Viaje por tres mundos – Alexander Abramov, Serguei Abramov

Parecía como si un mago con un proyector de cine reprodujera ante mis ojos cuadros asombrosos del futuro. Escudriñaba cada región, buscando detalles que me recordaran a mi Moscú, alegrándome como un niño al divisar lugares conocidos de mi ciudad, y conmoviéndome al saber que estaban en este nuevo Moscú. Todo lo conocido surgía ante mí: el Palacio de los Congresos; las cúpulas áureas de las iglesias del Kremlin; los puentes a través del río Moscú; el Bolshoi, de juguete desde el aire, la universidad Lomonósov y el estadio Luzhnikí. Otros altos edificios de mi ciudad, se perdían quizás en el alto bosque granítico, o simplemente no existían. La ciudad vertía sus construcciones más allá de la carretera circular que la rodeaba, como en nuestro mundo, y por ella se arrastraban máquinas pequeñas y ágiles, como hormigas.

Me admiraba, ante todo, el gigantesco movimiento urbano: automóviles radiantes que inundaban calles y ríos; bicicletas y motocicletas que corrían por las galerías asfaltadas cruzando la ciudad de techo en techo; vagones que se perseguían por el monoriel y, sobre ellos, helicópteros que volaban de plazoletas a plazoletas, moviéndose como libélulas en el cielo sin límites. En una de estas plazoletas descendimos.

En el techo plano del edificio, orlado por una redecilla metálica, observé una piscina de cincuenta metros de largo. El agua era pura y transparente, iluminada desde el fondo por una luz verdosa y centelleante. A su alrededor había colchonetas de goma, tiendas de campaña y una mesa servida bajo un pabellón tenso de lona.

—Hay un descanso para comer —afirmó Zargarián, buscando a alguien entre el tumulto de hombres y mujeres en trajes de baño—. Ahora lo encontraremos. ¡Igor! —gritó de pronto.

Un atleta tostado por el sol, anteojos oscuros, que jugaba al tenis no lejos de nosotros, acercóse, sosteniendo en su mano la raqueta.

—¿Hay alguien en el laboratorio? —preguntó Zargarián.

—¿Para qué? —preguntó a su vez el atleta perezosamente—. Todos están en el sexto sector.

—¿No está desconectada la instalación?

—No. ¿Por qué?

—Primeramente, te presento al profesor Grómov.

—Mucho gusto. Nikodímov —dijo el atleta quitándose los anteojos.

No se parecía en nada a aquel Fausto de largos cabellos.

—¿Ha sucedido algo? —dijo intrigado.

—Sí. Algo imprevisible y curioso. Ahora lo sabrás —pronunció Zargarián con solemnidad.

Cualquiera hubiese encontrado algo de común entre esta visita y la que realicé por primera vez al laboratorio de Fausto. Hasta al apretar el botón de la escalera, revivía en el rostro de este Zargarián aquel aire significativo de mi amigo.

En mi primera visita al laboratorio noté que ante él se extendía un largo corredor, que ahora no existía: desde el techo descendía hasta la misma puerta una escalera automática movible, arrastrándose suavemente y chasqueando en las curvas.

—Perdóneme —me dijo Zargarián—. Le explicaré todo a este joven en el argot de los biofísicos. Será más exacto y simple.

Y empezó a hablar. Escuchándolo, yo trataba de comprender algo en el amontonamiento de términos desconocidos, de cifras y letras griegas; pero todo fue en vano. Cuando «mi» Zargarián hablaba, a pesar del éxtasis y ensimismamiento que empleaba al conversar no me abrumaba tanto como ahora, pues en la conversación lograba captar una que otra idea. Nikodímov entendía todo al vuelo mirándome con palpable interés. Después de escucharlo todo, se acercó a la máquina, y con una agilidad inefable, se lanzó sobre la maraña de enchufes, palancas y manivelas. A propósito, este laboratorio era mucho más grande, extenso y complicado que el de Fausto. Si aquél era comparable al gabinete de un médico, éste se igualaba a la sala de dirección de una gran fábrica automática. Sin embargo, los dos tenían detalles que los identificaban. Por ejemplo, las lamparillas de control, las pantallas de televisión y los alambres que se extendían hasta el sillón situado en el centro de la sala.

Al prestar atención a la disposición de las pantallas, observé que se alargaban en forma de parábola a lo largo de los paneles ubicados en la sala, parecidos a los de las calculadoras electrónicas. Por lo visto, el movible cuadro de mando podía deslizarse por las pantallas, si así lo deseaba el observador. Las pantallas provocaban en el espectador un gran interés, porque, a pesar de estar apagadas, resplandecían como si reflejaran una luz inmensa.

—¿No se parece al otro laboratorio? —quiso saber Zargarián.

—No —respondí.

—¿En qué no se parece?

—En estas pantallas. En el nuestro están dispuestas de otro modo; además, este sillón carece de casco —le dije, señalándolo.

El sillón no tenía casco, ni captadores.

Me senté en él.

