Cumbia – Jorge Accame

IV

Me gusta caminar por la calle cuando el sol raja la tierra. Cierro los ojos y me dejo llevar tambaleando por mis piernas. Sin pensar en nada, sin más sesos que una lagartija.

Una tarde, mi vecino Choquevilca me despertó del letargo:

—Maestro, mañana temprano vamos a cazar león al Cerro de Cobre.

Yo había querido subir al Cerro de Cobre desde que llegué a Huaira Cruz. Parecía un monumento, justo frente a la escuela, con una vasta meseta en la punta.

Choquevilca me invitó a tomar un vino en la despensa. Adentro había ya algunas personas preparando en silencio sus cosas para el día siguiente. Mamaní revisaba la caja de cartuchos 22. La había vaciado sobre el mostrador y examinaba las balas una por una.

—Parece que quiere llover —dijo de repente sin mirarnos, como si viniera al caso.

—Ah —comentó Choquevilca.

Luego no se conversó más.

Por la noche se vieron algunos rayos y el aire más pesado empezó a oprimir las plantas de rica rica. El agua no podía demorarse demasiado.

* * * * *

Salimos a las cinco de la mañana. Íbamos el director de la escuela, las familias Choquevilca, Mamaní, Armella, varios campesinos de ahí que poseían hacienda y también las mujeres, algunos de los chicos que asistían a clase y yo.

Empezamos a subir. El camino es casi piedra, salvo por algunos churquis que se prenden porfiados a las laderas y que a lo lejos parecen las motas de una cabeza gigante. Algunas tolas. Un pájaro de vez en cuando. Y el fuerte perfume de la rica rica expandiéndose por la Puna sobre las olas del viento.

Arriba, uno de los paisanos nos organizó en tres grupos para avanzar en una especie de círculo, bordeando la cresta del Cerro de Cobre. Cada grupo tenía dos armas.

Caminamos hasta mediodía y nos reunimos en el lugar que habíamos definido. Sacamos mote y ají y almorzamos. Algunos comentaron los rastros que habían visto. Así se supo que había varios pumas. Sin embargo se había hecho tarde para seguir; decidimos volver. Yo me sentía bastante cansado y me alegré cuando empezamos a bajar. En el camino de regreso, se me ocurrió una chiquilinada: hacer puntería a la flor de un cactus. Pedí un rifle y disparé y de alguna parte salió un puma. La llanura se erizó con un movimiento repentino que asustó y excitó a todos, y vimos a la distancia la polvareda del animal que se iba. La gente salió corriendo, rápido se dijeron cosas, se distribuyeron para ir a buscarlo. Yo seguía a veces a uno, a veces a otro, torpemente, sin tener una idea clara de lo que debía hacer.

Escuché los estampidos de muchos disparos. Y allí me di cuenta de que no había pensado seriamente en la cacería.

Cuando llegué ya le habían dado cuatro tiros con un 22 y no moría. Los hombres, al principio con cautela, luego más decididos, continuaron la tarea a pedradas y a palos. El puma rugía, frunciendo el hocico, y ya no intentaba huir; había resuelto atacar, aunque por su ferocidad recibiera mayor odio en los golpes. Los hombres y las mujeres lo golpeaban con pasión, creo que ya no en la memoria de sus rebaños diezmados, sino porque la ocasión parecía justificar esa terrible capacidad que tenemos los humanos para matar.

Un rayo vibró retorciéndose a lo lejos, como si por unos pocos segundos se nos hubiera permitido ver el espinazo del cielo. Se extinguió el griterío y todos nos quedamos quietos, mirando el horizonte.

Jonás, el director de la escuela, dijo:

—La ciencia se equivoca. El hombre no desciende del mono, sino de las tormentas.

Cuando bajamos la vista, el puma ya había muerto. Tenía los ojos amarillos y grandes, abiertos de sorpresa, y los dientes rotos.

La gente lo alzó y lo llevó cargando a la casa de una familia. Ahí nos juntamos y se hizo la repartición. El cuero fue para los Choquevilca.

Por la noche, los Mamaní cavaron un pozo en el fondo y metieron dentro la cabeza con unas brasas encendidas para que se cocinara.

Los demás también comieron sus raciones.

A nosotros nos pasaron un par de costillas. Las hicimos esa noche, al fuego. Yo no pude probarlo; el director dijo que era rico, pero duro.

Al día siguiente, el hijo menor de los Mamaní apareció en la escuela con el cráneo del puma.

—Le manda mi papá, maestro —me dijo.

Lo acompañaba el changuito de la cocinera, con un gato en brazos que me miraba receloso.

Les di las gracias y los despaché.

Durante un buen rato, contemplé la cabeza entre mis manos.

Cuando escuché en la galería ese ruido de pava hirviendo, traté de recordar si había puesto algo en el fuego; luego me di cuenta de que era una llovizna blandísima sobre el cinc. Sin querer pensé en el Cerro de Cobre y en los manchones de sangre que habían quedado en la tierra. Y en aquella lenta llovizna lavando la sangre.

Mamá está haciendo tortas fritas

Llevo de la mano a Carlitos, mi hijo menor.

