Cumbia – Jorge Accame

Al rato nos hallábamos todos afuera, conjeturando cuál sería el problema.

Un hombre atrás de mí dijo que los obreros de la compañía de teléfonos estaban abriendo la calle.

Después de cuarenta minutos de espera, cerré mi coche y caminé hasta un parque.

Descubrí a unas muchachas jugando al hockey; me senté en un morro a observar. En realidad no atendía al partido sino a las piernas. Había una chica muy hermosa, con su pantalón corto blanco y el cabello largo recogido por dos delgadas trenzas laterales. Yo la seguía por donde se moviera. De pronto, robó una pelota en el medio campo y empezó a correr hacia el arco contrario. Sé que no va a sonar razonable, pero cuando hizo aquel amague para esquivar a una jugadora rival, yo tomé la resolución de irme de la ciudad. Es que ella torció el cuerpo y se apoyó totalmente sobre una sola pierna. Y en el muslo radiante y en la rodilla se le marcó una tensión de animal libre y salvaje. Me pareció terrible mi destino de mutante pálido entre los edificios, comprendiendo por casualidad y gracias a una rodilla que yo también era un animal. No lo pensé más. Al día siguiente renuncié a mi trabajo y me vine al monte, confiado en que podría subsistir y sería feliz con cualquier cosa que hiciera.

* * * * *

La inversión inicial fue mala: adquirí treinta hectáreas de cerro con árboles frutales viejos y exhaustos. Había ya una casita de dos habitaciones y un baño, que yo acondicioné para acomodarme. Cambié el auto por una camioneta y empecé a ocuparme de mis árboles. Era agosto; las plantas dormían y comenzaba la época de poda.

Contraté a Severo, un hombre que vivía a dos cuadras con su familia. Compré las herramientas que él me indicó y cortamos las ramas inútiles de los frutales de toda la plantación.

A los tres días se vino el norte, un viento seco que sopla cerca del trópico en precordillera y que eleva la temperatura hasta los treinta grados en pleno invierno.

Bajó por la barranca, hizo bramar las chapas de mi casa durante una noche entera y dejó el cielo de un azul encerado. Yo me admiraba viendo los pequeños pimpollos estallando sin cesar. En menos de una semana todos los durazneros y los ciruelos estaban florecidos.

—Mire, mire —le decía a Severo, señalando los manchones rosas y blancos—. ¿No es una maravilla?

—No crea —comentaba—. El invierno no terminó.

El norte duró casi catorce días. Luego aparecieron algunas nubes sobre los cerros del sur. En una tarde se nubló todo y los colores del invierno cayeron de nuevo sobre las cosas.

El frío achicharró las flores como telas viejas.

—¿Y esto? —le pregunté a Severo, bastante inquieto.

—No vamos a tener fruta este año —dijo él.

La cosecha se había arruinado.

* * * * *

Una noche volvía en mi camioneta cargando unos postes para alambrar la parte de arriba, porque las vacas y los caballos vecinos entraban a pastar y rompían unas plantas de recambio que habíamos puesto. Al bajarme para abrir el portón, descubrí a un hombre recostado contra el sauce de la entrada.

Vino hacia mí y se presentó como el ingeniero González. Dijo que vivía más abajo.

No pude verlo bien, pero por el volumen de su cuerpo y la forma de desplazarse, me pareció una persona mayor.

—Severo me contó que andaba preocupado por la fruta —dijo—. Se me ocurrió que podía pasar y sugerirle una idea.

Lo invité a entrar a la casa.

—Tal vez en otra oportunidad —se excusó.

Sacó un paquete de cigarros y me ofreció uno.

—La fruta ya no tiene remedio —explicó—. Es poco lo que se va a salvar. Pero en estos terrenos se pueden hacer muchas cosas. Es zona de vertientes, especial para criar truchas. Hay una con buen caudal que pasa justo en medio de su propiedad.

Hablaba de un arroyito con aguas claras y frías que nacía en la parte oeste de mi campo.

Yo estaba ya bastante vapuleado por el viento norte, así que González no necesitó demasiados argumentos para convencerme. Más, por cómo lo planteaba él; era cuestión de fabricar unos piletones de piedra y cemento, meter los alevinos y sentarse a esperar algo menos de un año, hasta que adquirieran los veintidós centímetros de largo aproximadamente, es decir, un “tamaño comercial apropiado” (me gustó esa expresión).

A la mañana siguiente, después de no dormir esa noche haciendo cálculos, bajé al pueblo y busqué todo el material disponible acerca de la cría de truchas.

Salvo algunas pequeñas imprecisiones, los datos que me había dado González eran correctos.

Hablé con Severo y nos pusimos a trabajar. Elegimos uno de los pocos sitios parejos del campo para armar tres piletones escalonados. El agua caería al primero, lo llenaría y antes de alcanzar el nivel máximo se volcaría por un caño al segundo, y mediante el mismo mecanismo, al tercero.

Empleamos un mes en la obra. Hubo también que desviar hasta allí el arroyo con un canal de veinte metros más o menos.

