La escala del tiempo – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Miré el libro, con el rostro de Mickiewicz repujado en su tapa

-Y las cartas -añadió en tono amenazador.

-Al infierno con sus cartas.

-Entonces, esperaremos a que ellos vengan a buscarlas. Vendrán sin falta. Tienen que hacerlo.

-¿Quiénes son ellos? -pregunté.

-¡Ssst! -susurró, y escuchó, tendiendo su cabeza de una forma rara, no como un hombre sino más bien como el oído en el cuento de hadas de Grimm. Yo no podía oír nada. El silencio mezclado con el sonido de la lluvia del exterior me rodeaba.

-¿Ha entrado alguien? -pregunté.

-Ni un sonido -respondió en un susurro-. Aún no han entrado. Ahora están abriendo la puerta con una llave maestra. Han cruzado el descansillo. Vienen.

Dijo esto último de una forma casi inaudible, apenas moviendo los labios. Pude oír el débil golpear de tacones con protecciones metálicas en el pasillo.

-Quédese ahí. Yo iré tras la cortina. Bajo ninguna circunstancia debe decirles dónde estoy. Y no tenga miedo, no empezarán a disparar. Necesitan las cartas. Dígales que están en la cómoda junto al diván ¿De acuerdo?

Asentí. Moviéndose con la misma facilidad y ligereza que un fantasma, desapareció tras la cortina que dividía la habitación en su rincón más lejano. Yo me quedé sentado en la misma posición, esperando lo peor.

Dos hombres con gabardinas mojadas entraron en la habitación, empuñando metralletas. Uno de ellos llevaba un sombrero muy deformado encasquetado hasta los ojos. El otro tenía un semblante oscuro y no iba afeitado, con su húmedo pelo cayéndole en bucles. Se agitó como un perro cuando sale del agua.

-¿Dónde está Ziga? -preguntaron a la vez, en polaco. Entonces comprendí por qué al ciego no le había sorprendido que yo fuera polaco. Dije lo primero que se me ocurrió:

-Estoy esperándole.

El que iba sin afeitar miró a su alrededor por la habitación y, repentinamente, disparó una ráfaga de su metralleta a los pliegues de la cortina. Esperé oír gritos, gemidos, pero no ocurrió nada. Entonces ambos se volvieron hacia mi.

Éste es el fin, pensé, y apenas pude articular:

-¿Vienen a por las cartas? Están en la cómoda.

-¿Dónde?

Señalé hacia la cómoda situada junto al diván.

-Vaya y ábrala -me ordenó el que iba sin afeitar. Fui, y con manos temblorosas que ya no podía controlar abrí un cajón.

En el fondo del mismo había un montón de sobres blancos alargados. El que iba sin afeitar me empujó a un lado con su metralleta y miró al interior.

-Están aquí -dijo, y sonrió. No tuvo oportunidad de decir más. El clic familiar sonó vanas veces desde detrás de la cortina, y tanto el hombre del sombrero como su amigo sin afeitar cayeron al suelo, casi simultáneamente. No recuerdo qué fue lo que golpeó primero el suelo: si sus cabezas o las metralletas que se les escaparon de las manos.

-Se acabó. -El ciego salió de detrás de la cortina, sonriendo.

Tocó primero a uno, luego al otro, con el pie, y después se echó hacia atrás, como un bañista que prueba la temperatura del agua.

-Lo ha hecho bien, y hasta se ha ganado un premio, señor desconocido -dijo, entregándome lo que parecía una moneda grande-. Tome esto. Esta medalla puede llegar a serle útil «Vivió para su patria, murió por su honor» -Se echó a reír, y luego, repentinamente, volvió a susurrar, de nuevo escuchando algo-: Ya vienen a por mí. No salga conmigo, voy por la oscuridad como un gato. Salga un minuto o dos después que yo. Dejaré la puerta abierta. Y no se retrase. Un encuentro con la policía en estas circunstancias no le resultaría muy agradable.

Tomó de sobre la mesa el libro que contenía las cartas y, sin echarse nada encima salió de la habitación. Sus pasos no vacilaron. Nada crujió en el pasillo, ni las maderas del suelo ni la puerta. Se movía completamente en silencio.

Esperé dos minutos, examinando la medalla que había recibido: un disco de bronce mate que llevaba en un lado el relieve de una cabeza con una corona de laurel, como la de un emperador romano, y en el otro una muchacha ataviada con una túnica que abrazaba una urna sobre un adornado pedestal. Alrededor de la cabeza imperial había una inscripción que decía: Josef Xiaze Poniatowski. Alrededor de la muchacha con la túnica estaban las palabras que ya había oído aquella tarde: Zyl dla oyczyzny, umarl dla slawy ¿Poniatowski? ¿Qué es lo que sabía de él? Un mariscal napoleónico emparentado con el último rey de Polonia, un gran jefe miliar y un fracasado político al que Napoleón le negó la ansiada corona polaca. Bonaparte le engañó, no se restauró Polonia como nación, y hasta en el apresuradamente creado Ducado de Varsovia, a Poniatowski solamente se le dio el ministerio de la guerra. Murió espléndidamente en una de las campañas napoleónicas, olvidado por el emperador, cuyo trono estaba empezando ya a tambalearse. No fue Bonaparte, sino sus propios compatriotas polacos los que habían acuñado esta medalla, inscribiéndola con las palabras «Vivió para su patria, murió por su honor». Esta medalla debía tener un gran atractivo para ciertos emigrantes polacos contemporáneos, pero no para mi. Era inexacta, falsa ¿Por qué honor? ¿De quién? También los traidores han muerto por su honor, incluso Eróstrato. Sonreí interiormente ante el sentimiento con el que se me había entregado la medalla. ¿Cuándo y cómo podía llegar a serme de utilidad?