Caminamos los dos medio torcidos, él va unos centímetros más adelante porque el corredor entre los alisos es muy estrecho y no cabemos juntos. José María corta con su machete las ramas que atraviesan. Al fondo se ve una luz intensa y yo pienso en los relatos de esa gente que ha estado muerta durante algunos segundos y luego vuelve a la vida.

Me han dicho que en el Angosto se pesca bien, así que preparé mi caña telescópica y mi reel de doce pesos y le pedí a José María que me acompañe; pero al salir, Carlitos se puso a llorar porque quería venir conmigo.

Ahora estamos los dos, mirando la camisa azul de José María, empapada por la transpiración, que se le pega a la espalda.

José María levanta el machete y lo deja caer. Repite este movimiento una y otra vez, como si fuera su especial manera de existir.

La senda finaliza en un pequeño barranco. Nos lanzamos, hundiendo los pies en la tierra blanda.

Caminamos por las piedras hasta el río y armo el equipo. Carlitos mira cómo se retuerce la unca cuando la ensarto en el anzuelo. Le clavo la punta y sale un jugo pegajoso con olor a barro, la punta asoma y vuelvo a enhebrarla. El niño baja la vista. Ha descubierto algo entre las piedras.

—Miren, sapos —nos dice.

José María y yo nos descalzamos. Carlitos se sube a cococho sobre mi espalda y cruzamos el río en una parte donde el cauce es más ancho y menos profundo. José María junta las cosas y me sigue. Desde aquí al Angosto habrá una hora y media de caminata. Las piedras del fondo están flojas y ruedan sin cesar por la corriente. Un par de veces resbalo y estoy a punto de caer. Pienso cómo debería acomodar el cuerpo para que Carlitos no se lastime y recuerdo al eucalipto de mi jardín que eché abajo el año pasado. Toda la tarde haciendo cálculos para que cayera en los tréboles y con el último golpe se desplomó sobre mi gallinero y rompió el techo del vecino.

Terminamos la travesía en la orilla opuesta; apoyo a Carlitos sobre una piedra y le pido a José María mi caña. Estoy impaciente por probar suerte en un pozo que vengo viendo desde antes de cruzar. Unos minutos, nomás. La línea corre entre la espuma. La dejo hasta que metros abajo se acaba la tanza y el anzuelo aparece corcoveando en la superficie. Recojo y vuelvo a lanzarla.

José María me dice que si quiero llegar al Angosto va a ser mejor que él se lleve a Carlitos a la casa y yo siga caminando. José María tiene los ojos pequeños, separados por una gran nariz de tucán. Detrás de ellos esconde las palabras que no dice. Hace poco que trabaja en nuestra finca; no lo conozco en realidad.

He pensado que tal vez después de todo no vaya al Angosto y me quede en los pozos cercanos, con Carlitos jugando en la arena. Pero Carlitos lo ha escuchado y quiere volver. Me explica que su mamá estaba haciendo tortas fritas para el té y tiene miedo de que sus hermanos se las coman todas. Los chicos viven cambiando de idea. Si no le hubiera pedido a José María que viniera, ahora tendría que acompañar de regreso a Carlitos y habría perdido mi tarde de pesca.

—Está bien —digo—. Vuelvan.

Voy a quedarme un rato más aquí. Me gustan estos pequeños pozos con buenas correntadas. Siempre he pescado bien en ellos. Sólo un rato más. Cruzan el río. José María carga a Carlitos, le pasa el brazo por el estómago y el niño va colgando, doblado en dos. José María tiene los pantalones mojados hasta el muslo y arrastra pesadamente sus piernas en el agua.

Aplasto un tábano sobre mi costado y cuando vuelvo la vista los dos ya están en la otra orilla. José María se calza los zapatos. Carlitos busca algo entre las rocas, los sapitos que me había mostrado antes.

José María levanta el machete que había soltado para calzarse.

Sé que no lo debo pensar pero quizá José María le corte el cuello a mi niño de un sablazo. Tiene el machete en la mano y se le acerca. Carlitos está distraído, en cuatro patas, buscando en las piedras, escarbando con una ramita.

Yo no tengo manera de impedirlo, no puedo saltar el río y aunque lo hiciera no llegaría a tiempo.

Me muerdo los labios y junto las piernas apretando con fuerza las rodillas. Qué podría evitar que José María bajara el machete sobre el cuello de mi hijo y su cabeza rodara por las piedras hasta el agua. Estoy casi seguro de que lo hará. José María me mira y sonríe. Me estremezco. Otro tábano me está picando el hombro. Intento golpearlo con la mano abierta, pero fallo. Escucho el chasquido del planazo sobre mi piel y siento extenderse el ardor hacia la espalda.

Cuando levanto la cabeza y miro, José María estira el brazo para darle la mano a Carlitos y el niño corre hasta él y la toma. No logro oír lo que le dice por el estruendo de la corriente, pero debe de haber sido algo así como: “Vamos para la casa, Carlitos”.

Los tábanos me están matando. Recojo mis cosas para seguir más adelante y vuelvo a mirar. Antes de que desaparezcan en un recodo, creo haber visto el manchón de la camisa azul de José María y las piernitas de mi hijo entre los alisos.

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