Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Involuntariamente, miré alrededor; aunque sabía que en la habitación no había nadie. «Nil admirari» me dije, y obediente, me dirigí a la pared y regresé.

—¡Otra vez! —ordenó la voz.

Repetí el ejercicio, sospechando de que alguien me estaba observando.

—Levante los brazos.

Levanté los brazos.

—¡Déjelos caer! ¡Otra vez! ¡Ahora siéntese! ¡Levántese!

Repetí todo lo que me exigían, sin hacer ninguna protesta.

—Bueno, ahora, ¡acuéstese!

—No quiero. ¿Para qué? —prorrumpí.

—Para comprobar de nuevo el estado de su organismo en completa calma.

Una fuerza invisible me derribó a la cama, haciendo que mis propias manos agarraran la manta y me arroparan.

«Qué interesante. ¿Y cómo mi observador invisible lo ha podido hacer? ¿Mecánicamente o por hipnotismo?»

Protesté tempestuosamente:

—¿Dónde estoy?

—En su casa.

—¡Esto es la habitación de un hospital!

—¡Ja, ja! ¿Ha dicho habitación? —repitió la voz, y agregó—: Es un aposento vitalizador corriente. Nosotros lo acabamos de instalar en su casa.

—¿Y quiénes son esos «nosotros»?

—El Semc de la región treinta y dos.

—¿El Semc?

—Sí, el Servicio Médico Central. ¿Hasta esto ha olvidado?

Callé. ¿Qué podía responder?

—Ha sufrido la pérdida parcial de la memoria después del shock —aclaró la voz—. No se esfuerce en recordar, ni se ponga en tensión. Pero pregunte lo que quiera.

—Estoy preguntando —le respondí—: ¿Quién es usted?

—El interno de guardia. Vera-séptima.

—¿Cómo? —exclamé asombrado—. ¿Por qué Séptima?

—De nuevo empieza a bromear: «¿Por qué séptima?». Simplemente, porque además de mí, en este sector están Vera-primera, Vera-segunda, etc.

—¿Y el apellido?

—No tengo. Todavía no he hecho nada excepcional o extraordinario.

Pensé que sería mejor no seguir preguntando. Ya empezaba a surgir la curva peligrosa. Pero, imponiéndome al miedo, pregunté:

—¿Usted no se puede mostrar?

—Eso no es necesario.

«Seguramente es una vieja despreciable, malvada, pedante y criticona» pensé.

Escuché una risa. Y la voz dijo:

—Sí, soy criticona, es verdad, y un poco pedante.

—¿Puede leer el pensamiento? —farfullé sorprendido.

—No yo, sino el cogitador. Es una instalación especial.

Hice silencio, pensando cómo engañar a esa diabólica instalación.

—No la podrá engañar —dijo la voz.

—¡Qué deshonesto!

—¿Qué?

—¡Qué deshonesto! —exclamé rabioso—. ¡Qué horrible! ¡Qué impúdico! Si es deshonesto mirar y escuchar furtivamente, tanto más canallesco y vil es meterse en el cráneo de las otras personas.

La voz calló; después dijo precipitadamente:

—En lo que llevo trabajando, usted es el primer enfermo que ha protestado contra el cogitador. Es una instalación que se le pone sólo a los enfermos. Gracias a ella podemos mirarlo todo: el neurosistema, las válvulas cardíacas, el aparato respiratorio y todas las funciones del organismo.

—Pero, ¿por qué me la colocaron a mí, si yo estoy más fuerte que un toro?

—Por lo general —siguió diciendo ella, sin responder a mi pregunta—, a los observadores no les dan permiso para presentarse ante los enfermos; sin embargo, a mí me lo permitieron.

Al decir esto, la superficie plana de la pantalla se ensombreció e iluminó. Me miraban ahora los ojos de una muchacha joven, vestida de blanco y con un peinado corto con ondas.

—Si lo desea, puede hacer preguntas. Ya su memoria retornó —dijo ella.

—¿Qué es lo que tengo?

—A usted le hicieron una operación. Le trasplantaron el corazón, después de la catástrofe. ¿Recuerda?

—Sí, recuerdo —mentí—. ¿Me lo pusieron de plástico o de metal?

—¿Qué?

—El corazón, pues.

Se rió con la misma sonrisa de la profesora al escuchar la pregunta tonta del alumno.

—Por algo dicen que usted vive en el siglo XX.

Me asusté. ¿Será posible que estén enterados? Bah, qué importa, quizás eso sea lo mejor: ni explicaría nada, ni fingiría. Para aclarar las dudas, pregunté:

—¿Y por qué dicen eso?

—El corazón artificial se utilizaba hace tiempo. Ahora lo hemos cambiado por el orgánico, cuidado en ambientes especiales. Y, a pesar de eso, usted razona como si fuese del siglo XX, como lo haría un historiador. Según dicen, usted conoce el siglo XX como la palma de sus manos. Hasta sabe qué zapatos se utilizaban.

—Sí, tenían clavos —le dije alegremente.

—¿Qué tenían?

—Clavos.

—No sé qué son esas cosas.

Suspiré. La palabra más difundida en los tiempos de la física atómica, no existía en los diccionarios del siglo XXI. Sería interesante saber, cuál ha sido el suplente. ¿Quizás la cola?

