La nariz de un notario – Edmond About

—Amigo mío—le dijo el marqués,—os asustáis de peligros imaginarios. Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecéis también, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. El ministerio público cierra los ojos cuando se trata de nuestras querellas, y no hay justicia que valga. Comprendo que se metan un poco con los periodistas, los artistas y otros seres de condición inferior cuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentes que tienen puños para batirse, y que basta con creces esta arma para vengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero se conduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nada dice. Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dejé el servicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios; y, sin embargo, ¿habéis leído mi nombre alguna vez en la Gaceta de los Tribunales?

M.Steimbourg hallábase menos ligado con M. L’Ambert que el marqués de Villemaurin; no tenía, como éste, todos sus títulos de propiedad en el estudio de la calle de Varneuil desde hacía cuatro o cinco generaciones. No conocía a aquellos dos caballeros más que del círculo y de la partida de whist, y tal vez también por algunos corretajes que le habían hecho ganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, a su vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle en su aflicción. A su entender, M. de Villemaurin ponía las cosas peor de lo que ya estaban: existían otros recursos. Decir a M. L’Ambert que quedaría desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado pronto de la ciencia.

—¿De qué nos serviría haber nacido en el siglo xix, si el menor accidente hubiera de ser, como antaño, un mal irreparable? ¿Qué superioridad tendríamos entonces sobre los hombres de la Edad de Oro? No blasfememos del nombre sacrosanto del progreso. La cirugía operatoria se halla, gracias a Dios, más floreciente que nunca en la patria de Ambrosio Paré. El buen doctor de Parthenay nos ha citado los nombres de ciertos ilustres maestros que descuellan por la habilidad con que reparan con éxito las injurias que sufre el cuerpo humano. Ya estamos a las puertas de París; enviaremos a preguntar a la farmacia más próxima, y en ella nos darán la dirección de Velpeau o de Huguier; vuestro lacayo irá a buscar en seguida a cualquiera de estas dos eminencias, y os lo traerá a vuestra casa. Tengo la seguridad de haber oído decir que los cirujanos rehacen un labio, un párpado o una oreja: ¿es acaso más difícil restaurar una nariz?

Por muy vaga que fuese esta esperanza, reanimó, sin embargo, al infeliz notario, que había dejado de sangrar hacía ya media hora. La idea de volver a ser lo que era y de reanudar el curso normal de su vida, prodújole una especie de delirio. ¡Qué verdad es que nadie sabe apreciar la dicha de estar completo hasta que no la ha perdido!

—¡Ah, amigos míos!—exclamó frotándose las manos de esperanza,—mi fortuna pertenece al hombre que me cure. Por grandes que sean los tormentos que me esperen, los sufriré gustoso si me garantizan el éxito. ¡Ni el dolor ni los gastos me harán retroceder!

Animado de estos sentimientos llegó el notario a su casa de la calle de Verneuil, mientras buscaba su lacayo la dirección de los cirujanos más célebres. El marqués y Steimbourg le condujeron a su cuarto, y se despidieron de él, el uno para ir a tranquilizar a su mujer y a sus hijas, que no le habían vuelto a ver desde la víspera, y el otro para correr a la Bolsa.

Solo consigo mismo, ante un espejo de Venecia que le mostraba sin piedad su nueva imagen, cayó Alfredo L’Ambert en un abatimiento profundo. Aquel hombre fuerte, que no lloraba jamás en el teatro por ser cosa propia de las gentes del pueblo; aquel gentleman de frente bronceada, que había enterrado a sus padres con la impasibilidad más serena, lloró la mutilación de su bella persona, y se bañó en lágrimas de egoísmo.

Su lacayo vino a arrancarle de su amargo dolor prometiéndole la visita de M. Bernier, cirujano del Hospital, miembro de la Sociedad de Cirugía y de la Academia de Medicina, profesor de clínica, etc., etc. El criado había ido a buscar al más próximo, y no anduvo desacertado, porque M. Bernier, si bien no estaba a la altura de los Velpeau, los Manee y los Huguier, ocupaba un lugar muy honroso inmediatamente después de ellos.

—¡Que venga!—exclamó M. L’Ambert.—¿Por qué no está aquí ya? ¿Creen, por ventura, que me encuentro en situación de esperar?

Y se echó a llorar de nuevo. ¡Llorar en presencia de sus domésticos! ¿Es posible que un sablazo modifique en tales términos las costumbres de un hombre? Seguramente era preciso que el arma del buen Ayvaz, al cortar el canal nasal, hubiese conmovido el saco lagrimal y los tubérculos mismos.

