La nariz de un notario – Edmond About

Levantó melancólicamente la cabeza el señorito L’Ambert, y contestole con acento dolorido:

—Doctor, ¿perderé la nariz?

—No, señor, no la perderéis. ¡Válgame Dios, caballero! ¿cómo podríais perderla de nuevo, si la habéis perdido ya?

Y mientras se expresaba de esta suerte, vertía el agua de Brocchieri sobre una compresa.

—¡Cielos!—exclamó de repente,—tengo una idea, caballero. Puedo responderos del órgano tan útil como agradable que acabáis de perder.

—¡Hablad pronto, por favor! Mi fortuna será entera para vos. ¡Ah, doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.

—Eso suele decirse… ¡pero vamos a ver! ¿dónde está el trozo de nariz que os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, o de M. Huguier; pero trataré de hacer volver las cosas a su primitivo estado.

El señorito L’Ambert levantose precipitadamente, y corrió al lugar de la lucha, seguido del marqués y de M. Steimbourg. Los turcos, que se paseaban juntos y cariacontecidos, porque el fuego de Ayvaz-Bey habíase extinguido en un segundo, aproximáronse también a sus antiguos enemigos. Hallose sin trabajo el lugar donde los combatientes habían pisoteado la fresca y naciente hierba; recuperáronse las gafas de oro, pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio, vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que se relamía con placer los labios ensangrentados.

—¡Maldición!—exclamó el marqués, señalando al animal.

Todo el mundo comprendió el gesto y la exclamación.

—¿Será tiempo todavía?—preguntó el notario.

—Tal vez—contestó el médico.

Y todos corrieron hacia el gato. Pero el astuto animal no estaba por dejarse cazar, y corrió a su vez como alma que lleva el diablo a sus talones.

Jamás había visto el pequeño bosque de Parthenay, ni volverá a ver tampoco, una caza semejante. Un marqués, un agente de cambio, tres diplomáticos, un médico de aldea, un lacayo con gran librea y un notario sangrando en su pañuelo, lanzáronse a carrera abierta tras un miserable gato. Corriendo, gritando, arrojándole piedras, ramas secas, y cuantos objetos encontraban al alcance de sus manos, atravesaron los caminos y los claros, y se internaron, bajando la cabeza, en los sitios más espesos del bosque. Ya agrupados, ya dispersos; unas veces escalonados sobre una línea recta, y otras formando círculo alrededor de la bestia; apaleando las malezas, sacudiendo los arbustos, trepando a los árboles, destrozándose el calzado con las raíces y troncos, y dejándose jirones de ropa entre las ramas de los arbustos, arrollábanlo todo como una tempestad; pero el gato endiablado corría más que el viento. En dos ocasiones lograron encerrarlo en un círculo, y otras tantas logró escapar, forzando el cerco. Un momento pareció como rendido de fatiga y de dolor, al caer de costado por querer saltar de un árbol a otro, siguiendo el camino de las ardillas. El lacayo de M. L’Ambert lanzose veloz sobre él, alcanzolo en pocos saltos y lo agarró por la cola. Pero el tigre en miniatura conquistó su libertad mediante un terrible zarpazo, y escapó fuera del bosque.

Entonces comenzó la persecución a través de la llanura. Si largo era el camino que llevaban ya recorrido, inmensa era la planicie que, en forma de tablero de ajedrez, se extendía delante de los cazadores y de su codiciada presa.

El calor era sofocante; gruesos nubarrones negros se amontonaban por occidente; el sudor corría copioso por todas las frentes; pero nada fue capaz de detener el furor de aquellos ocho hombres.

M. L’Ambert, lleno todo de sangre, no cesaba de animar a sus compañeros con el gesto y con la voz. Los que nunca han visto a un notario corriendo tras sus narices no podrán hacerse cargo de su ardor. ¡Adiós frambuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba la cosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias, brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados. Sorprendidos los campesinos por la invasión de aquel azote nunca visto, arrojaban las regaderas, llamaban a sus vecinos, reclamaban el auxilio de los guardias rurales, exigían que les indemnizasen los daños y perjuicios, y lanzábanse en persecución de los cazadores.

¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo. ¡Cubos! ¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad de recuperar las narices del señorito L’Ambert intactas o poco menos. Mas ¡ay! que este pozo no es un pozo como todos los demás. Es la boca de una cantera abandonada cuyas galerías forman una vasta red de más de diez leguas, y se extienden en todas direcciones, hallándose en comunicación con las catacumbas de París.

Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos las indemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajo una lluvia torrencial.

Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y ya recuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L’Ambert.

—Caballero—le dijo,—lamento sinceramente que mi obstinación haya llevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gota siquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella, pues no podría verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Sois testigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estos señores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que este accidente no sea del todo irreparable. El médico de esta aldea nos ha recordado que existen en París cirujanos más hábiles que él; creo haber oído decir que la cirugía moderna poseía secretos infalibles para restaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L’Ambert aceptó, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que le tendía su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain en compañía de sus dos amigos.

III.-Donde defiende el notario su pellejo con más éxito

El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay. Aquel bribón empedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que al placer de haber conducido a su cliente a la victoria.

—¡En verdad que me agrada la manera que tenéis de arreglar a las personas!—le dijo al bueno de Ayvaz.—Bueno es saber cómo las gastáis. Si alguna vez os piso un pie, me apresuraré a pediros mil perdones en el acto. Ese pobre señor se verá negro si quiere tomar rapé. ¡Vamos, vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante mí que los turcos son unos torpes, ya sabré qué responderle. ¿No os dije que os daría buena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que le ocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni por casualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salga ileso… ¡Arre, pajarita! ¡vamos, que conduces a un héroe! ¡Hoy te envidiarían los caballos de los césares de Roma!

Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos, y el cochero, en vista de que sus palabras no hacían gracia, adoptó el prudente partido de callarse.

En otro carruaje infinitamente más elegante y mucho mejor entroncado, lamentábase el notario en presencia de sus dos amigos.

—Todo concluyó para mí—les decía;—soy hombre muerto; no me queda otro recurso que saltarme la tapa de los sesos. ¿Cómo presentarme de nuevo en sociedad, en la Opera, ni en ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezca ante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unos la risa y en otros la compasión?

—¡Bah!—respondiole el marqués,—la gente se acostumbra a todo. Y, en último caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.

—¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis, por ventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en el estado en que me encuentro?

—¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que había perdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror de los maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con una buena muchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizo dichoso por completo.

No debió de parecerle al notario demasiado consoladora semejante perspectiva, porque exclamó con acento desesperado:

—¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

—¡Demontre!—exclamó el marqués,—¡qué importancia concedéis a las mujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosas agradables. ¡Se dedica uno a mirar por su salud, qué diablo! A encarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a hacer bien a su prójimo, a llenar los deberes de su estado. ¡No es preciso poseer una nariz prominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buen notario!

—¡Notario!—replicó él con amargura poco disimulada,—¡notario! En efecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero gentleman, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias, un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy sólo soy un notario. ¿Y quién sabe si lo seguiré siendo mañana? Una indiscreción del lacayo bastaría para divulgar esta estúpida aventura. Con dos palabras que diga cualquier periódico, la justicia se verá obligada a perseguir a mi adversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, señores. Y heme entonces aquí conducido ante el tribunal correccional, y teniéndole que referir dónde, cuándo y por qué he perseguido a la señorita Victorina Tompain. Suponed un escándalo semejante, y decidme si el notario podrá sobrevivirle.

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