Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Le miré: sólo vi sus dos grandes pupilas, enormes como lámparas.

—¡Duerma! —dijo.

No recuerdo lo que sucedió después. Creo que abrí los ojos y vi la mesita vacía.

—¿Dónde están las fórmulas? —pregunté.

—Las tiré.

—¡Pero si no las recuerdo!

—Así le parece. Las recordará cuando esté en su mundo. Usted es un «invitado», ¿verdad?

—Sí, es verdad —repuse.

—¿De qué tiempo?

—Del siglo pasado. De los años sesenta.

Se sonrió en silencio, satisfecho.

—Lo comprendí al ver los datos de la observación médica. Me pareció bastante sospechosa la pérdida de la memoria. Mientras Yulia conversaba con Bogomólov, yo lo observaba. Tenía una expresión extraña al despertar en cámara, la del hombre que ve un milagro. Cuando Yulia dijo que iría en la calzada móvil, noté que usted nunca la había pisado a pesar de que corremos en ella desde hace medio siglo. Olvidó todo lo que existe en la realidad, hasta la semántica de la palabra «invitado». Así es posible engañar a los médicos; pero no a un parapsicólogo.

—Tanto mejor —dije—, ya que tengo suerte de encontrarlo. Lo más triste de todo es que me voy sin haber visto nada: ni edificios, ni calles, ni la técnica y la estructura social. ¡Aparecí en la cima de la sociedad comunista y no vi nada, a excepción de una habitación de hospital!

—¿Y por qué dice: «en la cima»? El comunismo no es estable, sino una formación que se desarrolla constantemente. Para llegar a la cima, falta mucho todavía. Cuando se realice el sueño de Yulia, habremos dado un paso gigantesco hacia el futuro. Su siglo también lo dará, cuando haya podido reproducir las fórmulas grabadas en la mente de sus embajadores. Aunque hasta ahora se encuentren tan sólo los pensamientos y no la gente, estos encuentros enriquecerán el pensamiento de la humanidad en su avance impetuoso.

—Yo quisiera dejarle una nota a este mundo y al hombre a quien le usurpé la mente. ¿Es posible? Yo la escribiría…

—¿Para qué? Simplemente tiene que hablar. Será la voz de él, pero las palabras de nuestro «invitado».

Miré inquieto hacia los lados.

—¿Está buscando el grabador? No; poseemos aparatos mucho más perfectos que reproducen perfectamente la voz. Si empezara a explicarle, perderíamos mucho tiempo, mejor hable.

—Le pido perdón, Grómov, por haber usurpado su sitio en la vida durante nueve o diez horas —dije inseguro. El consentimiento de Erik me dio nuevos bríos, y agregué—: Yo soy sólo un «invitado». Grómov, y me iré tan inesperadamente como llegué. Pero deseo decirle que fui feliz al experimentar estas horas de su vida. Me entrometí en ella al lanzar a Yulia a la aventura, porque no pude actuar de otra forma. Si me hubiese negado habría actuado cobardemente, y si hubiera tratado de impedirlo habría sido un oscurantista. Sólo lamento no ver el triunfo de su hija, y junto con ella, el de la ciencia. Esta gran suerte le queda a usted.

—¡Serguéi, Erik! —gritó Dir, entrando en la habitación—. ¡Ya empezó!

—Ya es tarde —dije al sentir acercarse la niebla.

—Ya me voy. ¡Adiós!

EN LUGAR DE EPILOGO

A través de la ventana, la calle, el viento y la lluvia. Un farol eléctrico danza en la niebla tejiendo sombras. Un autobús aparece en la calle y pasa rompiendo la barrera acuática. Es una noche otoñal de Moscú.

Yo escribo las últimas líneas de mi relato, memoria, o quizás, diario íntimo que no osaré publicar; pero que concluiré.

Kliónov llamó por la mañana informándome con exactitud la cantidad de renglones que debo escribir. Especificó que todo dependía de la reacción de la opinión científica mundial.

La sesión de la Academia de Ciencias se abrirá mañana a las diez e ignoro cuándo terminará. El programa consiste en los informes de Nikodímov y Zargarián. Hablaré yo, y luego, los científicos nacionales y extranjeros. Según Kliónov, se reunirán más de doscientas personas, sin contar periodistas e invitados, y entre ellas se encontrarán todas las estrellas eminentes de la galaxia físico-matemática. No escribo sobre el comunicado del Gobierno, por ser de, todos conocido. Las coronas de laurel, no sólo cubrieron las cabezas de Nikodímov y Zargarián, sino también la mía.

Han pasado dos meses desde aquel día en que regresé del futuro, pero me parece que fue ayer. Ese día, desperté en el laboratorio de Fausto. Me sentía cansado y como si hubiese perdido a un ser querido. A las preguntas de Zargarián respondí de mala gana. Mientras, Nikodímov me observaba y miraba lo grabado en el oscilógrafo.

