La escala del tiempo – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Pero Leszczycki no estaba bromeando.

-No cabe duda -insistió-. Sólo hay que hallar el punto de bifurcación.

-¿Y quién puede hacer eso?

-Yo puedo hacerlo, un poco. ¿No le interesa saber por qué puedo hacerlo?

-No ¿Por qué un poco?

-La reconstrucción del tiempo hasta en la escala de un año es un proceso complejo. Se necesita una gran cantidad de energía: millares de millones de kilovatios, y yo he tenido que trabajar como un alquimista, mas o menos como el solitario psicópata científico que sin duda ha imaginado usted. Así que, por el momento, sólo he hecho un selector. Naturalmente, este término es sólo aproximativo, pero el aparato tiene una función selectiva: selecciona el sector de bifurcación en donde comienza el sistema de lectura diferente. Tiene una capacidad de no más de una hora, a veces incluso menos, depende de la intensidad de cada tiempo, y es de acuerdo con esa intensidad como se ajusta el selector, puede escoger de todas las variantes de su futuro próximo la media hora, o la hora, más intensa.

-¿Y luego?

-Uno regresa al punto inicial. El aparato no está adecuado para utilizar mayor energía. Naturalmente, con las fuentes de energía de que dispone, digamos, la física nuclear, podría reconstruir el tiempo en la escala de un siglo ¿Y quién me iba a dar esos medios?, se preguntará usted. Probablemente el Pentágono me los daría. Y Hitler hubiera dado media Europa por esa posibilidad en el cuarenta y tres. Y cuando los Rockefeller comprendiesen sus implicaciones, me convertirían en un dios. Pero en ese punto yo digo francamente «no», y cierro la tienda. La humanidad aún no es lo bastante adulta para tal regalo.

-Pero están los Estados socialistas -dije.

-¿Para qué iban a querer reconstruir el futuro? Lo están construyendo por sí mismos, basándose en las premisas racionales de la realidad.

-Bien, siempre está el interés de la ciencia -apunté, tratando de aplacarlo un poco.

-Que en ninguna forma es compatible con el interés del comercio. Imagínese los anuncios: «Tiempos paralelos. Todas las variedades del futuro. Regreso garantizado» ¡No! Háganselo ustedes mismos. No fue por eso por lo que me pasé diez años en los bajos fondos científicos.

Un borracho miró desde la calle, y comenzó a tocar su armónica: no una canción, ni siquiera una melodía, sino simplemente la escala. La tocó una y otra vez, hasta que Anthony le gritó que aquello era un bar y no el Carnegie Hall, ante lo cual se silenció la escala.

-El gran Stokowsky comparó en cierta ocasión una escala a una escalera ascendida por un sonido camaleón. Si lo desea, puedo modular su siguiente media hora escala arriba. ¿De acuerdo?

-¿Vale la pena? -dije, haciendo una mueca-. ¿Qué es lo que puede pasar en la próxima media hora?

No contestó. Nos quedamos en silencio, yo con la intención secreta de sacármelo de encima, él con una inexplicable hosquedad comprimiendo sus labios casi exangües ¿Timador o loco? Lo más probable es que fuera lo último.

Unos diez minutos más tarde nos vimos atrapados por una lluvia de una tal intensidad bíblica que apenas si logramos llegar al refugio de un alero situado sobre una escalera de piedra que descendía hacia una tienda de verduras semisubterránea.

Miré mi reloj: eran las diez menos cinco. Por hábito, me lo llevé al oído. Todavía funcionaba.

-Aún sigue lloviendo -murmuró Leszczycki-, y no hay taxis.

-Alguien viene -dije, atisbando por entre la cortina de agua.

Dos puntos de luz aparecieron girando la esquina, atravesando como dos focos gemelos las cataratas de lluvia: los faros de un coche color amarillo brillante.

-¡Hey! -grité, saliendo de debajo del alero-. ¡Aquí!

-Esto no es un taxi -dijo Leszczycki. Pero el coche frenó y, lentamente, siguió avanzando a lo largo de la acera. No se detuvo, simplemente se abrió un poco una ventanilla, y por la rendija apareció el oscuro cañón de un arma.

-¡Al suelo! -gritó Leszczycki, tirando de mi. Pero ya era demasiado tarde: las dos ráfagas del arma automática fueron más rápidas. Algo me golpeó con fuerza en el pecho y en el hombro, derribándome contra el pavimento. Leszczycki se había doblado de una manera extraña, y estaba cayendo lentamente a una posición sentada, como si sus articulaciones, rígidas, ofrecieran resistencia.

La última cosa que vi fue la mancha roja en su rostro, allá donde antes había estado la boca.

Unos zapatos con protecciones metálicas resonaron sobre el pavimento.

-Uno de ellos aún está con vida -dijo alguien.

-De todas maneras morirá, pero no son ellos.

-Ya lo veo.

La bota con refuerzo metálico me golpeó en la cabeza. No noté el dolor. Algo se había roto en mi cerebro.

Luego oí la voz de alguien:

-Es otro de los trucos de Elzbeta.

-Me gustaría ocuparme de ella.

-Ve a decírselo a Copecki.

No oí más. Todo se apagó. Las voces y la luz.

