Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

Al día siguiente fue a trabajar sin haber podido contestar a las preguntas de Naomi y Clarice. Llamó varias veces a casa para saber si Faith había vuelto, pero siempre saltaba el contestador. Sabía que no contestaría aunque estuviese allí, pero tenía que intentarlo.

Más de una vez tomó el teléfono para llamar a un detective privado, pero no lo hizo.

Aquella noche le explicó a Naomi y Clarice que Faith y él habían tenido una discusión y ella se había marchado un par de días. Su madre se alarmó, lógicamente y Stone tuvo que asegurarle que volvería pronto.

Y volvería. Aunque él tuviera que marcharse.

Pasaron cinco días y Faith tuvo que reconocer por fin que Stone no iría a buscarla. Si hubiera querido encontrarla lo habría hecho, estaba segura.

No la quería.

La recepcionista de Eliza le había ofrecido una habitación en su apartamento y Faith estaba llorando sobre la almohada. Tenía que dejar de llorar. ¿No había llorado suficiente como para llenar una bañera?

Era hora de llamarlo, se dijo. Para decirle que volvería y seguiría viviendo en su casa durante un año, como habían acordado. Pero se mudaría al apartamento de su madre. De esa forma evitaría a Stone cada noche.

Pero no podía imaginar cómo iba a poder soportar aquel año.

La gente no muere de un corazón roto, de modo que se pondría a estudiar. Los estudios la mantendrían a flote.

O eso esperaba.

No podía abandonar. Tenía responsabilidades y una vez que tuviera un título podría encontrar un buen trabajo para mantener a su madre.

Y si trabajaba mucho podría olvidar al hombre que amaba.

Y que no la amaba a ella.

Stone entró en la oficina de su madre, rezando para que Faith siguiera trabajando allí.

La sorpresa en el rostro de la recepcionista lo habría divertido en otro momento, pero no aquel día. Aquel día solo estaba concentrado en encontrar a su mujer.

Cuando iba por el pasillo, vio salir a su madre del despacho.

—¡Stone! ¿Qué haces aquí?

De repente, Stone se dio cuenta de lo pequeña y frágil que parecía. Siempre le había parecido una mujer formidable y, sin embargo…

—He venido para buscar a mi mujer.

—Será mejor que entres en mi despacho.

Entraron en un despacho parecido al suyo, pero más femenino. Decorado, por supuesto, por el mejor decorador de Nueva York.

Eliza se sentó en un sofá, en lugar de hacerlo tras el escritorio, y su hijo se sentó frente a ella.

Stone respiró profundamente antes de hablar. Le costaba mucho tener que decirle aquello a su madre.

—Faith me ha dejado.

—Lo siento. Me cae muy bien tu mujer.

—A mí también. Y quiero que vuelva.

—No siempre conseguimos lo que queremos. ¿Por qué quieres que vuelva?

—Porque sí —contestó él. No podía decir lo que sentía en voz alta. No era capaz de hacerlo—. Es mi mujer.

—No creo que eso la convenza. ¿Por qué se ha marchado?

—Tuvimos una discusión y he venido porque… necesito que me ayudes.

—¿Por qué iba a ayudarte?

—¡Porque eres mi madre!

—Ah, qué interesante que recuerdes eso ahora. Mira, Stone, al principio creí que ese matrimonio era una farsa, pero al veros juntos me di cuenta de que era real. Y me gusta mucho Faith, creo que es perfecta para ti.

—Es perfecta. Pero no me he dado cuenta hasta que era demasiado tarde.

—No estarás intentando convencerme por las condiciones que te puse para heredar la empresa ¿verdad?

—En este momento, nada me interesa menos que tu empresa, madre. Si Faith vuelve conmigo, se la puedes dar al primero que pase por la calle.

Eliza levantó una ceja.

—Lo dices en serio —murmuró.

—Muy en serio. Y no te habías equivocado. Faith y yo llegamos a un acuerdo. Me casé con ella para cumplir tus condiciones y ella se casó conmigo para que su madre tuviera los cuidados que necesita.