—Empezamos el experimento a las diez y quince —dijo Nikodímov—, y a la una lo perdimos a usted…

—No del todo —corrigió Zargarián.

—Correcto. La visibilidad primeramente llegó hasta cero, después se restableció con debilidad y luego se elevó hasta la cifra crítica, y con una puntería mucho más exacta que la nuestra. Hablando sinceramente, no comprendíamos ni comprendemos por qué sucedió esto.

—A la una —contesté meditabundo y mirando a Zargarián—, estuvimos tú y yo en el «Sofía».

—¿Estás loco?

—No, no estoy loco, ni delirando. Estuve contigo; aún llevabas una barba larga y tenías veinte años más. En una palabra, nos vimos en Moscú hacia el final de siglo, en el «Sofía». A propósito, aquel «Sofía» era muy diferente de éste, hasta Maiakovski parecía distinto. —Suspiré y agregué—: Y tú me lanzaste a cien años hacia el futuro. En ese momento, ustedes me perdieron… en el segundo disparo.

Ellos me miraban dudando de mis palabras. Y yo, sin fuerzas para levantarme del asiento, continué:

—¿No lo creen? Naturalmente, es muy difícil creerlo, es demasiado fantástico. A propósito, ellos tienen en el laboratorio una pantalla parabólica con el panel movible; y en el techo una piscina… —Tragué saliva y callé.

—Necesitas un trago de coñac —dijo Zargarián.

Tomó medio vaso de coñac, batió en él dos yemas de huevo y, casi derramándolo por el nerviosismo, me lo dio.

La bebida me ayudó a continuar. Y continué. Y, mientras relataba mis aventuras, me miraban estupefactos, fascinados como si veneraran a un Dios. Luego, llegaron las preguntas y tuve que rememorar de nuevo el monoriel, el paralelepípedo del «Sofía», el sillón sin casco, la habitación vitalizadora, la invisible enfermera Vera-séptima, el «Himec» y su glosario, y la fantástica aventura de Yulia, donde se reflejaba el empuje de aquel siglo: Y cuando empecé a hablar sobre mi encuentro con Erik, una chispa encendió mi mente.

—¡Denme un papel! —grité ronco—. ¡Rápido! ¡Y un lápiz!

Zargarián me entregó una estilográfica y una libreta. Cerré los ojos. Veía las fórmulas completamente claras, como si estuviesen ante mis ojos: las líneas de cifras y letras que creaban las fórmulas de los cartones del «Himec». Podía reproducirlas una tras otra sin omitir nada y sin confundirme, haciendo surgir con claridad en este mundo lo grabado en otro. Escribía a ciegas, escuchando la voz de Zargarián: «Mira, mira… escribe automáticamente, con los ojos cerrados». En verdad, así escribía, sin abrir los ojos y sin detenerme, con rapidez febril y exactitud. Hasta que al fin estampé en el papel la última ecuación matemática.

Cuando abrí los ojos, el rostro de Nikodímov estaba pálido, mirando con éxtasis lo escrito en el papel.

—Esto es todo —dije, dejando caer la estilográfica.

Nikodímov tomó la libreta.

—Esta matemática es complicadísima —afirmó, dándole la libreta a Zargarián—. Sin la ayuda de la computadora no se logrará nada. Hay que calcular como se debe.

Nikodímov y Zargarián pasaron dos meses sin poder desentrañar los secretos encerrados en las fórmulas. Junto con ellos lo intentaron académicos, estudiantes y graduados. Hasta que al fin, Yuri Priválov, el doctor en ciencias matemáticas más joven del mundo, pudo lograrlo. Ahora, gracias a una base matemática sólida, traída del futuro, la teoría de fases Nikodímov-Zargarián estaba corroborada. Las ecuaciones se llamaron desde este momento de Shual-Priválov.

Olga duerme, iluminada débilmente por el reflejo de mi lámpara. En su rostro se insinúa cierta inquietud. Antes, había expresado su temor a la propaganda. «Complicará nuestra vida» —había dicho—. No dejo de admitir que mi vida va adquiriendo el plumaje idiota de los artistas de Hollywood. Los reporteros extranjeros me persiguen por las calles. Mi teléfono suena de día y de noche. Y una redacción norteamericana me ha ofrecido sumas fabulosas por mis impresiones; pero prefiero entregárselas a las páginas de las revistas soviéticas. Kliónov bromea diciéndome que de todas maneras debo terminar «Viaje por tres mundos».

No estoy de acuerdo. No son tres mundos, son más. Y entre ellos está el mundo que no pude ver, ese mundo”. como un cuento de hadas, el mundo de Yulia y Erik.

FIN