Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

No se sorprendió por mi pregunta. Si todos debían saberlo, tanto más el descendiente. Además, en los cristales del cerebro cibernético del «Himec» no había sido programado el asombro.

—¿Necesita bibliografía informativa?

—No —respondí sentándome en la cama y apretando mis sienes con las manos.

Vera-séptima, la invisible, no me olvidaba.

—El pulso se le aceleró —dijo.

—Es posible.

—Encenderé el videógrafo.

—Espere —la detuve—. Me interesa mucho este «Himec». Es una máquina excepcional. Gracias por haberlo traído.

El «Himec» esperaba. Su ojo rojo se puso verde.

—¿Existieron o no científicos que se opusieran a la teoría de Nikodímov? —inquirí.

—Hasta Einstein tuvo opositores —respondió el «Himec»—. ¿Quién les hace caso?

—¿Y cuáles eran sus argumentos?

—Los sacerdotes rechazaban en general toda la teoría. El Congreso Ecuménico de las organizaciones clericales celebrado en Bruselas en el año 1980, la declaró como la más grande herejía de los últimos dos milenios. Tres años antes, una encíclica papal extraordinaria consideró la teoría una tergiversación profana de la doctrina sobre Cristo, el regreso a la doctrina pagana del politeísmo: tantos mundos, tantos Cristos. Esto no lo podían soportar los obispos y los patriarcas. Por otra parte, Pirelli, eminente teórico católico y fisiólogo italiano, llamó a la teoría de fases el descubrimiento científico más eficiente del siglo en su tendencia antirreligiosa, y absolutamente incompatible con la idea de un solo Dios, único e indivisible. Otros se esforzaron en combinar esta teoría con algo. Así, el filósofo norteamericano Hellman, explicaba la «cosa en sí» de Berkeley como producto del movimiento en fases de la materia.

—Estaba más loco que una cabra.

—No comprendo —dijo el «Himec»—. Loco: demente. Cabra: ganado caprino femenino. ¿Cabra loca? Solicito explicación.

—Es simplemente una locución idiomática. El sentido más aproximado sería: absurdo, disparate.

—Apunto —dijo el «Himec»—. Enmienda de Grómov a la idiomática rusa.

—Basta. Cuéntame mejor algo sobre las fases. ¿Son todas semejantes?

—La ciencia marxista asevera que todas son semejantes. Por medio de experimentos se ha podido comprobar la semejanza de muchas de ellas. Teóricamente, se supone que todas son iguales.

—¿Hubo oposición?

—Naturalmente. Los opositores del marxismo decían que tal similitud no era obligatoria. Ellos se basaban en la casualidad de los procesos en la vida del hombre y de la sociedad. «Si no hubiesen existido las cruzadas —decían ellos—, la historia del medioevo hubiera sido otra. Sin Napoleón, otro hubiese sido el mapa de Europa actual. La ausencia de Hitler no hubiera abocado al mundo a la Segunda Guerra Mundial». Todo esto ha sido refutado hace tiempo. Los procesos históricos y sociales no dependen de las casualidades, capaces sólo de cambiar uno u otro destino individual; sino de las leyes del desarrollo, comunes a todos.

De pronto, recordé mi conversación con Kliónov y repetí la pregunta que él me hizo:

—Supongamos que Hitler, casualmente, no hubiera existido… ¿Qué habría sucedido?

Y el «Himec» repitió las mismas palabras de Kliónov.

—Hubiese surgido otro Führer. Antes o después, pero hubiera existido, pues el factor decisivo para su aparición no fue la personalidad, sino la situación económica imperante en los años treinta. La casualidad objetiva capaz de ayudar al surgimiento de tal personalidad depende de las leyes de la necesidad histórica.

—¿Quiere decir que en todos los lugares es igual? ¿En todas las fases y en todos los mundos? ¿Existen pues siempre las mismas figuras históricas? ¿Las mismas cruzadas? ¿El mismo cambio de las relaciones sociales?

—Sí, en todas partes es igual. Sólo cambia el tiempo y no el desarrollo. El cambio de las relaciones sociales y económicas es igual en todas las fases, es dictado por el desarrollo de las fuerzas de producción.

—Bueno, así pensaban en el siglo pasado; pero ¿ahora?

—No sé. No me lo han dictado. Sin embargo, soy una máquina analizadora de probabilidades y puedo sacar conclusiones independientemente de lo programado. Según creo, las leyes del materialismo dialéctico son exactas para todos los tiempos.

—Espera, «Himec», te quiero hacer otra pregunta: ¿Es muy larga la fórmula matemática que representa la teoría de las fases?

—En esta fórmula están incluidas las fórmulas generales, los cálculos de Yanovski y el sistema de ecuaciones de Shual. Todo esto llena tres hojas de un libro de texto. Si desea, la podría repetir.

—¿Sólo hablando?

—Y gráficamente.

—¿Habrá que esperar mucho?

—Cerca de un minuto.

Se escuchó un zumbido parecido al de una máquina de afeitar. El panel anterior del «Himec» se levantó y, desde dentro, surgieron dos manos metálicas con dos cartones triangulares abigarrados de signos y cifras. Cuando los tomé, la tapa se cerró y quedó tan hermética, que no distinguí su línea divisoria.