—Algo de lo que tú ya te encargabas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él, sorprendido.

—He investigado un poquito por mi cuenta. Imagina mi sorpresa cuando descubrí que estabas manteniendo a las Harrell.

—Faith también se quedó sorprendida —confesó Stone—. Se enteró hace un par de meses.

—¿Y te dijo que no quería que siguieras pagando sus gastos?

—Sí, pero eso ya da igual. Solo quiero que vuelva conmigo.

—A lo mejor no quiere volver contigo. ¿Qué has hecho para que se fuera? —preguntó Eliza, que era famosa por no perder el tiempo.

—Pues… le hice creer que no la quería —dijo Stone, después de aclararse la garganta.

—Ya veo —murmuró su madre, juntando las manos—. ¿Y qué quieres que haga, convencerla de que la quieres?

—Lo único que quiero es una oportunidad para hablar con ella. Si después sigue queriendo alejarse de mí, de acuerdo.

—Perderías la empresa —le recordó Eliza.

—¡Me importa un bledo la empresa! Incluso vendería Lachlan si así pudiera recuperar a Faith.

Ambos se quedaron en silencio después de tan sorprendente declaración. Su madre se levantó y a Stone se le encogió el corazón. No iba a ayudarlo.

Muy bien. Se sentaría en la acera para esperar a Faith.

Su madre pulsó entonces el intercomunicador.

—Hallie, dile a Faith que venga, por favor.

—Sí, señora Smythe.

Un minuto después se abrió la puerta y Faith entró en el despacho. Al verlo, se detuvo. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando.

—¿Me has llamado? —le preguntó a su madre, ignorándolo.

—Tienes visita —dijo Eliza.

—Aquí no hay nadie a quien yo quiera ver.

Stone tuvo que hacer un esfuerzo para no tomarla en sus brazos. Y era evidente que Faith se marcharía sin hablar con él si su madre no hacía algo. La ironía de la situación era desesperante.

¿Cómo era posible que su madre, ausente durante tantos años, pudiera ayudarlo a resolver la situación más complicada de su vida?

—Faith, mi hijo es un nombre muy listo para algunas cosas, pero para otras no tanto —dijo ella entonces—. Pero como yo he contribuido a su deseo de protegerse y evitar compromisos, me siento obligada a reparar el daño. ¿Quieres escucharlo, por favor?

—Eso es todo lo que quiero, Faith. Solo hablar contigo. Después, si sigues queriendo marcharte, no te detendré.

En sus ojos vio vacilación, dudas, pena y esperanza mezcladas.

—De acuerdo —dijo ella, casi sin voz.

Capítulo 9

—¿Por qué no contrataste a alguien para buscarme? —preguntó Faith.

Estaba mirando al suelo porque temía que Stone viera el amor que sentía por él reflejado en sus ojos. Y no pensaba dejar que le pisoteara el corazón de nuevo.

—Yo había cometido un error y yo tenía que enmendarlo.

—Podrías haberme enviado flores o haberme pedido que volviera a casa.

—Cariño, yo te regalaría joyas… todo lo que quisieras. Pero eso son cosas materiales y estaba seguro de que no era la forma de llegar hasta tu corazón.

—Me parece que mi corazón no ha tenido nada que ver con nuestro matrimonio.

No había podido esconder la nota de angustia en su voz al decir aquello y Stone hizo una mueca.

—Al principio, también yo lo pensaba. Pero me he dado cuenta de que tu corazón es esencial no solo para este matrimonio sino para mí. Y también sé que debo darte el mío a cambio… porque se está secando sin ti, Faith.

Ella levantó la cara.

—No tienes que decir eso. Ya he decidido que debo volver y cumplir mi parte del trato.

—¿Cómo puedo convencerte de que te quiero? ¿Cómo puedo convencerte de que necesito tu amor?