* * * * *

Abrí los ojos y miré mi reloj Las diez menos cinco. Estábamos como antes en la escalera, bajo el alero.

-Crucemos a la esquina -sugerí-. También allí hay un alero.

-¿Por qué?

-Conseguiremos antes un taxi. Aquello es una esquina.

-Vaya usted -dijo Leszczycki-. Yo me quedaré aquí.

Corrí hasta la esquina, al otro lado de la calle. Mi cabello y gabardina quedaron empapados de inmediato. Además, el alero de aquel lado era más estrecho, y por consiguiente también lo era el trozo de asfalto bajo el mismo; la inclinada cortina de agua me mojaba las piernas. Apreté la espalda contra la seca puerta y repentinamente, noté cómo cedía. Empujé con más fuerza y me hallé tras ella, en medio de una completa oscuridad. Mi mano extendida golpeó algo cálido y suave; lancé una exclamación.

-Silencio; y tenga más cuidado, casi me ha atravesado la mejilla -susurró alguien, mientras una mano invisible me empujaba hacia delante-. La puerta está frente a usted Verá un pasillo y una habitación al final del mismo. Cuando entre…

-¿Por qué debería hacerlo? -interrumpí.

-No tenga miedo. Es ciego, aunque dispara con buena puntería. Muéstrese amable. Charle con él un rato, y espéreme. Regresaré pronto. -Una sonrisa coqueta, y la puerta de la calle volvió a abrirse y se cerró de golpe, inmediatamente. Tiré de ella. No cedió, y no podía hallar la cerradura. Llevaba una linterna pequeña en el bolsillo, que solía usar en los pasillos oscuros del hotel. La linterna iluminó un tenebroso descansillo y dos puertas, una hacia la calle, la otra hacia el interior del edificio. La que daba a la calle había sido cerrada, la otra se abrió suavemente bajo mi mano, y vi el corredor y una luz al final del mismo que brotaba de una habitación abierta al fondo.

Tratando de no producir ningún sonido, me aproximé a la habitación y me detuve en la entrada. Un hombre que llevaba una chaqueta de terciopelo negro y el cabello muy largo estaba cortando cuidadosamente un hueco rectangular en las páginas de un libro abierto. De no ser por el tono grisáceo de su cabello y las arrugas alrededor de sus ojos, podría haber sido tomado por un joven. Estaba sentado frente a una potente luz eléctrica: debían ser quinientos o mil vatios. Ningún hombre con una visión normal hubiera podido soportar el estar tan cerca de ella, pero aquel hombre era ciego.

-He encontrado un sitio ideal donde ocultarlas -me dijo en polaco-. Mira, todas las cartas caben dentro.

Tomó el montón de cartas metidas en sobres largos y las colocó en el hueco artificial hecho en el libro. Luego puso goma en las páginas no cortadas a los lados del hueco y las apretó para ocultar las cartas.

-Ahora lo agitamos. -Agitó el libro, aterrándolo por las cubiertas-, ¿Ves? No cae nada. Ni el mismísimo Poirot podría encontrarlas.

Yo permanecía inmóvil y en silencio, sin saber qué decir.

-¿Por qué estás tan silenciosa, Elzbeta? -dijo, volviéndose repentinamente más cauto. Y luego gritó, esta vez en inglés-: ¿Quién está ahí? ¡Quédese donde está!

Dejó caer el libro y tomó una pistola de sobre la mesa. El cañón había sido alargado con un silenciador. Dado que la apuntaba tan exactamente en mi dirección, resultaba obvio que su ceguera no le impedía en absoluto manejar el arma.

-Al menor movimiento, disparo. ¿Quién es usted? -preguntó. Estaba de pie, medio vuelto hacia mí, sin mirar, pero escuchando, como hacen los ciegos. Sin replicar, di un rápido paso hacia atrás. De inmediato se oyó un clic… Fue un clic, no el estampido de un disparo. La bala se clavó en el yeso, junto a mi oreja.

-Está usted loco -dije en polaco-. ¿Por qué ha hecho esto?

-Es usted polaco. Lo imaginé -No estaba sorprendido en lo más mínimo, y no bajó la pistola-. Venga a la mesa, siéntese junto a mí, y no trate de quitarme la pistola: lo oiría. Venga.

Maldiciéndome a mí mismo por aquella estúpida aventura, fui a la mesa y me senté, extendiendo las piernas frente a mí. El cañón de la pistola siguió todos mis movimientos. Ahora me apuntaba al pecho. Lo podría haber agarrado, de no haber estado seguro de que dispararía antes.

-¿Viene enviado por Copecki? -preguntó el ciego.

-No conozco a nadie con ese nombre -dije.

-Entonces, ¿de dónde sale usted?

-De Polonia.

-¿Cuánto tiempo hace?

-Salí de allí en diciembre del año pasado.

-No mienta.

-Le podría mostrar mi pasaporte, pero usted… -me detuve, confundido.

-¿Quiere decir que es usted comunista? -me interrumpió.

-Así es -respondí, desabrido. Aquel interrogatorio estaba empezando a irritarme.

-¿Por qué está usted aquí?

Se lo dije.

-Por alguna razón, le creo -dijo pensativo-. Pero, ha visto el escondite.