Todas las noches, mientras duró la construcción, me acostaba rendido, descubriendo en mi cuerpo músculos desconocidos que se hinchaban de golpe con gran dolor.

Debo confesar que me gustaba aquello: llegar al límite de las fuerzas, sentir la piel mojada, tomar un respiro entre balde y balde de portland y mirar hacia el monte, que chorreaba colores y luz.

Cuando largamos el agua y todo funcionó a la perfección, no pude contener un grito de alegría.

Compré dos mil alevinos en la estación de piscicultura y los llevé hasta mis piletas, en cuatro grandes bolsas de plástico, parecidas a las que dan en los acuarios para los peces domésticos.

Vi a mis minúsculas truchas desaparecer en los piletones. Ése fue uno de los raros contactos que tuve con ellas.

La trucha es un pez arisco, voraz, con una forma especial para lograr velocidad y músculos terribles que remontan una corriente vertical de miles de litros por segundo. Parece un animal preparado por expertos en un laboratorio secreto; el prototipo fórmula uno de los peces. La única condición que pide para sobrevivir es agua limpia y oxigenada. Si el agua donde vive se enturbia, emigra. Si no puede emigrar, muere.

Pero yo no debía temer. Mi rebaño estaba dispuesto en partes iguales dentro de las tres piletas. El manantial tenía un caudal más que suficiente para darles la oxigenación necesaria; el agua nunca desbordaba, se derramaba por un caño (tapado por una red de alambre para que no escaparan) y así alimentaba sucesivamente todas las piletas, hasta que quedaba libre y se despeñaba por el barranco.

Llegó el verano y empezaron las lluvias. Con Severo pasábamos lentas tardes en la galería de mi casa, esperando una tregua de las tormentas. Cuando escampaba, corríamos como locos con nuestros machetes a desmalezar el cerro. Diez, quince minutos trabajábamos con fiebre de máquinas y otra vez se largaba una lluvia torrencial que nos obligaba a volver.

Las piletas se hallaban a unos cien metros de la casa; al alba yo les llevaba de comer a las truchas. A veces permanecía horas completas bajo la llovizna, contemplando cómo hacían hervir a borbollones la superficie cuando les arrojaba la comida. En las orillas crecían unas begonias que daban flores de nácar y selvas de helechos culandrillos, con hojas como manchas de acuarela suspendidas en el aire. Del arroyo emanaba una luz lánguida y dulce que me provocaba adicción y me dejaba doliendo el pecho largo rato.

Aquel día, preparé un balde lleno con lombrices y lacatos y otro con alimento balanceado y caminé hasta el criadero. Lo primero que noté fue un cambio en la topografía. Faltaba algo. Conté los árboles y me pareció que estaban todos. Entonces descubrí justo sobre la primera pileta una extensión de más o menos treinta metros cuadrados completamente pelada. No había ni un yuyo. Como si alguien hubiera herido al cerro, dejándolo sangrar toda esa arcilla roja. Durante la noche se había desmoronado parte de la ladera y el aluvión había caído justo encima de mis truchas, que agonizaban. Eso no fue todo: el volumen de agua había superado las posibilidades de contención de los recipientes y el cemento cedió. En los tres piletones se abrieron enormes rajaduras y el nivel bajaba minuto a minuto. Esa tarde las truchas que aún seguían vivas chapoteaban en los pequeños charcos marrones.

Sentí ganas de llorar.

* * * * *

Por la tarde fui a ver a mi vecino ingeniero. Le conté la desgracia, creo que con cierto tono de reproche. Él escuchó mi relato y después se hizo un pesado silencio.

—Quiero vender el campo —anuncié. Lo dije como exigiéndole ayuda.

González chupó el último humo del cigarro y lo dejó salir tranquilamente por la nariz y por la boca.

—Va a ser difícil —dijo.

—¿Por qué? —la voz se me quebró por los nervios—. Usted mismo decía hace unos meses que no hay mejor lugar que mi barranca para la cría de truchas.

—Y es cierto —concedió—. Pero hay que buscar quien necesite criar truchas. ¿Usted conoce?

—No —suspiré y miré los cerros—. No conozco.

González me palmeó la espalda.

—El dinero es una cosa y la tierra es otra. Con el dinero usted elige y compra lo que se le da la gana. La tierra hay que trabajarla y no siempre rinde. Qué va a hacer. Este país es así. Por eso pocos se desprenden de la plata.

—Sí —dije yo.

—¿Por qué no hace algo, mientras no aparece comprador? Ponga los peces que quedan vivos en la parte del arroyo que no está sucia. Ciérreles el paso con una rejilla, arriba y abajo. Eso no cuesta mucho.

Decidí hacerle caso.

Fuimos con Severo a los piletones y trasladamos a puñados las truchas que ya se estaban asfixiando. Lo más rápido que pude, soldé dos pedazos de alambre tejido a unos marcos de hierro y los coloqué en ambos extremos de mi propiedad, sujetos entre unas rocas del arroyo.

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