Un matrimonio platónico – Anne Marie Winston

¿Cómo una chica tan joven, recién desflorada, podía saber tan bien lo que quería?

—Lo que tú digas —murmuró Faith, deslizando la mano hasta su entrepierna—. ¿Puedo tocarte ahora?

Stone cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.

—Sí —murmuró, abandonándose al momento—. Pero solo si también yo puedo tocarte a ti.

Faith se despertó antes del amanecer. Se sentía rara, como si fuera otra persona.

Stone tenía una mano sobre su cintura y otra sobre la almohada donde reposaban sus cabezas.

Con soñadora satisfacción, revivió las últimas horas. Le había dado un susto de muerte al entrar en la habitación cuando acababa de salir de la ducha.

Pero era mejor que la hubiera sorprendido. Si hubiera estado preparada, jamás habría tenido valor para seducirlo de esa forma.

Recordaba perfectamente los momentos de terror que había sentido antes de soltar la toalla. Pero fue un acto de desesperación. Tenía que conquistarlo como fuera.

Había visto su gesto de angustia, lo había visto apretar los puños y contener la respiración. Había visto el deseo en sus ojos. Y después el deseo los arrastró a los dos como la lava de un volcán.

Quizá tendría otro amante algún día, pero Stone sería su primer hombre, su primer amor.

Lo amaba tanto… Él seguía sin darse cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. Pensaba que era por la diferencia de edad, pero ella sabía que no era así.

A Stone le aterrorizaba la intimidad. No la intimidad física, sino la emocional. Sabía que había tenido muchas amantes, pero estaba segura de que no le había abierto su corazón a ninguna. Ninguna conocía el dolor y el resentimiento que tenía contra su madre. Ninguna conocía su deseo de tener un verdadero hogar, una familia.

Hijos. Era asombroso que Faith no hubiera pensado en ello hasta que él mencionó la posibilidad. Siempre se había visto a sí misma como una buena chica. Llegar virgen al matrimonio para ella era lo más lógico, aunque entendía perfectamente que muchas mujeres, como su amiga Gretchen, opinasen lo contrario.

Y la asombraba pensar que habría hecho el amor con Stone casada o no. Si él hubiera querido seducirla lo habría conseguido sin dificultad.

Pero Stone se asustó al recordar que no habían usado preservativo. A Faith no la asustaba un embarazo porque sería hijo del hombre que amaba. ¿Habría esperado inconscientemente quedar embarazada?

No estaba segura, pero sabía que nada la haría más feliz que tener un hijo con él.

Un hijo cambiaría sus vidas para siempre. Stone no dejaría que su hijo creciera en una familia rota. Si quedaba embarazada, no habría separación.

Y entonces tendría con él mucho más que un año.

Pero no pensaba atraparlo. Ella no era así.

Su respuesta cuando le dijo que estaba enamorada de él le dolió un poquito. Pero estaba segura de que eso lo haría pensar en el amor, en la posibilidad de que hubiera amor entre los dos. Y que aquel matrimonio fuera para siempre.

Faith volvió la cabeza para mirarlo y al verlo con los ojos cerrados su corazón se llenó de ternura. Alargó la mano para acariciar su pierna desnuda y pronto la respiración de su marido se agitó. Algo más se agitó también, notó al mover el trasero.

—Buenos días —dijo Stone con voz ronca.

—Buenos días. Bienvenido a casa.

—Pensé que ya me habías dado la bienvenida.

Faith sonrió. Él levantó la cabeza para buscar su boca y, después de besarla, alargó la mano para sacar algo del cajón de la mesilla.

Entonces la tumbó de espaldas y abrió sus piernas mientras se colocaba el preservativo. Mirándola a los ojos, empujó un poco. Faith dejó escapar un gemido y Stone se apartó.

—¿Te duele?

—Estoy bien —musitó ella.

La besó mientras hacían el amor, suavemente, con cuidado. Pero no le dolía, todo lo contrario. Después, Faith lo observó echarse hacia atrás para quitarse el preservativo.

—Lo decía de verdad.

—¿A qué te refieres?

—A que estoy enamorada de ti. Y si me quedo embarazada… sería precioso.

—¿Y la universidad? ¿Y tu empresa? ¿O solo lo decías por decir?

—Claro que no —replicó ella, herida—. Trabajar no es incompatible con tener un hijo.

Después de decirlo recordó que la infancia de Stone había estado marcada por el abandono de su madre para dirigir la empresa.

—Yo creo que sí. Y no tengo intención de traer un niño al mundo para después abandonarlo a su suerte. ¡De hecho, no pienso tener hijos en absoluto, así que vamos a dejar el tema!

Faith se quedó mirándolo, sorprendida por la declaración. No sabía que el abandono de su madre lo hubiera afectado tanto.

Si pudiera convencerlo de que Eliza no lo había tenido tan fácil…

Pero sería muy difícil.

—Siento no haber entendido tus sentimientos. Tenemos mucho tiempo para pensar en niños y no quiero convencerte de nada.

Stone dejó escapar un suspiro.

—Perdona, no sé por qué me he puesto así. Nunca hemos hablado de hijos porque no pensé que eso… en fin, que no tendríamos que hablarlo. Y esperemos que siga así —murmuró, besándola en la frente—. ¿No podemos disfrutar de lo que tenemos?