Me la metí en el bolsillo y, sin echar una mirada a los cadáveres, salí de la habitación. La puerta de la calle estaba entreabierta, chirriando sobre sus goznes. Me encontré en una calle vacía, con el repiqueteo del agua sobre el asfalto y la amarillenta luz de las farolas brillando entre las gotas de lluvia. De nuevo corrí al otro lado de la calle, hasta el alero bajo el que se encontraba Leszczycki. Aún estaba allí, contemplando los chorros de agua que danzaban frente a una luz. Y de nuevo me pareció que la cortina de lluvia se duplicaba, como si yo fuera un hombre que lo ve todo doble tras sentirse sobrecogido por un vértigo.

* * * * *

Miré mi reloj: las diez menos cinco, ¡Qué extraordinario! Pero si al menos había pasado media hora con Ziga. Me llevé el reloj al oído. Seguía funcionando.

-Aún llueve -dijo Leszczycki sin mirarme-. Y no hay taxis.

-Allí hay uno. Vamos -dije, y me adelanté para parar al taxi mientras surgía de la oscuridad.

-Yo no voy -dijo, rehusando-. No me gustan los coches amarillos.

No traté de persuadirle. Subí al coche y le di la dirección al conductor. Éste es un mundo libre, que se quede ahí si quiere hasta calarse. Entonces lamenté no haber tomado su dirección, después de todo, era un hombre divertido. Pero pronto me olvidé de él. Dentro del coche se estaba caliente, la velocidad a la que viajábamos me amodorraba, y mis pensamientos comenzaron a hacerse confusos. Traté de recordar lo que había pasado antes de mi encuentro con Ziga y no pude. Alguien había disparado, alguien había atacado a alguien. Quizá Leszczycki me lo había estado contando y lo había olvidado. Me parecía que en realidad me había estado explicando algo. ¿Qué había sido? Algo le había pasado a mi memoria, tenía una especie de vacío, una niebla en mi mente. Sólo podía recordar el último cuarto de hora. Dos hombres habían sido asesinados por Ziga desde detrás de la cortina. Había sucedido ante mis ojos. Y yo, sin preocuparme en lo más mínimo, había pasado por encima de los cadáveres y había salido. Lo extraño era que el tiempo se estaba deteniendo desde el momento en que nos habíamos protegido bajo el alero, desde las diez menos cinco. Miré mi reloj. Ahora eran las diez. ¿Era posible que solamente hubieran pasado cinco minutos?

Me volví hacia el conductor.

-¿Qué hora tiene usted?

En mi distracción, se lo pregunté en polaco. Pero en vez del natural: «¿Qué? ¿Qué ha dicho?», oí la familiar expresión polaca:

-¡Sangre de un perro! ¡Un compatriota! -La cansada y sudorosa cara se abrió en una amable sonrisa que mostró encías sonrosadas y dientes rotos. Sin embargo, aquel hombre duro vestido con ropa deportiva no era demasiado viejo: de treinta y siete a cuarenta años, ni uno más.

Estábamos llegando ya a mi hotel cuando repentinamente frenó y se acercó suavemente a la acera.

-Charlemos un poco, no me he encontrado con un compatriota desde hace una eternidad. Debía ser usted un niño cuando salió de Polonia.

-¿Por qué? -pregunté-. Vine legalmente este invierno.

Se congeló de inmediato, la sonrisa desapareció de su rostro, y su réplica fue vaga:

-Naturalmente, también es posible.

-Y usted, ¿por qué no vuelve a casa? -pregunté a mi vez.

-¿Quién me necesita allí?

-Siempre se necesitan conductores en todas partes.

Agitó sus grandes manos, tan anchas como palas, y sonrió de nuevo.

-También fui conductor en el ejército -dijo.

-¿En qué ejército?

-¿Qué ejército? -lo repitió como un reto-. En el nuestro. Desde Rusia a Teherán, de aquí para allá, llevados de la sartén al fuego. En Monte Casino me arrastré veinticuatro horas sobre el trasero… -Comenzó a cantar atonalmente-: Amapolas rojas en Monte Casino… Y aquí estoy de nuevo tras un volante, trabajando hasta matarme.

-Pues llene un impreso y vuelva a casa -le dije.

Escupió por la ventanilla, sin contestar. Me fijé en que no me había preguntado nada acerca de la Polonia actual.

-¿Quién me necesita allí? -repitió-. Aquí hallaré una cosa u otra, y tendrá su precio. Un poquito aquí y un poquito allá. Lo único que tiene que hacer uno es encontrarlo. Hay algunos de nosotros que están ocultando algo.

-¿Algo así como cartas? -pregunté sin pensar.

Se puso totalmente tenso, como un gato antes de saltar.

-¿Qué es lo que sabe usted de las cartas?

-Un grupo las está ocultando y otro grupo las está buscando. Es divertido -dije. Y añadí-: Ya hemos tenido nuestra charla, ya basta. Vamos a la esquina.

-¿Tiene un cigarrillo? -preguntó roncamente.

Encendimos.

-No puede despedirse usted así de un compatriota -me dijo con reproche-. Sé de un lugar no muy lejos. Vamos.