Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Capítulo 4

De vuelta en Manhattan, Stone giró en la Quinta Avenida.

—¿Dónde vamos? —preguntó Faith.

Él la miró. Había hecho todo el viaje muy callada, perdida en sus pensamientos.

—A casa.

—¿La mía o la tuya?

—La nuestra.

—No será nuestra casa hasta el viernes. Y tengo que ir a mi apartamento, aún no he terminado de guardar mis cosas.

—Puedo enviar a alguien para que lo haga. Tenemos cosas que hacer…

—Preferiría que no.

—No es ningún problema. Y te ahorrarías…

—No, gracias —lo interrumpió ella—. Me gustaría guardar mis cosas.

—¿Puedo enviar una furgoneta al menos?

Faith sonrió, mostrando un precioso hoyito en la mejilla izquierda.

—Eso estaría bien. Pueden ir el viernes por la tarde.

—¿El viernes por la tarde? ¿Por qué no mañana? Supongo que no tendrás tantas cajas.

—No pienso mudarme hasta el viernes por la tarde —dijo ella entonces, muy seria.

—Qué bobada —replicó Stone, irritado—. ¿Por qué esperar hasta el viernes?

—Porque mi madre espera que no viva contigo hasta el viernes.

—Tu madre… ah, claro.

Casi le dio la risa al pensar en su preocupación por observar el comportamiento adecuado. Pero Faith lo decía completamente en serio.

—¿No te parece bien?

—De acuerdo, de acuerdo. Pero sigo pensando que es una tontería.

«Especialmente porque no va a pasar nada entre tú y yo».

—Afortunadamente, a mí me da igual lo que tú pienses.

—Sí, eso ya lo has dejado claro —suspiró Stone.

—¿Qué cosas tenemos que hacer? —preguntó Faith entonces.

—Comprar el vestido de novia, para empezar. Y tenemos que hacer planes para la boda.

—No pienso ponerme un vestido de novia. Tengo un traje de chaqueta de color beige y yo creo que con eso iría muy bien.

—Hay una mujer esperando en casa con una colección de vestidos de diseño —protestó él, intentando controlar su temperamento.

Faith no era uno de sus empleados y no podía ponerse a gritar, aunque le habría gustado.

—No quiero un vestido de diseño.

—Si no quieres un vestido muy escandaloso, podrías elegir algo elegante y discreto. Los periodistas esperarán un vestido de novia.

—A mí los periodistas me dan igual.

—Ya lo sé pero, te guste o no, la boda va a salir en las revistas. Piensa en ti misma como en una especie de… princesa. Como en este país no hay realeza, a quienes molestan los periodistas es a los ricos.

Faith dejó escapar un suspiro.

—¿Tan importante es?

—Sí —contestó él—. Es importante. Tiene que parecer real. Si alguien sospecha que no lo es…

—Muy bien. De acuerdo. Iré a tu casa para ver los vestidos.

Stone se relajó entonces. Con Faith todo era una pelea, pero al menos no se había echado atrás. Lo más importante era heredar la empresa de su madre y los dos sabían que aquel solo era un matrimonio de conveniencia.

Nada más.

Era el tutor de Faith… aunque le parecía un título demasiado anticuado. ¿Su hermana? Le costaba trabajo verla como a una hermana. ¿Su amiga? Eso era, una amiga. Una buena amiga.

Pero una vocecita le decía: ¿Una amiga? ¿Besar a una amiga te excita tanto que no recuerdas la presencia de tu madre en la habitación?

«Cállate», le dijo Stone a la voz. «Cállate de una vez».

—Estupendo. Gracias.

El viernes a las doce, Stone estaba en la puerta del Juzgado con su madre. Era casi la hora. ¿Dónde estaba Faith? Debería haberla obligado a mudarse antes del viernes. Para vigilarla, para asegurarse de que no se echaba atrás a última hora.

Aquella había sido una semana sorprendentemente larga. Stone se encontró a sí mismo mirando el reloj durante las reuniones, mientras hablaba por teléfono, después de dejar a Faith en su casa el lunes por la noche…

Habían decidido mantener la boda en secreto. Como iba a ser muy sencilla, sin invitados, los periodistas creerían que era uno de esos arrebatos de pasión a los que eran tan dados los millonarios. Sí, definitivamente así sería más creíble.

Por mucho que insistió, Faith no le dejó ver el vestido que había elegido. ¿Quién habría sospechado que tras esa cara angelical había una vena tan obstinada?

Mientras Stone miraba el reloj por enésima vez, una mujer se acercó.

—Hola, señor Lachlan. Ya estamos aquí.

Era Clarice, la enfermera de Naomi Harrell.

—Hola, Clarice. ¿Ha visto a Faith?

—Sí, está aquí. Hemos venido juntas.

—Clarice, le presento a mi madre, Eliza Smythe.

—Encantada —sonrió la mujer—. Soy Clarice Nealy, la enfermera de la señora Harrell.

—A mi hijo le va a dar un infarto si Faith no aparece pronto.

Stone miró de nuevo su reloj.

—¿Dónde está? Tenemos que entrar ya.

—Entre usted primero. Faith y su madre irán enseguida —dijo Clarice.

Suspirando, Stone obedeció. El juez estaba de pie al fondo de la sala, muy serio. Al verlos, pareció sorprendido.

—¿Stone Lachlan y Faith Harrell?

Eliza sonrió.

—No. La novia no ha llegado todavía.

En ese momento se abrió una puertecita y Clarice salió empujando la silla de ruedas de Naomi.

A su lado iba Faith, de la mano de su madre.