Tras de mí, gritó la voz de un niño:

—Papá, estoy aquí. ¿No te enojas?

Me di vuelta. Cerca de la pared había un niño de unos seis años vestido con ropa azul apretada. Parecía un modelo de revista de modas.

LOS DERECHOS DEL PADRE

—¿Cómo has entrado? —le pregunté intrigado.

El dio un paso atrás y desapareció al cruzar la pared. Después, a través de ella se asomó un rostro picarón, y el niño, como «el hombre atravesador de paredes», entró de nuevo en la habitación.

«Protector luz-sonido» pensé. Aquí utilizan el color blanco, creando paredes ilusorias.

—Entré a escondidas —reconoció el chico—, mamá no me vio y Vera desconectó el ojo.

—¿Y cómo sabes que lo desconectó?

—Porque el ojo mira hacia acá a través de la sala de gimnasia y a pesar de que corrí hacia allá, no gritó. En caso de verme hubiera gritado: «Vete, Rem, estás en el campo de visión».

—¿Dónde hubiese gritado?

—Allá lejos. En el hospital —respondió señalando indeterminadamente.

Yo estaba en la luna.

—Y Yulia lloraba —siguió diciendo Rem.

—¿Por qué lloraba?

—Porque no le permiten tomar parte en el experimento.

—¿Cuál experimento? —pregunté, sintiendo una gran curiosidad.

—El experimento con el cual la transformarán en una nubécula invisible, como en los cuentos. La nube volará y volará y después regresará, y aparecerá Yulia.

—¿Ah, sí?

—Y no la dejas. Tienes miedo de que la nube no regrese.

Estaba completamente confundido. Vera me sacó del aprieto haciéndome recordar el pulso.

—Vera —le dije suplicante—, explícame por qué no le permito a Yulia hacerse invisible. ¡Oh, mi maldita memoria!

La risa conocida llegó a mis oídos.

—¡Qué cómico! «Mal-di-ta». Da risa. Debe resolverlo solo; es un asunto de familia. Justamente para eso, acaba de llegar Aglaya; y desea verlo. No se lo permito, porque tengo miedo de que usted se intranquilice. Pero ella insiste en entrar en la cámara.

—Que venga —le dije—. Trataré de no inquietarme.

Aunque no sabía quién era Aglaya, pensé que de algún modo me ayudaría a salir de este enredo.

Miré por dónde había desaparecido Rem, pero entró por el lado opuesto de la habitación. Entró como si fuera la reina del lugar y se sentó frente a mí: era alta, de unos cuarenta años y estaba vestida con un traje de colores extraños.

—Te ves muy bien —empezó diciendo ella, mirándome con atención—. Hasta mejor que antes de la operación. Con este nuevo corazón vivirás cien años más.

—¿Y si no sobrevivo? —dije.

—¿Por qué no? La incompatibilidad biológica sólo era un riesgo en tu siglo amado.

Me encogí de hombros. Ya comenzaba el juego de sorpresas. ¿Quién era ella? ¿Quién era ella para mí? ¿Qué sería yo de ella? ¿Qué era lo que me exigían? Caminar sobre arenas movedizas exigía ingenio e imaginación.

—¿Quiere decir que estás de acuerdo?

—¿De acuerdo con qué?

—Preguntas como si no supieras. Acabo de hablar con Ana.

—¿Sobre qué?

—No finjas. Hablamos de lo mismo. Estás de acuerdo con el experimento. ¿Te convencieron?

—¿Quién?

—No digas nada, hasta un niño comprende. Después de la operación, seguramente, te dijeron: «¡Apruébalo y se acabó!».

—No hay que exagerar —le dije cautelosamente.

—No exagero. Lo sé bien. Ana defiende esta empresa, no por grandes principios, sino porque no tiene ningún vínculo biológico con Yulia, pero Yulia es tu hija y mi nieta.

Recordé las palabras de Rem y me reí.

—¿De qué te ríes? —gritó mi interlocutora.

Tuve que contarle el cuento de Rem sobre la nube invisible.

—Eso quiere decir —siguió diciendo ella—, que Ana no le ha dicho nada a ella. En este caso, tú puedes objetar lo acordado.

—¿Por qué?

—¿Quieres que tu hija se transforme en una nube? ¿Y si se disipa? ¿Y si su estructura atómica no se restablece? ¡Deja que el profesor Bogomólov pruebe su invento! ¡Que sufra su descubrimiento! Pero, sabes, a él no se lo permiten por su vejez y su débil salud. ¿Entonces nosotros debemos aceptarlo simplemente porque ella es joven y saludable? —balbuceó, caminando por la habitación—. No te reconozco, Serguéi, después que te opusiste con tanto fervor…

—Bueno, pues estoy de acuerdo —farfullé.

—Y no creo en tu consentimiento —gritó furibunda. Luego, tras una pausa, agregó—: Por lo demás, Yulia no está enterada. Vendrá ahora, dile que no lo consentirás. El hombre no es el único dueño de su vida mientras exista el padre o la madre.