—¡No digas eso! Acabo de decirte que voy a cumplir el trato.

—No hay ningún trato, Faith. Ya no hay ningún trato. Le he dicho a mi madre que puede darle la empresa a quien le dé la gana. No la quiero si eso significa que no voy a tenerte.

El corazón de Faith empezó a latir acelerado. Pero no se atrevía a albergar esperanzas.

—No puedes hacer eso. Esta empresa lleva generaciones en tu familia.

«Y parte de tu sueño es volver a reunir a tu familia».

—¿Que no? —la retó Stone, abriendo la puerta—. Madre, ¿puedes entrar un momento?

Eliza apareció en el despacho, interrogante.

—¿Sí?

—¿Qué te he dicho antes de que entrase Faith?

Su madre lo miró, perpleja.

—Que ya no deseabas la empresa. Creo que tus palabras exactas fueron: «Vendería Lachlan si así pudiera recuperar a Faith».

Faith estaba tan pálida que Stone dio un paso adelante para sujetarla. Su madre volvió a salir del despacho y cerró la puerta tras ella.

Pero Stone apenas se dio cuenta. Estaba muy ocupado ayudando a Faith a sentarse en el sofá.

Olía como siempre, a ese perfume que lo volvía loco.

—Cuánto te he echado de menos —murmuró con voz temblorosa—. ¿Faith?

Ella levantó la cara.

—Crees que soy demasiado joven para entender la diferencia entre el amor y el sexo.

—No es verdad —dijo Stone, mirándola a los ojos—. Lo cierto es que yo tenía miedo de que fueras demasiado joven. Sentía que estaba aprovechándome de ti… que no habías conocido a ningún hombre y no podrías saber si me amabas de verdad. Pero quisiera reconocerlo o no, estaba enamorándome de ti. Y tenía miedo, Faith. Tenía miedo de que, dentro de unos años, tú encontrases a otra persona. Tenía miedo de creer en las palabras «para siempre». Pero ahora me da igual que seas demasiado joven —añadió, tragando saliva—. Porque lo que hay entre tú y yo es amor.

Vio que el rostro de Faith se transformaba, que la angustia desaparecía.

—Te quiero, Stone. Para siempre.

—Para siempre —repitió él—. Yo también te quiero, Faith.

Entonces buscó su boca, ansioso, desesperado. Había creído que jamás volvería a besarla…

—Te querré mientras viva.

—No pasa nada si no quieres tener hijos. Nos tendremos el uno al otro.

—Gracias, pero he cambiado de opinión. Quiero tener hijos contigo. Quiero estar ahí cuando nazcan y cada día de sus vidas. Quiero ver la cara de tu madre cuando le pongamos a su primer nieto en los brazos.

—Y la de tu madre, Stone —dijo Faith, con los ojos llenos de lágrimas.

—Y la de mi madre —repitió él—. Supongo que va a restregarme esto durante el resto de mi vida.

Pero su tono era cálido. Había descubierto que podía aceptar el pasado y superarlo. Sabía que su madre y él tendrían que hablar, pero también sabía que ya no importaba. Eliza Smythe sería parte de su futuro y del de sus hijos.

—¿Dónde has estado estos días?

—En casa de una amiga —sonrió Faith, apoyando la cara en su pecho—. La recepcionista de tu madre, por cierto.

—Ah, por eso me ha mirado como si hubiera visto un fantasma.

—Tendremos que comprarle almohadas, Stone. He llorado tanto en las suyas que las he dejado destrozadas.

Él acarició su cara.

—No más lágrimas. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Stone volvió a besarla.

—Te quiero tanto… y te deseo, Faith. Quiero que empecemos a hacer niños ahora mismo.

—¡Aquí no! —exclamó ella.

—Algún día será mi despacho —le recordó él.

—Pero aún no lo es.

Stone rió, embriagado por su perfume, por su voz.

—Entonces vámonos a casa para que pueda enseñarte cuánto te necesito, esposa mía.

Fin