Cumbia – Jorge Accame

Mamá trajo la fuente a la mesa. Había derramado la salsa de hongos de pino encima de unos panes tostados. El humo avanzaba desde ellos como la neblina del monte. Nos sirvió raciones abundantes. Todos sonreíamos. No hablábamos, sólo mirábamos los platos, pendientes de aquel manjar que nuestra familia consume ritualmente desde hace siglos.

Mordí con cuidado mi primer hongo y el placer me estremeció. Esa imprecisa consistencia de molusco expatriado. Era el mismo sabor de siempre, quizá apenas más agrio. Comí otro. Mi padre dijo algo. No comprendí bien qué, porque las ranas que habitaban en el comedor habían empezado a croar y sofocaron sus palabras. Supuse que elogiaba a mamá por la cena. Sentí un mareo y una suave opresión en el pecho que me impedía respirar profundamente, como yo habría deseado. Pero al inicio de la temporada los hongos suelen provocar algunos síntomas raros e inofensivos en los organismos desacostumbrados.

Cecilia ya casi había terminado su plato, y la bisabuela pedía otro. No había de qué preocuparse. Al menos eso quise pensar, mientras preparaba en la cuchara mi tercer bocado.

Mirisini

Nicanor

Llegué a Arsénico antes de la madrugada. Ya hacía varias horas que perseguía a Mirisini.

Lo había conocido en un sueño: mi mujer y yo nos habíamos mudado a la nueva casa de campo pocos días atrás y esa mañana encontramos, enfrente de nuestro lote, una camioneta azul con dos tipos adentro. Uno me pareció conocido; pero no logré distinguir claramente su rostro.

El chofer era terrible: alto, corpulento, usaba bigotes, oscilaría entre los cuarenta y los sesenta años; en fin, no era eso lo importante, sino que de él irradiaba una fuerza horrible y homicida. La mañana estaba hermosa como pocas y la sola presencia de aquel fenómeno era suficiente para convertir los suaves charcos de sol en ambiente de pesadilla. Por un momento, me aterroricé pensando que serían los propietarios de ese terreno y que los tendríamos como vecinos en un futuro relativamente cercano. Luego me tranquilicé: parecían viajeros.

Salimos. Mi mujer cerró la puerta con llave. Al aproximarnos a ellos, los miré para estudiar sus intenciones de contestar un saludo.

—Buen día —me arriesgué.

El acompañante respondió más o menos educadamente, el otro hizo un gesto sin odio —cosa que me extrañó— y más bien con indiferencia. No entiendo por qué no nos aborreció en ese momento como seguramente sabría hacerlo. Daba la sensación de que cuando desataba sus sentimientos (sus únicos sentimientos podrían ser de odio, y no se necesitaría mucho para que los manifestara), era tan natural como un volcán o una fiera.

Hice el camino hacia la parada del colectivo, temeroso, igual que un perro que ha reconocido al jefe de la jauría. Mi mujer algo presintió y yo me avergoncé. No me consoló el argumento racional de que las jerarquías menores hacen pareja en todas las especies. Me consideré indigno de ella, porque sabía que frente al horror que acababa de conocer no podría defenderla ni dos minutos. Aquel monstruo me arrojaría a varios metros con la sola mirada y yo, paralizado, me dejaría golpear como un chico.

Pero qué digo monstruo. Ojalá lo hubiera sido. Habría hecho que me sintiera más tranquilo. Lo trágico consistía en su humanidad.

Si frente a mi mujer me humillaba, con mi hijo recuperaba algo de mi fuerza. No de valor, pero sí de practicidad. Para salvar de aquel salvaje a mi chiquito era capaz, al menos, de correr con él en brazos. Tal vez estaba tan seguro de eso porque intuía que ese hombre jamás se interesaría en dañarlo.

Como fuera, este pensamiento me ayudó a serenarme y pude hablar con Milena de algunas vaguedades, hasta que llegó el colectivo y lo tomé.

Al regresar del negocio aquella noche, la camioneta y sus dos ocupantes habían desaparecido. Milena me contó que se habían marchado hacia mediodía.

—¿Hubo algún problema?

Respondió que no, sin embargo, detecté una de sus expresiones más sombrías.

—¿Pero nada o algo, por poco que sea?

Entendí. Los visitantes habían ocasionado problemas, pero de los que no pueden ser relatados a causa de su inexistencia física. Una mirada no es un cuerpo, no hace brotar sangre como un cuchillazo; pero puede ser un problema y hasta un delito. Y aunque nadie va a la cárcel por mirar, la mirada es el indicio que tenemos para saber si una persona vive en el infierno.

Di vueltas durante toda la noche, sin sueño. Tomé agua en la cocina, fui al baño, me hice un café e intenté leer un poco. Al fin, acabé en la habitación de mi hijo. Me quedé contemplándolo en medio de la penumbra. Así sobre la cama, destapado y casi desnudo, parecía un gusano de tierra, pálido, concentrado, blando.