—Escúcheme, señorita…

Su risa me interrumpió.

—¿Hablaban así hace un siglo: “señorita»?

—Sí, por supuesto —afirmé severo—. Escuche. Estoy cansado de estar acostado. Quiero vestirme e irme de aquí.

Ella arrugó el entrecejo:

—Podrá vestirse, le traerán la ropa; pero no podrá salir: el proceso de la observación aún no ha concluido. Tanto más después de un shock con pérdida de la memoria. Tenemos que comprobar de nuevo su organismo en las neurofunciones a que está adaptado.

—¿Aquí?

—Naturalmente. Vendrá su «historiador mecánico». Es uno de los mejores, de último modelo, sin dirección de botones y adaptado a su voz.

—¿Y usted verá y escuchará furtivamente?

—Por supuesto.

—Entonces no conseguirá nada —le dije—, porque no me vestiré ni trabajaré frente a usted.

Un alegre asombro reflejóse en su rostro, estremeciéndose para no estallar de risa, y preguntó:

—Pero, ¿por qué?

—Porque vivo en el siglo XX —le dije.

—Bueno —acordó—, apagaré el videógrafo; aunque seguiremos observando sus procesos orgánicos internos.

—Bien —le dije—. Aunque eres la séptima eres inteligente.

No comprendió esta última frase y le hice un gesto indiferente con la mano. Por lo visto, no había leído a Chéjov, o quizá lo leyó; pero olvidó esta frase. Desapareció junto con la pared y entró en la habitación algo parecido a un radiador hecho de tubos rectangulares entrelazados Este «algo» resultó ser un guardarropa corriente donde había sido colocada mi supuesta ropa. Elegí unos pantalones estrechos, blancos, fijados en los ruedos como los de nuestros gimnastas, y un suéter similar. En la pantalla cristalina se reflejó una figura parecida a la mía, más respetable y agradable a la vista. ¡Cómo iba a saludar a la gente del siglo XXI en ropa de cama! Me di vuelta al escuchar un ruido a mi espalda como si alguien anduviese en puntillas. Lo que vi, era algo muy diferente a un hombre; era una caja fuerte o una heladera que había entrado misteriosamente en la habitación ocupando el lugar del desaparecido guardarropa. Al entrar, quedó inmóvil, haciendo pestañear su ojo verde indicador.

—Qué interesante —dije en voz alta—, quizás éste sea mi «historiador mecánico».

El ojo verde se puso rojo.

—Sí, soy yo. Abreviado es «Himec-12» —pronunció la caja fuerte con voz privada de entonación—. Le escucho.

EL GLOSARIO «HIMEC»

A pesar de tener la plena convicción de que la muchacha no miraría ni escucharía, mantuve silencio, intrigado y sin saber qué hablar con el cíclope mecánico. «No creo que con esta máquina se pueda entablar una conversación» pensé.

—¿Cuál es el volumen de tu información? —inquirí con prudencia.

—Enciclopédico —respondió rápido—. Más de un millón de informaciones. Le podría dar la cifra exacta.

—No, no es necesario. ¿Desde cuándo hasta cuándo?

—Desde la antigüedad hasta el límite del glosario: el siglo XX. El carácter de la información es ilimitado.

Quise comprobarlo:

—Dime el nombre del tercer cosmonauta.

—Andrián Nikoláev.

Sí, coincidía. Y pregunté de nuevo:

—¿Quién recibió el premio Nobel de literatura en el año 1964?

—Sartre. Pero él se negó a recibirlo.

—¿Quién era Sartre?

—Un escritor y filósofo existencialista francés. Podría explicarle la esencia del existencialismo.

—No, no vale la pena. ¿Cuándo fue acabada de construir la represa de Asuán?

—La primera etapa en el año 1969. La segunda en…

—Basta —lo interrumpí; en nuestro mundo la primera etapa fue acabada de construir cinco años antes. Por lo visto, no todo coincidía con esta fase.

El «Himec» estaba en silencio. Era un erudito.

Yo sentía un deseo inmenso de conversar con él sobre los complejísimos problemas relacionados con nuestro experimento; pero no me decidía.

—¿Cuál ha sido el descubrimiento científico más eminente a principios del siglo pasado? —pregunté con cuidado.

Él respondió sin titubeos:

—La teoría de la relatividad.

—¿Y al final de siglo?

—La doctrina de Nikodímov-Yanovski sobre las fases del espacio.

Casi salté de mi sitio para besar a la caja erudita de ojo pestañeante (pestañeaba al responder a las preguntas).

—¿Por qué Yanovski y no Zargarián?

—Porque hacia los años noventa, el matemático polaco Yanovski hizo correcciones básicas a esa doctrina. Zargarián tomó parte en los experimentos sólo al principio. Pereció en un accidente automovilístico mucho antes de que el éxito del primer viajero por mundos simultáneos le permitiera a Nikodímov publicar el descubrimiento.

A pesar de que comprendía que éste no era mi Zargarián, mi corazón se contrajo de dolor.

—¿Y quién fue ese primer viajero?

—Serguéi Grómov, su bisabuelo —apuntó el «Himec» con su voz seca y metálica.