a vivir con ellos. Quizá lo había dicho solo para hacerle daño… o para intentarlo al menos. Cuando un niño ha sido rechazado suele, de adulto, seguir intentando conseguir la atención de sus padres, aunque sea de una forma negativa.

Faith dejó escapar un suspiro. A ella le caía bien Eliza, a pesar de todo. ¿Sería mucho esperar que, durante aquel año, pudiera ayudarlos a encontrar el camino de la reconciliación?

Un año con Stone.

Cuando se despedían de su madre y de Clarice, él puso una mano en su espalda y, de repente, Faith sintió algo… su presencia masculina le daba energía, la hacía sentir bien.

Entonces recordó el beso del sábado por la noche.

Seguía pensando en ello como si fuera un sueño. Para ella, el mundo había cambiado con aquel beso. Cuando Stone la apretó contra su pecho se le había olvidado todo, incluso su propio nombre. Quería más, aunque no sabía exactamente qué. Pero cuando notó sus pechos aplastados contra el torso del hombre… deseó apretarse más. Mucho más.

Cuando se apartaron, le daba vergüenza mirar a Eliza y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para disimular.

Entonces miró las manos de Stone al volante del Mercedes. Aquellas manos grandes y fuertes que habían acariciado su espalda…

¿Lo haría otra vez?

Ella deseaba que lo hiciera. Mucho. De hecho, deseaba algo más que sus besos.

Casi tenía veintiún años y nunca había tenido un novio serio. Pero pronto tendría un marido.

Faith estudió su perfil: el mentón firme, la nariz recta, las pestañas oscuras. Había estado medio enamorada de él cuando era pequeña. Y empezaba a tener la impresión de que no había sido solo una pasión de niña.

Faith miró por la ventanilla para disimular su agitación. Stone no la amaba, solo la quería para conseguir la empresa de su madre.

Pero… su corazón era joven y optimista.

Podría no amarla, pero estaba segura de que la deseaba. ¿No era eso un principio? Quizá algún día, con el tiempo y el roce… Stone empezaría a necesitarla como lo necesitaba ella. Era un sentimiento demasiado nuevo como para analizarlo.

Pero supo entonces que si no lograba hacerlo cambiar de opinión sobre la temporalidad del matrimonio, no sería capaz de dejarlo tan fácilmente.

De hecho, estaba segura de que nunca podría olvidarlo. ¿Qué otro hombre podría medirse con Stone Lachlan?

Faith temía conocer la respuesta a esa pregunta.