Zargarián señaló:

—Comprendo las inquietudes de los científicos de su mundo. ¡Cuántas veces Igor y yo estuvimos en tales situaciones! ¡Cuántas noches insomnes pasamos! ¡Cuántos cálculos errados! ¡Cuántas esperanzas vanas se apoderaron de nuestra mente! Y al fin, encontramos un cerebro-inductor desarrollado en matemáticas. Este cerebro nos trajo una fórmula tan fantástica, que cuando los académicos la vieron, se quedaron impávidos. Ahora se conoce como la ecuación de Yanovski y se utiliza al calcular las rutas interplanetarias más complejas. Por desgracia, su memoria no le ayudaría a recordar esta ecuación. Y he aquí, que ahora, usted se encuentra conmigo y se vislumbra una lejana esperanza, distante, pero palpable. Bueno, ya es hora de despedirse, Serguéi Nikoláevich. ¡Buen viaje! Quizás ya no nos encontraremos.

Sólo a hora comprendí la idea terrible que rondaba por las mentes de estos científicos. ¡Un salto de cien años al futuro! No a un mundo cercano y vecino; sino a uno con cosas completamente diferentes, con otras máquinas, costumbres y relaciones en la gente. Por unas horas, quizás por un día, Hide se apoderaría del alma de Jekyll. Pero, ¿lograría él engañar a los que lo rodearan en caso de querer pasar de incógnito? Aunque su ropa y rostro lo encubrieran, su lenguaje y su hábito, extraños a ese mundo lo delatarían. ¿No me estaría arriesgando demasiado?

Estos pensamientos se agitaban en mi cerebro, pero sin revelar mis inquietudes, permanecí impertérrito y no temblé al escuchar la voz de Zargarián ordenando enchufar el protector.

La oscuridad y el silencio me rodearon de nuevo; y a través de ellos, se abrieron paso voces apenas inteligibles, pero conocidas, que se fueron olvidando lentamente como si las separara de mí el salto de cien años al futuro.

—No comprendo nada. ¿Qué ves?

—Desapareció. Algo se mueve, pero no hay ninguna imagen.

—Pero en el sexto hay; a pesar de que la luminosidad es muy débil. ¿Comprendes algo?

—Creo que está fuera de la fase, como la otra vez.

—Pero si no hemos registrado el shock.

—Tampoco lo registramos aquella vez.

—Aquella vez los encefalógrafos grabaron el sueño en la fase del sueño paradójico. ¿Recuerdas?

—Creo que ahora existe otra clase de sueño. Fíjate en la cuarta: las curvas fluctúan.

—¿No puedes aumentar?

—Esperemos, mejor.

—¿Tienes miedo?

—Por ahora no hay motivo. Comprueba su respiración.

—Ya la comprobé.

—¿Y su pulso?

—También. Por ahora no ha aumentado la presión. ¿Quizás es debido al cambio de los procesos bioquímicos?

—No hay ninguna indicación. Tengo la impresión de que existe una interferencia. Posiblemente es la oposición del receptor o alguna inhibición artificial.

—¡Pero eso es fantástico!

—No sé. Esperemos.

—Estoy esperando; aunque…

—¡Mira! ¡Mira!

—No comprendo. ¿De dónde ha surgido esto?

—No trates de adivinar. ¿Y dónde está la imagen?

—En la misma fase.

—¿En la misma o en otra?

Y de nuevo me rodeó el silencio al tragarse todos los sonidos. Yo no oía nada, no veía y no sentía.

EL SALTO DE CIEN AÑOS AL FUTURO

El paso de las tinieblas a la luz iba acompañado de un estado de tranquilidad absoluta. Me sentí a extraño, como si estuviera flotando en un espacio blanco. Y… aparecí en una cámara en la que reinaba un silencio infinito.

Miré hacia los lados: la cámara no tenía ni ventanas ni puertas y, sin embargo, estaba inundada de luz pálida, tibia, a semejanza de las nubes cuando las hiere el sol. Esta nube blanca me rodeaba, e iba transformándose lentamente en una espuma nebulosa en forma de pared. La cama donde descansaba se disolvía en la blancura de la habitación. No sentía el roce de la manta ni de la sábana, como si hubieran sido tejidas con aire.

Lentamente, empecé a distinguir las cosas que me rodeaban. A duras penas, vi una caja blanca con una pantalla, después al perfilarse la visión, me pareció muy semejante a una hoja metálica que reflejase la blancura de la habitación, la cama y a mí; la pantalla estaba dirigida hacia el lugar donde me encontraba y parecía escuchar y vigilar cada uno de mis movimientos y de mis propósitos. Esta conjetura fue corroborada posteriormente.

Al lado de la cama, nadaba una almohada plana y blanca, de superficie granulada. Cuando la alcancé con el brazo, resultó ser el asiento de una silla de tres patas hecha de un plástico transparente y duro. Más lejos había una mesa del mismo material y un termómetro, o quizás un barómetro, encerrado en una campana de cristal: de seguro un instrumento que registraba los cambios de la atmósfera.

Esa como nube que me rodeaba, que quizás debía crear una sensación de quietud, me angustiaba.

Lanzando a un lado la imponderable manta, me senté.

Al mirar de nuevo la pantalla, me estremecí: en ella surgió la figura vaga de un hombre sentado en la cama. Era muy diferente a mí; parecía más alto, joven y fuerte.

—¡Levántese y camine para adelante y para atrás! —me dijo una voz femenina.