Las luces que se filtraban por la persiana desde la calle producían un resplandor en torno a su silueta y conferían algo sagrado a la escena. Tuve la impresión de que en aquel momento no importaba que entrara el hombre que me había inquietado el día anterior; aunque abriera la puerta, haciéndola rebotar contra la pared, igual que un huracán con cuerpo humano, mis colmillos brillarían y yo me convertiría en un lobo furioso. Esto me dio un poco de coraje y casi me entusiasmó. Luego pensé, ¿qué podía hacer un lobo contra un huracán? ¿Era en realidad más fuerte yo, al contemplar a mi hijo? ¿Podría oponer algo más que valor al demonio o sería revoleado como un gato recién nacido en la primera batalla?

Otra vez desalentado, bajé la cabeza.

Antes de que se perdieran las imágenes, forcé la vista para que aparecieran lentamente unas letras. Sólo por un segundo leí: Mirisini. Era el nombre del fenómeno.

* * * * *

Cuando desperté a la mañana siguiente, los datos del sueño no coincidían exactamente con los de la realidad. Yo estaba casado, pero no con Milena sino con una tal Silvia. Tenía hijos y también nietos. Lo más importante de todo: no conocía a Mirisini. Jamás lo había visto ni había escuchado su absurdo nombre. Tampoco vivía en el campo; era dueño de un quinto piso en pleno centro de la ciudad y, a juzgar por lo que veía, no estaba en mala posición.

Molesto a causa del sueño, deseaba despejarme pero al mismo tiempo permanecer dentro de aquella atmósfera turbadora. Salí al balcón y escuché que Silvia gritaba que me pusiera la bata. Me costaba recordar mi vida real. Apoyado en la baranda, miraba pasar los autos sin lograr sacarme de la cabeza a Mirisini. No quería que Silvia se diera cuenta. Supuse que alguna ocupación tendría, así que dije en voz alta hacia la habitación:

—Ya me visto para ir a trabajar. Haceme el café.

Escuché una risa y a los pocos segundos ella vino hasta mí. Era muy hermosa. No la recordaba así. Había una gran diferencia de edad entre nosotros y me asusté. Pensé que después de enviudar no debí haberme casado otra vez y menos con alguien tan joven. Me miré instintivamente la panza y traté de meterla para adentro.

—¿Adónde vas a ir a trabajar? ¿No te habías jubilado hace dos meses?

Dije que sí —aunque no habría podido asegurarlo— y le di un beso. Entré a ducharme por escapar de ella, mientras me repetía el nombre del tipo del sueño: Mirisini. ¿Qué era eso? ¿Un apellido? ¿Tendría significado en alguna jerga onírica? Probé darlo vuelta: sinimiri. Cambiarle las vocales: marasana, sanamara, meresene, senemere. No le encontraba ningún sentido.

Ya había leído que soñar con una banana podía querer decir no más que haber soñado con una banana. Era inexacto adjudicar a la banana simbolismos ulteriores.

Acaso Mirisini no fuera más que eso: una sucesión arbitraria de sonidos asociada a la figura horrible que ya he descripto.

Intenté recomponer mi vida del quinto piso: llamé a Silvia para que me alcanzara una toalla.

Se me aclararon ya algunas cosas. El teléfono se hallaba en la cocina, mis camisas eran marca Molly y estaban guardadas en el primer cajón de la cómoda. Percibía anticipadamente el perfume conocido de la toalla que me traería Silvia.

Estos recuerdos me hicieron sentir bien. Estaba estableciéndome otra vez en mi casa. Un poco más y todo retornaría a la normalidad. Silvia abrió la puerta del baño y con una sonrisa me dio la toalla.

Entre el vapor y las gotas que golpeaban mi cuerpo, le agradecí y respiré el perfume esperado. No quise darme cuenta en seguida: el olor no era el mismo. Silvia vio la expresión de mi cara y me preguntó si me pasaba algo malo. Le respondí que no, que me dejara solo por un rato. En cuanto cerró la puerta aspiré de nuevo, pegando mi nariz a la toalla. No tenía ya ninguna duda. El aroma imaginado minutos antes no era el de las toallas de mi quinto piso, sino el de las que —¿me?— alcanzaba Milena en el baño de la casa de campo. El baño que tenía una ventanita, a través de la cual se veía perfectamente el lote vecino donde se había estacionado, en mi sueño, la camioneta de Mirisini.

* * * * *

Había reflexionado durante todo el día posterior al sueño acerca de su relación con mi vida real.

Supuse con mis escasos conocimientos de psicología que Mirisini podía personificar angustias y miedos, y que no era factible que semejante horror existiera separado de los aspectos medianamente buenos que posee todo individuo.

Recordé haber visto en la playa a un hombre joven de proporciones parecidas a las de Mirisini; más que el tamaño, en realidad, asocié la actitud prepotente. Ese gesto de poder, de saberse indestructibles, de no importarles los daños que ocasionarían al prójimo si tan sólo les daba la gana.

Reviví la sensación de terror que me causó aquel muchacho y consideré que Mirisini tenía grandes posibilidades de existir. Había en sus bigotes agresión descontrolada, una necesidad de conquistar y someter violentamente a cada ser del planeta.

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