Y el mundo pareció detenerse para Stone.

Mientras caminaba hacia él, tuvo que recordarse a sí mismo que debía respirar.

Faith había elegido un vestido por encima de la rodilla. Era de satén blanco, cubierto por una delicada muselina. El escote palabra de honor era muy pronunciado y, aunque intentó evitarlo, Stone no podía dejar de mirar la suave curva de sus pechos.

Llevaba el pelo sujeto por una diadema de flores… Entonces recordó el comentario sobre la realeza. Lo había hecho a propósito, para reírse de él. Y le gustaba.

En la mano llevaba un ramo de rosas de color melocotón con lilas y orquídeas que le daban un toque de color.

No se le escapó que había elegido el blanco puro para su vestido de novia. Probablemente buena idea, ya que servía para recordarle que su relación tenía límites.

Límites. Qué daría él por mostrarle los placeres del amor. Por un momento quiso pensar que aquello era real, que aquella mujer hermosa y deseable sería su esposa en todos los sentidos.

Si fuera real, aquello solo sería el principio. Podría disfrutar de los increíbles placeres de su cuerpo y dormir en sus brazos cada noche. Y algún día tendrían hijos y…

¡Hijos! Stone se dio una patada mental en el trasero.

Cuando Faith llegó a su lado, se dio cuenta de que estaba muy bien maquillada. Tenía una piel perfecta, como de porcelana. El cabello rubio rodeaba su carita como un halo y hubiera deseado tocarlo… Pero no podía hacerlo. No podía tocarla.

El juez se aclaró la garganta y Stone se dio cuenta de que la ceremonia estaba a punto de empezar.

Faith sonrió entonces, pero él no podía sonreír. Recordar que aquella no era una boda de verdad lo había deprimido por completo.

Solo era una ridícula charada a la que había tenido que recurrir para cumplir las condiciones impuestas por su madre. Era, como máximo, una inconveniencia, una interrupción en su vida y en la vida de Faith. No había nada por lo que sonreír.

Faith se puso seria y Stone se maldijo a sí mismo por idiota. La pobre solo quería contar con su apoyo… entonces se dio cuenta de que estaba parpadeando rápidamente. Tenía los ojos llenos de lágrimas…

Por instinto, tomó su mano y la apretó con fuerza.

Ella lo miró entonces, intentando sonreír y Stone casi se murió de arrepentimiento. Solo tenía veinte años, por Dios. Aquello no era lo que habría soñado para el día de su boda, aunque ella misma insistió en que fuera una ceremonia sencilla.

Sin poder evitarlo, le pasó un brazo por la cintura y la apretó contra su cuerpo. Era tan pequeña a su lado, tan suave…

Después de unas breves palabras se pusieron las alianzas y ya estaban legalmente casados.

El juez parecía muy aburrido. ¿Cuántas ceremonias como aquella celebraría cada día? Seguramente docenas.

—Puede besar a la novia —dijo entonces.

Stone iba a darle un besito en la boca… para guardar las apariencias. Pero cuando sus labios se encontraron sintió un escalofrío. Eso no podía ser, no debía ser.

Faith no tenía ninguna experiencia de la vida y no podía saber que el sexo y el amor son dos cosas diferentes en la mente de un hombre. Tenía que mantener las distancias.

De modo que, haciendo un esfuerzo para resistirse a sus encantos, le dio un besito y se apartó.

Estuvo a punto de pedirle disculpas en voz baja, pero cuando iba a hacerlo se dio cuenta de que eso le sonaría muy raro a todo el mundo.

—¿Nos vamos?

Ella asintió. No lo miraba y Stone se maldijo a sí mismo por imbécil.

No, no, no. No podía hacer nada con la hija de Randall Harrell. Era su tutor y aquel matrimonio solo era un acuerdo entre los dos.

Nada más.

Faith se despertó muy temprano a la mañana siguiente. Por un momento no reconoció la habitación, pero entonces lo recordó todo. El día anterior se había casado con Stone.

Estaba casada. Si no fuera por la alianza, pensaría que había sido un sueño. Y mientras se duchaba no podía dejar de recordar la ceremonia. La triste y corta ceremonia.

Stone estaba tan guapo con el traje oscuro… Mientras entraba en la sala, se había permitido a sí misma soñar por un momento que aquello era real.

Pero cuando lo miró a los ojos no vio nada. Ningún sentimiento. Nada de amor.

Y por primera vez tuvo que reconocer que no se había casado con él solo para cumplir parte de un trato, para devolver algo de todo lo que había hecho por su madre y por ella.

Se había casado con Stone porque, sin saber cómo, el enamoramiento infantil que sintió por él se había convertido en algo más profundo, más maduro.

Le dolía tanto que decidió no seguir examinando sus sentimientos.

En lugar de hacerlo, recordó la ceremonia. Y recordó cómo la había mirado al entrar. Sin duda, la encontraba atractiva. Y eso la alegraba porque había elegido el vestido y el peinado solo para gustarle.

Sí, durante un segundo Stone no había podido disimular que le gustaba.

Y aunque era infantil pensar que podría convertir el deseo de un hombre en un sentimiento más profundo, en el fondo de su corazón era lo que deseaba.

Quería que fuera él quien le enseñase las intimidades del amor. Quizá podría atraer sus sentimientos como podía atraer sus sentidos.

Quizá empezarían a comunicarse mejor durante la luna de miel, pensó. Aunque no la habían planeado, Stone le contó a su madre que harían un viaje de dos semanas y, aunque solo fuera para que no sospechase, seguramente cumpliría su palabra.