—Sí, claro —murmuró ella.

Con un poco de suerte cada día estarían más cerca, cada día se conocerían mejor y él, por fin, entendería que estaban hechos el uno para el otro. Y que sería muy especial añadir un hijo a su recién creada familia.

Stone se levantó de la cama y Faith observó su ancha espalda, su apretado trasero, las largas y poderosas piernas… Cuando desapareció en el cuarto de baño, miró el despertador.

—¡Oh, no!

Había quedado con Eliza y si no se daba prisa llegaría tarde. Nerviosa, se levantó de un salto y corrió hacia su cuarto de baño.

Stone la siguió, desnudo.

—¿Dónde vas tan deprisa? ¿Tienes algún plan?

—Pues… la verdad es que sí.

—¿No puede esperar ese plan? —preguntó él, besándola en el cuello—. Quería que nos duchásemos juntos.

Faith tragó saliva. Le habría encantado, pero…

—No puedo, de verdad. Tengo que irme. Además, ¿no te esperan en la oficina?

—No pensaba ir a la oficina hasta más tarde. ¿Dónde vas tú?

Faith respiró profundamente.

—Tengo un trabajo… temporal.

Stone la miró, sorprendido.

—Pensé que querías estar con tu madre.

—Y así es. Pero estoy aburrida y necesito hacer algo.

—¿Dónde vas a trabajar?

Faith dudó un momento. No quería mentir. No podía mentir.

—Tu madre me ha ofrecido un puesto en…

—¿Mi madre?

—El día que comimos juntas hablamos de ello y…

—¿Y por qué no le dijiste que no?

Faith levantó la barbilla.

—Porque estoy aburrida. No es suficiente con decorar el salón, Stone.

—Tienes otras cosas que hacer —replicó él.

—No tengo nada que hacer. El salón está decorado, los regalos agradecidos y no tengo nada que hacer en absoluto. Así que voy a trabajar para tu madre un par de días por semana.

—Estupendo —dijo Stone—. Que lo pases bien.

Después se dio la vuelta y cerró la puerta que conectaba las dos habitaciones.

Faith sabía que no iba a hacerle gracia que trabajase en Smythe, pero no pensó que reaccionaría de una forma tan desagradable.

¿Lo molestaba porque estaría en contacto con su madre o porque no podría controlar sus movimientos?

Capítulo 8

Se había portado como un imbécil.

Un idiota, un bobo. Stone estaba mirando por la ventana de su oficina. Era un día gris. Estaba lloviendo.

Pensaba que haría buen día, pero cuando salió a correr, como hacía un par de veces por semana, se caló hasta los huesos.

Lo único bueno era que Central Park estaba desierto, excepto por unos cuantos tontos como él que intentaban hacer ejercicio.

¿Por qué había tratado así a Faith?

Después del largo viaje y de una noche sin dormir… Porque apenas habían dormido.

Recordarlo lo hacía sudar. Se había despertado abrazado a Faith y al sentir su piel reconoció lo que había intentado esconder durante días: que le gustaba tenerla en su vida.

Quería que su matrimonio fuera real, al menos durante el tiempo que estuvieran juntos. No había planeado acostarse con ella, pero Faith se lo había puesto muy difícil.

Aunque no recordaba por qué no quería acostarse con ella. Los dos eran mayores de edad. No había razones para no tener una relación física mientras estaban juntos. A menos que Faith no volviera a hablarle después de reaccionar como lo hizo aquella mañana.

Una cosa era segura: le debía una disculpa.

No le gustaba que trabajase para su madre, incluso se sentía un poco traicionado, pero Faith era dueña de su vida.

Tenían un acuerdo para vivir bajo el mismo techo durante un año, pero nada le impedía trabajar en un sitio en el que la prensa no pudiera meter las narices.

Quería que Faith fuera su mujer en todos los sentidos. Lo quería todo. No solo verla en casa, no solo acostarse con ella. La quería entera.

Stone se levantó de un salto.

Oh, no. No pensaba dejarse atrapar.

Faith le había dicho que estaba enamorada de él. Y saberlo era tremendamente seductor.

Pero los matrimonios de verdad eran para otra gente. Él tenía amigos que seguían enamorados de sus esposas después de muchos años. Pero también tenía amigos cuyos matrimonios habían fracasado estrepitosamente. Sus propios padres, con todo el dinero y las facilidades que tenían, no consiguieron hacerlo funcionar.

Y Stone no creía en los finales felices.

Faith había dicho que estaba enamorada de él. Y quizá era así. Pero su lado cínico, el que no lo dejaba creer en nada, decía: Qué conveniente.

Su madre estaba enferma y él podía darle los cuidados necesarios. Faith quería mucho a su madre y deseaba lo mejor para ella. ¿Le habría dicho que lo amaba solo por eso?

Quizá era así. Quizá tenía miedo de lo que pudiera pasar cuando se separasen. Quizá solo quería asegurarse de que él seguiría aportando dinero.

Pero no podía ser. Faith no era así. Era una chica íntegra, sincera, auténtica. Ella no buscaría la salida más fácil.

Había aceptado vivir con él durante un año y nada más. Pero cada vez que pensaba en el mes de marzo, cuando Faith recogiera sus cosas… No podía imaginarse sin ella. No podía imaginar su casa sin su presencia.