Enjugose el notario los ojos para leer un grueso volumen en 12º, que le habían traído con urgencia de parte de M. Steimbourg. Era la Cirugía operatoria, de Ringuet, excelente manual enriquecido con unos trescientos grabados. M. Steimbourg había comprado el libro, al dirigirse a la Bolsa, y se lo enviaba a su cliente para tranquilizarle sin duda.

Pero el efecto que le produjo su lectura fue muy otro de lo que se había supuesto. Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientas páginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable de ligaduras, amputaciones, resecciones y cauterizaciones, dejó caer el libro y se echó en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas esta precaución no evitole seguir viendo pieles seccionadas, músculos separados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesos aserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de los operados que se ven en los dibujos anatómicos, parecíanle tranquilos, resignados, insensibles al dolor, y preguntábase si tal dosis de valor podía ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Seguía viendo, sobre todo, al cirujano de la página 89, todo vestido de negro, con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantástico ser tiene la cabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmero y seriedad los dos huesos de una pierna viva.

—¡Monstruo!—exclamó, sin poder contenerse, M. L’Ambert.

Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y el criado anunció a M. Bernier.

El notario retrocedió, reculando, hasta el rincón más oscuro de su cuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, y extendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo. Castañeteando los dientes, murmuró con voz sofocada, como en las novelas de Javier de Montepin:

—¡Él! ¡él! ¡él!

—Caballero—dijo el doctor,—siento haberos hecho aguardar, y os suplico que os calméis. Ya conozco el accidente de que acabáis de ser víctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nada podremos hacer si tenéis miedo de mí.

La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los oídos franceses. M. L’Ambert descargó con el pie un fuerte golpe sobre el suelo, avanzó decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risita demasiado nerviosa para ser natural.

—¡Vamos, doctor! tenéis, al parecer, ganas de broma. ¿Tengo cara, por ventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance esta mañana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras os estaba esperando, he hojeado un libro de cirugía, y acababa en este momento de ver en él la figura de un cirujano que tiene cierto parecido con vos, cuando, al entrar, me habéis hecho el efecto de un aparecido. Añadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta mañana, y quién sabe si acaso también algún movimiento febril, y me perdonaréis lo que de raro hayáis notado en la acogida que os hice.

—¡En hora buena!—dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.—¡Ah! ¡leíais a Ringuet! Es muy amigo mío. Recuerdo, efectivamente, que me hizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveillé. Pero sentaos, por favor.

Calmose un poco el notario y refirió al doctor los acontecimientos de la jornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo así, habíale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.

—Es una gran desgracia—observó el cirujano,—pero es posible repararla en el término de un mes. Supuesto que tenéis en vuestro poder el libro de Ringuet, poseeréis seguramente algunas nociones de cirugía.

M.L’Ambert confesó que no había llegado aún a ese capítulo.

—Pues bien—replicó M. Bernier,—voy a condensároslo en cuatro palabras. La rinoplastia es el arte de rehacer la nariz a los imprudentes que la han perdido.

—¿Pero es de veras, doctor?… ¿es posible ese milagro?… ¿Ha encontrado la cirugía la manera de…?

—Ha encontrado tres sistemas nada menos. Descartemos el método francés, pues no lo considero aplicable al caso vuestro. Si la pérdida de sustancia fuese menos considerable, podría despegar los bordes de la herida, avivarlos, ponerlos en contacto y unirlos de primera intención. Mas no hay que pensar en esto.

—De lo que me alegro infinito—contestole el notario.—No podéis imaginaros, doctor, hasta qué punto la idea de heridas avivadas y de bordes suturados me descomponen los nervios. ¡Examinemos otros medios más suaves, yo os lo ruego!

—La cirugía raramente procede con dulzura; pero, en fin, os queda la elección entre el sistema indio y el italiano. El primero consiste en cortar en la piel de vuestra frente una especie de triángulo, con el vértice hacia abajo y la base hacia arriba, con el cual se fabrica la nueva nariz. Se despega este trozo de piel en toda su extensión, salvo el vértice inferior que debe permanecer adherido. Se le hace girar sobre este vértice, a fin de que me quede siempre hacia fuera la epidermis, se le rebate hacia abajo y se cosen sus bordes a los de la herida. En otros términos, puedo haceros otra nariz bastante presentable a expensas de vuestra frente. El éxito de la operación es casi cierto; pero siempre conservaréis en la frente una extensa cicatriz.

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